Capítulo 16 #2
―No sería gratificante si no opusieras cierta resistencia, porque sería como volver al pasado, cuando te caías al suelo y solo te quedabas quieto.
―Bueno, supongo que es hora de moverme. ―Dicho lo cual, Malcom se balanceó hacia delante, torció el tronco y le asestó un puñetazo en el estómago. Le gustó oír quejarse a su oponente.
Sin darle tiempo a reaccionar, en cuanto el vizconde se agachó ligeramente en un gesto de dolor, le asestó un puñetazo en el rostro. Thorpe rugió.
―¿Qué pasa, amigo? Solo sabes propasarte con los indefensos, ¿verdad?
York se separó de él y le permitió recomponerse.
―Tu futura esposa… ella lo sabe, ¿por qué no se lo preguntas?
En ese momento, York lo vio todo rojo. Las pulsaciones del corazón rezumbaron en sus oídos.
Fue hasta Thorpe con todo lo que tenía para darle.
Demasiado se había contenido en la conversación que antecedió al combate.
York se abalanzó sobre él, pero el vizconde se agachó y esquivó el golpe, se giró sobre sí mismo y le dio una patada en la rodilla a Malcom.
El duque cayó. Cuando sintió el frío suelo, rodó para esquivar lo que sabía que venía a continuación.
Consiguió levantarse mientras sorteaba con éxito y pericia las patadas que Faran trataba de asestarle desde la altura.
Cuando se incorporó, se lanzó sobre el torso de su enemigo y buscó golpearle las costillas. Dio en el clavo con su puño izquierdo. No duró demasiado la gloria de saber que había acertado, pues Thorpe le dio un cabezazo que le debió partir la ceja.
Ambos se separaron.
―No te lo voy a poner en bandeja tampoco, York. Me has quitado lo que yo vi primero. Debiste contentarte con la hija, dado que trae bajo el brazo una buena dote y es más joven y fresca que la madre ―le recomendó.
―Y tú, lamentarás el resto de tu vida que ella me recogiese en la zanja y me prefiriese frente a ti.
York comenzó a buscar un punto directo sobre el que atizarle. El condenado vizconde era ágil, eso se lo concedería.
Los dos parecían estar bailando una complicada danza en la que ninguno conseguía pegar al otro.
―¡Ya te has divertido bastante, hermano! Acaba de una vez con él ―le animó Liam, desde la parte derecha del cuadrilátero.
York se lanzó hacia delante con los puños en alto y volvió a la carga.
Esta vez no le daría tregua. Le mostró la intención de atizarle con la derecha, pero fue la zurda la que remató el trabajo.
Directo a la mejilla derecha y con toda la fuerza que fue capaz de reunir.
El otro puño se alzó raudo y se estampó en la garganta de Faran, en un movimiento certero que el propio padre de Isobel le recomendó usar cuando tuviera ganas de zanjar una discusión con rapidez.
Thorpe se quedó privado del aire. Comenzó a asfixiarse mientras caía al suelo, más producto del pánico que sintió por no poder respirar, que debido al dolor. York lo miró desde las alturas con un gesto triunfante.
―¿Y bien, Thorpe?
―Aaaah ―consiguió emitir una queja Faran.
―¿Cuándo te marchas de Inglaterra? ―York lo vio mover la cabeza para negar―. Supongo que eso nos deja con otra alternativa. ―El vizconde afirmó―. ¿Pistolas o las anticuadas espadas, Thorpe?
―Pis…to…
―Bien ―lo interrumpió―. Será la mañana de mi boda. Me batiré contigo y luego me casaré. A eso se le llama un día redondo, Thorpe.
Los gritos comenzaron a sucederse a su alrededor.
No eran producto de la euforia, tampoco provenían de los que habían ganado las apuestas.
York se giró para ver qué sucedía. La vista se quedó fija en Phenton.
Lucien se sostenía el costado derecho con ambas manos mientras caía al suelo.
Kensington y Exeter salieron a la carrera en busca del hombre que había apuñalado al duque de Phenton, mientras que el resto se disponía a atender al herido.
York regresó la mirada a su oponente, pero Thorpe ya no estaba en el suelo, alguien le había ayudado a desaparecer del lugar. Malcom no se sorprendió, pues era bien sabido que las ratas eran las primeras en abandonar el barco cuando se hundía.
―¡Sullivan, un médico! ―gritó Malcom, aunque el dueño del club ya estaba buscando lo solicitado por el duque.
Trasladaron a Lucien hasta una de las habitaciones y esperaron a que llegase el galeno. Liam era el que estaba haciendo presión sobre la herida, tal y como le había dicho el propio apuñalado.
Exeter y Kensington regresaron y se acercaron a York.
―¿Qué demonios ha pasado? ―preguntó Malcom.
―Era alguien muy bien preparado y se ha esfumado ―dijo el duque de Kensington.
―Phenton tiene muchos enemigos ―habló Exeter.
―¡Maldita sea! ―se quejó Malcom―. ¿Qué vamos a hacer?
―No hay más remedio que esperar a que vuelva a actuar. Me temo que Phenton está en peligro y va a tener que buscar al hombre que intenta matarlo ―apuntó Kensington con convencimiento.
York suspiró.
