Capítulo 17 #3
Sullivan se dio la vuelta y abrazó a Isobel para consolarla porque ella estaba sollozando. Haber sufrido un secuestro y después ver cómo un hombre caía frente a ella… No pudo contener más los nervios y se desbordó.
―Ya ha pasado, señorita Baltimore. Lo siento mucho. De verdad, todo esto es culpa mía. Yo solo pretendía recibir noticias de Evangeline… Lo siento tanto ―le decía, mientras trataba de calmarla. Aunque ella era condesa, para él siempre sería la entrañable institutriz.
Isobel era incapaz de hablar o retener las palabras que le decían. Lo que sí sintió fue la presión de unos brazos que la apartaban del administrador del anterior conde de Snow y la cargaban. El olor del recién llegado le dio una buena pista de quién se trataba.
―¿Estás bien? Dime que no te ha hecho nada, porque volveré a resucitarlo para enviarlo de nuevo al infierno.
―Malcom, sabía que vendrías… ―atinó a decir antes de que todo se volviese negro.
***
Avery Sullivan era un tipo listo. No en vano había conseguido hacer una buena fortuna sabiendo qué teclas tocar y a qué hombre manejar.
No lo vio. Thorpe era un tipo que parecía de lo más común.
O no. Según se mirase. Lo veía como un aristócrata más, que cuando se quedó despojado de un excesivo número de libras no tuvo más remedio que pactar y acceder a un trato.
Lo envió a custodiar a la mujer que deseaba y que nunca sería suya.
¿Con qué fin? Sentirse cerca de ella mientras el vizconde le contaba sus averiguaciones.
Lo había enviado porque pronto ella estaría en la ciudad para buscar esposo y necesitaba saber que estaba bien.
Error. Sullivan sabía cuán grave fue el error cometido. Y con la idea de enmendar parte del daño causado, se lanzó a la carrera como si la vida de Evangeline fuese la que estaba en peligro. Se lo debía. A ella y a su familia, por el amor que jamás se marchitaría en su interior.
Conocía los caminos hasta Gretna Green y después de pensar en cómo funcionaría la mente de un hombre que deseaba la mano de una mujer con desesperación, solo quedaba estirar al máximo el recorrido y los caballos.
Se arriesgó a pararse en la tercera posada, porque eso era lo que él mismo hubiese hecho.
Un cambio de caballos, alivio de las necesidades básicas y de nuevo a la carrera.
Un tipo como Thorpe debía examinarse con atención porque no tenía un plan trazado, pero sí haría lo estipulado con rapidez por si se había dado la voz de alarma y lo seguían.
Tuvo suerte porque, aunque hacía años que había dejado de creer en Dios, pidió un poco de ayuda para dar con la dama y se le concedió.
En cuanto entró en la posada y preguntó por una pareja y dio la descripción de ambos, le dijeron que acababan de llegar dos personas que concordaban con ese aspecto y que estaban en el comedor.
Entró y no los vio, pero sí captó por la ventana dos sombras en el patio trasero de la posada. Tuvo una corazonada.
Cuando la vio en el suelo, dio gracias de que York no estuviese allí, porque estaba seguro de que lo hubiese molido a palos también a él.
En caso de haber sido Evangeline, él lo hubiera hecho.
Y luchó. Se enfrentó a Thorpe porque se lo debía a la futura duquesa y en especial a Evangeline.
Avery fue testigo del gran y mutuo aprecio entre los hijos del conde y la señorita Baltimore desde que llegó a trabajar a aquella casa.
Evangeline había perdido ya demasiado… Primero a su madre, luego al padre y, por Dios, que le devolvería a Isobel aunque fuese lo último que hiciera.
―¿No esperará que le dé las gracias? ―La voz del duque de York lo trajo al presente.
―Hice lo que tenía que hacer ―respondió con sencillez Avery.
Los dos hombres estaban en el comedor de la posada.
York había dejado instalada en una habitación a Isobel y el médico estaba examinándola.
Cuando el duque vio su cara amoratada rugió preso de la ira más profunda.
En el momento en el que ella se desmayó se temió lo peor, pero tras comprobar que tenía pulso, se tranquilizó.
Malcom veía a Sullivan sentado frente a una mesa, con un cuenco de agua con paños, mientras se limpiaba el rasguño del brazo. A su izquierda había una botella de whisky y Malcom la tomó para dar un largo trago.
Ya había hablado con el magistrado y York le dijo que tendría el testimonio completo en otro momento.
Sus abogados se pondrían en contacto con el hombre que tomó la breve declaración de los hechos que él le hizo.
Le gustaba ser duque para usar su posición social en esos casos.
Dejó a Sullivan al margen del asunto en su relato, solo dijo que le echó una mano para recuperar a su futura duquesa y que el disparo que acabó con la vida de Thorpe fue obra suya.
En verdad se lamentaba de que no hubiese sido así.
―¿La señorita Baltimore está bien?
