Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

―En la posada, aquella fue la primera vez en la que ambos habíamos decidido…

―Suspiró con abatimiento―. ¡Esto es del todo desconcertante!

Malcom, tengo veintiocho años, tres personas dependen de mí.

No soy bonita, no soy elegante… ¡Por amor de Dios, sabes que mi padre fue militar!

Era institutriz hasta hace un par de años…

¿Cómo pretendes que sea tu duquesa? No soy lo que necesitas ―dijo derrotada.

―Por todas las cosas que acabas de decir, es por lo que sé que debes ser mi esposa. Sé mi duquesa si lo quieres, pero, ante todo, sé mi mujer, Isobel.

―Te decepcionaré.

―No, no lo harás ―le aseguró con convicción.

―Tú eres hermoso… ―le arrojó como si fuese un insulto.

―Suelen referirse a mí como apuesto y nunca lo había escuchado como un impedimento en los labios de una mujer.

―Soy tremendamente celosa, Malcom ―alegó como si eso lo explicase todo.

―Me temo que yo no lo era hasta hace poco.

―¿Cómo vas a sentir tú celos por una mujer? ¡Mírate! ―Lo repasó con la mirada de arriba abajo.

―Los sentí, Isobel. Tan crudos como un león acabado de despertar y en celo.

Hambriento de ti. Sospecho que fue en la posada.

No negaré que ver a Thorpe con una mujer tan formidable como tú…

Quise verte fea, horrenda, porque estabas con él y no conmigo y me convencí de que no tenías nada de espectacular.

Me mentí a mí mismo. Eres todo lo contrario.

―No soy lo que dices. Mírame ―dijo señalando el conjunto completo. No había considerado que su imagen exterior pudiera resultar un impedimento para cualquier cuestión sencillamente ocurría que él era sublime y ella era, simplemente, una mujer de campo. Condesa, pero sencilla.

―¿Acaso tu marido fue un patán? ¿Acaso Thorpe fue otro mayor, dulzura?

Daría diez años de mi vida por verte desnuda, con el pelo cayendo en cascada por tu espalda ahora mismo.

Cada vez que te miro, mi miembro salta furioso clamando por tu atención.

Eres perfecta, Isobel. Sencilla, sin toda esa gran vanidad que a mí me sobra.

Por favor, confía en mí. Siempre te diré la verdad. Te lo juro.

―Él no fue mi amante ―se vio en la obligación de desvelar.

York la miró con una expresión que ella no supo identificar.

―Interrumpí vuestra primera cita. ―No era una pregunta.

―Tuvimos varios intentos para llegar… Yo me sentía sola, él llegó al campo. Él era…

―¿Hermoso? ―dijo con tono burlón. Ese adjetivo para su rival sí le complacería escucharlo.

―Me gustaba, confiaba en él, pero el destino parecía separarnos todas las veces que…

Cuando hablamos de intimar, Theodore se puso enfermo y no fui a casa de Helena, su prima, que es mi vecina, donde él se había quedado solo por una noche porque ella había ido a cuidar a una amiga.

Luego decidí esperarlo otra vez en el recibidor para abrirle la puerta furtivamente durante una noche, pero cayó un diluvio y no pudo venir.

No sé todos los impedimentos que se nos presentaron.

Fueron muchos. La cita en la posada parecía ya un hecho, y cuando te vi en el camino me enfadé. Muchísimo de hecho.

Él le sonrió.

―Mi vanidad exige que te recuerde que en nuestro primer encuentro a solas fui capaz de llegar hasta tu intimidad y saborearte.

―Lo sé y eso me enfada todavía más.

―¡Ah!, me has rechazado y ahora procuras mostrar tu descontento con mi actuación de brillante amante… ¿Pretendes matar mi orgullo de una sola estocada? He visto a damas más misericordiosas que tú, dulzura.

―No me gusta que me llames así.

―¿Por qué no? Es lo que eres. Dulce…

―¿A cuántas has llamado así antes que a mí? ―Se le abrieron los ojos como platos ante la pregunta de ella.