―Imagino que el trabajo que desempeñó durante la guerra…
―Sí. Podría ser eso o algo totalmente diferente y frívolo como un marido celoso. No se puede saber por el momento a qué obedece el ataque ―opinó Kensington.
―Al final, Albemarle tuvo razón cuando lo apartó de su hermana ―sentenció Exeter.
―Todos sabemos que lord Albemarle nunca le hubiese entregado a su hermana, aunque Phenton fuese el elegido por Dios para guiar a su rebaño ―terció York con disgusto.
―Demasiada rivalidad ―se lamentó Exeter mientras asentía con la cabeza.
El señor Sullivan trajo consigo a un médico que, afortunadamente, estaba jugando a la ruleta en el club. El buen doctor le había dado sus señas a uno de los chicos para que fuese a buscar su maletín a casa. Dejaron que el galeno lo atendiera porque ellos no podían hacer nada por su compañero.
Avery Sullivan se colocó al lado de York. Exeter y Kensington compartían teorías conspiratorias en otro lugar más alejado.
―¿Considera que esto es obra de Thorpe para salir huyendo?
―No lo creo. Phenton tiene sus propios demonios. Además, Thorpe ha aceptado el duelo, no pienso que esté implicado. No tendría sentido atentar contra la vida de Phenton. El blanco del vizconde soy yo.
―¡Eso fue lo que debió haber propuesto primeramente, excelencia! ―lo regañó con ansiedad.
―No sea absurdo, Sullivan. Un duque no va retando a un vizconde a la ligera.
No es apropiado y tampoco hubiese sido divertido no golpearlo antes de matarlo.
Lo he vencido en el ring, todo el mundo lo ha visto, y en cuanto se sepa que él trató de cortejar a mi futura duquesa y no aceptó la derrota, mi legitimidad para solicitar el duelo quedará justificada.
Uno debe meditar las cosas bien antes de llevarlas a cabo.
―¿El vizconde cortejó a la señorita Baltimore? ―preguntó más para sí que para el otro. Tenía entendido que fue una cuestión más… carnal, según lo que le explicó Thorpe.
―Es lady Snow para usted, y pronto será la duquesa de York ―apuntó con molestia―. Verá, Sullivan, hablaremos de esto una vez y nunca más. Usted puso a un hombre que goza con la violencia, tras las faldas de la dama que amo. No crea que va a salir indemne de la situación.
―No negaré mi error, pero comprenderá que lo que me impulsó a hacer algo como eso fue mi deseo de velar por la dama a la que amo.
―Ya…
―No me gusta su tono, excelencia.
―Un hombre que ame a una mujer, pobre o rico, de su misma posición o por debajo, no se escabulle entre las sombras, él busca la manera de solucionar las cosas y ganarla.
―Por supuesto que sí ―ironizó Avery―. En un mundo ideal donde todos tuviesen las mismas oportunidades…
puede. Usted no sabe nada sobre mí ni mis circunstancias.
Es más que plausible ver la vida desde su posición privilegiada donde los problemas residen en qué vestimenta elegir por la mañana para estar impecable.
¿Qué habría hecho si el padre de la mujer con la que quiere casarse le dice que es basura y que antes se colgaría, que permitir ver mancillada a su hija con un hombre que no la merece?
―Luchar con uñas y dientes y demostrar lo equivocado que estaba ese hombre ―rebatió sin dudar.
Se tomó un momento para reflexionar. Se sentía magnánimo―.
Venimos a esta vida llena de sufrimiento en busca de paz, para arañar algo de felicidad.
No importa las corazas que nos pongamos encima, cuando el amor despierta un corazón, hay que tomar cartas en el asunto.
No sé cómo ha acabado en un lugar como este y no pretendo cuestionarlo, señor Sullivan, pero si ya lo tenía complicado mientras era el respetable administrador de un conde, peor lo tiene como dirigente de un antro de juego y pecado en el East End.
Será mejor que se olvide de lady Evangeline y permita que yo me ocupe de su futuro y bienestar.
Lo crea o no, Isobel será mi esposa y eso significa que su familia es lo primero para mí.
―Se acababa de confesar con un extraño al que apenas conocía.
Había dicho cosas que jamás imaginó que saldrían de su boca, pero no por ello inciertas.
Se sentía diferente, enamorado y tal vez por eso podía comprender la desesperación que sobrellevaba en sus espaldas Sullivan.
―No dejaré que ella acabe con alguien como su hermano ―aseguró con un brillo peligroso en los ojos. A York le gustó su determinación.
―Lord Liam Banstorn no se casará a no ser que le apunten con una pistola en sus partes nobles. Liam no hará nada deshonesto con la hija mayor de mi esposa, se lo aseguro.
―¿Qué garantías me da? ―lo interrogó.
―La de que conmigo o Liam no va a tener el temor de que acabemos violentando a Evangeline. No vamos a poner a un lobo como Thorpe a custodiar a las ovejas.
Ah. Eso fue una acusación y Sullivan decidió no hacerle caso. Así que se limitó a levantar una ceja desafiante y le respondió:
―No, porque dos lobos más peligrosos ya las custodian ―dijo en clara alusión a él y a su hermano Liam.
York sonrió de lado.
―Veo que lo entiende.
***