Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 14 #3
13%

Capítulo 14 #3

Un golpe en la puerta interrumpió la acción entre ambos. Él gruñó.

―Debo regresar a casa, Malcom. Atiende a quien sea.

El duque suspiró.

―Había esperado que nos divirtiésemos un poco.

―Tenemos toda la vida para hacerlo. Un poco de expectación será beneficiosa para ambos antes de nuestro matrimonio.

―Supongo que es así, pero no me agrada. Te deseo a todas horas.

Se separó de ella, regresó a su butaca y dio permiso a la molesta interrupción para ingresar. El señor Wilson apareció.

―Excelencia, milady , los condes de Monty solicitan una entrevista.

York se quedó con los ojos como platos.

―¿Disculpe?

―Lord Monty y su esposa… ―comenzó a repetir Wilson. El hombre tampoco parecía contento con los recién llegados.

―Le he oído, Wilson. ―El duque miró a Isobel―. Esto sí es una casualidad, querida mía, y no sé si será bienvenida.

Isobel lo observó ponerse tenso. Miró al amigo del duque, parecía igual de intranquilo que su futuro esposo. Sintió curiosidad por la pareja que se había anunciado.

―¿Debo preocuparme, Malcom? ―preguntó con sutileza.

―No ―respondieron al unísono ambos hombres.

―Creo que sí debo hacerlo ―dijo más para ella que para el resto.

―Haga que pasen, Wilson.

Isobel y él se pusieron de pie. Poco después, la condesa de Snow tuvo ante sí a una hermosa pareja.

Ella era elegante, con unos ojos muy expresivos, un bonito pelo claro y una sonrisa adorable.

Mientras, su esposo parecía serio, en guardia.

Se veía señorial, ojos claros, con un mentón pronunciado y labios finos, de ancha espalda.

Las presentaciones se sucedieron y fueron debidamente informados de los títulos y los rangos de cada cual. Se sirvió otro té.

Isobel se sorprendió al percibir que el duque había colocado su mano sobre su cintura de un modo muy posesivo y protector cuando se informó de la identidad de todos.

No podía determinar si la pareja era amiga del duque o, todo lo contrario.

De lo que no tuvo ninguna duda fue que la condesa de Monty ―Angela, le había dicho York que se llamaba― la miraba con descaro para evaluarla sin perder la sonrisa.

¿Debía ponerse celosa? Observó que la mano del conde de Monty, de nombre Samuel ―creía recordar que había dicho Malcom―, también estaba alrededor de la cintura de su esposa. Todo era muy extraño y sospechoso.

Tomaron asiento y se procedió a charlar.

―Creí que no abandonabais el campo ni para visitar a tu hermana en Londres, Monty ―habló el duque sin formalidad ninguna. Isobel decidió que eran cercanos.

―Bueno, la boda del duque de York es todo un gran evento ―dijo perezosamente Samuel.

―Así es ―tomó la palabra Angela―. Toda la ciudad quiere conocer a la dama que ha elegido el duque de York y nosotros no somos menos. Aunque en mi caso ansiaba conocer a la dama ―repitió con retintín― que te había elegido a ti… Las invitaciones llegaron y hemos venido a verte.

―Ya lo habéis hecho, podéis seguir vuestro camino.

―¡York! ―lo regañó Isobel.

―Ah, el título otra vez. Veo que te he ofendido, mi amor.

Me retracto de mi mala educación, pero insisto en que uses mi nombre de pila.

―El duque se acercó al borde del sillón y se puso más cerca de Isobel.

Sostuvo la mano de su prometida―. Habéis venido para ver si he elegido bien y ella también.

Aquí está la prueba ―dijo en clara alusión a la preciosa mujer que tenía al lado. Su futura duquesa.

―¿Angela? ―tomó la palabra el esposo de lady Monty. La condesa de Snow lo veía incrédulo, se podría decir que incluso parecía estupefacto.

―Lo estoy viendo, amor mío. Y también he escuchado sus palabras al igual que tú, Samuel. Parece que un milagro ha sucedido y no sé si orar a Dios o darme un pellizco para despertar del sueño. ¡Nuestro York se ha enamorado! ―gritó con júbilo lady Monty.

