Capítulo 12
La temporad a
El duque de York se había puesto sus mejores galas para acompañar a las damas a la ópera. Estaba emocionado. Una salida formal con la que sería su esposa.
Faltó muy poco para que anulase su invitación, pues la hizo sin darse cuenta de que tenía un asunto pendiente y muy urgente que requería toda su atención.
En lugar de ir a buscar a Thorpe y sostenerlo por el pescuezo, tuvo que conformarse con que el señor Wilson recopilase información sobre el vizconde.
Antes de vestirse para prepararse para la cita social, le dijo a su ayuda de cámara que estaba más tentado a ir en busca de problemas con el maldito Faran, que ir a la ópera.
Wilson, más comedido que en otras ocasiones en sus batallas dialécticas, le hizo ver que no sería un buen comienzo posponer una salida con su inminente prometida.
York ladró un poco, pues como siempre, su querido Wilson, tenía razón.
Cambiaría los puñetazos que se moría por entregar al vizconde, por una civilizada actuación de ópera.
Solo había una cosa que pudiera sustituir las ansias de batalla que deseaba presentarle a Thorpe, y eso era una buena sesión de deporte de cama con Isobel. En la ópera poco podían hacer, aunque…
Y con ese pensamiento perverso en mente, el duque pasó a recoger a las damas y quedó en verse en la puerta del teatro con lord Portman y con su hermano Liam.
Thomas se había quejado de volver a ser su niñera, sin embargo, lord Liam Banstorn se había mostrado maravillado cuando le ofreció acompañar a la comitiva.
Malcom tuvo que avisarle sobre la conveniencia de no escandalizar a ninguna de las damas porque Liam podía ser más inapropiado que él mismo.
No pudo buscar otra compañía más adecuada para las muchachas, dado que no disponía de tiempo suficiente y deseaba guardarse a Phenton bajo la manga para otra ocasión, pues tenía otra misión para él.
Si un duelo se llegaba a producir entre Malcom y Faran, contaría con Lucien, duque de Phenton, para que fuese su segundo.
El palco del duque llevaba tanto tiempo sin tener visitantes que no estaba seguro de si todavía lo conservaba. Esperaba que sí.
Llegaron veinte minutos antes de lo previsto a la actuación.
York no sabía el programa, y poco le importaba.
La salida tenía como misión dejar claras sus intenciones sobre la dama que iba sujeta de su brazo.
El duque miró hacia atrás para ver que Evangeline estaba escoltada por Liam; y Regina, quien no cesaba en mirarlo de forma evaluativa, iba conducida por Portman.
Paró de andar y detuvo a las parejas que seguían su estela.
―He visto a unos conocidos cuando entrábamos, por favor, esperadnos en el palco, quiero que Isobel ―se permitió llamarla por su nombre de pila delante del resto―, conozca a… a mis amigos.
Portman lo miró con suspicacia. Liam no pudo contenerse para señalar:
―¿Qué amigos? A no ser que Phenton haya ingresado en el edificio, dudo mucho que conozcas aquí a alguien más que a nosotros.
York puso cara de pocos amigos, el vizconde le dio un ligero codazo en las costillas y Liam supo, que, al hablar, había cometido un error, pero no entendía cuál.
―Ve, York, yo me ocupo de tus invitadas ―le aseguró Portman, quien de inmediato se dirigió hacia el palco del duque en compañía del resto.
―¡Ah! ―exclamó lord Liam Banstorn al percatarse del subterfugio de su hermano.
Isobel lo siguió con cautela en el recorrido. Cuando observó que él se metía en un lugar privado donde no había apenas gente, lo miró con atención.
―¿Qué es todo esto? No creas ni por un momento que no sé que tramas algo ―le dijo ella.
―¿Es pecado que un hombre desee unos breves momentos de intimidad con su prometida? ―argumentó.
―Depende de lo que tengas en mente…
―Interesante ―dijo él con una brillante sonrisa.
―¿El qué? ―rebatió la condesa, nada más él la metió en un pequeño cuarto en medio del pasillo donde se encontraban y cerró la puerta.
―Que no hayas negado que eres mi prometida y que me hayas permitido conducirte hasta aquí sin poner oposición. ―York señaló el pequeño espacio en el que figuraban. Había una vela encendida en el aplique de la pared que les daba claridad.
Ella levantó una ceja para preguntar:
―¿Tenía opción a negarme?
―Por supuesto. Desde que te he visto con ese vestido de seda y gasa azul cielo, he querido besarte. Debiste haberte opuesto a que llevase a cabo la presentación con mis amigos imaginarios cuando he contado semejante mentira.
―¿Imaginarios, Malcom?
―¿Te he dicho que me derrito cuando pronuncias mi nombre? Pura dulzura, Isobel y no es fácil, porque odio mi nombre y el segundo es todavía peor.
―¿Cuál es?
―W.
―Dime el resto ―le pidió.
―Eso te costará un beso y algo más. Es un nombre odioso que no desvelo jamás.
―Llegados a este punto deduzco que el asunto de presentarme a tus… amigos imaginarios, fue una jugada maestra para traerme aquí.
―Eres tan inteligente, Isobel.
