Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Sí. Mason Wilson decidió que Thorpe no tenía ni la más mínima posibilidad de salirse con la suya. Un hombre enamorado que luchaba por lo suyo sería capaz de mover cielo y tierra, y por lo que sabía de York, le echaría un pulso al mismísimo Lucifer si osaba interponerse en su camino.

***

Isobel sabía que estaba metida en un buen lío y no tenía la menor idea de cómo salir indemne. Se había pasado el viaje pensando en su duque, lo llamaba, le pedía que no tardase, le rogaba que la encontrase. Su mente estaba con él a cada minuto.

―Por favor, Faran, tenemos que pensar en esto bien ―dijo mientras salían del carruaje.

Habían parado en una posada. La noche estaba bien entrada.

Los caballos no eran capaces de seguir. Le había dicho que pensaba comprar a un herrero para que los casase e Isobel solo imaginaba cómo podría avisar a alguien para que la ayudase.

No era capaz ni de escapar porque no tenía ropa de abrigo, ni dinero, ni donde ir.

Salió de casa con el ligero vestido puesto.

Así que cuando se detuvieron en ese lugar casi gritó de alegría, pues trataría de pedir auxilio como fuese.

Además, necesitaba aliviarse y agradeció poder estirar las piernas.

―No hay nada que decir. Tú eres mía porque yo te vi primero.

Hubiese sido más fácil si no hubieras caído en el hechizo de York.

Nos casaremos y nos iremos a Escocia o Francia.

Los hijos de Snow pueden venir con nosotros si lo deseas.

Yo atenderé los asuntos económicos del condado y el título de Theodore…

Ahí estaba el motivo… El dinero. Isobel se dio cuenta de que no solo la deseaba a ella, sino también la fortuna de Snow.

―No pienso casarme contigo. No me importa si me agredes o me amenazas. ―Levantó el rostro que todavía tenía magullado para demostrar que no tenía miedo. Estaba perdida. Pese a que su supervivencia le gritaba que fuese cauta, su temperamento había tomado el control.

Él la miró con media sonrisa.

―No hará falta que hagas nada, Isobel. Tengo dinero para que me den el certificado sin que consientas el matrimonio.

―Es imposible que lo que dices suceda. Si me niego no conseguirás que… ―Trató de parecer segura.

―No discutas. Te aseguro que te gustará ser mi esposa. Soy tan buen amante como él. Ya lo verás.

Ella gimió.

―Por favor, recapacita. Te lo ruego.

―Vamos adentro, cenemos mientras cambian los caballos porque tenemos que seguir. No pienso darles ventaja para que nos encuentren. El maldito York siempre fue inteligente. En cuanto sepa que no estás hará todo lo posible por localizarte.

―Sé que me encontrará.

Él se carcajeó.

―No lo hará. Ni siquiera sabe que has desaparecido.

―Ya lo veremos ―susurró.

Isobel se alegró al menos de no tener que pasar la noche en la posada, pero no sabía qué sería de ella si no surgía un milagro.

Entró en el lugar dispuesta a ver si podía pedir ayuda. Él la llevaba de la cintura.

―No hagas ninguna tontería. No trates de pedir auxilio porque lo que llevo oculto en mi bolsillo es un cuchillo que no quisiera tener que usar contra ti. Sé buena, Isobel, y complace a tu futuro esposo.

Para mostrar que lo dicho no era un farol, él hizo presión en su cintura con el fino metal. Ella trató de controlar el pánico. Sabía que él era capaz de hacer cualquier cosa.

Se sentaron a la mesa y cuando terminó de picotear la comida, le dijo que necesitaba usar el excusado. Él se levantó para acompañarla.

―¿No voy a poder tener intimidad para ir a…? ―Se calló en cuanto él alzó una ceja.

―No eres una mujer estúpida y dudo mucho que se te pase por la cabeza huir, más porque no tienes a donde ir, pero no me arriesgaré a que el miedo te haga creer que puedes escapar.

Ella lo miró con rabia.

―¿Fue York quien te dio tu merecido? ―preguntó, aludiendo a los morados que él tenía en el rostro. Su vestimenta había sido recolocada con cuidado, pero quedaban rastros muy visibles de que había tenido una pelea y a ella le daba en la nariz quién pudo ser el causante.

―Tu duque también recibió lo suyo. Deberías estar contenta porque mañana por la mañana, en el día de su boda había concertado una cita para un duelo conmigo… Decidí dejar a un lado el inmenso placer que me daría matarlo de un balazo para venir a por ti y salvarte de él.

Ella cerró los ojos. El corazón, martilleando como un herrero sobre el yunque por imaginar que el hombre al que amaba corriese semejante riesgo… y más en un día especial.

―No creo que Malcom hiciera algo como lo que dices.

―Me temo que sí. No le gustó demasiado cuando le comenté que te gustaba estar metida en la cama conmigo.

―¡No llegamos a eso! ―dijo con enfado y horror.

―¿Y cómo va a saberlo él? ―se burló.

Ella se tranquilizó. Era viuda, pero nadie estaba al tanto de que fue virgen.

Nadie salvo Malcom, pues fue él quien la introdujo en el mundo del delicioso placer.

