Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Metió un dedo en su interior. Otro se movió sobre su perla divina y estuvo perdida entre el deseo primitivo que su amante le despertaba.

―Me gusta cuando haces eso…

―Lo sé. Y debes saber que soy un hombre muy exigente, Isobel. Te haré el amor cada vez que te necesite y a cambio te pediré que me busques cuando tu cuerpo llore de necesidad por mí.

Sacó el dedo de su interior y se dispuso a ensanchar el canal introduciendo dos. Debía estirarla para que la intrusión no resultase demasiado dañina.

Ella gimió de incomodidad. Abrió la boca para protestar, pero la réplica que no había pensado murió en cuanto Malcom llevó sus labios hasta el interior de sus piernas.

Comenzó a lamerla mientras esos dos dedos malévolos se introducían con mayor ímpetu.

Lo hizo primero con tranquilidad y cuando ella se habituó, comenzó a darle mayor placer incrementando el ritmo.

Ya se había dado cuenta de que no sería un problema cuando quisiera hacer uso de su boca.

Ella, o más bien su curiosidad, habían hecho que él casi se pusiera en evidencia.

No había esperado que Isobel se atreviera a lamer su virilidad.

Le permitiría hacer eso tantas veces como la dama quisiera en un futuro no muy lejano, pues no había un placer más exquisito que el que una dama prodigaba desinteresadamente a su compañero.

Le devolvería el servicio multiplicado por diez si hacía falta, pues él tampoco se cansaría nunca de beber de su fuente de vida.

Malcom separó la boca de su sexo para contemplarla.

El cuadro era de lo más erótico. Su bella Isobel se retorcía con los ojos cerrados mientras sus dedos le hacían el amor.

Había conseguido introducir dos falanges en un pasaje demasiado estrecho.

Era muy receptiva. Apoderarse de su inocencia iba a resultar un asunto delicado, pero se armaría de valor.

―Ya he tomado la virginidad de tu boca, mi amor.

Necesito que te dejes llevar y me des tu placer.

No podré aguantar mucho más sin hundirme en ti.

Tomaré tu inocencia en cuanto grites tu liberación.

―Hizo más presión en su sexo al mover en círculos los dedos que tenía allí alojados. Ella gimió de puro gozo.

Después de hacer el anuncio, por el que Isobel no se preocupó lo más mínimo, pues él era el experto en estas cuestiones, Malcom regresó la boca a su lugar para lamerla.

Incrementó el ritmo de sus lamidas y los dedos, que estaban introducidos en su interior, comenzaron a trabajar con un ritmo de lo más certero.

Llena. Sentía que estaba llena. Venía. Eso que él llamaba pequeño se acercaba y amenazaba con desbordarla. No tardó más de un minuto en gritar llena de lujuria por las atenciones que él le dispensaba.

Hábil como un amante de lo más experimentado, dejó de lamerla en cuanto supo que había alcanzado la ola del placer, sacó los dedos de su interior y se colocó entre sus piernas sin perder ni un solo preciado segundo. Apoyó la cabeza de su virilidad en su abertura y entró muy lentamente.

Isobel se sujetó de su espalda. Apretó los dientes y contuvo las ganas de llorar presionando sus párpados con fuerza debido a la intrusión.

―Tranquila, dulzura. Será incómodo, pero debes ser valiente. Necesito que te relajes.

―No puedo… ―señaló con desespero. Él era grande y eso quemaba al entrar.

―Mírame, mi amor. Abre los ojos y mírame.

―Ella lo hizo. Malcom comenzó a acariciarle el pelo con ternura―.

Entregaría la totalidad de mi fortuna para que no resultase doloroso.

Debes ser valiente, Isobel. Iré poco a poco, trata de concentrarte en mis palabras.

Te acariciaré un poco más para tratar de que te sientas lo más cómoda posible… ¿de acuerdo?

―Necesito que esto acabe, Malcom. Es demasiado…

―No he entrado ni una pizca todavía. Si me deslizo sobre ti con la furia con la que deseo hacerlo, te haré tanto daño que no me dejarás volver a tocarte. Confía en mí. Poco a poco.

Se acercó a su oreja y le susurró bellas palabras con el fin de tranquilizarla y darle ánimos. Su mano derecha regresó al botón de la locura para encender su lujuria y que olvidase el dolor por el momento. A duras penas entró unos centímetros más.

Ella estaba tan apretada, él llevaba tantos meses sin liberarse, que con ese único movimiento podría dejarse ir.

No lo hizo. Se contendría porque era lo mejor para ambos.

No sabía manejar a una mujer pura y creyó que lo mejor sería proceder del modo ejecutado.

Él gimió con deleite mientras se maldecía por causarle dolor a su maravillosa Isobel.

―¿Puedes seguir, mi amor?

―Dime que ya estás dentro. Tus caricias ayudan, tus palabras me adormecen, pero no lo suficiente. A medida que te introduces ardo y quiero sacarte de mi interior ―confesó tratando de aguantar la compostura.

―Lo peor ha pasado. Lo que haremos es que te daré placer con mis dedos con mayor intensidad y en cuanto sienta que te relajas entraré.

Queda poco camino por recorrer. Recuerda que solo será esta vez, Isobel.

Te prometo la luna, las estrellas y el firmamento entero la próxima vez que pueda gozar de ti.

―Hazlo, estoy preparada. Seré valiente ―dijo más para sí misma que para él.

