Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Faran Spooner salió del club El placer del infierno seriamente afectado. No había esperado que el maldito York supiera al fin pelear. Tampoco que fuese más grande… tanto como una maldita montaña de granito o algo más duro.

No importaba. Isobel era suya porque la había visto primero.

La había ido conquistando lentamente y por primera vez una mujer se había metido bajo su piel, no con fines lujuriosos.

Ella le importaba y su dinero lo necesitaba.

Faran podría dirigir la fortuna del conde mientras el joven llegase a una edad más adulta.

¡Lo tenía todo para convertirse en el paladín de la maldita familia!

¿Por qué demonios lo había tenido que estropear todo York?

Tantas mujeres como había, y el duque, una vez más, se había tenido que interesar en la que Faran ya había puesto sus ojos.

¡Condenación! Esa malsana rivalidad entre ambos.

Lo supo, en el momento en el que lo vio en la posada. Fue el modo en el que York la miró. Ella era diferente, Faran lo había descubierto también y por no querer apresurar las cosas y comportarse como el caballero que no era, la perdió.

Isobel lo había arrinconado en favor de York y eso dolió como la muerte misma. Ni las peleas que tuvo con el duque en su niñez consiguieron aminorar la rapidez con la que el cuchillo le atravesaba el pecho.

Algo tenía que hacer. Necesitaba un plan, porque no pensaba batirse en duelo con York. No porque pensase que no ganaría, sino porque quería darle más fuerte y duro al duque y un enfrentamiento de ese tipo no sería la solución.

Thorpe se marchó a su casa con la idea de descansar un poco y ver qué se le ocurría.

Y sucedió. Antes de acostarse, le vino a la mente lo que iba a hacer y era toda una suerte que el dinero que le había dado la prima Helena no hubiese acabado despilfarrado en las mesas de juego porque iba a necesitar la inversión para los sobornos que tenía previstos.

***

Faltaba un día para la boda. Hacía varios que no veía a Malcom.

Se sentían como todo un año. Estaba prendada.

A sus pies. Y lo mejor era la esperanza de que iba a tener un matrimonio lleno de dicha, basado en el amor.

Sí. Se había enamorado de él, de sus excentricidades, incluida su vanidad.

Le gustaba el modo en el que la hacía sentir especial y protegida, como si el mundo solo estuviese habitado por ella.

Las inseguridades de Isobel con respecto a él se habían esfumado por completo.

No era ilusa. Había sido un hombre sin compromiso, un disoluto y las mujeres nunca dejarían de perseguirlo.

No importaba. Él la había elegido y el matrimonio era confianza, un salto de fe donde se aceptase al otro con todo lo que ello conllevaba.

Además, Isobel también era capaz de competir en atractivo con él si se lo proponía porque cualquier mujer podía sacarse su mejor partido si así lo desease.

York era demasiado perfecto. Tan apuesto que dolía a la vista, pero ella sabría manejarlo.

Él no buscaba una aventura más. Isobel, como institutriz, sabía de antemano leer a un alumno travieso.

El duque era un hombre que deseaba avanzar en la vida.

Sus años de soltero, sin preocupaciones, habían llegado a su fin.

Juntos compartirían sus alegrías y horas bajas.

Ambos superarían cualquier obstáculo. Formarían una familia. Al fin tendría un verdadero matrimonio.

Suspiró. ¿Cómo hubiese resultado ser todo si Snow no se hubiese marchado a la primera ocasión que tuvo?

No era un hombre tan increíble como York.

No al menos físicamente, pero sí había cierta calidez en su conversación cuando hablaba de sus hijos.

¿Habría sido feliz? No tenía caso preguntarse algo como eso.

No, cuando todo en la vida la había traído justo hasta este momento en el que lord Thorpe se encontraba en el recibidor de su casa, en plena mañana, despeinado, con la vestimenta arruinada, amoratado y con un hilo de sangre seca en la comisura de los labios.

―¡Cielo santo! ¿Qué le ha pasado, Faran? ―La preocupación fue tal, que dejó a un lado sus rencillas y se apresuró a bajar para ver si podía ayudarlo.

―Es Sullivan, lo he visto en la calle no muy lejos de aquí, Isobel, he luchado contra él para que no se llevase a Evangeline, pero la tiene en su poder. Ha dicho que se la llevaba a Gretna Green… no sabía qué hacer y he venido a buscarte para que me ayudes a hacerlo entrar en razón.

―¿Sullivan? ―preguntó con los ojos como platos. Evangeline le había pedido permiso para salir a dar un paseo de buena mañana y ella lo había concedido. Su corazón se sintió apretarse en un puño.

―Debemos ir de inmediato, Isobel.

―Regina… debo avisarla ―dijo dándose la vuelta.

