Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo
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Epílogo

¡Al fin !

Era un hombre casado. El gran duque de York se había casado frente a un yunque mientras un herrero, de casi dos metros de altura y una espesa barba, llevaba a cabo la unión.

Ese noble que no creyó que se daría de bruces con el amor, entre otras cosas porque no esperaba encontrarlo jamás, había caído de rodillas ante la mujer soñada y solo podía dar gracias al cielo, a los ángeles, al infierno o a los demonios, es decir, a cualquiera que hubiese conseguido tal proeza.

―No te muevas si no quieres que tu hermoso rostro acabe con un buen corte ―le ordenó, con ese deje de institutriz que a Malcom tanto le gustaba.

El duque estaba sentado en una cómoda silla de una posada.

Se habían casado hacía unas pocas horas y decidieron ir a la habitación para hacer uso del matrimonio.

Cuando entró por la puerta, sosteniendo a su dama en brazos, no pensó que ella se pondría a hacer las labores del señor Wilson.

Aunque después de varios días sin afeitarse, donde York solo había tenido tiempo para amar a su dama, comer y descansar, y sí, también para casarse, comprendía que ella lo quisiera adecentado.

Y era por ello por lo que Isobel quiso afeitarlo.

Hasta la fecha, nunca nadie antes que su tío había estado cerca de su cuello con un metal punzante, más que nada porque no se fiaba.

―Después de esto, mi amor, voy a tener que relegar al señor Wilson para que haga otras atribuciones. Deberías tener cuidado, si sigues mimándome así, podrías convertirte en algo todavía más esencial para mí de lo que ya eres.

Isobel retiró con una toalla los últimos restos del jabón y pasó la mano para comprobar la suavidad de su rostro.

―Querido mío, pretendo hacer que te cueste respirar si no estoy cerca ―bromeó.

―¿Qué te hace pensar que no me sucede ya, duquesa?

―Uhm. De institutriz a duquesa de York, ya puedo escuchar desde aquí cómo se mueven las lenguas de Londres para calificarme de arribista despiadada… A Snow nadie lo conocía y poco importó que yo ascendiese en la escala social. ―Ella chasqueó la lengua.

―Ah, ¿y eso te preocupa? ¿He unido mi vida a una mujer que dará más pábulo a los rumores que a mi amor por ella?

No te creía tan superficial ―preguntó con seriedad, pero ella sabía que se estaba mofando.

York no era un hombre que se preocupase por la opinión que tuviera el resto sobre él. Vivía su vida como le placía.

―Solo si afecta a Evangeline y a Regina. Me siento culpable por haberlas privado de la temporada. Se suponía que ellas debían convertirse en la sensación… y no ser desplazadas por una condesa viuda demasiado madura como para…

―No. Te lo prohíbo. Aunque no puedo esperar que me iguales en vanidad, porque llevo muchos años cultivándola con gracia y elegancia, sí te voy a pedir que no te menosprecies ante nadie, y menos en mi presencia.

Todas las damas del reino hubiesen querido captar mi interés y tú lo has logrado.

Eso debe darte buena cuenta de la clase de mujer que eres.

Sublime, como yo… ―Y le brindó una sonrisa socarrona.

Ella levantó una ceja y suspiró.

―Es cierto que no habrá en el mundo un hombre con más engreimiento que tú. Supongo que no hay vuelta atrás, me he casado contigo y no podemos deshacerlo… ―dijo simulando pesar.

Él se levantó de un salto, la agarró por debajo de los brazos y la abrazó hasta que sus bocas se quedaron muy juntas.

―Pequeña bribona, no escaparás de este matrimonio mientras yo esté con vida, e incluso después te llevaré al infierno si es que Lucifer me recluta entre sus filas, dado que no estoy dispuesto a que me dejes solo el resto de la eternidad.

¿Te he dicho lo que me gusta sacarte de quicio y celarte?

Cuando lo hago, te vuelves más activa y te empeñas en mostrarme tus excepcionales aptitudes en la cama.

Te amo, Isobel, y soy un hombre irritable, vanidoso y que muchas veces no sabe medir sus palabras, pero incluso con todos mis defectos lograré hacerte la mujer más feliz del mundo.

―Oh… palabras, palabras, palabras. Hechos son lo que espero ―lo desafío.

―Y es lo que tendrás. Ahora, que te has deshecho de todo el vello que hacía sonrosar tu piel y que no me quité antes de que tú me lo exigieras porque me gustaba observar las marcas amorosas que dejaba mi barba sobre tu perfecta piel lechosa, es momento de que le des a un hombre su noche de bodas.

―No es de noche.

―Echaré las cortinas.

―Seguirá habiendo claridad suficiente como para saber que es de día.

―Te vendaré los ojos con el pañuelo de mi corbata.

―¿Vas a seguir hablando o me harás de una vez el amor, Malcom?

―Voy a hacerte mi esposa una vez más con mi cuerpo, mi preciosa duquesa ―alegó en un tono seductor.

Un golpe en la puerta los interrumpió. El duque masculló una maldición por lo bajo. Ella se carcajeó al verlo tan contrariado.

―Es una suerte que no estemos todavía desnudos.

―Lo que es una gran fortuna es que no tenga ganas de pelear con quien me ha interrumpido.

