Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13
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Capítulo 13

Un acuerd o

Isobel no podía negar que la salida a la ópera fue perfecta.

Covent Garden era el lugar más esplendoroso que jamás contempló.

No se imaginaba cómo habría sido el teatro antes del incendio que lo dejó en ruinas, pero, sin lugar a duda, la reconstrucción se hizo de modo espectacular.

La opulencia resultó abrumadora y había disfrutado de la representación de la Prima Donna hasta el punto de sentir aguados sus ojos.

Después de la primera aparición pública con York debería sentirse más tranquila.

No lo estaba. La condesa de Snow presentía que algo se estaba cerniendo sobre ella.

No creía en los finales felices. En realidad, consideraba que la felicidad era algo pasajero que acababa esfumándose con el paso del tiempo.

Le gustaba York. Le apasionaba lo que le hacía sentir cuando hablaba con ella y en especial, al acariciarla de esa manera que la dejaba sin razonamiento.

La declaración de él la había sorprendido. ¿York casado? Su fama era legendaria y hasta donde ella sabía, Malcom se enorgullecía de ser un réprobo libertino.

Duquesa. La opción estaba sobre la mesa y la asustaba.

No solo por la posición que desempeñaría, más bien por el hecho de que las mujeres nunca dejarían de acosarlo.

Era un adonis y él lo sabía, pero más allá de ser el hombre ideal, apuesto como el pecado, rico como Creso y un excelente amante, había algo en él que la impulsaba a rascar en la superficie para encontrar el fondo.

Podía ser dulce, paciente y definitivamente, era inteligente.

Apostaba la fortuna del conde de Snow a que un hombre como York, que lo tenía todo con solo chasquear los dedos, había estado solo durante mucho tiempo.

Ella misma se sentía sola. Tenía a sus tres hijos, a los que amaba con todo su corazón, pero no contaba con un compañero que la hubiese ayudado a recorrer el camino de la vida.

¿Debía casarse de nuevo? ¿Hacerlo con un hombre al que le acabaría entregando su corazón, en caso de no haberlo hecho ya?

¿Qué era el amor? ¿Cómo reconocerlo? El duque le robaba el aliento.

Sentía la necesidad de estar con él a todas horas.

Incluso cuando tuvieron ese pequeño tira y afloja había resultado así.

Desplazó a Thorpe de sus pensamientos con una facilidad pasmosa.

Muchas preguntas. Las respuestas aparecerían con el paso del tiempo, sin embargo, esta vez el matrimonio que estaba en ciernes sería diferente al anterior.

No se conformaría con ser un adorno o una madre para los hijos de quien la desposase.

Lo quería absolutamente todo, sin excepción.

¿Era Malcom capaz de entregárselo todo? Tenía que hablar con él.

No eran dos jóvenes intrépidos con poca sesera aventurándose en dirección desconocida.

Eran adultos. Isobel tenía a tres personas a su cargo y si se casaba iba a precisar de alguien con quien compartir su carga, que la amase.

No se conformaría con menos. York tenía tantas máscaras que no sabía qué podía ser verdad o qué era falso…

pero sí intuía que él nunca se daría por vencido y ella no quería que lo hiciera.

Así que, decidida a mostrar que era una mujer competente, sabia y que tomaba los asuntos en sus propias manos, nada más levantarse, se había asegurado de que las chicas tenían la mañana ocupada con un club de lectura y algunas compras en Bond Street que deseaban hacer.

Isobel le dio el día libre a buena parte del servicio y envió una nota para convocar al gran y osado duque de York en su casa.

La finalidad era la de hablar sin tapujos, con la verdad, sobre el presente y el futuro de ambos.

En su cabeza todos estos planes, sobre mantener una conversación cordial y sincera fueron magníficos, la complicación estaba residiendo en el hecho de llevar a cabo la charla.

Ella misma le había abierto la puerta, había preparado té y en su mente repitió una docena de veces las ideas que quería transmitirle.

Bien. Malcom W. Banstorn estaba sentado frente a ella y no tenía la menor idea de cómo abordar el asunto…

―He observado que la casa está inusualmente tranquila ―habló él.

―Sí. Las chicas no volverán hasta la tarde y les he dado el día libre a mis empleados.

―¡Ah! Imagino que tienes un buen motivo para que nos encontremos tú y yo solos ahora mismo. ¿Puedo saberlo? ―preguntó con cautela.

―Necesito que hablemos sin interrupciones ―dijo ella con convicción.

―Hablar, por supuesto. ―No negaría que habría previsto otra respuesta, sin embargo, la veía tratando de aparentar tal tranquilidad, que intuía que algo importante estaba sucediendo y Malcom no sabía lo que sería.

―Bien. ―No supo cómo continuar. Suspiró―. Esto es más complicado de lo que preví. Había ensayado mil discursos elocuentes con respecto a mis preguntas y dudas… Se han esfumado.

York trató de no evitar entrar en pánico. Isobel se veía sobrepasada y las palabras de aviso de su tío, quien esa mañana había vuelto a ser su ayuda de cámara sin ninguna mención a la pasada noche, vinieron a su mente. El duque carraspeó. No podría volver a pasar por un abandono, así que se lanzó:

―¿Estás pensando en no aceptar mi propuesta de matrimonio? ―Contuvo el aliento.