―¡No hay tiempo! ―ladró él―. Si nos damos prisa los detendremos, no debemos perder ni un valioso segundo.

―¿Cómo Sullivan…?

―Es una larga historia que te contaré en el carruaje.

Al parecer el señor Sullivan conoce a tu hija y es un hombre peligroso.

Solo Dios sabe lo que se propone hacerle.

Evangeline ha gritado y pataleado, pero él no estaba solo y sus secuaces me han reducido…

Debemos apresurarnos o será demasiado tarde.

Hay que salir ya y tratar de alcanzarlos o la joven se verá unida a un hombre que no la merece.

―¡Cielos! Mi pequeña está en problemas… ¡Vamos!

No se lo pensó dos veces, tomó la mano que él le ofrecía y corrió hacia el vehículo que los esperaba en la calle, bajo las escaleras de la entrada principal.

―¡ Lady Snow! ―gritó alguien, pero ella ya estaba dentro y Thorpe se apresuró a cerrar la puerta para que no pudiera escapar.

Se sentó en el sillón de terciopelo rojo, todavía temblando por el pánico que sentía. Evangeline… secuestrada por Sullivan. Finalmente el conde de Snow tuvo razón al tratar de sesgar esa relación. ¿Cómo no había visto ella la verdadera naturaleza del hombre?

―Dios mío, estás malherido y… Necesitas atención. No sabes cuánto te agradezco lo que haces.

El vizconde le cogió las manos entre las suyas.

―Solo lo hago por ti, Isobel. Debes saberlo, solo deseo tu felicidad. ―Ella asintió con cierta incomodidad.

―¿Cómo los encontraremos? ―desvió la conversación.

―Tenemos que ir hacia Gretna Green, va a sobornar a un herrero para que los case sin hacer preguntas. La objeción de la dama no será impedimento si dan con el hombre adecuado que martillee el yunque y oficie la ceremonia. Lo que importa es el papel escrito no lo que diga la dama en voz alta.

―¡York! Debo avisarlo ―dijo, en cuanto se dio cuenta de que al día siguiente se casaba con el duque.

―Le enviaremos una misiva desde la primera posada en la que paremos.

―Sí, será lo mejor, que se reúna con nosotros más adelante. No es conveniente darle más ventaja de la necesaria a Sullivan ―opinó llena de nervios.

―¡Quién diría que un simple administrador sería capaz de hacer semejante crueldad por la aversión que le despertó el padre de la muchacha al despreciarlo! ―se lamentó el vizconde más relajado. Pues acababan de dejar atrás las céntricas calles de Londres y pronto conseguiría su meta.

Los ojos de ella volaron hacia los de él. Sintió en su nuca un escalofrío.

―¿De qué conoces a Julian Sullivan? ―Ella juraría que nunca había hablado de ese asunto con Thorpe.

¿Se lo habría desvelado su prima Helena?

La señora Gardener era de absoluta confianza y no la veía contando algo tan delicado que acabaría con la reputación de Evangeline en un pestañeo. Algo no le dio buena espina.

―Avery Sullivan, querida ―la corrigió al momento―. Si tratas de tenderme una trampa no te resultará. Conozco muy bien al hombre en cuestión porque fue él quien me dijo quién eras y cómo debía engatusarte. ―Ella ya estaba en su poder y no tenía caso seguir interpretando el papel.

―¿Disculpa?

―Isobel, perdí dinero en un club que el hombre que ama a Evangeline dirige. Él me dijo que no haría efectivos los pagarés si yo trabajaba para él. Supongo que hizo las averiguaciones muy bien, porque situó a mi prima Helena en las cercanías de tu propiedad. El resto… Ya puedes imaginártelo.

―Pero… No lo entiendo. ―Isobel estaba compungida ante la revelación.

―Me enamoré de ti ―dijo con sinceridad―. Él me envió a espiarte y lo hice porque estaba en apuros. Lo que sentí no es mentira ―apuntó antes de que ella hiciera la conexión que sabía que acabaría consiguiendo.

Isobel gimió en alto. La posada. Faran estuvo allí cuando decidió que sería su amante. Sullivan… ¡lo vio también en La yegua y el sabueso! El muy astuto se sorprendió cuando le dijo que era la condesa de Snow. ¡Tramposo!

―Todo era una mentira… ―susurró sintiéndose la peor ilusa del mundo.

―¡No! Yo te deseo, Isobel. Siempre lo he hecho, desde que te vi. No puse mis ojos en tu hija y luego traspasé mis afectos como hizo York. ¿Crees que él te será fiel? ¿Que te ama? Ese hombre solo se ama a sí mismo. Serás desgraciada con él. Quédate conmigo. Te prometo que te haré feliz.

Ella lo miró con precaución. Apartó sus manos de las de él y saltó a la otra punta del asiento para alejarse cuanto pudo.