―¿Qué planeas hacer Malcom W.? ―sonó más pícara de lo que pretendió.
―Lo que me permitas.
―Lo que sea que hagas, deberá hacerse sin despeinarme ni arrugar mi ropa. Va a ser bastante notorio que me pasee contigo del brazo, si además llego demasiado tarde a tu palco y lo hago terriblemente despeinada y con mi ropa…
―¡Ah!, pero no sufrirás daño alguno, siempre que sepas contener mi… ardor. ―Malcom dio dos pasos y la sostuvo por la cintura.
Ella se rio con ligereza.
―¿Alguna mujer ha sido capaz de semejante proeza?
―No. Todas acaban ultrajadas, pero tú no tendrás ese destino, no al menos esta noche, pero sí en un futuro no demasiado lejano, espero.
El duque bajó la cabeza en busca de los labios entreabiertos de Isobel. La dama apoyó su mano derecha en su hombro.
―¿Malcom?
―¿Sí? ―Estaban muy juntos, sus bocas se llamaban a gritos.
―No es preciso que nos casemos, te daré lo que quieres sin que me conviertas en tu duquesa. Yo también deseo que tú y yo… ―No supo seguir su razonamiento.
Isobel lo había pensado detenidamente. No lograba saber el motivo por el que un hombre así se había fijado en ella, menos entendía el hecho de que le hubiese propuesto matrimonio.
―Te hice la propuesta porque sería complicado para un hombre estar cada día al lado de una mujer sin que medie entre ellos una relación legítima y duradera, Isobel.
Ya te lo dije, te quiero en mi lecho, y no solo ahí.
No me moveré de tu lado en lo que me resta de vida, así que, si estás insegura sobre la cuestión, es momento de que hables ahora.
Sé que será complicado para ti ser mi esposa, más porque me propongo hacerme indispensable para ti en todos los campos.
Deberás convivir cada minuto de tu existencia con un hombre que te adorará y que muy posiblemente no te permitirá un segundo de paz sin que lo mires, lo atiendas, lo beses y un largo sin fin de cosas más.
Será peor que tener a tu cuidado a un recién nacido. ¿Estás dispuesta a correr el riesgo?
La condesa le sonrió.
―Eres tan ridículo, Malcom ―susurró junto a sus labios.
―Y todavía no has visto nada.
El duque no le permitió réplica alguna, la besó con delicadeza, en un beso no destinado a seducir, sino a hacerla sentir, a comprender lo que Malcom albergaba en su interior.
Era una mujer con un recorrido en la vida, no una muchacha sin sesera, una fémina incapaz de comprender lo que suponía para él, para un hombre que había estado seis meses sumido en el más estricto de los celibatos, y debía hacérselo comprender.
Su cercanía ya hacía palpitar su virilidad, y sabía que no era solo deseo.
Isobel despertaba su instinto de protección a un nivel nunca sospechado.
No podía imaginarla triste o enfadada. Ansiaba verla alegre y risueña durante el resto de su vida, junto a él.
Si eso no era amor, se le parecía en gran medida.
La condesa llevó las manos a su cuello y lo atrapó para asegurarse de que él no pensaba irse a ninguna parte.
El gesto hizo que York se sonriese. Ella era bastante tirana en sus atenciones y eso le placía.
La lengua de Isobel se enroscó con la de Malcom en una lucha sin tregua para degustarse, para saborearse.
Lo que comenzó siendo un beso cálido, tierno, se fue convirtiendo en incendiario.
En el momento en el que las manos de ella estuvieron en su pelo, para manosearlo con desesperación, advirtió que la había provocado más de lo que pretendió.
York levantó su falda y buscó la abertura de sus enaguas. Era preciso saber si estaba tan resbaladiza como intuía. Sus dedos pulsaron en su centro y ella despegó la boca de la de él para buscar aliento.
―No deberíamos estar haciendo esto… ―logró explicar Isobel.
―No se me ocurre algo mejor que hacer.
Llevó un dedo a su interior. Estaba tan apretada que saltó de anticipación al imaginar lo que su calidez le haría a su miembro.
―¡Malcom! ―gritó mitad llena de pasión y temor.
―Me tendré que conformar con eso, porque si me bajo un poco los pantalones y te hago mía, me temo que olvidaré que debes mostrarte impecable en mi palco.
Espero que sepas valorar el esfuerzo que voy a tener que hacer para darte placer y contener el mío una vez más, Isobel.
Deliciosa tortura que asumiré como tu más fiel siervo ―aseveró mientras movía su pulgar sobre la perla secreta de Isobel.
La respuesta a las atenciones que él le prodigaba fue apretarse más contra el torso masculino y suspirar con mayor deleite.
Era fascinante lo que Malcom conseguía cuando la acariciaba.
El duque se convertía en un intérprete exigente, un maestro en su campo, y ella pasaba a sentirse como si fuese una delicada partitura esperando a ser leída e interpretada por el elocuente músico.
―Isobel, mi amor, es momento de que me des lo que te proporciono. Nos quedamos sin tiempo y me niego a marcharme de aquí sin que grites tu placer.
―Ya… viene… Lo siento. Es… abrasador…