―Creo que tenemos que aclarar las cosas.

―La pregunta que te he hecho es muy clara. ¿Vas a casarte conmigo o no, Isobel?

―No es tan sencillo.

―Comprendo ―mintió. Llegados a ese punto York se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana más cercana. El día estaba gris, un hecho habitual en Londres. La lluvia caía con suavidad―. ¿Cómo se llama?

―¿Qué? ―inquirió Isobel, al tiempo que buscaba las palabras para exponer sus ansiedades sin parecer tonta y, en especial, para que él no sintiese lástima de ella.

―Espero que no sea Thorpe ―señaló sin girarse a mirarla.

―Que no sea Thorpe… ¿para qué? ―preguntó tentativamente.

―¿Hay otro hombre, Isobel? ―No tenía caso seguir dando vueltas sobre la cuestión.

Angela supuso un gran dolor del que no fue consciente hasta que los años se fueron sucediendo.

Con Isobel intuía que no se repondría con facilidad.

Se había lanzado al mar sin salvavidas, sin ningún tipo de protección con ella.

Una negativa era algo que no contempló en ningún momento, pero esa era la historia de su vida, enamorarse de las mujeres que no tenían intención de amarlo, que consideraban que no poseía un corazón para romperlo.

―¡No! ―gritó―. De hecho ―comenzó a explicar con más calma―, ese es el problema… No ha habido ningún hombre… nunca ―susurró la última palabra. Él la escuchó, por lo que esa respuesta hizo que el duque se girase para examinarla.

―¿No estabas enamorada de tu esposo?

―Es difícil hacerlo cuando a los pocos días de tu boda, tu esposo se marcha para no volver ―confesó.

―¿Cuántos?

―Dos. Se marchó al segundo día. ―York maldijo, el informe de Wilson no reflejó ese dato.

―¿Temes que yo te abandone?

―Sí ―confirmó con el mentón en alto.

―Si el Altísimo no tiene otro plan para mí, pretendo permanecer contigo durante mucho tiempo, espero que hasta el fin de mis días.

―No estaba en mis planes casarme. Tú me has hecho replantearme muchas cosas, pero te aseguro que no voy a ser una esposa solo de nombre… otra vez ―dijo la segunda parte con firmeza.

―No lo serás ―respondió pronto. Y tras haber hablado se dio cuenta de que…―. ¿Isobel? ―Usó su nombre a modo de pregunta.

―Me temo que si seguimos adelante con lo que pretendes de mí, vas a tener que lidiar con una mujer… inexperta. ―La observó tragar saliva.

York se pasó las manos por el rostro. ¡Virgen!

Una mujer virgen. Sin tocar. Intacta. ¿Qué clase de patán era el anterior conde de Snow?

Uno muy estúpido. ¿Quién en su sano juicio dejaría ese regalo envuelto?

¡Ella no había pertenecido a ningún otro hombre!

Sería suya y solo suya… Se movió hasta el sofá que había estado ocupando antes de levantarse y se sentó.

―Lo siento.

―Sí, supongo que es una gran contrariedad para ti.

―No ―negó al instante.

―Pero dijiste que…

―Lo recuerdo muy bien, Isobel. Cada palabra que te dije, todas las veces que nos vimos, en especial lo referente al estorbo de la virginidad. Lo tengo fresco en mi memoria. Y es por ello por lo que te he pedido disculpas.

Ella frunció el ceño y lo miró contrariada.

―No entiendo…

―Creí que sería bueno que en nuestra noche de bodas solo hubiese placer.

Eras una viuda encantadora a la que había sorprendido con Thorpe.

Me contaste que no fuiste su amante y casi me puse en evidencia delante de ti.

Reprimí los deseos de saltar y dar palmadas cuando me lo explicaste.

Hubiera sido del todo embarazoso haber presentado una imagen así de mí ante ti.

Podrías haberme tomado por una colegiala a la que su profesor de música acababa de felicitar con efusividad por su excelente actuación de pianoforte.

Ella se rio con ligereza.

―Eres ridículo, Malcom, aunque me hubiese encantado verte en semejante tesitura.

―Créeme, casi me has visto hoy. Me he contenido.

Sin embargo, lo que deseo no es saltar y dar palmaditas mientras me rio lleno de alegría.

Tu confesión me inspira a tirar de mi chaleco hasta que los botones salten por los aires, abrirme la camisa hasta hacerla jirones para exhibir mi espectacular torso y rugir hambriento.

―¿Un león?

―El rey de la selva reclamando lo suyo. Ya ves, mi amor, los hombres somos criaturas muy simples.

La mujer con la que pretendo casarme me confiesa que sigue intacta, y mi ego exige que te tome de inmediato para que no tengas escapatoria.

―Ella se rio―. No, Isobel, creí que tu falta de virginidad sería algo excelente, que la poseas es divino ―confesó―.

Entonces… ¿estamos solos… en casa? ―preguntó sin ninguna sutilidad.

―Necesito que entiendas algunas cosas, Malcom, y que decidas si quieres seguir adelante.