Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

En términos generales podría decirse que la noche había sido buena.

York estuvo pendiente de Isobel durante todo lo que duró la actuación.

Y se sonrió a menudo, dado que él la había observado mirando sus labios.

Estuvo convencido de que ella le daba vueltas a su advertencia sobre esa deliciosa agonía que sentiría al recordar que la había degustado.

Llegó a su casa satisfecho. Solo Liam, haciendo advertencias sobre que la arpía morena le traería problemas, empañó ligeramente la salida social.

Estaba hecho. El duque de York acababa de dejar clara su posición sobre lady Snow ante la buena sociedad. Ella sería su esposa y el resto ya estaría imaginando los motivos, que a buen seguro serían sórdidos.

Malcom acababa de poner un pie en la escalera que daba acceso al piso superior cuando escuchó un sonido extraño en su despacho. ¿Cristales rotos? Se dirigió hacia allí.

Vio al señor Wilson echado en un sofá, mirando con fijación el vaso que había salido disparado contra la pared más cercana.

―Amigo mío… ¿está bien? ―inquirió mientras se acercaba hacia Mason.

―Nunca me he sen…tido mejor, Malcom ―comenzó a decir trabándosele la lengua ligeramente. Era evidente que su ayuda de cámara estaba bastante ebrio. Cuando empleaba su nombre de pila y se olvidaba de la formalidad… Mal asunto, pero entonces se dio cuenta del problema.

York maldijo. Creyó que su amigo no se acordaría de la fecha del día en el que estaban. Esa mañana, Mason Wilson se había levantado con aires renovados, y el duque consideró que tal vez sus futuras nupcias le hubiesen hecho olvidar el pasado. No fue así.

―La próxima vez podrías esperarme, Mason ―respondió con la misma camaradería. York se movió hasta el decantador y se sirvió otra copa―. ¿Te pongo una nueva, o estás servido?

―No. He bebido demasiado. No, tal vez, demasiado poco para el día en el que estamos hoy. Uhm… La doncella… la señorita MacKenna no va a estar contenta cuando vea lo que he hecho ―advirtió, viendo el estropicio formado en la pared.

―No importa. Le pagaré más generosamente.

―Si se entera de que he sido yo…

―No lo creerá. Es más factible que todos imaginen que el malhumorado y presuntuoso duque tuvo una mala noche ―señaló al tiempo que se sentaba cerca de su amigo.

―¿La tuviste?

―No. Fue sensacional. Ella parece que aceptará ser mi esposa. Traeré a tu duquesa en un par de meses como muy tarde.

―Será tuya, no mía. Dudo mucho que desees compartirla con nadie.

―No te equivocas. Me tiene loco ―confesó con una sonrisa.

―Pero sigues soltero ―apostilló.

―No por mucho tiempo ―rebatió raudo.

―La última vez que dijiste algo similar, la dama acabó casada con un hombre muy inferior a ti en todos los aspectos ―le reprobó.

―¿Ni estando ebrio puedes dejar de lanzarme tus dardos, Mason?

―Eso parece.

―Angela está muy enamorada. Sé de buena tinta que cree a su esposo superior a mí en todos los aspectos. ―Usó su misma fórmula para refutar su suposición.

―¿Y qué hay de…? ¿Cómo se llamaba? El whisky no me deja pensar con claridad. Puro veneno, pero hoy…

―Lo sé. Sé que lo necesitas. Se llama Isobel.

―Un nombre precioso, con fuerza. Es escocés.

―Exactamente.

Se quedaron en silencio. Vio a Mason pasarse las manos por el rostro.

―Yo lo amaba…

―Lo sé.

―Era mi hermano. Él me encontró. Esta noche volveremos a hablar del asunto y mañana nos olvidaremos de todo, ¿verdad? ―le preguntó al duque.

―Será como cada año si así lo prefieres. ―Su ayuda de cámara emitió un suspiro mientras afirmó con la cabeza.

Era el día del aniversario de la muerte de los anteriores duques de York.

Su ayuda de cámara no había superado la pérdida.

Malcom estuvo devastado durante un tiempo, pero el título exigió que se sobrepusiera rápido y no hubo demasiado tiempo para llorar la pérdida.

En opinión del duque, Mason y su hermano Liam, probablemente, no se recuperarían nunca de aquel suceso.

Su hermano estuvo seis meses sin hablar con nadie, encerrado en su habitación.

―Les dije que no se marchasen. Tu madre se empeñó en visitar Escocia.

Tu padre siempre deseaba complacerla. Eran una pareja tan bien avenida…

Se amaban, Malcom. No tuve envidia. Amaba a tu padre y deseaba que fuese feliz.

Tu hermano y tú nacisteis del amor. Lamento que yo tuviese más momentos con ellos que tú.

Crees que tu padre era duro contigo porque no te quería.

No es así. Estaba orgulloso de ti y de tu hermano.

―Liam siempre fue su favorito ―aludió una vez más, al igual que como lo hacían en el día exacto en que se produjo el accidente fatal que se llevó la vida de los duques de York.

―Tu hermano necesitaba más protección que tú. Era más insensato ya de niño.

