Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

La respuesta de él fue levantarse y cogerla en brazos. Isobel no pudo evitar soltar una risita nerviosa ante el gesto. Se agarró del cuello de él y cobijó su cabeza en su cuello.

―Hay un pequeño detalle que debes saber, amor mío ―habló mientras subía por la escalera a paso más que ligero.

―¿No puede esperar hasta después de…? ―No quería más conversación, solo yacer con él para sellar sus promesas.

―No. Deseabas desnudar mi alma y lo último que me queda por confesar es que llevo seis meses de celibato obligado.

Me he sentido desanimado con respecto a otras mujeres.

Así que no solo yo te elegí, Isobel, mi cuerpo solo reacciona ante ti, así que verás que no vas a tener que preocuparte por la cuestión de la fidelidad.

No sé si es un hechizo, un castigo de Dios o qué, pero mi instrumento masculino únicamente reacciona cuando estás cerca.

―¿Solo yo te hago querer…? ―Isobel no sabía cómo seguir su suposición sin parecer demasiado vanidosa.

―Cielo santo, amor mío. ¿No me escuchas cuando hablo?

Solo contigo puedo estar listo y preparado.

Te haré mi mujer antes de que el Altísimo dé el visto bueno, pero las invitaciones para nuestro matrimonio saldrán inmediatamente, dado que pienso dejar una parte de mí en tu interior que haría que pronto pudiésemos ser padres.

Ella le sonrió complacida.

―Me parece justo… ―Un hijo fruto del amor sería una gran bendición.

La pareja había llegado a la habitación. Malcom la estaba dejando en el lecho con suma atención, pero ella se puso de pie.

―Te enseñaré lo delicioso que puede llegar a ser hacer el amor… Desnúdate para que pueda empezar la lección. ―El duque se estaba arrancando el pañuelo de la corbata a tirones. Ella lo observó y se movió hasta su posición.

―Detente o acabarás ahorcado con tu propia ropa.

―Lo ayudó a desvestirse y él se sintió muy extraño.

Definitivamente, con ella a su lado iba darle unas merecidas vacaciones al señor Wilson.

Tal vez lo enviase a vivir un tiempo con Liam.

No era bueno dejar sin trabajo a un hombre tan excepcional como Wilson.

Lo dejó desnudo y le permitió a ella que lo contemplara. La luz que entraba por la ventana era de mucha ayuda.

―¿Te gusta lo que ves?

―He leído un poco sobre cuestiones de índole íntima, mera curiosidad de lo que me estaba perdiendo, yo… te veo aterradoramente preparado. Eres grande… y no creo que yo vaya a juego con tu tamaño. ―Estaba un poco asustada. Se veía inmenso…

―Te preparé bien. Te dolerá, pero lo haré bueno para los dos.

―¿Has estado antes con una mujer como yo?

―Jamás. ―Ella rodó los ojos.

―Me refiero a… virgen.

―No. Creí que solo tendría una de esas cuando me casase, luego deseché la idea al saber que serías tú o ninguna. Y me emocioné al saber que yo sería el primer hombre en disfrutar de tu cuerpo.

―Oh, Malcom, no trates de adularme más, no hay necesidad. No quiero que hinches mi vanidad hasta parecerme a ti… ―le dijo al tiempo que le guiñaba un ojo.

―¡Bruja! ―dijo con humor―. No es adulación.

Si me hubieses rechazado, mi hermano habría tenido que ser mi heredero porque no hubiese buscado más.

Demasiado tedioso. No diré nada acerca de que mi corazón no hubiera sido capaz de sobreponerse, pues no quiero que te conviertas en una mujer orgullosa.

―Le tocó el turno a él de guiñarle un ojo.

―Sea como sea, no importa. Estamos aquí y no hay que preocuparse por nada más.

―Sí ―coincidió él―. Yo, desnudo y tú, vestida… Si has terminado de admirar mi perfecto porte, quiero que estemos en igualdad de condiciones.

―Seis meses sin una mujer… ―dijo ella pensativamente.

―Ah, percibo que tu engreimiento pretende ser más grande que el mío.

―Ya siendo joven tu reputación era terrible… No logro imaginar que estuvieses seis meses ―repitió para mayor tortura de él―, sin… ya sabes…

―Toda una vida… Desde que te vi en la posada quise yacer contigo. Ven aquí. ―La cogió de la mano y comenzó a quitarle la ropa.

Cuando la tuvo desnuda la admiró con gran placer.

Estaba sonrojada y sabía que la vergüenza la corroía.

Era magnífica. Elegante, sencilla, una diosa solo para él.

Nunca había tenido a una mujer que fuese realmente suya.

La sensación era deliciosa, inesperada y lo hacía sentir especial.

Le quitó las horquillas y una larga mata de pelo castaño ondulado cayó en cascada.

Metió las manos en él para comprobar si era tan suave como se veía. Lo fue mucho más de lo esperado.

―Me observas como si fuese un postre. Me pones… nerviosa.

―Voy a besarte en todas partes, te acariciaré en todos tus lugares secretos y te dejaré hacer lo mismo conmigo.

Luego te haré mía. Sé que será embarazoso para ti, pero debes confiar en mí.

No hay vergüenza en adorar el cuerpo de la persona a la que se desea, entonces lo hay menos cuando se ama al compañero de cama.

