Capítulo 12 #2
―Entonces tómalo, Isobel. Muéstrame cómo te liberas… ―sugirió antes de cubrir su boca con la suya para tragarse los gritos que sabía que precederían al éxtasis.
Isobel se sintió llena de un placer tan inmenso, que en caso de seguir en su interior hubiese amenazado con hacerla saltar por los aires. Lo dejó ir… Se deleitó en ese dedo maravilloso que se introducía en ella y el roce divino de su compañero sobre esa protuberancia tan encantadora.
York la sostuvo con fuerza cuando la liberación la atravesó. Dejó de acariciarla íntimamente y esperó unos pocos minutos para que Isobel volviese a tener suficiente fuerza para sostenerse por sus propios medios.
―¿Estás bien? ―le preguntó mientras la miraba con atención. Ella tenía la mirada vidriosa, sus mejillas bellamente sonrojadas y la respiración seguía discontinua. Nunca la vio tan perfecta como en ese momento.
―Te daría lo que me pidieses, Malcom. Haces que mi voluntad me abandone y me convierta en una esclava de mis necesidades femeninas.
Me asustas y fascinas a partes iguales. ―Evitó decirle que antes nunca habían existido para ella esas nuevas necesidades―.
No hay nada cuando me acaricias: solo está la ansiedad de saber que me darás lo que mi cuerpo pide a gritos.
―Uhm ―susurró antes de arrodillarse para levantarle la falda y hundir su boca en su sexo.
Le había pedido expresamente a Wilson que le diese unos pantalones lo bastante flexibles como para permitirle libertad de movimiento.
Si su estimado amigo intuyó lo que se proponía cuando le informó del tejido que deseaba llevar, no estaba claro del todo.
―¡Dios santo! ―La lengua de Malcom la recorrió sin tregua al menos tres largos minutos. Isobel hizo lo más sensato… Se apoyó en la pared que había detrás y cerró los ojos para concentrarse en ese divino gozo.
Cuando el goloso duque terminó de recoger la deliciosa crema de su compañera, se incorporó. La vio observarlo con los ojos ya abiertos y se relamió los labios.
―Debes probarte, mi amor, porque hasta que pueda hacer que degustes mi licor, me deberé conformar con un poco de esto…
―Se abalanzó sobre ella y le dio un beso posesivo, lleno de lujuria.
Ella respondió a su muestra de perversión con ímpetu.
Malcom estaba ardiendo. Isobel presentía que volvía a encenderse.
Tomó la mano derecha de ella y la colocó sobre su erección.
La condesa lo apretó. ―. ¿Lo sientes? ¿Ves lo que me haces?
Me has despertado, mi amor. Y no tardaré demasiado en llenarte.
Te salva de convertirte en el capricho de mis deseos esa estúpida obra que hemos venido a ver…
A no ser ―dijo dibujando una sonrisa pícara―, que nos escabullamos y busquemos mi confortable cama…
¿sería eso posible, Isobel? ―preguntó con esperanza.
―Ya te has divertido bastante, Malcom. Tenemos que regresar.
―Sus hijas estaban sin supervisión con dos hombres que sospechaba que eran tanto o más experimentados que el propio duque.
Regina sería más que capaz de mantenerlos a raya, pero Evangeline se vería interesada por alguno de ellos.
Eran demasiado apuestos para el propio bien de ambos.
York dio un sonoro suspiro.
―No negaré que me he divertido, pero, querida mía, tú lo has hecho más que yo ―repuso con cierta frustración.
Ella se sonrió.
―La próxima vez, recuerda el lugar en el que estamos. Si no quieres quemarte, excelencia ―usó el título con retintín―, no enciendas fuego.
Isobel se separó de él, se estiró el vestido y comprobó el alcance del daño en sus cabellos.
―Estás impecable, me he cuidado bien en no despeinarte y que la tela del vestido no se viese… corrompida ―aludió con una sonrisa ladeada.
―Sabrán lo que hemos hecho ―señaló compungida.
―Ah, los hermosos remordimientos… ¡qué fácil es tenerlos cuando se ha alcanzado la dicha y se está saciada! ―suspiró.
―¿Presiento reproches?
―No. Deseaba hacer lo que he hecho, lo que te he dado.
Eso me asegura que durante toda esa horrenda función mirarás mis labios y recordarás el lugar exacto que lamieron.
Créeme, mi amor, mi frustración es dolorosa, aunque placentera.
El deseo que despertaré en ti cada vez que me mires esta noche, pretende sumirte en una agonía constante en la que, espero, te lleve a raptarme y a obligarme a darte más placer.
―¡Oh, Malcom! Te prometo que te devolveré el favor… ―dijo seductora.
―¿Me sumirás en la misma agonía o me darás la liberación?
―Tal vez ambas, pero no ahora. Regresemos. Mis hijas son muy suspicaces.
―Evangeline me respalda, el problema es la otra.
―Regina se acabará acostumbrando a ti.
―No suena halagüeño, mi amor ―advirtió enfurruñado. El gesto le calentó el corazón. Isobel se acercó a él y le dio un ligero beso en los labios.