―Se repondrá ―no lo quiso corregir por el modo en el que la había llamado―. El médico la está examinando. Ha recobrado el sentido… lo suficiente para reclamarme que hubiese orquestado un duelo en la mañana de la boda. ―Sonrió al recordar lo que ella, hacía unos minutos, le acababa de decir.
―Suena algo como lo que ella haría. Es disciplinada. Lo llevará por el buen camino y le aseguro que no le permitirá torcerse lo más mínimo. Amorosa, pero con mano de hierro. Espero que esté preparado.
York se sintió orgulloso de las palabras que Sullivan había pronunciado.
―¿Durante cuánto tiempo la conociste? ―Dejó a un lado la formalidad.
―Un par de años. Es una mujer muy especial ―dijo con una sonrisa―.
No es fácil atender a dos jóvenes tercas y a un niño que se vio solo en el mundo.
Sé que es condesa, pero me cuesta pensar en ella de ese modo.
Es una dama que nunca necesitó título para demostrarlo, tan sencilla que brilla con luz propia.
El maldito bastardo de Snow tuvo suerte de encontrarla y dejar a su descendencia a su cargo.
Lo maldigo. Maldigo a ese esnob que me miró a los ojos y dijo que yo no era nada, que no valía nada.
―Aquel día estaba grabado a fuego en su mente.
Ese recuerdo le daba ganas de escupir en la tumba del conde.
Malcom le tendió un papel a Sullivan.
―Ahí están las señas de la condesa de Monty, ella se hará cargo de las chicas hasta que Isobel y yo regresemos a la ciudad.
Le he explicado la situación en la misiva y le he asegurado que volveré pronto.
Ocúpate de que lleven a Evangeline y a Regina a su casa.
Y trata de no poner a nadie a cargo de ambas para que las espíen, te lo suplico ―dijo con seriedad.
―No lo haré. Tengo intención de apartarme por completo. Sé que en tus manos ―cambió también a la informalidad― las dos hermanas estarán bien. Lamento que la boda no se vaya a celebrar tal y como estaba previsto… ―apuntó con sinceridad.
―Nos casaremos pronto. No dejaré de nuevo sola a Isobel, corro el riesgo de que se dé cuenta de que no deseaba casarse con un hombre como yo. Ya sabes, poderoso, rico, apuesto y que le dará cada capricho que pida… Hay mujeres extrañas…
―¿Por qué, en nombre de los infiernos, no querría una mujer a un hombre con tus cualidades?
York sonrió de lado.
―Porque una mujer como ella no necesita a ningún hombre a su lado. Menos a uno que no la merece ―sugirió con convencimiento.
Sullivan se levantó y le palmeó la espalda.
―Te deseo suerte, amigo, y espero que nuestros caminos no se vuelvan a cruzar.
―Yo… también lo espero ―dijo Malcom, no muy convencido de que algo así fuese a suceder.
Avery se metió el papel en el bolsillo al tiempo que se levantaba y se ponía el abrigo de lana.
―Suerte ―se despidió Avery, con una inclinación de cabeza.
El duque lo vio dirigirse hacia la puerta de salida.
―¡Sullivan! ―lo llamó. El aludido se giró―.
Gracias. ―Malcom no conocía a Snow y no tenía interés en averiguar su vida, pero el anterior conde estaba equivocado en varias cosas.
La primera sobre la esposa que había elegido y de la que no había disfrutado.
Era más que una guardiana para sus hijos.
Muchísimo más. Y la segunda era sobre el señor Sullivan.
Ese hombre, que se había dejado la piel por recuperar a Isobel a costa de su propia seguridad, que se había enfrentado a Thorpe y la había protegido con su propio cuerpo, valía su peso en oro.
―No las merecen ―respondió Avery, sabiendo que York lo había perdonado por poner a su familia en peligro.
El duque subió las escaleras de dos en dos y en cuanto el galeno, que había sido despertado a horas intempestivas, le confirmó que, salvo las magulladuras, Isobel no tenía mayor daño, pudo respirar al fin sin la opresión en el pecho.
Se colocó a su lado, la vio limpia y con un camisón que le habría prestado muy posiblemente la mujer del posadero.
―Lo siento, mi amor ―le dijo mientras le acariciaba la mejilla sana. Ella le tomó la mano y se la apretó con cariño.
―Ni tú hubieses podido adivinar la clase de monstruo que él era.
―Yo sí tenía una idea clara, Isobel, porque fui el blanco de su maldad en mi infancia. Debí haber acabado con él cuando tuve oportunidad.
―No. No quiero que tengas las manos manchadas de sangre, Malcom. Prefiero que las tenga Sullivan, fue él quien lo puso en mi vida ―dijo sintiendo la traición en su interior.
York le sonrió con ternura.
―Lo sé, mi amor, pero fue ese mismo hombre quien se dejó la piel para venir a ayudarte y quien le colocó un espía a Thorpe que descubrió lo que había sucedido.
Ella suspiró.
―No estoy siendo justa… Sé que le debo gratitud, y más porque el vizconde no mostró su verdadero carácter. Imagino que también engañó muy bien a Sullivan. ―Suspiró de nuevo cansada―. Si yo no lo hubiese alentado…