Capítulo 14 #2
―Debo recordarle, excelencia, que no hacía mucho usted decía que la dama sería mi duquesa… No la suya… ―aludió cuando supo que ella no le escucharía.
―Le adoro, mi viejo amigo, pero no la compartiré con nadie.
―Tenía mis dudas, pero acabo de comprobar que la dama le tiene de rodillas y no hay nada mejor que verle en ese estado.
―Se marchó de allí contento al ver que al fin el duque de York conseguiría lo que tanto trabajo le costó hacerle ver.
Mason suspiró lleno de dicha en cuanto la puerta se cerró tras de sí.
Se encaminó a las cocinas para tomar un tentempié, tal vez un pedazo de tarta de manzana.
Sentía que había cumplido un trabajo más pesado que el de una mina de carbón y que merecía una recompensa.
―Me gusta el señor Wilson ―dijo ella―. Es evidente que tampoco te teme y se preocupa mucho por ti. Me alegra saber que contaste con alguien que te aprecia verdaderamente.
York llegó hasta ella y la rodeó por la cintura para besarla con un beso profundo que los dejó sin sentido a ambos. Se separó de ella y la miró con intensidad.
―Y siempre me dice lo que no deseo escuchar. ―Ella le sonrió―. En cuanto nos casemos le daré unas merecidas vacaciones.
―No me cabe la menor duda de que las merece.
―Dímelo tú cuando lleves… unos cien años a mi lado.
―¡No sé si podré sobrevivir a semejante tortura! ―afirmó, falsamente horrorizada mientras le acariciaba la mejilla con devoción.
―Eres una bruja, encantadora, pero una bruja al fin y al cabo. ¿Puedo suponer que hayas venido para que cometamos deliciosos pecados…?
―Tentador, pero tenemos que hablar.
―Suena importante.
―Lo es.
York la dejó ir de su abrazo a regañadientes y ambos tomaron asiento en un par de sofás junto a la ventana. Una doncella llegó pronto con el servicio del té. Isobel lo sirvió y una vez tomados unos sorbos, comenzaron a hablar.
―¿Cuál es el problema, mi amor?
―Creo que al igual que yo, te has dado cuenta de que, en las últimas salidas, Regina ha mostrado mucha animadversión por tu hermano.
Portman había accedido a ser su acompañante a cambio de que otro de sus amigos sufriera ese tedio con él. Dado que Phenton se negó con rotundidad, York buscó la complicidad de Liam y él se ofreció con entusiasmo. No lo consideró sospechoso en un principio, no obstante…
―Sí. Son como el agua y el aceite.
―Yo hubiese dicho como el perro y el gato. Regina no lo soporta.
―Pero sí hace buenas migas con Portman. ¿Tienes miedo de esa relación? Es diez años mayor que ella, pero no se me ocurre un hombre mejor para la joven.
―No, no se trata de Regina. Portman me agrada, aunque mi hija pequeña no tiene intención de casarse.
Lo que me preocupa es que mientras que Regina y el vizconde han desarrollado una compleja relación, ha ocurrido todo lo contrario entre Evangeline y tu hermano…
―La condesa los había visto muy cercanos.
Sonrisas, cuchicheos, demasiada familiaridad. Estaba intranquila.
―¡Ah! Sinceramente no me había dado cuenta de que Liam… ―comenzó a decir con el ceño fruncido.
―¿Debo preocuparme, Malcom? Evangeline desea casarse lo antes posible y tengo entendido que tu hermano…
―Sí, su reputación es temible y no está interesado en el matrimonio, pero doy mi mano derecha por él. Liam no haría, jamás, nada para enfadarme. Sabe que las chicas están bajo mi protección y no las lastimará. No te preocupes, hablaré con él con seriedad.
―Gracias. ―Ella respiró con alivio.
―Aunque con Liam… Mi hermano no obedece con facilidad, cuando se le pide algo, suele hacer todo lo contrario.
¿Por qué no esperamos un poco a ver qué sucede?
Evangeline tiene a sus pies a partidos mucho mejores que lord Liam.
Su título es de cortesía y aunque es mi heredero, pronto dejará de serlo.
Confío en que nuestros deliciosos escarceos hayan servido ya para dejarte encinta.
Isobel se llevó una mano a la barriga.
―Es pronto para saberlo.
―Falta poco menos de una semana para la boda. No quiero que te angusties por el hecho de haberte quedado embarazada. Las cuentas saldrán, nadie pondrá en duda tu respetabilidad.
―Lo sé… Es que… ser madre es algo que me emociona. Había desechado por completo la idea y…
―A mí también me emociona. ―Ambos se sonrieron―. Isobel… ya que has venido, hace algún tiempo que quiero preguntarte por una cuestión que me ronda la cabeza.
―Adelante ―lo invitó.
―¿Dónde conociste a Thorpe?
―Es primo de una amiga mía.
―Sí, recuerdo ese dato, pero ¿apareció de pronto en el campo? ¿De la nada?
―Bueno, no lo había pensado de ese modo. Es cierto que conocía desde hacía algún tiempo a Helena, a su prima. Ahora que lo dices, puede que sí apareciera de improviso. No recuerdo haberlo visto antes de convertirme en condesa.
―Uhm…
―¿Qué tienes en mente?
―No lo sé aún. Ideas sin fundamento. Tal vez no sea nada importante. Aunque es extraño que tú vivieses en el campo y te encontrase, porque Thorpe es un animal de ciudad. Odia estar fuera de Londres. Además, vuestros círculos son completamente diferentes… Salvo por esa prima, por supuesto.
