Capítulo 15 #3
―Y si usted espera ―usó las mismas palabras que Avery― que yo mueva un solo dedo para mostrarle gratitud ante la información que me ha dado, puede arder en su propia miseria ―rebatió antes de poner su montura al galope.
―Si vela por los intereses de lady Evangeline estaré más que agradecido ―dijo Avery, en medio de la nada.
***
El duque de York tenía que admitir que para ser un club del East End, El placer del infierno, era mucho más de lo que esperaba. Creyó que sería un lugar sucio, maloliente, lleno de faldas ligeras de mal aspecto… Nada que ver con lo que se presentaba ante sus ojos.
Paredes envueltas en terciopelo rojo, salpicadas con paneles oscuros de materiales metálicos, puertas de color dorado, mesas talladas en madera de gran calidad…
Muchos caballeros y nobles que él conocía se entretenían con el juego, las mujeres y el espectáculo que daban varias chicas bailando ligeras de ropa.
Damas de alta sociedad que ocultaban su identidad bajo antifaces sensuales…
Además, los sirvientes transitaban por el lugar con una educación más que aceptable.
Malcom y el duque de Phenton se detuvieron en una esquina del piso inferior. La opulencia del elegante establecimiento era apabullante.
―¿No dijiste que era un club tan…?
―¿Magnífico? ―ayudó York a completar la frase a su amigo.
―Ciertamente me dan ganas de abandonar White’s y unirme a este lugar. Si la comida es igual de buena de lo que es la decoración y el espectáculo, pediré una invitación.
―Confieso que estoy tentado de hacer lo mismo. No consideré que esto pudiera ser así ―expuso con franqueza, mientras observaba el lugar con atención.
―Bueno, de todas formas no hemos venido a disfrutar.
¿Crees que tendremos problemas aquí dentro?
―le preguntó con tranquilidad Phenton. Su compañero estaba preparado para lo que pudiera ocurrir.
En verdad agradecería un poco de acción.
Su vida estaba resultando demasiado tediosa en los últimos meses…
en realidad, en estos cuatro años había sido aburrida por completo.
El duque de Phenton, en cuanto York le dijo que tenía que ayudarlo con un pequeño favor, trató de negarse.
No iba a poner un solo pie en un baile civilizado jamás.
Ya, en cuanto le dijo que era ir a un club decadente en la parte fea de la ciudad…
ahí la cosa cambió. Y en el momento en el que le explicó que iba a darle a Faran Spooner el merecido que no le dio en su infancia…
¿Quién podía perderse semejante hazaña? Habían compartido vivencias en Eton y el abusón de Thorpe tuvo un especial interés por incomodar a York con asiduidad.
Además, estaba el sucio asunto sobre el que se especuló con el vizconde.
Faran Spooner tenía fama de ser poco paciente en determinados temas, en especial los referentes a los femeninos, y cuando en una fiesta privada apareció aquella muchacha de la que se dijo que cayó por las escaleras accidentalmente…
Lucien Maldith, duque de Phenton, siempre tuvo un sexto sentido para determinar la naturaleza de quienes estaban a su lado.
Esa cualidad fue crucial para inmiscuirse en el mundo del espionaje.
No en vano fue considerado un espía que trabajaba para ambos lados durante la guerra contra Napoleón.
Su habilidad para ser perfecto y convencer a los demás sobre sus intenciones, falsas o verdaderas, junto con las técnicas de lucha en las que fue adiestrado, lo convirtieron en una pieza clave para la Corona.
Y fue por su pasado, como excelente espía, que York contó con él para acudir a la misión en la que se iban a adentrar esa noche en el East End.
―¿Puedes creerte que estoy emocionado, como hacía años que no lo estaba, por tener al fin una buena y equilibrada pelea con él?
―No comprendo el motivo por el que nunca nos permitiste ayudarte a defenderte, York.
―No estaba dispuesto a que nadie luchase mis batallas por mí. ¿De dónde crees que nace todo este orgullo? ¿Crees que es estéril mi fachada, amigo mío?
Lucien suspiró.
―¿Qué vas a hacer con ese señor Sullivan? ¿Vas a contarle a tu inminente esposa que permanece en la sombra y atento a los movimientos de su hija mayor? ―se interesó Phenton.
Cuando el duque le explicó con detalle el encuentro producido con el señor Sullivan, no dejó nada en el tintero.
Necesitaba orientación y sería mejor recibirla por parte de un hombre al que le habían negado por segunda vez la felicidad.
Bien sabía York que Phenton perdió dos veces la ilusión del amor.
―No está claro que él sea una amenaza para Evangeline. Habrá que esperar a ver qué sucede ―advirtió con cierta preocupación―. Lo que nos interesa es organizarnos lo antes posible. Si Thorpe no ha llegado todavía, no tardará demasiado y lo que hemos tramado me parece bastante acertado.
―Te casas en menos de dos días, York. A tu esposa no le agradará verte magullado o, en el peor de los casos muerto… ¿Estás seguro de que proceder así será lo mejor?
―No pienso pasarme la vida girándome para protegerme las espaldas.