―Lo hago, confío en ti… Y… estoy impaciente ―expuso con un poco de inseguridad.

―Entonces vayamos a la cama y disfrutemos el uno del otro.

La alzó en brazos y fue con ella hasta el lecho.

La tumbó y la cubrió con su cuerpo. Tomó sus labios entre los suyos, para primero, tentarla con un beso limpio sin apenas contacto.

Malcom se deleitó con la suavidad de su sugerente boca y cuando percibió que la lengua de ella trataba de introducirse en su cavidad, fue el momento en el que la besó profundamente.

Ambas lenguas chocaron la una con la otra en un baile de lo más sensual y provocador, mientras que las manos de él se movieron para buscar el tacto de sus pechos.

Los sostuvo, pellizcó el pezón con delicadeza para hacerla suspirar cada vez más pesadamente.

―Tus besos son deliciosos, Isobel ―dijo sobre su boca. Ella atrapó su labio inferior entre los dientes y lo succionó con descaro. Lo escuchó gemir y se felicitó por su hazaña.

―Entonces bésame, Malcom, porque siento que besarnos es lo más natural del mundo.

―Lo haré, mi amor, pero ahora necesito que me permitas cumplir una deuda.

―¿Qué deuda? ―preguntó con curiosidad.

―Te he besado íntimamente entre las piernas, dos veces y tus senos fueron olvidados en ambas ocasiones. Debo consolarlos y demostrarles que son igual de importantes que tu dulce intimidad. Debes dejar que me amamante de ellos y disfrutar de mi contacto, mi amor…

―Soy tuya para hacer lo que desees, Malcom. Muéstrame…

Le dio un beso encantador, destinado a hacerle saber la profundidad de sus sentimientos por ella.

Poco después bajó su boca hasta esos tentadores picos inhiestos que lo aguardaban con inquietud.

Se llenó la boca con el pecho derecho para mamar de él.

Lo mordisqueó con ternura y ella gimió con intensidad.

Se veía tan desinhibida que hizo que su virilidad se amotinara para exigirle que se adentrara en su interior.

Se contuvo, pretendía disfrutar de ella durante un buen rato.

Lamió el otro pezón para que no se sintiese excluido y amasó a placer esos bellos pechos sublimes. Tan plenos que lo volvían loco. Se perdió en la inmensidad de su tentación. Tan absorto estuvo lamiendo, tocando, pellizcando y amasando, que no se dio cuenta de que ella había hablado.

Isobel estaba fascinada por todas las nuevas sensaciones que sentía.

Se prometió que cuando finalmente un hombre la llevase a la cama, vencería todas sus limitaciones y vergüenzas.

Era virgen, pero quería que su futuro esposo se diera cuenta de que aprendía rápido y que tenía iniciativa.

Veintiocho años… era una edad más que suficiente como para tomar el mando.

Le dijo que quería intercambiar la posición con él, pero Malcom no la había escuchado.

Se incorporó e hizo que él se quedase debajo de ella.

―Uhm… Eres decidida. Una mujer intacta que quiere el mando… Interesante.

―Me has tocado dos veces y yo no he podido hacerlo contigo. Quiero sentir cómo eres. Tocarte y besarte.

―¿Qué te lo impide? ―la retó. Ella se rio. Una respuesta más que aceptable.

Besó su cuello y lo escuchó suspirar. Luego se dirigió hacia sus tetillas.

Tenía un poco de vello en sus aureolas. Jugueteó con ese pelo al tiempo que lamía, tal y como había hecho él con ella, sus dos pezones.

Se movió hacia abajo y se quedó sentada entre sus piernas, admirando su virilidad.

La sostuvo con la mano derecha. Era gruesa, no solo grande, venosa.

Divisó una gota de humedad en punto final de su longitud. La tocó con los dedos.

―No sé bien cómo debo proceder ―confesó.

―Es una cuestión muy elemental. ―Mientras decía esto, Malcom le rodeó la mano femenina con la suya y comenzó a deslizar la seda que rodeaba su virilidad. Lo escuchó comenzar a quejarse de un modo agónico. El mismo tono que ella empleaba cuando él la volvía loca.

Al ver que ella era buena ofreciendo ese singular masaje, soltó la mano y la dejó ir a su ritmo.

Lo veía abandonado a sus caricias, esperando a que ella interviniese.

La sensación de poder la embargó para hacer que quisiera ser audaz.

En la punta del miembro volvió a ver que se concentraba más humedad.

Se agachó al tiempo que sacaba su lengua de la boca dispuesta a probar lo que su amante fabricaba.

Lo cobijó en el calor de su boca y fue entonces cuando un rugido resonó en la habitación.

Se asustó en el momento en el que unos brazos la tomaban para volver a tumbarla sobre su espalda.

―No me harás ir en tu boca la primera vez, mi amor. Por muy tentadora que resulte la oferta, no será así como te tenga hoy. Mi esencia correrá por tus entrañas porque serás mía y así certificaré que yo te pertenezco.

―¿Te he disgustado? ―se atrevió a preguntar.

―Nada de eso. Necesito meterme en ti… ―Llevó su mano a su entrepierna y la encontró empapada. Rugió de nuevo como un hombre desesperado que sabía que su mujer lo deseaba y se moría por tomarla.