―Encontremos a Evangeline. Es lo importante ―señaló sin mirarlo a los ojos.

―Isobel… por favor…

―No. Mi corazón está con mi hija. Si ese despreciable la violenta…

Por Dios que sacaré las pistolas de Snow y le daré su merecido.

―No mentía, haría cualquier cosa por su familia y las pistolas del anterior conde estaban a buen recaudo y en perfecta conservación en un cajón, bajo llave, en el escritorio de la casa solariega.

―Debí decírtelo antes. Lo siento ―se disculpó en verdad apenado Thorpe.

―Sí, debiste hacerlo.

―No eras importante cuando te conocí, pero luego la cosa cambió. Te hiciste mi amiga y luego, sin planearlo, hablamos de ser amantes…

―¿Sin planearlo? ―Ella se rio en alto al tiempo que se tocaba la frente.

―Te lo prometo. No esperé enamorarme de ti.

―Voy a casarme mañana, Thorpe.

―No puedes hablar en serio, Isobel ―bufó.

―Estaré en deuda contigo por haber tratado de ayudar a Evangeline y protegerla, pero no hay nada más ―se mostró tajante.

―¿Nada? No te creo, recuerdo bien la urgencia de tus besos, las palabras tiernas… ¿Fueron mentira? ―la increpó.

―No tienes derecho a acusarme de falsedad, cuando tú eres un embuste enviado por Sullivan a mi casa. ¿Con qué fin? ¿Por qué te envió? ―Había algo extraño en la historia, pero ella no conseguía dirimirlo.

―Para espiarla a ella. Deseaba saber que estaba bien.

Está obsesionado con tu hija. Su fijación llega hasta el punto de secuestrarla.

Vengo a buscarte y te revelo la verdad… ¿qué gano yo, Isobel?

Soy tan bueno como York. Los dos tenemos pecados sobre nuestras espaldas, ¿por qué a él lo perdonas y a mí no?

―Lo amo ―dijo con fijación sin apartar la mirada de Faran. Ella vio cómo la expresión de los ojos del que consideró alguna vez un amigo se tornaban furiosos… llenos de ira.

La reacción de él no se hizo esperar. Ella supo que algo no iba bien en cuanto la mirada de él se oscureció y mostró rabia.

Entonces le propinó una bofetada que la dejó apoyada sobre la cortina que cubría el interior del carruaje.

Se llevó la mano a la mejilla, asustada porque no previó esa reacción.

¿Quién diablos era el hombre que tenía enfrente?

Porque no era el mismo que le acababa de hablar hacía escasos minutos sobre sus tiernos sentimientos.

―Probemos otra vez, Isobel. ¿A quién amas? ―preguntó desafiante, sin bajar la mano que la había agredido hacía unos segundos.

Los ojos de Isobel se llenaron de lágrimas al comprender el enorme error que había cometido subiendo a un carruaje que circulaba a toda velocidad con ese hombre.

Nadie sabía que se había marchado con lord Thorpe y comenzaba a sospechar que estaba en problemas más serios de los que podía ver a simple vista.

―A ti, Faran. ―Sabía bien lo que debía responder si no deseaba recibir otro correctivo. Le dolió en el alma tener que decirlo, pero el instinto de supervivencia le gritaba que era una temeridad tratar de hacerse la valiente.

―Eso está mejor, Isobel. ―Él se acercó a ella y le acarició la mejilla maltratada después de hacer que ella retirase la mano de ese lugar―.

Solo usaré la disciplina cuando la merezcas, te prometo que mientras te portes bien, no tendré que levantar mi mano para corregir tu comportamiento.

Serás una esposa deliciosa y conmigo estarás a salvo.

No dejaré que te asemejes a las demás mujeres, porque tú eres única y aunque te has desviado del camino a causa de York, yo te volveré a colocar en la senda correcta.

Ella tragó saliva al comprender la situación.

―Sullivan no ha secuestrado a Evangeline, ¿verdad?

La pregunta de la condesa no fue contestada. Él se limitó a sentarse de frente, descorrer la cortina de su lado y a mirar el paisaje campestre que se podía observar a través de la ventana. Londres ya había quedado atrás.

―Será mejor que te muestres solícita, Isobel, es un largo viaje hasta Escocia y cuando lleguemos, estoy seguro de que no querrás ser una novia magullada…

Tú eres buena, así que supe que me harías bueno a mí también.

Sé que no me harás enfadar y lo que llevo dentro no aflorará con asiduidad porque eres diferente.

Haz que no desee maltratarte y todo irá bien.

Tuve grandes esperanzas en ti y sé que no me fallarás.

Ella tragó saliva. ¿Cómo, en nombre de Dios, no fue capaz de ver que estaba ante un hombre sin escrúpulos, al que le había permitido secuestrarla sin oponer ninguna resistencia?