―Uhm. No bromeabas cuando has dicho que eras una mujer celosa.

―Y posesiva ―puntualizó con seriedad.

―¿Tremendamente? ―dijo maravillado, tratando de ocultar su emoción. Le parecía fascinante que Isobel se mostrase tan autoritaria con él, nunca ninguna mujer lo hizo antes. Era una experiencia nueva.

―Eso y más ―apuntó con seriedad la dama. Lo observó sonreírle y casi diría que se veía… ¿complacido?

―¡Qué desfachatez! Dos cualidades temibles en una mujer. ―Trató de bromear.

―Más si el hombre que se propone es un duque que las somete con un simple roce.

Nuestro matrimonio podría ser catastrófico si no honras tus votos.

Llevo demasiados años siendo independiente como para no alzar mi voz sobre la tuya, en caso de ser necesario.

Controlo a dos jóvenes que pueden convertirse en dos arpías muy formidables si se lo permitiese.

El joven conde de Snow cree que con su título sería posible dominar el mundo y soy yo quien debe bajarlo de las nubes.

Estoy lejos de ser una mujer complaciente y sumisa, Malcom ―lo avisó.

―¡Ah! Denoto que estás sopesando mi propuesta matrimonial. ¿Es en estos momentos cuando debo dejarte sin aliento con un beso intenso, mi amor? ―La miró con intensidad. Ella supo que en verdad estaba pensando en hacer lo que acababa de preguntar.

―Hábil, excelencia. Hemos pasado de la palabra «dulzura» a «mi amor», sin esfuerzo ―desvió el tema.

―Absurdo, lo sé.

―Ridículo, más bien ―apuntó ella.

―También, pero no por ello… falso. «Querida», era la forma de dirigirme a mis…

―No pases de puntillas sobre el asunto. Ambos somos adultos. ―Él cabeceó afirmativamente.

―No usé ningún otro término con mis amantes.

Solo: «querida». Soy terrible con los nombres y eso me ayudaba a no meterme en problemas.

Ya ves que el tuyo, Isobel ―dijo por si ella tenía alguna duda sobre su memoria a ese respecto―, lo recuerdo claramente desde que nos encontramos en la posada, porque lo escuché a él pronunciarlo y ya no fui capaz de olvidarlo.

La estancia se quedó en silencio.

―¿Qué se supone que vamos a hacer?

―Desearía besarte, pero me temo que si empiezo no podré parar y esta tarde es mejor que no te toque. ¿Thorpe te hizo daño? ―York decidió regresar a la cuestión más apremiante.

Ella suspiró. Se tocó la frente y lo miró a los ojos. Él esperó paciente a que la dama respondiese.

―No. Regina entró cuando él se enfadó porque le dije que… ―Era violento hablar de estos asuntos con él. El hombre que le acababa de hacer una declaración que se sentía real, como el sol por la mañana.

―¿Cuando lo mandaste a paseo? ―La ayudó.

―Sí.

―Duro golpe para su orgullo. Mi vanidad es visible a cien millas, la de él no es tan fácil de detectar porque la esconde, pero te aseguro que es una montaña más robusta que la mía.

Es un hombre peligroso. Debí haberlo despachado yo, no tú.

Lamento haberte recomendado que te deshicieras de él. Ese tuvo que ser mi trabajo.

―Me costaría creerlo, lo de tu vanidad. Eres excepcional en cuanto a ser conocedor de tus virtudes.

Presupongo que lord Thorpe no es tan obvio, pero como en cualquier hombre debe estar ahí su componente de engreimiento.

No se ha tomado bien que le haya sugerido que solo seamos amigos.

Y debía ser yo quien terminase nuestra… relación. No tú.

Ella se acercó a él, mirando sus labios. Malcom le dio un ligero beso y se alejó de inmediato. La observó fruncir el ceño. Ella se acercó a él.