―No creo que tengamos que preocuparnos por él. No he vuelto a verlo.
―Es lo más probable ―dijo, queriendo mostrar seguridad en sus palabras.
―¿Te inquieta algo, Malcom?
―¿Puedes hablarme del señor Sullivan?
York vio removerse en su asiento a Isobel y supo que había algún problema con el hombre.
―¿Por qué? ―preguntó inquieta.
―¿No puedes responder a la pregunta y dejar en mis manos el asunto, Isobel?
―No ―respondió ella de inmediato. Él suspiró con fuerza.
―Te pido que lo hagas.
―Y yo te suplico que me lo expliques.
―No juegas limpio, duquesa.
―Tú tampoco, y debo recordarte que todavía no ostento ese título.
―Ah, pero sí lo haces. Lo acabas de hacer. Pretendes estar a mi mismo nivel y no permites que sea un hombre protector y me ocupe de cuestiones que atañen a mi familia. No deseo que estés preocupada en las vísperas de nuestras nupcias, Isobel.
―Yo podría alegar el mismo motivo, York.
―El título… Usarlo para regañarme, muy hábil, mi amor. ¿Debo suponer que cuando estés molesta lo arrojarás sobre mí para llamarme al orden?
―¿Lo dudas?
―No. Sé que lo harás para mostrar tu malestar de una forma sutil y que yo, sin ápice de duda, comprenderé que no darás tu brazo a torcer. No debo subestimarte o perderé cada batalla contra ti.
―No seas absurdo, querido… Aunque eres un hombre sabio ―apuntó con una sonrisa ladeada.
―Quiero ser protector, Isobel ―sentenció con seriedad.
Se quedaron en silencio. Los ojos de uno, fijos en los del otro. Isobel alzó una ceja. Él hizo lo mismo.
―Está bien ―habló ella―. Sea lo que sea, lo averiguaré por mi cuenta ―dijo al tiempo que se ponía de pie.
―¿Entiendes que no siempre ganarás todas las discusiones, Isobel? ―inquirió sin levantarse de su asiento.
―Trataré de ganar las importantes y presiento que esta es una de ellas.
―Siéntate, te explicaré mis suposiciones, aunque nada es seguro. Thorpe no aparece y hasta que emerja del agujero en el que se ha metido, no podré saber lo que sucede.
Ella regresó a su sillón y lo miró sin arrogancia, lo hizo con humildad.
―Te agradezco que confíes en mí y espero que nunca olvides que puedes hacerlo.
―Sospecho que no dejarás que lo olvide.
―Hombre inteligente… ―dijo con cierta gracia para restar la tensión que había establecido entre ambos.
―Mujer testaruda ―respondió él con la misma ligereza―.
Te daré lo que pidas porque lo prometí. Sacrificaré tu paz en pro de tus deseos, Isobel.
No he conseguido establecer la relación exacta que hay entre Thorpe y el señor Sullivan, pero sí sé que el que fuese el administrador de tu esposo posee la fortuna del vizconde en forma de pagarés.
Las casualidades existen. Di contigo por medio de una de ellas, mi accidente en el carruaje.
Nos encontramos de nuevo en Londres a causa de otra.
―Te diré que sí parece haber algo extraño en la relación de Sullivan y Thorpe, pero no logro verlo.
―Ella suspiró―. Sullivan pidió la mano de Evangeline a mi esposo hace un par de años y él lo despidió en el acto por el atrevimiento.
Sé que mi hija estuvo devastada, pero ella no menciona jamás ese suceso.
Es más, está convencida de que Avery Sullivan la abandonó.
―No es tan malo que lo hiciera en su momento, Isobel. El señor Sullivan es un hombre peligroso. Es propietario de un club del East End llamado El placer del infierno… ya puedes suponer lo que ello implica.
―Entonces, Snow hizo bien en apartarlo del camino de Evangeline.
York se puso a pensar. Había una conexión, solo que no era capaz de encontrarla.
―¿Fue lo que tu esposo hizo, Isobel?
―¿Qué quieres decir? ―Ella frunció el ceño. No comprendía lo que él estaba preguntando.
―El hombre que ha perdido una fortuna a manos de Sullivan, quien pretendió a Evangeline, apareció en tu vida de súbito. Como poco es sospechoso. ¿Tramó Sullivan alguna venganza compinchado con Thorpe? No lo sé. No lo he averiguado todavía.
Ella se pasó las manos por el rostro.
―Amo a Evangeline, Malcom. ―Esa sencilla frase expresaba mucho más de lo que parecía. Él lo sabía.
―Estoy al corriente, mi amor. Es tu hija y yo también la aprecio mucho por ese motivo. ¿Dejarás el asunto en mis manos y te concentrarás en los preparativos de la boda, para complacer a un duque que se irritará si no lo haces?
―No puedo hacer otra cosa. No soy un gran duque que quiere proteger a su familia y tiene los medios suficientes para hacerlo. Me deberé contentar con convertirme en una mujer que confía en su inminente esposo y premia su confianza en él haciéndose a un lado.
―Ah… creí que pondrías más reticencia, aunque secundo la propuesta. Ya ves, estaré complacido de que hagas justo eso.
York se levantó, colocó las manos en los reposabrazos de la silla de Isobel y se acercó para besarla.
―¿Te he dicho cuánto te amo? ―preguntó de modo retórico la dama.
―No me canso de escucharlo, mi amor. ―La besó con ternura.