No le diría nada a él al respecto por más que quisiera obtener una pequeña victoria sobre ese asunto.

Lo escuchó reírse a carcajadas y no pudo refrenar su lengua.

―Malcom sabe que tú y yo no nos hemos acostado.

―Puede que crea tu palabra si se lo negaste, pero conociendo a York como lo hago, y en especial porque él sabe cómo soy, le carcomerá el alma no poder saber con certeza si yo mentí ―expuso con suma satisfacción.

Lo miró con fijación cuando se detuvieron frente a la puerta del retrete que había cerca de los establos. Ella no pudo seguir callando más.

―York tiene la certeza innegable de que yo no estuve con un hombre antes de él. ―Había tratado de no confesar ese secreto, pero escuchar la burla y la seguridad de lo que él había dicho sobre York, le hizo desear que él se tragase las palabras.

Isobel estuvo satisfecha cuando él se puso delante y la miró con atención. Faran sabía que el anterior conde de Snow se fue de la noche a la mañana a África pese a haber estado recién casado, porque todo el mundo en el condado lo comentaba…

―¿Le diste tu virginidad a un asno? ―cuestionó apretando los dientes.

―Era mía y la entregué libremente a quien yo creí que la merecía ―respondió, sacando su temperamento para demostrarle que no le tenía miedo.

―¡Maldita seas! ―No se lo pensó dos veces, Faran levantó el brazo y le asestó un golpe que la dejó en el suelo. La ira lo tenía loco―. ¿¡Sabes lo que has hecho!? Ese regalo debió haber sido mío. ¡Mío! ¡Maldita ramera!

Isobel estaba en el suelo. La cabeza le daba vueltas, los oídos no alcanzaban ni a escuchar los gritos de él.

Lo veía andar de un lado al otro mientras se llevaba las manos a la cabeza con desesperación.

Faran se estaba estirando el pelo con furia.

Ella miró a la derecha, a la izquierda… si se quedaba con él no sobreviviría porque no podía quedarse callada.

Nunca fue capaz de controlar su temperamento cuando la injusticia se cernía sobre alguien de su entorno o sobre ella misma.

Se levantó con un terrible esfuerzo, haciendo acopio de todas sus fuerzas y vio una figura masculina frente a ella.

Faran estaba a pocos pasos de su posición.

―Por favor, ayuda… ―suplicó en un susurro, sin saber quién estaba delante.

En dos segundos se vio prisionera de dos hombres que trataban de luchar por ella. Uno era el vizconde, pero al otro no lo veía con nitidez. La violencia del golpe de Thorpe fue demasiado como para no causarle una conmoción.

Escuchó el martilleo de una pistola. El desconocido la ocultó a su espalda en cuanto consiguió librarla de las garras de Thorpe.

Se cobijó tras el improvisado salvador porque mejor estaría con un hombre extraño que con quien ya la había agredido dos veces. Isobel no concebía cómo él había sido capaz de mantener esa faceta suya oculta. ¡Estaba loco!

―Thorpe, no me hagas dispararte. ―Escuchó ella que le decía el hombre mientras mantenía la pistola en alto apuntando al vizconde.

―Si fueses un hombre de verdad, dejarías a un lado el arma y veríamos quién de los dos es mejor ―respondió el vizconde, quien estaba situado frente al otro.

―No solo has huido de un desafío entre caballeros, sino que has tenido la osadía de robarle la novia al hombre que te dio una paliza en un combate limpio. ¿Me imaginas tan estúpido como para desprenderme de mi ventaja, Thorpe, cuando sé que eres un tramposo?

―¿Qué crees que ocurrirá cuando sepan que todo lo que ha sucedido es obra tuya, Sullivan?

¿Crees que Evangeline perdonará que estés involucrado en el asunto?

Yo te lo diré: no lo hará. Lo mejor que puedes hacer es desaparecer, porque York no me perdonará, pero tampoco lo hará contigo.

Me enviaste al campo a vigilar a la familia.

Fuiste tú quien me llevaste hasta ellas. El duque te lo hará pagar.

―Sospecho que no prestaste atención a la clase de hombre que es el duque de York―dijo con una sonrisa ladeada. Él sí le había tomado la medida en aquel primer encuentro en el parque.

―Es igual que yo.

―No, no lo es ―dijo Isobel desde detrás del administrador. Seguía aturdida por el golpe, pero ella trataba de poner en orden lo que estaba sucediendo. Le quedó muy clara la identidad de su salvador.

―La dama y yo nos vamos a marchar ―intervino Sullivan― y tú tienes la opción de huir con las libras que sospecho que llevas, y no regresar, o plantarme cara y acabar muerto en el suelo. ¿Qué será, Thorpe?

―No pienso desprenderme de ella. ¡Me pertenece!

Lo que sucedió a continuación fue que un cuchillo salió volando con fuerza, al tiempo que una pistola era disparada.

Bala y metal surcaron el aire mientras recorrían su trayectoria.

Avery sintió el roce en el brazo derecho, pero el plomo atravesó el corazón del villano y lo dejó tendido en el suelo.

Isobel gritó con horror y pronto todos los residentes de la posada salieron al patio para ver qué sucedía.