Capítulo 12 #4
―Guardaremos los secretos. Todos ellos. Y eso significa también el significado de la W.
Lo digo todos los años, ¿es así? ―York cabeceó positivamente―.
No lo contaré, tu duquesa podría burlarse de ti.
―Ambos se carcajearon―. Al menos durante un día tenemos la ocasión de charlar como un sobrino y un tío… sin restricciones.
―Podríamos hacerlo cuando quisieras, Mason. Eres mi familia y jamás te daré la espalda.
―¿Porque puedo convertirme en una plaga bíblica si me empeño y temes mi reacción? ―se mofó.
―Esa es una de las razones, no lo negaré. La otra es que te he llegado a querer como a mi padre. Liam te necesita también.
―Sensiblerías absurdas, Malcom. Tu hermano es un buen hombre, no lo pondré en duda, pero no es ni la sombra de lo formidable que tú eres.
Pones tanto empeño cuando deseas algo que nada te frena.
Liam se cansa inmediatamente de sus obligaciones, se esfuerza poco y no quiere que nadie le diga lo que debe hacer.
Ese muchacho morirá solo si no cambia pronto ―sentenció con lástima.
―A mí me hace caso en lo importante, pero es un calavera.
―No quiero que lo sepa. Es bastante vergonzoso que tú te enterases…
El destino es un asunto curioso… Tu padre imaginó que regresaría a casa y que sus documentos privados estarían a buen recaudo, pero su muerte propició que su heredero asumiera sus funciones y descubriese información sensible que solo él y yo debíamos conocer.
―¿No me lo hubieses dicho en caso de no haber encontrado la documentación sobre tu parentesco con él? ―interpeló. Esa cuestión era nueva. Cada año desde hacía demasiados introducían un pequeño avance en su relación.
―Nunca ―respondió sin dudarlo.
―Mi orgullo solo rivaliza con el tuyo, Mason W. Banstorn.
―Solo me está permitido el uso de la W., no del apellido. Por eso la cambié por Wilson. Ya sabes… algo común y apropiado para un hombre sin pasado, sin futuro.
―Pudiste haber tenido todo lo que quisieras, te lo ofrecí una y mil veces. Salvo el título, estaba en mi mano premiar tu lealtad y amor por mi hermano y por mí, del modo en el que quisieras. Tu arrogancia y orgullo son buena prueba de que eres mi tío. La misma sangre corre por nuestras venas.
―Es cierto ―admitió con una sonrisa―, aunque ambos sabemos que yo soy veinte veces más apuesto que tú.
―¡Oh!, Mason, eso ha dolido como si de cien dagas clavadas en mi coraza se tratase.
―Dicen que no tienes corazón, lo niego tajantemente.
Supe que una buena mujer te haría darte cuenta de tus errores y así ha sido.
Si hubiese sabido que Isobel Baltimore iba a ser el motivo principal para enderezarte…
yo mismo hubiese tramado algún plan para que quedaseis atrapados en una posición comprometedora.
Y te aseguro, mi querido sobrino, que ni un solo remordimiento me habría despertado por las noches.
―Ah, pero enderezarse no es fácil. Por aquel entonces la señorita Baltimore era una muchacha temerosa de Dios a la que le parecí Lucifer. Al fin puedo decir que mis… travesuras son de su agrado.
―Por amor de Dios, solo tú sabes cómo hacer que una conversación ya embarazosa se transforme en algo del todo vergonzoso e impúdico. Cásate con ella antes de tomarla como a tu mujer en el lecho, pues todavía corres el riesgo de que otro hombre pueda arrebatártela.
―Te digo que eso es imposible.
―Lo mismo escuché de Angela ―refunfuñó con enfado.
―¿No vas a olvidar jamás aquello?
―Sé un buen chico y vete a dormir. La cabeza me va a estallar y necesito reposar mi ebriedad. Mañana nos levantaremos y seguiremos con nuestras divertidas peleas.
―Y… supongo que una vez más olvidaremos…
―Por supuesto. Tienes trabajo. Te he dejado los informes en la pila de asuntos pendientes. Lord Thorpe está arruinado y es probable que acabe con sus huesos en la prisión de deudores si no se casa bien y pronto.
―¿Tal vez con una condesa viuda que maneja una fortuna en beneficio de su joven hijo? ―se aventuró.
―Es peligroso, Malcom. Trata de no perder a esta. Renunciaré si no te casas con ella.
―Estoy seguro de que lo harías, así que no te defraudaré, tío.
―Ve a dormir y piensa en lo que harás con lord Thorpe, si está involucrado con tu futura duquesa, eso traerá problemas.
―Lo arreglaré ―dijo con una brillante sonrisa―. ¿Quién tiene sus pagarés? Intuyo que se debe a deudas de juego. Ya en su juventud fue un mequetrefe sin suerte que se vanagloriaba de perder fortunas sin consecuencia alguna.
―El dinero se acaba si no se economiza bien.
―Así es ―estuvo completamente de acuerdo York.
―Ha perdido una suma considerable en un club del East End. El placer del infierno se llama el lugar. Son tres hombres los que tienen en sus manos el futuro del vizconde.
Hubo algo en la forma en la que se expresó su ayuda de cámara que hizo que a York se le erizase la piel.
―¿Alguno que yo deba conocer?
―Usted no, pero sí la condesa de Snow ―dijo con fastidio, pues intuía que se avecinaban complicaciones.
―¿Quién?
―Uno de los socios de ese club fue el administrador del anterior conde de Snow.
―Nómbrale. ―Los problemas se le multiplicaban. Tenía que encargarse de dos ratas, no una.
―Avery Sullivan.