Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

―No digas nada más al respecto, Isobel. La culpa es mía por no haber pedido una licencia especial en cuanto decidí que serías mi esposa.

Tal vez así te hubiese ahorrado esta pesadilla.

Eres tan fantástica que llevas a un hombre a cometer locuras.

¿Quién sabe si yo no hubiese hecho lo mismo que él movido por la desesperación?

Te amo tanto, Isobel, que esas simples palabras dichas con la sinceridad extrema no alcanzan a expresar la profundidad de lo que siento por ti.

―Estoy segura de que no me habrías secuestrado con falsos pretextos, Malcom. No eres como él. ―Se obligó a recordárselo porque una sombra había cruzado el rostro del amor de su vida.

―¡Ah!, querida mía, ahí tienes razón. Yo soy mucho más sutil que todo eso.

Mi misión hubiera sido demostrarte que sin mí tampoco podrías vivir.

Nunca me hubiera rendido, Isobel. ¿Lo sabes, verdad?

Si Thorpe se hubiese salido con la suya, yo no descansaría hasta haber dado contigo.

El destino me trajo hasta aquí, para poder recuperarte.

Te sentía llamarme, como si estuvieses a mi lado.

Me susurrabas que debía continuar y yo confié en mi intuición, porque sabía que todo me llevaría hasta ti.

―Y yo sabía que me encontrarías. Estaba segura.

Él le dio un breve beso en los labios.

―No te habría forzado ni secuestrado, Isobel.

Lo siento aquí ―se llevó la mano al corazón―.

El amor es poderoso, capaz de obrar milagros pero también auténticos infiernos.

Mi amor por ti es tan desinteresado y puro que si me dijeses que conmigo no serías feliz, me echaría a un lado con el alma hundida y te dejaría libre para seguir tu camino.

Bien pensado ningún hombre o mujer tiene potestad para pasar por encima de los deseos de la persona a la que dice que ama.

Lo comprendo ahora porque me veo en la situación de Thorpe y sé que no te habría forzado a aceptarme.

Ahí está la grandiosidad del amor… Nos debe hacer libres, no prisioneros…

¿Lo que digo tiene sentido para ti, Isobel, o son las divagaciones de un hombre asustado que casi pierde lo más importante de su existencia?

―Es tal como dices, mi amor. Te he comprendido perfectamente y te doy la razón. Tú no eres como él. Eres bueno, Malcom, por eso me fue tan fácil amarte y desechar al vizconde sin remordimientos. Te vi, traspasé la dura coraza de tu exterior y me tuviste…

Él suspiró, le dio otro beso comedido.

―Descansa y ponte bien, porque en cuanto tengas fuerzas, iremos a Gretna Green, me gustaría que fueses mi esposa lo antes posible, si todavía estás interesada, por supuesto.

Di que te casarás conmigo. No quiero regresar a Londres y tener que volver a organizar una suntuosa boda.

Me gustaría que seamos tú y yo… solos. Recitemos nuestros votos lejos de todo el mundo. Tengamos nuestra boda en la intimidad…

Ella se quedó con la boca abierta.

―¡Será un escándalo! Además, Evangeline y Regina… ―comenzó a explicar ella al comprender que su boda estaba programada para llevarse a cabo en pocas horas y que nadie aparecería en la iglesia.

―Me he ocupado de tus hijas. Estarán bien con los condes de Monty.

Angela es de plena confianza. En cuanto al escándalo, no será una novedad.

Londres sabe que el excéntrico duque de York no se casaría de una forma tradicional.

Nadie se sorprenderá de que a pocas horas de la boda nos hayamos fugado a Escocia para casarnos en la más absoluta intimidad.

De hecho, podrías decir que trataste de huir de mí y que yo, preso de amor, me postré a tus pies y te convencí para que no hicieras de mi vida un infierno…

Isobel se rio y él la siguió.

―Oh, Malcom, no me hagas reír. Me duele todo. ¿Por qué los hombres usan la fuerza con las mujeres para someterlas?

―Nunca. Yo jamás lo haría. Te juro que nadie te volverá a hacer daño.

Y por tu bien, espero que no tengas reparos en que yo me convierta en tu sombra, porque pienso hacerte feliz y velar por tu seguridad hasta el fin de mis días.