―Supongo que así sería, sin embargo, en algún punto del camino yo me torcí más que él ―añadió con una sonrisa ladeada. Terminó de beber su copa de whisky , y se sirvió otra. Necesitaba energía para enfrentarse a la conversación que se avecinaba.

―Te he cuidado lo mejor que he podido, Malcom.

―Y te lo agradezco, pero no hacía falta. Hubiese preferido que vivieses tu propia vida.

―No hubiera podido hacerlo. Me siento responsable de vosotros.

A Liam ―usó su nombre de pila porque la ocasión lo merecía―, también lo valoro…

aunque no he conseguido tener una buena relación con él.

No entiende por qué un simple sirviente se mete en los asuntos de un duque y de su hermano.

No he conseguido tener una buena relación con él ―repitió.

―Ambos sabemos que eres más que un empleado al servicio de un duque.

―Es cierto. No obstante, no quise que averiguases nuestro secreto. No así. Pero cada año me sucede lo mismo. Me emborracho, tú me socorres al tiempo que yo divago sobre tu padre…

―Tu hermano ―le dijo York.

―Un bastardo no tiene padres, no tiene hermanos, Malcom. Si llegase a saberse que tu abuelo se enamoró de una criada, una fregona…, y que yo fui el fruto de ese tórrido amorío… Nuestro secreto no debe salir a la luz ―le previno.

―Pues sería lo más común del mundo ―advirtió restando importancia―. Lo habitual en un matrimonio concertado es que cada cual busque consuelo donde pueda encontrarlo. En todas las familias hay trapos sucios.

―Que no deben ser desvelados ―puntualizó.

―Todavía se habla de mi abuela en algunos círculos. La comparan con Belcebú y considero que tú estarás de acuerdo con la similitud. ¿Qué culpa se le puede achacar al abuelo? Buscaba un poco de paz.

―Fue un milagro que no me ahogase con una almohada mientras dormía.

Cuando descubrió que yo era… Tembló toda la finca.

Si hubo una mujer con mala sangre, esa fue la duquesa de York, tu abuela ―dijo con pesar―.

La mujer era dura, fría, dominante… tomó el timón del ducado y logró reducir a cenizas a su esposo…

Poseía una belleza exuberante, modales, pedigrí, pero también habitaba en su interior una víbora sedienta de sangre y con poca moral.

Solo le dio un heredero a tu abuelo porque no deseaba estropear su figura.

Angelica Banstorn, fue una duquesa temible, bella pero hueca por dentro.

Tu madre, Sophie, la siguiente duquesa de York, fue la antítesis de Angelica, y tu esposa será sublime.

―No tuvo solo ella la culpa. El abuelo debió haberte protegido mejor.

No estuvo a la altura y la abuela se aprovechó de ello.

―Malcom no había conocido demasiado a los abuelos paternos, dado que su madre los había protegido a Liam y a él de la tiranía de la antigua duquesa de York impidiéndoles estar cerca.

―Si hubiese sido un padre que velase por su hijo ilegítimo…

hubiese evitado que tu padre se convirtiera en mi salvador, Malcom.

No seas absurdo, lo que sucedió debió haberse producido así.

El anterior duque me miraba con satisfacción cada vez que conversaba conmigo porque me sacó de aquel hospicio donde hubiese muerto de desnutrición antes del sexto mes.

―Te dejó allí cuatro meses, pudo haberlo hecho mejor… ¿no crees? ―York le sonrió. Su padre era un hombre bastante formidable en todo lo que se proponía.

―Infernales. En su defensa diré que tu padre era joven y que tuvo que valerse de sí mismo para localizarme y ocultarme de todos, incluso de nuestro padre.

―Lo que fue un milagro es que Belcebú te permitiese residir en la casa tantos años después de tu nacimiento.

―Ella se enteró tarde del vínculo que me unía a la familia.

Ya ves, los secretos es difícil mantenerlos ocultos.

No llevaré tu apellido, pues un hijo natural no tiene ese derecho, pero te diré que no eres el único Banstorn inteligente de la familia.

Me las arreglé muy bien para ser invisible en mi niñez.

―Todo lo contrario que en tu adultez ―resopló Malcom con una carcajada.

―Necesitas constantemente corrección y fue mi juramento hecho sobre la tumba de tu padre lo que me obliga a estar pendiente de vosotros dos.

―A tu hermano ―le recordó el duque.

―Henry Wallarico Banstorn ―recitó el nombre del anterior duque en alto con solemnidad―.

Él supo protegerse de la maldad de su madre.

Encontró a la mía después de que la duquesa la echase a patadas y la llevó a una casita para que muriese en paz.

Se puso enferma y no pude despedirme, pero me queda el consuelo de que falleció tranquila.

Los actos son mejores que las palabras. Tu padre nos quería, Malcom.

―Tanto, que tuvo que darme su segundo nombre en herencia ―expresó con fastidio, tratando de desviar la conversación a un terreno menos sentimental.

―Wallarico… Es germano.

―Lo sé.

―Significa…

―Poderoso en el campo de batalla ―terminó por Mason―. Bello significado, horrendo segundo nombre para dar a cualquier hijo. No se lo digamos a nadie, amigo mío.