Epílogo #2
―Eso y mucho más. Y ahora, mi amor, es cuando en verdad vas a agradecer el esposo que te ha conquistado ―observó al tiempo que se arrancaba la ropa.
La furiosa erección que se alzaba sobre su torso hizo que ella se lamiese los labios.
―¿Qué haces? ―preguntó cuando lo tuvo frente a ella sosteniendo el pañuelo de su corbata.
―Tendrás tu noche de bodas y serás mía para que me regocije en todo lo que desee. ¿Confías en mí, Isobel?
―Con mi vida, Malcom.
Uhm, ella sería toda una excelente alumna para cuando él quisiera dominarla.
―Lo mejor de ser un duque es el poder, Isobel. Y como tu esposo te pido que te rindas a mis caricias y a mis… aficiones de hoy.
Le anudó la pieza de ropa y ella se quedó sin poder ver nada.
―Pretendo ser una esposa muy complaciente.
―Lo sé.
―Presuntuoso.
―Ninguna novedad, mi amor ―le dijo en tono jovial.
York llevó sus labios hasta los de ella. La besó como si fuese lo más preciado de la vida. Ella era suya para protegerla y colmarla de sus atenciones, pero también para que él gozase de su cuerpo. Isobel era perfecta en todas sus formas.
Cuando dejó apartada su boca para besar su cuello, ella comenzó a gemir de un modo adorable.
Le dio mayor acceso en ese punto. Veía el lugar donde el pulso latía muy acelerado.
Lamió ahí, para después pasar al lóbulo de su oreja.
Su mano derecha acunó uno de sus pechos.
El pezón se contrajo bajo la palma. Tan receptiva…
Su otra mano se paseó por su espalda y le dio un pícaro apretón en la nalga, para después ir en busca de su intimidad. Deseaba saber si con algo tan elemental ella ya estaría resbaladiza. En cuanto sus dedos palparon su néctar gimió de puro gozo.
―Estás empapada por mí, debo recordar tu sabor.
―La acercó a la cama para que ella se quedase delante de uno de los postes―.
Levanta los brazos, Isobel, quiero tenerte dispuesta a seguir mi voluntad.
Hoy será diferente. Mereces algo que puedas rememorar el resto de tu vida y que haga que te humedezcas con el simple recuerdo.
La dejó un momento para buscar un pañuelo de seda roja que había comprado después de la boda sin que ella se diese cuenta.
Anudó sus muñecas en lo alto del poste. Se separó para verla.
Si esa escena no fuera solo para sus ojos, él contrataría al mejor pintor del momento para que inmortalizase la situación: su esposa bellamente desnuda, indefensa y a merced de sus caprichos más secretos.
No haría eso, porque mataría a cualquier hombre que la viese en ese estado de abandono, dejándose llevar por sus sensaciones más primitivas.
York se colocó de rodillas dispuesto a nutrirse de lo que ella tenía para darle. Acercó la nariz a sus empapados rizos. Era gloriosa. Su aroma, su maravilloso olor a mujer, a hembra, era único. Inhaló con glotonería como si fuese el mejor de los perfumes.
―Separa las piernas para mí, mi amor, o pensaré que no deseas mi lengua jugando con tu perla.
No tuvo que repetir la orden. Ella alejó sus muslos y él se lamió los labios antes de disfrutar de su recompensa.
Isobel estaba en otro mundo. Al privarla de la vista podía concentrarse en todo lo demás.
Las respiraciones de él. Su esposo estaba tan agitado como ella.
Su lengua. Sumamente pecaminosa, tanto que en el momento en el que lo sintió sobre su pequeño capullo rosado tuvo que gemir y echar la cabeza atrás para poder sobrevivir a la traviesa caricia.
―Malcom… ―su nombre salió en un suspiro entrecortado. Lamía con un ritmo delicado, pausado. No. No. No. Ella necesitaba más. Mayor presión, mayor rapidez.
Trató de mover sus caderas para obtener lo que su cuerpo demandaba con urgencia.
―Mi duquesa codiciosa ―dijo sobre su sexo―. No puedes hacer trampas. Esto es para mí. Ten paciencia, pronto te daré lo que sé que necesitas. Deja que me deleite en tu sabor, que me empape los labios con tu rico licor.
Regresó la boca allí. Siguió con parsimonia. Ella sabía que la estaba atormentando de modo deliberado. Aguantó lo que pareció una eternidad hasta que tuvo que suplicar.
