Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 15
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Capítulo 15

Un poco de acció n

Estaba eufórico. El duque de York no había salido a montar desde hacía… Ya no lo recordaba, pero ese día se había despertado en su cama, a las cinco de la mañana y añoraba a esa maravillosa mujer que lo volvía loco, de amor y de deseo.

Con las primeras luces del sol, sacó a su semental de los establos, a Dragon, una fiera negra con un gran temperamento, y se montó para sacar la ansiedad que sentía por el gran y esperado cambio que su vida iba a dar.

Paseó a trote tranquilo por Hyde Park, y cuando el camino lo permitió, espoleó a su caballo tanto como pudo y el animal lo agradeció.

Escuchó cerca de él unos cascos que venían también a todo galope.

Se giró para ver al hombre que estaba igual de demente que él por atreverse a hacer una carrera tan descabellada consigo mismo.

El sujeto llegó a su altura con un castrado de color oro, un ejemplar espectacular, árabe.

Observó al jinete mirarlo con una sonrisa torcida y comenzar a azuzar a su montura.

¿Un reto? Oh, Malcom no se quedaba atrás jamás.

No importaba que fuese un desconocido el que tratase de aventajarlo, no iba a lograrlo.

Hizo que Dragon diese todo de sí para poder ponerse de nuevo a la altura del hombre que lo incitaba a un desafío que era del todo bienvenido.

Los sombreros de los caballeros se perdieron en el camino debido a la dura e inesperada carrera que mantenían.

York se sonrió en cuanto su semental comenzó a sacarle ventaja.

Los hombres intercambiaron una mirada especulativa.

El duque gritó más fuerte y su caballo galopó sin que importase el mañana.

Lo dejó atrás, con un memorable esfuerzo.

Sentía las gotas de sudor frío resbalando por su frente.

No importaba. Estaba sintiendo la emoción de una carrera que necesitaba hacer.

Un ejercicio vigoroso que permitía olvidar la ansiedad que sentía por no estar junto a ella.

Sería un hombre casado y, por Dios, los ángeles y el mismísimo Ángel Negro, que serían felices el resto de sus días.

Isobel. Ella estaba siempre en sus pensamientos.

El camino comenzó a desvanecerse y se vio obligado a tener que parar el ritmo intrépido de la cabalgata. ¡Cómo le hubiese gustado hacer ese ejercicio con Isobel, siendo ella su amazona! ¿No se cansaría jamás de necesitarla?, se preguntó con satisfacción.

Dragon detuvo el paso y el duque le acarició el cuello para demostrarle que estaba orgulloso de él. El caballo relinchó en respuesta. Le gustaban los animales, casi más que las personas, eran más fáciles de controlar y satisfacer.

―Es un ejemplar espectacular. ¿De dónde lo ha sacado? ―preguntó el hombre que llegó tras Malcom.

El duque se fijó en el desconocido. Era alto, fornido, ojos azules, más oscuros que los de él, y pelo cobrizo.

Tenía dos cicatrices en la parte derecha del rostro, dos rayas paralelas que le bajaban desde el ojo hasta la mandíbula.

Se veía intimidante. A pesar de aparentar ser un caballero, pues vestía un suave abrigo de lana color oliva que se apreciaba caro, y sus pantalones azules del mismo tejido que llevaba el duque, se apreciaba un hombre peligroso.

La mirada de York se colocó directamente sobre él sin vacilación.

―De las cuadras del señor Kevin Peterson.

Es un ejemplar de origen americano. Salvaje como el hombre que lo monta.

―Le pareció interesante alegar algo como lo dicho.

Vio como la comisura de los labios del sujeto se inclinaban hacia arriba en un intento de sonrisa vacilante.

Fue una fracción de segundo, pero el gesto estuvo ahí. De nuevo, lo observó ponerse serio.

―Sí, conozco al hombre al que alude. Debo confesar que no esperaba que mi árabe se viese vencido con relativa facilidad. Las monturas de la Casa Albemarle suelen ser superiores. Creo que tal vez pagué demasiado por el animal ―dijo con severidad.

La vista del duque bajó hacia las pezuñas del animal para comprobar si era un ejemplar de Ryan Cross. El conde de Albemarle pintaba de rojo algunas de las pezuñas de sus caballos para que supieran que eran suyas. Vio el rojo ahí.

―Ah, pero un excelente animal no es lo único que se necesita para demostrar su superioridad.

―¿No es así? ―preguntó con curiosidad el extraño.

―Es bien sabido que el jinete debe estar a la misma altura de la crianza… ¿no le parece? ―advirtió con el único fin de molestarlo. Deseaba conocer el motivo de su interrupción en su paseo y York consideró que la mejor manera sería enfadarlo. Esa era la táctica más efectiva que tenía al alcance.

El desconocido miró a Malcom con seriedad durante lo que pareció una eternidad. Por supuesto, el duque no se alteró lo más mínimo ni trató de aligerar la carga que pesaba en el frío ambiente de la mañana. Aguardó pacientemente la réplica que sabía que se avecinaba.

