Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

―Uhm… ¿Ha sido una despedida… larga? ―La pregunta salió con mucha contención

―No ―señaló escuetamente.

Malcom la evaluó con discreción durante un momento. La observó intranquila.

―¿Debo ir y retarlo a duelo, milady ? Aunque no lo parezca, soy excelente con una pistola, su padre contribuyó a eso, pero lo que mejor hizo el señor Baltimore fue enseñarme a usar los puños.

Me explicó que lo aprendió en la taberna cuando fue más joven.

No sé si es correcto compartir semejante confidencia con su hija…

Imagino que sí, dado que estamos entre amigos, condesa.

Me dijo su padre que se vio obligado a pelear con un par de indeseables.

―Todo esto lo dijo para tratar de hacer que ella se relajase.

Estaba tan tensa como la cuerda de un arpa―.

Ahora, retomando el asunto principal ―que era el que lo tenía hirviendo a fuego lento, cociéndose en su propio jugo de furia―, puedo buscar al vizconde y retorcerle el pescuezo con facilidad.

¿Qué castigo quiere que le aplique para el daño que supongo le ha hecho, pero que no alcanzo a determinar, lady Snow?

No me atrevo a conjeturar el delito que se le imputa, y si no me saca de mi incertidumbre, puede que lo sentencie a lamer mis botas para luego pegarle un tiro entre las cejas.

Ya ve, será mejor que me explique lo sucedido, pues tengo una ávida imaginación y en estos momentos, Thorpe tiene un pie en la tumba.

Isobel lo miró con seriedad.

―No sea ridículo, excelencia.

Él le sonrió.

―Imaginaba que diría algo como eso. Personalmente me gusta más la palabra absurdo, tiene más fuerza.

Es más insultante. Se la prestaré para que la gaste cuando quiera.

Pruebe a decirla con una ceja alzada y todos se echarán a temblar, aunque no sea una duquesa…

todavía. ―La última palabra la dijo en un susurro que ella no escuchó.

Eso la hizo sonreír.

―Es usted extraño, excelencia.

―Sí, es cierto. Todo se debe a mi apariencia, un horror tener que vivir con esta cara tallada por los mismísimos ángeles.

Si mi pelo hubiese sido del color acertado, es decir, claro como mis ojos, hubiese sido mi condenación.

―La vio abrir la boca y supo lo que iba a decir―.

Absurdo, lo sé. O si todavía no se ha familiarizado con la palabra, diremos que es ridículo, pero no por ello menos cierto.

Imagine a un duque de ensueño con mi apostura y el pelo rubio…

Mi vanidad no cabría en mi pecho, hubiese salido desbocada y habría acabado matando a alguien por el camino.

La vio reír de nuevo.

―Del todo extraño… ―repitió ella.

―Bien. Al fin la he hecho sonreír con franqueza, creo que es momento de que me vaya y atienda cierto asunto urgente del que debo ocuparme.

Y dado que parece que no va a explicarme el crimen, me veré obligado a optar por las pistolas.

Conociendo el carácter del condenado a muerte, no es difícil imaginar que él…

―¿Está hablando en serio, excelencia? ―lo interrumpió con horror. Se le veía muy decidido.

―Siempre lo hago, aunque no lo parezca.

―No pienso consentir que se hable de pistolas o enfrentamientos como los que ha propuesto.

―Con el debido respeto, milady , eso ya no depende de usted.

―Por supuesto que sí.

―No lo creo.

―Sí.

―No.

―Sí ―rebatió Isobel poniéndose de pie con enfado. Él la imitó.

―Verá, condesa, el problema es más serio de lo que imagina. ―York mantenía la distancia con ella, pese a que todo le exigiese acudir a su encuentro y brindarle un abrazo.

―No, no lo es.

―Me temo que se equivoca. Thorpe ha agraviado a mi futura duquesa y debe pagar por ello. Su silencio solo hace que me inquiete más porque conozco al vizconde. Soy un hombre paciente, divertido, alocado si abuso del licor, pero no uno que bromee sobre duelos, lady Snow.

―¡Cielo santo! ―exclamó cuando vio que él no bromeaba. La dama se pasó las manos por el rostro esperando que el día funesto terminase de una vez por todas.

―No tenga miedo. Pretendo regresar a por usted, puesto que todavía no me ha respondido.

―¿Qué?

―¿Espera que me arrodille, milady ? Sí. Imagino que es lo que debería hacer.

Confío en que mi ayuda de cámara sepa perdonarme cuando regrese a casa con arrugas en mis pantalones, y lo que más deseo es que la tela sea lo suficientemente flexible para no romperse.

El señor Wilson es escrupuloso con la etiqueta, le gusta que yo me vea convertido en un adonis.

Lo vio iniciar la maniobra. Sus ojos se abrieron de golpe. Ella se colocó ante él en dos pasos y lo tomó por el brazo.

―No.

―¡Ah! Una negativa antes incluso de hacer la petición como un hombre enamorado debería hacerla…

Ella le estaba sosteniendo el brazo. Los dos estaban muy cerca el uno del otro. Azul sobre caramelo. Los ojos de York eran más vivos y claros que los del vizconde, más amables, observó Isobel con atención.

