Capítulo 14
Un contratiemp o
Habían pasado tres semanas en las que el duque de York cortejó ante los ojos de todo el mundo a su futura duquesa.
Habían tenido momentos de intimidad para tentarse, todos excelentes y cada uno mejor que el anterior.
Malcom sabía que no tendría bastante de ella jamás.
En cada cita clandestina le enseñaba una cosa…
todas perversas y fantásticas. Era una aprendiz brillante y en poco tiempo superaría al maestro.
La última vez, fue ella quien lo acorraló en un jardín oscuro y lo tomó con la boca para volverlo loco.
Por supuesto, él se vengó en una cena, cuando la llevó hasta un agradable cuartito y la tomó desde atrás, después de haberla hecho alcanzar el éxtasis con sus dedos en su húmedo sexo.
Insaciables. Necesitaban devorarse con demasiada frecuencia y él lo estaba disfrutando plenamente.
Ella más. Al fin sabía lo que significaba tener un amante.
Él se había convertido en su amante antes que en su esposo y la perversidad de esa cuestión la hacía sentir poderosa, inquebrantable, segura.
Lo volvía loco con cada sugerencia y acción y, poco a poco, sus miedos e inocencia se fueron convirtiendo en pequeñas victorias en favor del placer que ambos alcanzaban.
Por su parte, además de disfrutar de la que pronto sería su esposa, York se centró en el cortejo.
Salidas por Hyde Park, bailes donde él danzó con su prometida un número escandaloso e inapropiado de veces, a fin de que nadie tuviese la más mínima duda sobre la profundidad de la devoción que ella había despertado en él.
Las chicas también se divertían. Regina había rebajado el tono mordaz con respecto a él.
El duque suponía que era obra de Isobel, pues cuando ella lo miraba, la admiración que sentía se reflejaba en sus ojos y para una hija que quisiera la felicidad de su adorada madre, no había nada más sagrado que eso.
Evangeline recibía cada día ramos más espectaculares y los pretendientes peregrinaban por casa del duque pese a que todavía no se había casado con Isobel.
Bien. Eso de tener que ser el guardián de una joven dama casadera era más peliagudo de lo que previó.
Y mientras la vida daba un giro que Malcom agradecía, no había noticias de Thorpe.
La tierra parecía habérselo tragado. Necesitaba un poco de emoción varonil antes de la boda.
Había fantaseado con enfrentarse al matón que hizo de su infancia un horror.
¡Pero el muy malvado se había escondido!
Ni tan siquiera Wilson conseguía dar con su paradero.
―Excelencia, lady Snow ha venido a verle. ―Mason Wilson guio a la dama con satisfacción. Al duque no se le escapó el detalle. Era la primera vez que ella acudía a su casa. Se levantó de inmediato para recibirla.
―¿Está todo bien, Isobel?
―Perfectamente.
El duque escuchó a su amigo carraspear. Malcom lo miró con el ceño fruncido.
―¿Hay algún problema, señor Wilson? ―preguntó con una sonrisa. Malcom se había dado cuenta de que su amigo quería ser presentado adecuadamente. Lo puso entre las cuerdas. Su tío levantó una ceja y lo miró con pura arrogancia.
― Lady Snow ―tomó la palabra Mason mirando con respeto a Isobel―, dado que será usted en breve la nueva duquesa de York y su excelencia no tiene la bondad de hacer las presentaciones oportunas…
―¡Ah! De eso se trata ―interrumpió Malcom―.
Desea una presentación formal. No creí que hiciese falta, conoció a la señorita Baltimore en su momento.
Cierto que ahora será duquesa. Haré los honores.
―York se puso delante de ellos―. Señor Wilson, le presento a la futura duquesa, Isobel Dreyer, condesa de Snow.
Él es ―dijo mirando con admiración a su amigo― Mason W.
Wilson. ―Sí, usó la W. aposta y eso le valió una mirada ceñuda por parte de su tío.
York le sonrió―. Es como si fuese de la familia, es mi ayuda de cámara, mi asistente, mi secretario, mayordomo y un sinfín más de cosas que no incluyen ser cocinero, como bien te comenté en su momento.
Ya supondrás que es imprescindible para mí.
Mi querido amigo, tan leal y fiel como el mejor de los hombres, una persona excepcional, insustituible.
Tan bueno en sus atribuciones que tardaría al menos dos largos días en reemplazarlo.
―Cerró su intervención con una brillante sonrisa que mostró sus perfectos dientes blancos a ambos.
―Eres ridículo, York ―susurró por lo bajo con la idea de que el denominado Wilson no la hubiese escuchado.
Solo a Malcom se le ocurría ensalzar las grandes virtudes de alguien para terminar echándolo por el suelo.
Ella dedujo inmediatamente que no estaba ante un patrón y un sirviente al uso.
Eran cercanos. Lo vio en el trato que se dispensaban ambos, en la naturalidad que mostraba su futuro esposo y en la que le devolvía su ayuda de cámara, secretario y más cosas que él había dicho.
A Mason, quien la había escuchado regañarlo, le gustó ver que ella se atrevía a desafiar a su sobrino.
―Malcom ―la corrigió el duque―. Te ordené que usases mi nombre siempre, en público o en privado, me importa bien poco que sea incorrecto.