Los dedos se movieron con mayor audacia en su punto secreto y en el momento en el que sintió que la presión de ella disminuyó alrededor de su virilidad, terminó de hundirse hasta la empuñadura.

―¿Estás bien? ―se interesó con pánico, al verla conteniendo una mueca.

―Ya ha pasado. Dime que ya ha pasado.

―Ya está, mi amor. ¿Crees que podrás aguantar si me muevo?

Isobel alzó las caderas y se movió para ver si…

―No es doloroso.

―Me matas de placer, Isobel. Estás tan prieta que me dejarás en evidencia. Permite que mi vanidad te muestre que soy un hombre de gran talento y con un aguante respetable en técnicas amatorias.

―Oh, Malcom, no me hagas reír. Esto es de lo más extraño. Una viuda a la que nadie enseñó… Confieso que no pude pedir mejor instructor, pero…

―Tu esposo no supo lo que se perdía. Su necedad es mi gloria. No había esperado que esto fuese así. Es mágico, Isobel. Saber que soy el primero y que nadie más tendrá lo que yo acabo de reclamar… No me consideré nunca posesivo con una mujer. Lo soy contigo.

No la dejó comentar nada más al respecto.

Comenzó a mecerse con precaución. Su mano no cesó en acariciar su centro de mujer.

La tomó con paciencia, con deleite, con devoción.

Fue la primera vez que el duque de York dejó a un lado la lubricidad para hacerle el amor a la mujer a la que le entregaría su vida.

Los suspiros se hicieron pesados. Isobel no se quedó quieta durante mucho tiempo. Volvía, lo pequeño se abría paso en su ser y era divino que se abriese camino con él en su interior. Se sentía adorada, llena de pasión.

Gritaron su liberación sin contención. Sin reservas. Se dejaron ir, en una danza acompasada que se tornó, en los minutos finales, más intensa y lúbrica, pero grandiosamente formidable.

Isobel había notado algo cálido derramarse en su interior y se alegró de haber sido grabada por él.

―No volveré a hacerte daño. He roto tu barrera ya.

―Ya ha pasado, Malcom. Yo deseaba que estuvieras dentro… Solo lamento que no vayas a poder salir jamás de mi interior.

―¿Qué? ―preguntó con el ceño fruncido.

―Me gusta sentirte dentro, encima de mí.

No podré vivir sin esto. Me has arruinado para toda la eternidad y, aun sabiendo que tu engreimiento se alimentará, no puedo evitar hacerte partícipe de lo que siento.

Mataría a cada una de las mujeres que me han precedido.

Te quiero solo para mí. ¿No pudiste esperarme?

No, por supuesto que no. Un hombre célibe durante casi treinta años…

Discúlpame, Malcom. La emoción del momento me hace divagar sobre cuestiones ridículas.

Él se rio y luego la besó con calma. Se separó de sus labios y la miró a los ojos.

―Solo a ti te permitiré romper mi orgullo.

Te avisé, mi amor, de que ibas a tener que armarte de paciencia.

No estés celosa de mi pasado. No puedo borrarlo y sin él no sería el hombre que soy, sin mis múltiples errores tal vez no fuese capaz de comprender el gran acierto que he hecho al elegirte y apreciar la gratitud de tu elección por mí.

Si hubieses sido la verdadera viuda de Snow, la antigua amante de Thorpe, te juro que no te habría echado en cara ninguna de las dos cosas.

Lo primero habría sido fácil, porque no conocí a tu marido y comprendo que el matrimonio os unió.

En cuanto a la segunda, hubiese resultado muy complicado porque odio al vizconde con todo mi ser.

Al fin lo he confesado en alto y siento que otro peso se descarga de mis hombros.

En definitivas cuentas, Isobel, yo fui yo, antes de ti y espero que eso no nos aparte.

Ella suspiró.

―Unas veces me das plena confianza en ti, en mí…

Otras me haces sentir insegura, Malcom. Tú tienes mucha experiencia, mientras que yo…

¿Cómo seré capaz de complacer a un hombre con tus…

? No sé si podré. ¿Y si decides que no soy lo que esperabas?

¿Y si se cruza en tu camino una mujer que ofrezca… ? ―dijo lo último en un susurro.

―No forcemos las cosas. Vayamos paso a paso.

Haremos lo que queramos, lo que necesitemos en cada momento.

Hablaremos y decidiremos lo que hacer. En cuanto a la cuestión de mi fidelidad, he tenido experiencia suficiente para saber que soy ahora un hombre diferente, con otras prioridades.

Quiero el amor de mi esposa, deseo hijos a los que ver crecer y amar.

No me importan las locuras que cometí en mi juventud porque no me siento inclinado a retomar viejos hábitos que no me trajeron felicidad en el pasado.

―Le hablaba con el corazón. Ella lo sabía.

―Confío en ti y lo haré siempre ―le dijo lo más hermoso que él habría podido pedir.

―Te amo, Isobel.

―¿Malcom?

―¿Sí?

―Sigues dentro de mí.

―Y es maravilloso ―aludió con pereza y con poca disponibilidad para abandonar su calidez.

Esa mañana hicieron el amor varias veces más y ella se dio cuenta de que la experiencia mejoraba con práctica.

Por la tarde, las invitaciones para la boda del duque de York y lady Snow comenzaron a redactarse para salir lo antes posible hacia su destino.