Así que prepárate para tener, pegado a tus faldas, a un hombre que no se separará de tu lado hasta que tú lo eches.

Llevo demasiado tiempo esperándote y mientras venía a buscarte, solo podía pensar en el modo de retenerte junto a mí para que nada malo volviese a sucederte.

Lo siento, mi amor, estoy completa e irremediablemente a tus pies y vas a tener que lidiar con ello como mejor puedas.

Ya ves, te convertirás en una mujer a la que su apuesto, rico y orgulloso esposo le rendirá culto por siempre jamás.

―Eres tan dulce… Incluso una declaración como esa, que haces que suene como una tortura, se siente el cielo. No sabía cómo podía escapar de él. Me engañó, Malcom, pero estaba convencida de que todo se arreglaría, de un modo u otro lo sabía.

―Lo sé y por eso espero que te des cuenta de que yo no escondo nada. No dudes de mi fidelidad, ni de mi lealtad, porque te entrego todo lo que soy. Mi mayor defecto es mi vanidad, ya lo has visto, si puedes convivir con ello, nos irá bien.

Ella lo miró con dulzura.

―Por ti, lo haré. Te acepto tal como eres si tú haces lo mismo conmigo. Sé que debemos estar juntos, lo siento aquí. ―Ella se llevó la mano al corazón.

Él suspiró de pleno gozo.

―Durmamos un rato, Isobel, debes estar cansada y yo lo estoy también. Deja que te abrace y te dé consuelo.

York se colocó a su espalda y la sostuvo entre sus brazos, después de echarse una manta por encima. No deseaba ni quitarse la ropa. Con las botas puestas y todo, trajo hacia sus brazos a la mujer más importante de su vida.

―No me tocó íntimamente ―le dijo intuyendo que él deseaba saber el alcance del daño sufrido.

―No te querría menos por ello, mi amor. Solo lamento no haber llegado antes para rescatarte. Estaré en deuda con el señor Sullivan el resto de mi vida. Y no me gusta deber nada a nadie ―alegó sabiendo que no era ninguna mentira.

―Solo me pegó cuando dije que te amaba y que yo había sido virgen cuando tú me hiciste tuya.

Malcom se acercó a su oreja para explicarle que:

―Mi amor, le cortaría el cuello yo mismo si no estuviera ya muerto. Él te pegó como el cobarde que es, pero al decirle esas dos cosas, te aseguro que lo heriste mucho más que si le hubieses asestado una patada en su lugar más sensible.

―Entonces, me alegro de habérselo dicho, pero lamento no haber podido darle esa patada en sus… Ya sabes.

Él se mostró orgulloso de su reacción.

El duque de York no se reconocía a sí mismo.

Toda esa protección y sentimientos tiernos que ella despertaba en su ser lo llenaban de buenos propósitos.

¿A qué se debía ese nuevo hombre que estaba descubriendo en su interior?

¿Había tenido razón su estimada Angi cuando le dijo que con la mujer correcta todo acabaría colocado en su lugar?

No importaba el motivo. Abrazaría lo que Isobel le hacía sentir y no lo dejaría correr jamás.

Hubiese matado a cualquiera que le hubiese dicho que acabaría de rodillas frente a una mujer y que no sería para deleitarse con su íntimo sabor.

El disoluto más problemático de Londres estaba satisfecho con su nueva proyección.

―Te amo, Isobel, mi fiera duquesa…

―Te amo, Malcom ―dijo sintiendo que caía en los brazos de Morfeo.

Ambos descansaron de lo que resultó ser una víspera de boda fallida, que finalmente había acabado mejor de lo que pudo haber sido.

Al amanecer, decidieron amarse con tranquilidad y dulzura.

York fue el amante más delicado jamás visto y ella se sintió en una nube con cada beso, con cada delicada caricia otorgada.

Se quedaron en la posada cuatro días más, hasta que el duque decidió que Isobel estaba lo suficientemente fuerte y serena para proseguir el viaje. Contrató un carruaje y salieron en dirección a una nueva vida que los uniría para siempre, que los convertiría en una misma persona. En un único ser.

Se amarían hasta el fin de los días, porque así lo habían decidido los dos cuando se comprometieron.