Si de pequeño ya era un demonio peor que el más retorcido del ejército de Satanás, puedes hacerte una buena idea de que no dejará a Isobel tranquila y que a mí intentará hacerme algo peor.
Trató de forzarla, Phenton ―le recordó, conteniendo la ira que volvía a latir.
―Lo sé. Esa parte me quedó muy clara cuando la explicaste. Solo lamento que no me hubieras pedido ayuda para localizarlo antes, sigo teniendo contactos, York. Te habría dado su posición antes que Sullivan y ahora no le deberías un favor.
―No le debo nada. Ese hombre puso en el camino de mi familia a Thorpe ―escupió con enfado―. Lo que merece es que le dé un puñetazo y le deje la nariz rota para siempre. Creo que no le han dado bastantes golpes, solo la tiene ligeramente torcida, no ha estado rota, te lo aseguro.
―Sospecho que están hablando de mí. Más concretamente de mi nariz. Así que diré que ninguno de los dos tiene la más mínima posibilidad de romperla ―alegó, con una brillante sonrisa, el recién llegado señor Avery Sullivan.
―¿Está dispuesto a apostar por ello, Sullivan? No he dejado de lado un reto nunca en mi vida y no me gusta abandonar las buenas costumbres ―señaló York con seriedad.
Phenton se rio con ligereza ante lo expuesto por su amigo.
―Tal vez en otro momento, no es la noche adecuada para desviarnos de nuestros asuntos. ¿Cuál es el plan?
―Mi amigo, el duque de Phenton… ―Avery y Phenton intercambiaron una rápida inclinación de cabeza que dio por hechas las presentaciones―, y yo vamos a pedirle que nos dé los pagarés de Thorpe.
La vista del antiguo administrador del conde de Snow se estrechó en un gesto de sorpresa.
―Había esperado algo un poco más elaborado ―confesó decepcionado mirando a York.
―Le pagaré en compensación por las pérdidas que puede ocasionarle la cesión del botín de Thorpe ―añadió Malcom―. No tengo tiempo de jugar para ganar esos pagarés.
―Y yo no aceptaré su limosna. Tengo capital suficiente para poder contribuir en mi parte a fin de resarcir a las damas que puse en peligro. ―La sentencia fue dicha en tono rígido.
―El vizconde es muy peligroso ―habló Phenton, quien vio de inmediato esbozar una sonrisa condescendiente por parte de uno de los dueños del club.
―No es el más peligroso ―expresó Avery con orgullo.
―Cierto, Thorpe no lo es ―alegó con mayor triunfo York.
Lucien suspiró con cansancio. ¡Hombres infantiles!
―Si hemos acabado ya con las muestras de supremacía varonil, es momento de que nos pongamos a trabajar. El objetivo ha entrado en la cueva del lobo. ―Phenton lo acababa de ver subir las escaleras que daban acceso a esa parte del club.
―¿Qué sucederá después de que yo le dé los pagarés? ―se interesó Sullivan.
―Luego nos divertiremos un rato. Tengo entendido que aquí se organizan peleas.
―Con el debido respeto, excelencia ―empezó a declarar Sullivan con mucha molestia―, yo mismo hubiese sido capaz de pelear con él a puño desnudo.
Lo que buscaba cuando contacté con usted fue que lanzase un duelo.
Ni más ni menos. Solo un caballero puede desafiar a otro para que se mantenga cierta legitimidad, aunque bastante dudosa.
―¡Ah, cachorros aprendices, incapaces de ver más allá de sus torcidas narices!
―Yo no lo hubiese expresado mejor, York ―alegó jocoso Phenton.
―¿Qué me he perdido? ―preguntó Sullivan viendo el intercambio de complicidad entre ambos duques.
―Hay que disfrutar del deporte. En este caso, la caza sería aburrida si la presa no sufriese un poco, señor Sullivan ―indicó Malcom.
Avery miró de modo pétreo a York durante unos instantes.
El duque no se mostró ofendido ni impaciente por el escrutinio.
Le llevaba más años y contaba con mayor experiencia.
Malcom mismo había perfeccionado el arte de ser ilegible y parecer calmado.
Por dentro hervía de rabia contra el hombre que veía por el rabillo del ojo, pues Thorpe ya se acercaba hasta su posición.
―Me pongo en sus manos, a regañadientes, excelencia ―sentenció al fin Avery.
―Lo sé ―repuso el duque.
No hubo tiempo para añadir nada más. El grupo estaba preparado para recibir una interrupción más que esperada.
―Excelente reunión ―dijo Faran en cuanto llegó a la posición de los tres hombres―.
¿Han venido las damas? Estoy seguro de que el señor Sullivan estaría encantado de llevarse a sus habitaciones privadas a una de las hijas de Snow…
¿O ese serías tú, York? No… Tú te llevarías a la madre y a las dos hijas al mismo tiempo, ¿verdad?
Avery dio un paso al frente sin ocultar su ira. Lucien Maldith lo sostuvo por el hombro con cierta discreción al tiempo que York se interponía en el camino de Sullivan.