Ya ves, esposa, que estoy lleno de fallos y vas a tener que pulirme.

Dado que fuiste una gran institutriz, podríamos idear una serie de castigos para cuando yo haga algo que te disguste.

¿Qué tal si cada vez que te moleste, abres tus piernas y permites que mi lengua te muestre mi arrepentimiento?

―Se quedó pensativo―. Sin embargo, con semejante castigo, creo que podría caer en la tentación de querer pasarme la vida haciéndote enfadar…

―Eres tan escandaloso… Ve a abrir la puerta, atiende a quien sea sin darle un puñetazo y luego llévame a la cama para hacer conmigo lo que te plazca.

―¿Lo que yo quiera? ―preguntó lleno de perversidad.

―He decidido que debo ser una esposa muy sumisa cuando se trate de brindarte mis atenciones.

―Sabia elección ―dijo, mientras se encaminaba hacia la puerta.

Cuando abrió, un mozo le entregó una carta.

―¿Qué es? ―preguntó ella, al tiempo que se colocaba a su espalda para examinar la misiva.

―Es de lady Monty. ―York rompió el lacre.

―¿Cómo nos han localizado tan rápido?

―Un duque inglés en Escocia… No habrá sido difícil saber dónde debían entregar la misiva.

York leyó la carta con tranquilidad. Ella aguardaba con nerviosismo por si había ocurrido algo malo con las chicas. Nunca se había separado de ellas desde que llegó a la casa solariega de Snow.

―La espera me está matando, Malcom. Dime lo que sea.

―Evangeline y Regina están bien. Angela las atiende.

―¿Entonces por qué tienes esa cara de problemas? ―refutó ella.

―¿Podemos hablar de ello después de hacer el amor? ―cuestionó, sabiendo de antemano la respuesta.

―Por supuesto que no. Escúpelo de una vez.

Él suspiró.

―No es ninguna desgracia, así que, por favor, no te alteres.

―Me estás poniendo más nerviosa.

―Mi hermano las ha seguido hasta el campo y se ha erguido como su escudero. Angela se queja de que Liam es bastante peor de soportar que yo y exige que acorte mi luna de miel si no quiero quedarme sin mi hermano.

―¡Te dije que le interesaba Evangeline! ―Isobel se llevó una mano a la frente en un gesto de exasperación y miedo.

―No tiene caso preocuparse más de lo debido, mi amor. Regresaremos pronto.

―¿Crees que tu hermano puede cambiar del mismo modo que lo has hecho tú? ―Si su hija mayor estaba encaprichada con él y Banstorn pudiera ser un buen esposo… Tal vez…

―No. Con veinticuatro años solo piensa en divertirse.

―¡No puede hacer eso con mi hija!

―Y él lo sabe. Más allá de un coqueteo no habrá nada.

―¿Cómo puedes estar tan seguro? ―Los nervios se la estaban comiendo por dentro.

―Porque mi hermano no se arriesgaría a despertar mi ira. Sabe que tú eres mi familia y que las chicas y el joven Snow son mi responsabilidad. Liam no hará nada reprochable. Te lo prometo.

Ella lo miró con reprobación.

―¿Por qué me miras así, esposa?

―Porque estás haciendo el equipaje a toda prisa.

Era cierto. El duque había comenzado a recoger la ropa que ambos habían tenido que comprar en una modesta pero preciosa tienda para ponerla en el bolso de viaje. También había cogido en un montón los enseres personales que habían adquirido y los había colocado al fondo de la bolsa.

―Eso es debido a que vamos a sellar nuestro matrimonio con rapidez y luego saldremos hacia Armony, la casa de los Monty, para recoger a tus hijas.

―No me estás dando confianza ―se quejó.

―Lo que trato de hacer es que entiendas que todo va a salir bien. Tengo intención de poner rumbo a casa de los Monty lo antes posible, y para demostrarlo he guardado ya nuestras pertenencias. Ahora es momento de que te adore con mi cuerpo, tal y como ha ordenado el herrero que haga.

York no estaba seguro de nada en cuanto a Liam se refería.

¿Había seguido a las chicas al campo? Algo inquietante sucedía ahí…

no se lo diría a Isobel. Su hermano era un hombre terco e impredecible, pero al menos esperaba que no cometiese una temeridad o acabaría casado con la dama…

Y si había algo que lord Liam W. Banstorn temiese más que a la muerte, era la soga del matrimonio.

Los problemas tendrían que esperar, lo principal era que su esposa tuviese una entrada sublime en su ducal mundo del amor y la locura.

Se acercó a ella con la velocidad de un guepardo, la alzó en brazos y la llevó cerca de la cama. Ahogó las protestas de Isobel con numerosos besos y perversas caricias. Se tomó la molestia de desvestirla con delicadeza.

Isobel estaba azorada ante el escrutinio de su esposo.

Era de día, pero al fin iba a tener una noche de bodas con un hombre que la colmaría de amor y la seduciría con lujuria.

Estaba ansiosa por saber lo que él había previsto.

Su mirada era la de un depredador a punto de zamparse su presa preferida.

La hacía sentir hermosa, segura, poderosa.

―Podrías desnudarte y dejar de… Me siento extraña cuando me miras así…

―Solo admiro tu belleza. Eres una mujer única.

―¿Lo dices porque he conseguido llevarte al altar?