―No podré contenerme, Isobel. No sientas que te estoy despreciando porque no es eso. Es por respeto a tu casa, a ti y a tus hijas, que no te toco como deseo hacerlo ni te beso del modo que dejaría muy claras mis intenciones sobre nuestro matrimonio.

La condesa suspiró.

―No soy una casquivana, aunque te lo pueda parecer.

―No lo he insinuado y tampoco me importaría demasiado.

Casi es lo que prefiero. Esa razón fue otra de las causas de mi elección.

Supongo que no me he casado antes porque no me apetecía ir de un salón a otro, hablando con jovencitas salidas del cascarón.

Deseaba a una mujer, pese a que todos dijeran que mi obligación era desposar a una bella y floreciente rosa inglesa.

Eres una mujer brillante, inteligente, ya has estado casada antes y eso nos facilitará las cosas a ambos.

Tú me tendrás que educar, por supuesto, para ser un esposo ejemplar.

Trataré de ponerte las cosas fáciles, pero deberás tener un poco de paciencia.

Nuestra noche de bodas será sublime, sin la incomodidad de una molesta virginidad.

Sin sangre, sin lloros, solo placer… Espero poder seducirte mucho antes de la boda, desde luego, y el hecho de que estés preparada es una bendición.

Efectivamente. A Isobel el mundo se le cayó a los pies. ¡Una viuda virgen! Vaya combinación. Eligió no sacarlo de su error porque de todos modos no sabía si él la creería y se sentía tan… tan… tan… ¡incómoda con su situación!

El sonido de unos nudillos golpeando la puerta detuvo la conversación. Ambos se separaron el uno del otro de inmediato. Ella lo echó de menos tanto como él. Su cercanía, su aroma, su seguridad…

―Adelante ―dio permiso Isobel.

Regina apareció mirándolos con seriedad.

―¿No tiene cosas que hacer, excelencia? ―interpeló la muchacha con enfado, al observarlo tan complacido de sí mismo.

―¡Regina! ―la llamó al orden Isobel.

―Excelente guardiana ―la halagó el duque.

―¿A qué hora saldremos, Isobel? ―preguntó Regina haciendo caso omiso ante la observación de Malcom.

―Cierto… ¿Va a marcharse al campo? No sería un impedimento, me trasladaría hasta allí y ocuparía las mejores habitaciones de La yegua y el sabueso para iniciar mi cortejo.

―Regresó a la formalidad porque era lo más correcto dada la situación.

Sospechaba que si trataba a su futura duquesa con informalidad, la belleza exótica de pelo negro y ojos turquesa podría saltarle a la yugular. Se veía más que lista para atacarlo.

―¿Un cortejo? ―inquirió Regina con la boca abierta.

Bueno, se dijo York, al menos la muchacha se había relajado brevemente y ya no parecía querer asesinarlo, más bien golpearlo un poco.

―Gracias, excelencia… ―Lo amonestó la condesa por haberse adelantado a la conversación que deseaba tener con ellas.

―Te dije que él deseaba casarse con ella. ―Amaneció Evangeline por detrás de su hermana, quien todavía estaba en el vano de la puerta.

―¿Se ha propuesto? ―inquirió Regina.

―Varias veces ―hablo él―. Y si no fuese un hombre seguro de mí mismo e insistente, ya me habría dado por vencido.

Imagino que después de todo, lady Snow, sí desea que la persiga por los salones de Londres para probarme y asegurarse de que soy digno…

El señor Wilson no estará contento con que me haga esperar. ―El duque suspiró lleno de pesar.

―¿El señor Wilson? ―inquirió ella con curiosidad.

―Creí que ya le había hablado de él, milady .

Es mi ayuda de cámara, que hace las veces de padre, hombre de confianza, secretario, niñera, institutriz…

todas las cosas que pueda pensar salvo la de cocinero; Wilson desea que me case a la mayor brevedad posible y que lo haga con usted.

Se llevará una gran decepción si no lo consigo.

―¿Conmigo? Pero si no me conoce… ¿Me conoce? ―preguntó intrigada.