―¿Qué pretende, excelencia? Hoy no he tenido un día agradable, por favor, no me haga…

―Dime lo que ha pasado, Isobel ―dijo al tiempo que le ponía la mano sobre la que ella tenía sobre su antebrazo. Esperaba que permitiese el trato directo en la conversación esta vez.

―No ha sucedido nada.

―A ningún hombre le gustaría perder a una mujer como tú, pero si te ha violentado, lo mataré sin remordimiento. ―Los nudillos de su otra mano estaban acariciando la mejilla de ella.

―No es necesario que lo retes a duelo.

―Al fin un avance. Cuando te olvidas del título y me miras como lo estás haciendo en estos instantes siento que no me he equivocado. Me acusan de tener muchas máscaras, pero sospecho que la única que tú te empeñas en llevar será más costosa de dejar caer que todas las mías.

―York… ―dijo lastimera.

―No, no. Malcom. Recuerda mi nombre, Isobel.

―Malcom… ―concedió ella―. No puedes ser…

―Ridículo, lo sé ―acabó él por ella―. Pero me temo que puedo y debo.

Para demostrártelo iba a arrodillarme y a improvisar un hermoso discurso.

La verdad es que no sabía lo que podría haber acabado diciendo, algo sobre tus bonitos ojos y tu frondoso cabello…

Tan solo hubiese esperado no hablar sobre el dulce sabor de tu sexo resbalando por mi garganta mientras gemías debido a mis caricias. Te deseo, Isobel.

Ella suspiró.

―El deseo no es una base para el matrimonio.

―Ah, pero ya he confesado que estoy enamorado de ti.

Ella le sonrió.

―Ambos sabemos que eso no es verdad.

―Uno de los dos no lo cree, y ese, no soy yo ―puntualizó con seguridad.

―No voy a negar que yo también te deseo. Lo supiste desde que viniste a mi casa con aquel ramo de flores para Evangeline.

―Eran para ti. Me dolió que no te dieses cuenta y no quise sacarte de tu error.

Debí haberlo hecho de inmediato, puesto que los periódicos comenzaron a opinar que era tu hija mayor el objeto de mi interés.

No negaré que bailé con ella porque la encontré bonita, joven y…

parecía dócil, aunque sospecho que no lo es.

En cuanto te volví a ver después de coincidir en la posada, supe que debía tenerte.

No me veo capaz de hablar sobre los motivos que me indican…

no, indican no, que me gritan y me hacen estremecer, para saber, sin ápice de duda que tú debes ser mi duquesa, pero son poderosos y deberás confiar en mi palabra.

No miento, Isobel. Cuando digo algo, es verdad.

Cuando deseo algo, lucho por ello. Cuando amo a alguien, le demuestro por qué debe quererme.

Me gustaría que esta última frase fuese enteramente mía, pero fue un consejo de una amiga muy querida, quien me abrió los ojos a ese respecto.

No te vayas al campo. Quédate unas semanas más y deja que te muestre quién soy.

―Debes estar loco, Malcom.

―No sé si es demencia, solo sé que antes no me había sentido así.

―¿Así… cómo? ―preguntó con curiosidad.

―Ah, es momento de seguir desnudando mi alma… Espero que sepas lo que supone dar este paso para un hombre como yo. Por ti me desprenderé de mis máscaras.

―¿Lo harás? ―preguntó no muy segura de lo que esperaba con esa conversación. Él le sonrió.

―Pienso en ti constantemente. El modo en el que me desafías me inspira y me convence de que me harás más bien que nadie. Siento que me cuidarás y que me protegerás. Una contrariedad, teniendo en cuenta que es el hombre quien debe servir y proteger a su esposa…

―No. No es como dices. Marido y mujer deberían cuidarse el uno al otro.

―Me agrada tu sencillez, Isobel. ―Ella suspiró.

―Yo creo que esto es porque me viste en la posada, York. Me viste y adivinaste lo que sucedía entre él y yo. No finjas que no fue por alguna rencilla pasada. Vi la mirada que ambos os disteis.

―No es por eso por lo que te quiero como mi esposa.

Thorpe no me es simpático y lo mantendría lejos de cualquiera.

Aislado del mundo. Hay algo en su naturaleza que lo hace ruin.

Lo supe desde que éramos niños. Yo no era el espléndido ejemplar que hoy tienes ante ti.

Tardé en crecer y él aprovechó la ventaja.

No era fácil para un niño, más un futuro duque, marqués de Carisbrooke era mi título de cortesía en aquel momento, ser vapuleado por el honorable Faran Spooner, que créeme, de honorable no tenía nada en absoluto. Era abusivo. Cruel y déspota.

―Te creo ―dijo emitiendo un largo suspiro.

―Intuyo que no ha sido deportivo cuando le has hablado de terminar el acuerdo. No ha aceptado tu pérdida con cortesía… ―se aventuró a especular.

―No teníamos un acuerdo.

―Razón de más para que te dejase volar.

―No lo entiendes.

―Explícamelo.

―No es fácil.

―Yo no soy fácil y sigues escuchándome, Isobel.

Ella le tomó la mano, que en ningún momento había dejado de acariciarle el rostro y lo llevó hasta el sofá más cercano. Ambos se sentaron.