―No seas absurda, Angela ―habló el duque―. No eres una mujer espiritual y por mucho que te pellizques no vas a despertar. Te he dado el chisme jugoso que venías a buscar, toma de la mano a tu esposo y ve a casa a celebrar que por fin te libras de mí.

―Mi esposa está aquí delante ―comenzó a decir lord Monty al tiempo que le sonreía a Angela y tomaba también su mano en un gesto sincero―.

Dios sabe que la amo con cada fibra de mi ser y que antes me cortaría un brazo que disgustarla.

Aun así, siento deseos de importunarla, lady Snow, de alabar su belleza, su porte y sus muchas cualidades, para que el hombre que ha elegido como esposo pruebe su propia medicina con mis atenciones indebidas hacia su dama.

No lo haré porque soy más caballero de lo que el duque de York ha sido conmigo en estos cuatro años.

Isobel supo en ese instante frente a quienes se encontraba. York miró con seriedad al conde. No le gustó que Angela pareciera divertida con la situación.

―No pienso regañar a mi esposo, York. Tú solito te metiste en este embrollo. ¿Creías que no llegaría el día en el que lamentarías tus acciones pasadas? Samuel ha tenido la paciencia de Job y sé que tú desearías estar en Jericó y no aquí.

―No estás siendo justa, Angela, y definitivamente no eres de ayuda ―se lamentó York.

―¿Quién ha dicho que quiera ayudarte? Lo único que me preocupa es que tu prometida nos tome por un par de dementes y se sienta insultada.

―Angela se giró hacia Isobel―. Le pido de antemano nuestras disculpas por este pequeño circo, pero mi esposo lleva años aguardando este instante y no me siento capaz de negarle su capricho.

―No se preocupe ―habló la prometida del duque―. Creo que hay pocas cosas que me sorprendan de Malcom a estas alturas ―expuso con resignación, al tiempo que recordaba cada palabra espetada por el duque sobre su anterior prometida y su esposo.

Angela le sonrió mientras inclinaba la cabeza en señal de gratitud.

―No vais a escandalizarla. Está al tanto de todo lo que soy y he hecho.

Sabe bien la tierra pantanosa que pisa y pese a ello, se convertirá en mi esposa.

Sí, estoy enamorado y no me avergüenza decirlo.

―Escuchó a Isobel carraspear. La atención de Malcom se centró en ella―. ¿Hay algo más que deba añadir?

―Creo que lo sabes bien, Malcom ―respondió Isobel con una ceja alzada.

―No me apetece hacerlo ―expuso enfurruñado.

―No te obligaré, te lo dije, pero… usaré tu título durante una buena temporada para referirme a ti. ―Ella le guiñó un ojo. Él suspiró.

Angela y Samuel miraban a la pareja, la primera complacida y con la mano en el corazón, el segundo, con la boca abierta de par en par.

La complicidad entre ambos era algo inesperado.

Samuel tenía claro que cuando viese a sus amigos íntimos, a Kensington, a Exeter y a Albemarle, iba a explicarles con todo lujo de detalles lo que estaba viendo.

Que se preparase York, porque iba a ser motivo de mofa durante muuuuchos años.

Malcom había sido implacable en el pasado y la venganza era un plato que se servía bien frío.

―Ah, ya veis que estoy envuelto en el dedo meñique de mi dama y sigo sin avergonzarme. No lo hago porque me consta que Samuel está en la misma tesitura que yo… creo recordar que una vez lo vi ponerse de rodillas frente a…

―York… ―susurró Isobel el título con suavidad.

―En fin, ver a una mujer con poder es deliciosamente sugerente.

Dicho lo cual, quiero ofreceros mis más sinceras disculpas ―comenzó el duque―.

A los dos. Soy consciente de los errores que cometí en el pasado y no estuvo bien que yo…

os molestase, especialmente a ti, Monty.

Ello no implica que pueda lanzar mi puño, de forma accidental, hacia tu nariz, si siento la necesidad de ponerte en tu lugar en algún momento.