―Incluso yo misma me veo capaz de exigir que me mimes y atiendas como si fuese una niña recién nacida a la que su protector deba darle todos sus caprichos.
―¿Durante cuánto tiempo? ―inquirió con emoción.
―Hasta el fin de mis días, mi duque ―coqueteó.
―Prometedor ―señaló, al tiempo que salían del lugar secreto y se encaminaban hacia el palco.
Cuando regresaron con el resto, York actuó con naturalidad.
Isobel trató de hacer lo mismo. Se sentó en la butaca de terciopelo al lado del duque y respiró con tranquilidad.
La serenidad duró unos instantes, lo justo hasta que se dio cuenta de que mucha gente miraba hacia el lugar donde estaban sentados.
El beau monde iba al teatro o a la ópera para observar y ser visto, el espectáculo era secundario.
Poco importaba que la cantante italiana que actuaría esa noche fuese un prodigio cuya voz rivalizaría con la de los ángeles.
―¿A quién has conocido, madre? ―preguntó con retintín Regina.
La condesa se negó a ponerse nerviosa. La mirada burlona de su hija denotaba…
―Personas muy interesantes ―respondió con naturalidad la condesa.
―¿Quiénes eran? ¿Cómo se llamaban? ―Regina era como un perro con un hueso.
―¿Necesitas una lista de todos sus títulos, hija mía? ―respondió la condesa con una tranquilidad que estaba lejos de sentir.
―No. Con un par de nombres me contentaré.
En ese instante, escucharon a Liam opinar algo por lo bajo, pero fue tan escueto que nadie oyó lo que lord Liam Banstorn acababa de decir.
Vio a Regina fruncir los labios e Isobel supo que ambos no estaban en buenos términos.
¿Tanto tiempo estuvo haciendo travesuras con Malcom, que a Regina le había dado tiempo de molestar al hermano del duque?
No importaba. A su hija más joven le bastaba un segundo para desquiciar a cualquiera.
―¡Ah!, eres fantástica, Isobel ―intervino York―, te queda un suspiro para convertirte en duquesa y ya estás aprendiendo que las personas que hay por debajo de tu nariz, no merecen siquiera ser recordadas. Serás maravillosa en tus nuevas atribuciones.
La condesa rodó los ojos y aguardó alguna réplica mordaz de Regina.
No llegó. Tal vez la pelinegra sí había escuchado lo que fuese que dijese el hermano de Malcom porque se quedó callada y con los labios apretados en una fina línea.
Bueno. Había conseguido una tregua y no echaría por la borda algo como eso.
Se acercó a Malcom y le susurró solo para sus oídos:
―Ridículo, querido.
Sabía que la conjetura estaba destinada a ayudarla a salir del aprieto en el que su hija la había colocado.
Aun así, lo espetado por York, por mucha sonrisa que hubiera ahí, era del todo inapropiado.
Isobel no era ese tipo de persona y él lo sabía.
Ninguna clase debería estar por encima de la otra en cuanto a respeto se tratase.
Si bien cada cual tenía su lugar en la esfera social, la buena crianza de una persona se establecía por la dignidad que fuera capaz de mostrar a alguien quien la sociedad había establecido como inferior.
―Ha servido para que la presa feroz de tu hija buscase a otro a quien hincarle el diente.
Imagino que Liam tampoco es de su agrado.
―York había observado que su hermano no la miraba, era como si pretendiese negar su existencia y la muchacha hacía otro tanto de lo mismo.
No sabía lo que habría sucedido entre Regina y Liam, y no estaba interesado en averiguarlo tampoco.
York examinó una vez más a la hija menor de Isobel. Portman le había dado conversación.
―¿Cuántos hijos tiene, milord? ―preguntó con simpatía Regina.
―Dos. Pero bien podrían ser considerados como toda una legión.
―¡Oh, me encantan los niños! Estoy segura de que no serán tan temibles como dice. ―La joven se rio con ligereza.
―Esos no le gustarían, milady ―intervino Liam―. Deberías presentárselos, Portman ―le dijo a su amigo―, me gustaría ver lo rápido que la dama es capaz de correr.
―No todos reaccionamos a los problemas del mismo modo, milord ―saltó Regina―. Aunque lo crea imposible, hay quien se queda y lucha sus propias batallas.
York gimió. Casi era peor que se llevasen mal a que sucediera todo lo contrario. Dos temperamentos muy fuertes.
―Liam ―tomó la palabra York, mientras Portman ya se ponía de pie imaginando lo que debía hacerse.
No hizo falta añadir nada más. El vizconde y su hermano intercambiaron sus lugares, de modo que Liam quedó sentado en el otro lado, bien lejos de Regina, quien pareció encantada con la nueva disposición de los asientos.
―¿Debo preocuparme? ―le preguntó Isobel a York. Esta pareja estaba sentada al frente del palco. Sus compañeros detrás.
―Ni lo más mínimo ―alegó dándole una mirada de reprobación a su hermano, quien evidentemente hizo caso omiso a la acción.
***