―No puedo más… te lo ruego, por favor.
Lo sintió sonreír mientras seguía lamiendo su feminidad. Estaba desesperada porque él no parecía atender su petición. Sintió un dedo en su entrada. Un segundo llegó para acompañar la entrada del primero. Los hundió todo cuanto pudo en su calidez y su boca comenzó a ser más ardua en su trabajo.
York sintió que su néctar se hacía más evidente y eso lo enalteció. Se agarró su miembro para poder tranquilizarse. Comenzó a masajearse a sí mismo al tiempo que chupaba y penetraba con energía a su esposa. No podía dejar de pensar en el modo en el que iba a tenerla.
―Malcom… viene, viene… Por favor…
―Toma lo que necesitas, mi amor. Dámelo ya. ―Después de esa orden tácita, su lengua hizo prisionera a su perla más secreta y sus dedos dieron el ritmo necesario para que ella pudiese explotar.
―Amooooor ―susurró en medio de la bruma de la pasión. El éxtasis la sobrevino de un modo alarmante. Tanto que ella olvidó el lugar en el que estaba, el secuestro del malvado, los problemas con las chicas… Solo estaba Malcom. Su duque. Su esposo. Su amor.
York no la soltó ni un momento. Siguió recogiendo los frutos de su excitación hasta que no quedó ningún signo de su ardor. El sabor de ella era embriagador. Un elixir de la vida tan potente que haría revivir a un impotente.
Se levantó y le soltó las manos del poste. No le quitó la venda de los ojos. Él se sentó en el borde de la cama y la colocó de rodillas en el suelo.
―Cruza las manos a tu espalda. No las uses por ahora.
―Si ella lo hacía no podría contenerse durante mucho tiempo―.
Soy tu rey, mi amor, y tienes que mimarme.
―La sujetó de la cabeza. Su moño se había resentido por la lucha del placer y los mechones de pelo que le caían le conferían un aspecto maravilloso para lo que tenía en mente.
Su mano derecha sujetaba su virilidad. Apoyó la cabeza púrpura en sus labios.
―¿Lo harás, Isobel? ¿Me darás lo que necesito?
―Siempre.
Sacó la lengua y lamió las gotas perladas que relucían y a continuación lo engulló cuanto pudo.
―¡Aaaaah! ―El suspiro de él la hizo sentirse pletórica. Malcom tenía un poder sobre ella incalculable, se lo reconocía, pero Isobel también tenía mucho que decir sobre el asunto.
La hacía sentirse poderosa. Incluso estando arrodillada ante su emperador romano, ella sabía que lo tenía sometido.
Malcom la tenía sujeta por la cabeza y dirigía la velocidad de su actuación.
Las caderas de él acompañaban también con suavidad las embestidas.
Era fantástica. La iba forzando poco a poco a tomarlo más adentro en su garganta y ella respondía perfectamente a su necesidad.
La saliva sobre su miembro contribuía a dar mayor lubricidad a la escena.
Los sonidos pecaminosos de la acción lo hacían desear dejarse llevar y derramarse sobre esa lengua juguetona para inundar la garganta con su simiente.
La separó de su eje de modo muy brusco.
―¿Lo hago mal? ―preguntó temerosa.
―No, esposa. Eres tan condenadamente buena que no consigo contenerme a pesar de que no uses tus delicadas manos para contribuir a mi placer.
A ella le gustó detectar la angustia en su voz. Oh, sí. Sabía que él necesitaba la liberación tanto como ella de nuevo. Sentía sus muslos empapados una vez más.
Como si York le leyese el pensamiento, llevó una mano hasta su intimidad.
―Malcom ―susurró con una leve caricia.
―Mojada de nuevo. Me vas a dar mucho trabajo, mi amor. Exigirás que te atienda diligentemente al menos un par de veces al día. ―No era una pregunta.
―Sí ―respondió ella a pesar de que no lo fue.
―Tu rey te ordena que lo montes con fuerza para lograr nuestro placer.
No puedes adelantarte a mí, mi amor. Tomarás lo que te dé al mismo tiempo que yo, así que vas a tener que ser una excelente amazona y calibrar bien tus tiempos.
Si fallas en tu cometido, serás gravemente castigada.
Y no te gustará el pago que ofrecerás, dado que la próxima vez tal vez no te permita que te dejes llevar. ―El poder le encantaba.