―Tuvo que hacer esa observación porque Samuel parecía estar babeando con alguna idea que cruzaba su mente, e imaginaba que esa sería ponerle en ridículo en algún momento―.

Estoy enamorado y complaceré a mi prometida en todo cuanto pueda, pero sigo siendo un duque vanidoso.

Más rico que tú, más apuesto que tú, más inteligente que tú y que…

―Supongo que eso es todo lo que obtendréis de mi futuro esposo ―lo interrumpió Isobel. Cambió a la informalidad. A fin de cuentas, estaba ante la mujer que rompió el corazón de él y se sentía correcto alejar las formas para buscar la complicidad.

―Es más de lo que jamás imaginé ―señaló Monty incrédulo.

―Me alegro tanto de que al fin él sepa lo que es el amor…

―apuntó ensoñadora Angela. Isobel supo con certeza que la dama no suponía ninguna amenaza.

Se veía a la legua que Malcom y ella se apreciaban de una forma más fraternal que carnal.

La vio ponerse seria al punto―. Ha sido una disculpa excelente hasta que has hablado de tu puño y has puesto en entredicho a Samuel.

Dado que mi esposo sabe que te aprecio y nunca se enfrentaría a ti para no disgustarme, debo amenazarte…

No lo vuelvas a hacer o me veré obligada a ponerte en tu lugar delante de lady Snow y no será agradable… para ti.

―Por favor, llámame Isobel ―la invitó la condesa.

―Solo si tú me llamas a mí Angela. ―Ambas intercambiaron una sonrisa de afecto. Se habían agradado la una a la otra.

―Será un placer.

―Bien ―intervino Samuel―. Has visto que York está feliz y que ninguna muchacha ingenua corre peligro al unir su vida con él.

Mi querida Angela, es momento de que nos despidamos y vayamos a visitar a mi hermana.

Tengo muchas ganas de hablar con Exeter de…

de… de ciertos asuntos ―dijo al fin. Por supuesto le relataría que York era un gatito deseando que su ama le acariciase la barriga…

¡Estaba disfrutando demasiado con la situación como para no correr a difundir lo visto en esa sala!

York lo miró con una ceja alzada y levantó el puño, apretado, como si estuviese mirándose las uñas.

―¡Hombres! ―exclamó lady Monty con un suspiro.

Los cuatro se pusieron de pie. Malcom y Samuel volvieron a rodear a sus mujeres por la cintura. Ambas damas rodaron los ojos. ¡Todo lo convertían en una competición!

―Isobel, te digo de todo corazón que me agradas y que estoy segura de que York no habría podido pedir una mujer mejor.

Mi recomendación es que nunca desistas. Puede ser egocéntrico, temerario, excesivamente orgulloso, incorregible, entrometido, excéntrico, presuntuoso…

pero es un excelente hombre. Te será leal.

―Si años atrás le hubiesen dicho que diría que York le sería fiel a una mujer, ella se hubiese carcajeado en el momento de escucharlo, pero se veía que estaba completamente enamorado de su futura esposa.

―¿Debo darte las gracias, Angela? Tu alegato final más parece una sentencia a la horca. Temo que el verdugo aparezca para llevarme a la Torre de Londres donde el público aguardará para ver mi decapitación ―se quejó el duque, ofendido.

―La horca es lo que merecías desde hace años ―farfulló por lo bajo Samuel.

―Te he oído, Monty ―le reprochó Malcom.

―Tenía la esperanza de que así fuese ―le dijo el conde con seriedad.

―Será mejor que nos vayamos o me temo que acabaremos en medio de un duelo sin sentido ―opinó Angela.

Isobel se rio con ligereza. Unos segundos después, los condes de Monty abandonaron la casa del duque de York.

Samuel estaba complacido, pues se daba cuenta de que el estúpido York no sería nunca más un problema para él.

Angela se sentía llena de felicidad. Adoraba a York, porque donde muchos veían la superficie, ella sabía que había algo grande y bueno en su interior.

La mujer que miraba a su amigo con absoluta adoración sería una compañera perfecta para él.

Además, era indudable que York estaba a sus pies, dado que en su mirada había visto el mismo reflejo que en la de Isobel.