Una duquesa debe saltarse las normas cuando quiera.
Ridículo, lo sé. ―Se adelantó él a lo que sabía que ella volvería a decirle―.
Un verdadero tirano. Seré un autócrata sobre esta cuestión y es mi última palabra, mujer.
―Ella rodó los ojos. Incluso cuando trataba de bromear era evidente que lo hacía de modo autoritario.
El señor Wilson carraspeó para llamar la atención sobre su persona.
― Milady , es un placer conocerla al fin. Leí en algún lugar que fue usted institutriz, una profesión muy digna, honesta, y fascinante, espero que conserve frescas sus nociones… las va a necesitar. ―Se quedó mirando con fijación a Malcom mientras hacía esa observación.
―No sea absurdo, Wilson ―intervino el duque―.
Ya la he puesto al día sobre sus atribuciones.
Me conoce bien y sigue queriendo ser mi esposa.
Sabe perfectamente que soy peor que un niño, dado que mi gran vanidad no conoce límites.
Si pretende asustarla, dudo que lo consiga.
La he enamorado con mis múltiples… ―Isobel carraspeó mientras se ponía una mano en la frente.
Él no se atrevería a… ―, cualidades. ―Ella respiró más tranquila.
―Un niño es más fácil de llevar, excelencia ―opinó el ayuda de cámara.
―Señor Wilson, le recuerdo bien ―habló la mujer―. El placer es mío. Y puesto que estoy convencida de que me encuentro ante un amigo de mi… de mi… ―¡Casi dijo amante! ―… de mi prometido ―sentenció al fin― espero que nos llevemos bien.
―Tengo curiosidad por la palabra que hubieses utilizado, Isobel ―la interrumpió con diversión Malcom.
―He dicho la correcta.
―Puede, pero ambos sabemos que no pensabas en esa…
―Es cierto ―razonó ella.
―¡Ah! ¿Me das la razón sin pelear, querida mía? ―preguntó absorto.
―Así es. Porque estaba a punto de explicarle al buen señor Wilson que no sabía cómo definirte, pues todavía no comprendo el milagro por el que un hombre como tú se ha agenciado a una excelente, brillante, perfecta y maravillosa mujer como yo.
Ya ves, no eres el único capaz de mostrar su vanidad sin contención.
Wilson soltó una carcajada. York le siguió raudo. Ella lo maravillaba.
―Yo no lo hubiese expresado mejor que tú, mi amor. ―Usó esa muestra de intimidad sin vergüenza. Ella le sonrió complacida.
―Les irá bien juntos ―dijo el tío del duque.
―Señor Wilson, como le decía, le recuerdo bien porque fue usted pura inspiración para mí ―le dijo ella con seriedad. York sonrió de lado. Intuía que venía una alegación que no sería buena para él.
―¿Eso es así? ―inquirió incrédulo.
―Sí. Yo le observé con detenimiento durante mi visita ―explicó Isobel con una sonrisa cálida.
―¿Debo ponerme celoso, mi amor? ―saltó.
―En absoluto. Mi admiración por tu estimado amigo no es por una causa romántica. Él me inspiró para convertirme en institutriz. ―Ella miró a York con detenimiento―. Ahora que lo pienso, tú también fuiste primordial, Malcom.
―No sé si quiero saberlo ―bufó el duque.
―Yo sí, milady ―afirmó jocoso Mason.
―Cuando conocí al duque me pareció que tuvo poca disciplina en su niñez.
―Lo hicimos lo mejor que pudimos, milady ―habló Mason, sin perder la diversión en sus palabras. Se oyó un gemido producido por parte del aludido.
―Lo vi a usted, señor Wilson, siempre preocupado y atento, velando por la sensatez que yo sabía que el duque no poseía. Entonces supe que quería ser una guía para alguien del mismo modo en el que lo era usted.
Vio a Isobel y a Mason intercambiar una mirada de complicidad y volvió a bufar.
―¡Conmovedor! ―exclamó York con molestia.
―He hecho mi mejor esfuerzo, milady , le toca a usted ocuparse del… asunto. Ármese de paciencia. ―Iba a decir niño , en vez de asunto, pero no quería molestar más de lo necesario al duque.
―Si habéis acabado ya de tratar de molestarme, cosa que no está funcionando…
―Ya ―soltó Mason. Isobel se rio con ligereza―.
Les dejaré solos. ―El ayuda de cámara se colocó delante de ella, tomó su mano enguatada y la besó―.
No sabe el tiempo que llevo aguardándola.
La espera ha valido la pena ―confesó con una radiante sonrisa que rivalizaría con la del duque.
Si no fuese porque era imposible, Isobel habría supuesto que eran hermanos o algo similar.
El señor Wilson tenía el mismo brillo en los ojos que Malcom, la misma forma de alzar la comisura de los labios…
Y ella supo que contaba con sus bendiciones. Ese intercambio le supo a gloria.
―Sí, sí… bien, ya has conocido a mi ―arrastró la palabra― duquesa ―le dijo al tiempo que le daba un ligero empujón para indicarle que ya era hora de marcharse del lugar.
Mason se dejó acompañar por el duque hasta la salida y antes de marcharse por la puerta lo miró a los ojos.