―¿Me harías eso? ―preguntó divertida.
Él se había recostado sobre la cama y ella trepaba por su cuerpo para colocarse sobre lo que ansiaba que la llenase.
―Si no quieres averiguarlo, cumple la misión de tu rey, mi amor.
―Con gusto, excelencia. ¿Se me permite usar las manos? ―preguntó antes de sujetarlo.
―Sí. Ya puedes ―concedió permiso.
Isobel lo tomó con la mano derecha dispuesta a llevarlo a su entrada. Apoyó la vara de él y poco a poco se fue acomodando a su tamaño.
―¡Oooooh! ―gimió al sentirse llena.
―Hasta el fondo, Isobel.
―Impaciente.
La respuesta de él fue sujetar sus caderas y hacerla bajar hasta que sus pesadas y grandes bolas golpearon su carne.
―Cabalga, Isobel. Estoy ansioso por saciarme.
Ella sonrió. Apoyó las palmas de las manos sobre su pecho, y se inclinó para buscar su boca. Se besaron mientras ella se removía de lado a lado sobre su esposo para darle placer. En esta ocasión era Isobel la que absorbía los suspiros de Malcom.
―Amor, estoy cerca ―le dijo ella.
―No quiero apresurarlo, esposa. Espérame un poco más.
Isobel combinó el ritmo a la perfección para domar su montura. Se agitaba sobre él violentamente, para sin previo aviso cesar en su cabalgata y ser más sutil.
―Eres malvada.
―Tú eres quien me tiene esperándote mientras estoy más que lista para irme.
―Siéntate sobre mí y deja que vea tus pechos subir y bajar mientras nos dejamos conducir por el libertinaje.
Ella hizo lo que le pidió. En cuanto estuvo en la postura solicitada, York le quitó la venda de los ojos. Se quedaron quietos.
La luz del sol le permitió ver el orgullo en la mirada de su esposo.
―¿Ya? ―pidió permiso para ser la mejor amazona del planeta.
―No separes los ojos de los míos. Quiero que veas lo que me haces, lo especial que eres para mí. Deseo admirar lo que sientes cuando te hago mi mujer, lo especial que soy para ti.
Ella le sonrió y comenzó a balancearse. Estaba apretada y era una delicia. La carrera comenzó e Isobel estaba dispuesta a demostrar que podía llevarlo a la locura con sus movimientos.
No costó demasiado que ambos se deshicieran en largos suspiros y miradas ardientes. La vista de uno fija sobre el otro. Ella obediente, él expectante.
―Si no vienes conmigo ya, esposo, seré yo la que te castigue.
Él se rio. Tenía alma de duquesa después de todo.
Echó la cabeza atrás sin dejar de admirarla y ella hizo lo mismo. La señal de que ambos debían dejarse consumir por la liberación. Y no solo se equipararon para alcanzar la grandiosidad del acto físico, si no que gimieron al unísono para convertirse en uno solo en medio de la pasión más sublime.
―Isobel, eres magnífica. Pareces tan inocente y sin embargo las cortesanas tendrían envidia de tu intuición ―dijo en cuanto recuperó la respiración.
Rodó sobre la cama con ella para quedar abrazados. No deseaba salir de su calor todavía. Le dio un beso juguetón en la punta de la nariz.
―No es solo mi mérito. Tengo un amante muy curtido en las batallas de la perdición.
―Y te enseñaré cada callejón hasta el fin de mis días, Isobel.
Los dos esposos se sonrieron satisfechos.
―¿Hemos acabado tan pronto? ―preguntó ella al tiempo que se mordía el labio.
―Ah, todo un reto que puedo soportar, mi amor, porque en caso de no poder seguir adelante un poco más, no sería el duque vanidoso del que te enamoraste.
A continuación, iba a demostrarle a su nueva esposa, que nunca se rendía cuando le lanzaban un desafío. Salió de su cuerpo y llevó una mano hasta su intimidad. La esencia que salía de su interior hizo que él tuviese más fácil poder acariciarla.
―¡Malcom! ―gritó al darse cuenta de que él no había entendido que solo pretendía bromear. Los dedos se hundieron en su interior.
―Uhm. Mi crema es mejor que cualquier aceite para estimularte. Espero que estés a la altura de tus demandas, Isobel, porque tu noche de bodas no finalizará hasta bien entrada la madrugada y el sol luce todavía espléndido.
Fin.