―Se acuerda de usted, cuando el señor Baltimore fue mi invitado. Pero especialmente desea que me despose con usted, porque me abandonó en la pista de baile en mi primera salida social.

―¿Y eso es significativo? ―Isobel no lo entendía.

Él compuso una sonrisa torcida.

―Nadie se atrevería a hacerme un desplante igual, milady . Soy un duque, uno muy rico y tremendamente apuesto… ¿Quiere que siga con mi alegato?

―No ―habló Regina―, mejor váyase para que podamos hablar con nuestra madre.

―¡Ah! Los contras… espero que haya algo a mi favor ―dijo mirando a Evangeline, y ella le sonrió.

Pasó la mirada hacia su hermana y su cara era de consternación.

El duque carraspeó, quedaba un asunto por discutir―.

Antes de marcharme quisiera aclarar un punto importante puesto que pronto seremos familia.

Me convertiré en algo así como un tutor para vosotras por matrimonio, así que prescindiré de la formalidad en privado si os parece bien.

―Ambas asintieron, bueno… Evangeline solo, Regina hizo una mueca que él interpretó como un «sí», porque le convino―.

Mi reputación dista mucho de ser perfecta.

―No es ni de lejos aceptable ―razonó Regina.

―Así es ―coincidió él―. Dado que Isobel tiene a dos excelentes guardianas, quiero explicar que el baile de lord Exeter fue la primera fiesta en la que me aventuré en sociedad desde que…

Digamos que fue la primera en un largo tiempo.

Mi pensamiento era buscar a una joven bonita, hacerle ver lo interesante que sería convertirla en duquesa y olvidarme de la temporada.

No me gusta esforzarme demasiado si algo no me motiva en exceso.

―Miró con intensidad a Isobel mientras hacía esa afirmación.

―Imagino que la muchacha se marcharía a la mañana siguiente al campo para no ser un estorbo y parir allí a su heredero. ―Se lanzó Regina sin ningún tacto. A la joven le gustó ver al duque azorado, con una mancha roja que subía desde su cuello y se había quedado en su rostro.

York maldijo por lo bajo al darse cuenta de que la pequeña arpía lo había pillado. Y maldijo doblemente al darse cuenta de que estaba sonrojado como un muchacho imberbe.

Evangeline emitió una risita al tiempo que se tapaba la boca cuando su hermana terminó su observación. La condesa no sabía dónde esconderse ante la salida de tono de Regina.

York carraspeó una vez más.

―No tiene sentido negar que ese fuese justamente mi plan. De ahí, que tus ojos me llamasen la atención ―le habló a Regina directamente―, y de ahí, que le pidiese un baile a Evangeline nada más te fuiste desairada.

―¡Vaya por Dios! ―exclamó Isobel, al tiempo que tomaba asiento.

―No es tan malo como parece ―trató de serenarla York.

―Te fijaste en mis dos hijas antes que en… ―No quería terminar la frase.

―Antes de saber que me había enamorado de ti.

―Él lo hizo por ella―. Soy un dechado de virtudes, pero admito que, como ser humano que soy, a veces, pocas, me cuesta darme cuenta de lo que amo, ansío y deseo…

―Isobel abrió la boca para responder. Malcom levantó una mano frente a ella―.

No discutas, Isobel, o tendremos que sacar a colación varias cosas que deberían quedarse solo entre nosotros dos.

―¿Qué cosas podrían salir a la luz? ―quiso averiguar Evangeline.

―Ninguna ―respondió cortante Isobel, dando una mirada de reproche a York.

―Bien. Aclarado el punto que podría considerarse más controvertido, es momento de ver qué actos sociales son los que más nos interesan. Yo debo cortejar a una dama, Evangeline quiere un pretendiente adecuado y Regina…

―No quiero nada ―dijo la pelinegra impidiendo que York terminase de hablar.

―De acuerdo. Entonces solo Evangeline y yo disfrutaremos de la temporada para nuestros propios intereses. ¿Habéis estado en la ópera, queridas?

―No ―dijeron al unísono las tres.