―He escuchado que la modestia del duque de York solo es comparable con la del propio Zeus, veo que las habladurías están… a la altura de la crianza ―dijo con humor, usando la misma fórmula que Malcom había empleado anteriormente.

―No sea absurdo, no soy capaz de lanzar rayos por ninguna parte de mi cuerpo…

―Se quedó pensativo y luego añadió―: Aunque sí es cierto que mi sonrisa ha sido comparada con la de los ángeles, ya sabe…

todo esto ―se señaló el rostro con la palma de la mano abierta―, cuando muestro mi sonrisa las damas dicen que pueden ver una estrella brillante sobre alguno de mis blancos dientes.

―¿Eso fue lo que cautivó a lady Snow? ¿Lo que hizo que su hijastra mayor se fijase en usted? Admito que fue un poco estúpido por su parte cambiar a la joven y bella dama por la madura… Aunque en favor de lady Snow diré que no es para nada desdeñable.

El duque permaneció impasible mientras digería las palabras que habían sido escupidas para que él ladrase. Se contuvo, no sin esfuerzo. Maldijo interiormente, porque incluso con la palabra hijastra, el impertinente jinete lo había hecho sonar sórdido.

―Excelencia ―dijo alto y claro Malcom.

―¿Qué? ―De todas las cosas que él había esperado, que el duque le dijese algo así… Frunció el ceño.

―No soy descendiente de Zeus, no al menos que yo sepa, para saberlo con exactitud debería consultar mi extenso árbol genealógico, algo aburrido y tedioso que no pienso hacer.

Pero sí soy un duque, como usted bien sabe…

Así que sus palabras, cuando se dirija a mí, deben contener el respeto que merece mi título.

Excelencia , se suele añadir al final de las frases…

O bien puede emplear mi título al principio.

Vio al hombre sonreír de lado.

―Admitiré que no esperaba encontrar lo que tengo ante mí. ―York encontró una pizca de orgullo en la frase.

―¿Es ahora cuando debo bajar de mi caballo y darle un puñetazo? ¿O sacará una pistola de debajo de su abrigo?

―¿Por qué habría de hacer algo como eso? No llevo pistola, y darme un puñetazo le costaría más de lo que cree ―dijo con arrogancia.

―¿Cree en las casualidades? ―inquirió York.

―Depende de si me conviene hacerlo o no.

―Yo lo hago, y sé que lo que tenemos usted y yo aquí no es fruto del destino fortuito. Esto es algo preparado.

―Su excelencia, se equivoca. No le estaba buscando… No al menos hoy. Verle en el parque ha sido del todo inesperado y no he podido resistirme a ver por mí mismo la clase de hombre que es. No uno decente si se fijó primero en la hija y luego le propuso matrimonio a la madre.

―Hijastra y madrastra ―puntualizó con seriedad.

―Meras palabras que apuntan a que su desvergüenza no tiene límites, excelencia ―arrastró la palabra.

York sonrió y esperaba que el maldito viese las estrellas a las que él había aludido minutos atrás. Ese gesto incomodó al jinete. A esas alturas habría esperado estar ya revolcándose por la hierba a puñetazo limpio con el noble.

―Ah. Hoy es uno de esos días en los que debería creer en la divina providencia.

Porque da la casualidad de que no voy a darle lo que se merece por su impertinencia en la vida de un duque, que bien puede hacer lo que plazca sin dar explicaciones a nadie.

Si cree que esa cicatriz y su porte son intimidantes…

Debería tener cuidado, no es solo belleza deslumbrante lo que me acompaña.

¿Desea descubrirlo de una maldita vez, señor Sullivan?

―Entonces… ¿debo encogerme de miedo por su amenaza implícita, o se espera de mí que me sorprenda por haber adivinado mi identidad? ―preguntó con pura teatralidad.

York permaneció serio.

Los dos hombres seguían sobre sus caballos y la tensión entre ambos estaba poniendo nerviosos a los animales, que se balanceaban de un lado a otro con inquietud.

―Su excelencia ―le recordó Malcom el modo en el que tenía que dirigirse a él.

―Verá, no llevo bien el asunto de postrarme a los pies de ningún hombre. Su título puede resultar un gran portento de la naturaleza, pero para un hombre como yo…

―¿Uno al que le rompieron el corazón, quiere decir? ―preguntó York con una sonrisa, interrumpiéndolo.

Avery Sullivan, uno de los hombres más temidos del East End, que se había ganado la reputación de ser un individuo sin miedo, y que tenía más cicatrices ocultas en su cuerpo que las que eran visibles en su rostro, lo miró con la misma seriedad que estaba recibiendo.

―No estoy impresionado. No lo estuve cuando supe que se interesó por lady Evangeline y debería usted agradecer a la divina providencia, como lo ha llamado su excelencia, que la casualidad le hiciese cambiar de opinión con respecto a la dama que se unirá a usted en matrimonio.

Las eventualidades suceden, pero los accidentes todavía son más frecuentes.

El duque supo que lo acababa de amenazar.