Capítulo 11 #2
―Cómo lo haga es decisión suya, solo he venido porque me pareció que sus palabras del otro día fueron sinceras y aunque ella lo desaprueba con todas sus fuerzas, quiero pensar que, con mi intervención, además de ayudarme a mí misma porque deseo encontrar a un buen partido esta temporada, la ayudo a ella.
Me importa muchísimo Isobel, se ha convertido en mi madre, no solo por haberse casado con el anterior conde, sino porque ha estado a nuestro lado y ha luchado para que nada se desmorone.
De verdad espero no estar equivocada con respecto a usted.
―Me temo, mi querida lady Evangeline, que solo el tiempo lo dirá.
Ella lo miró con una sonrisa.
―Además, usted es más apuesto, más rico y tiene un título superior al de Thorpe. Mi madre merece lo mejor.
―¡Ah! Por un instante me hubiese gustado descubrir que una dama me podría conceder su mano por el mero hecho de ser yo mismo… ¡Una gran decepción! ―alegó mientras se llevaba la mano derecha al pecho.
―No esté decepcionado. Si usted fuese el más pobre de los humildes sirvientes y le demostrase que es un buen hombre, alguien a quien amar, Isobel lucharía contra viento y marea.
Debe saber algo de ella, fue nuestra institutriz, como ya sacó a relucir en nuestra conversación, pero antes se convirtió en nuestra madre.
Desafiará a quien haga falta si su corazón así se lo exige.
No dude de que tendrá su lealtad incondicional y su fidelidad hasta el fin de sus días si ella lo cree merecedor de tal privilegio.
―Entonces, lady Evangeline, seremos dos, porque es justo lo que pienso hacer y demostrar. No sé cómo ni cuándo lo logró, pero su madre ―dijo por primera vez esa palabra y no se sintió tan mal― me tiene.
Ella cabeceó afirmativamente para demostrar que su respuesta la satisfacía.
La conversación terminó ahí. El señor Wilson se afanó en preparar al duque para la cita y él salió en dirección de la casa donde residían las tres damas.
No tenía un plan de acción trazado, aunque esperaba que al exponer su título al lacayo que le abriese la puerta, este lo anunciase y ellas, Isobel en este caso, no tuviera más remedio que recibirlo, aunque fuese para echarlo ella misma a la calle.
Media hora después, el duque estaba en el recibidor aguardando la respuesta de un sirviente al que no le había impresionado lo más mínimo su título.
Sorprendentemente el lacayo regresó para tomar su bastón y su sombrero, y lo acompañó hasta la salita donde estaban, en pie para recibirle, las tres moradoras del hogar.
Las saludó a las tres por sus títulos, con la correspondiente brillante reverencia y tomaron asiento.
La doncella entró con el servicio de té y unos bollos.
Nadie habló una sola palabra. La única que parecía no mirarlo con hostilidad era la joven Evangeline.
Su hermana lo evaluaba como si fuese un ratón en una ratonera y la mirada de la condesa lo rehuía constantemente.
Lo más probable sería que estuviera avergonzada después de haber compartido un momento tan íntimo.
Los cuatro tomaron un trago del líquido caliente y la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Sí percibió, al entrar en la estancia y ver a Isobel, que estaba lívida.
Los ojos rojos, señal inequívoca de que había estado llorando.
¿El motivo? No lo sabía, pero sentía deseos homicidas sobre quien pudiera haberla disgustado.
―Regina, creo que deberías acompañarme a terminar de arreglar algunas de mis pertenencias ―habló al fin Evangeline.
―No ―se negó la hermana.
―Sí.
―No.
La hija mayor de lady Snow se puso de pie y observó a su hermana menor con semejante mirada, que el duque se horrorizó al haber considerado en algún momento que esa muchacha tenía una brizna de docilidad.
―Hermana, he dicho que tienes que acompañarme… A-ho-ra. ―La palabra se sintió como si tuviese una veintena de sonidos.
―No pienso dejar a nuestra madre a solas con él. No lo entiendes.
El duque no sabía si intervenir o no. Miró a la condesa con una ceja alzada.
―Chicas ―las interrumpió―. Creo que ambas deberíais ir a hacer el equipaje.
―No pienso dejarte sola ―volvió a negarse de nuevo Regina.
Ese fue el momento exacto en el que el duque de York supo que algo de carácter violento había ocurrido con la condesa.
El despliegue de la hermana menor sobre su madre, es decir, el ímpetu por protegerla de él era más que evidente.
¿Le había confesado a su hija que ella y él…
? York desechó la idea. Isobel no era tan liberal como para compartir confidencias con dos jovencitas inocentes.
Debía ser otra cosa y él necesitaba desvelar el misterio con urgencia.
Isobel miró a Regina con una sonrisa en una clara señal de agradecimiento por su preocupación.
―Estaré bien. Por favor… ―trató de tranquilizarla para que se marchase con Evangeline. Había despachado a Faran, aunque con resultados indeseados, y le debía la cortesía al duque de hacer lo mismo, dado que pensaba marcharse de inmediato al campo. Esperaba que él se comportase con mayor corrección.
Isobel no se consideraba a sí misma una damisela en apuros.
No era frágil. Hija de un militar que tuvo que labrarse un futuro con sus propias manos.
Sin embargo, no había estado preparada para enfrentarse al enfado, la furia y la violencia que observó en el vizconde Thorpe.
Más, porque Faran era alguien en quien ella confiaba, siempre atento, sereno, amoroso…
Lo había juzgado mal desde el principio.
No sería el primer hombre en aparentar algo que no era.
Solo cuando se metió en su habitación, después de quedarse sola, se permitió el lujo de llorar por haber sido tan ilusa y boba.
Regina la había escuchado sollozar y enseguida fue a darle consuelo.
No se había separado de su lado en todo el día, y cuando anunciaron al duque de York…
Regina se negó a que lo recibieran, Evangeline insistió y desempató la discusión alegando que no se podía despreciar a un duque, más cuando las había invitado a las tres a tomar el té en su casa.
¿Eso estaba permitido para un hombre? ¿Invitar a té a tres damas?
Bueno. No era como si el duque de York se atuviese a las normas constantemente.
Isobel no tenía ganas de enfrentarse a él y menos en esos instantes, pero sentía que necesitaba demostrar entereza y fortaleza ante la adversidad.
Se negaba a sentirse como una víctima. Thorpe la había zarandeado e iba a besarla sin su consentimiento en su propia casa.
La había amenazado cuando le dijo que las cosas no se quedarían así…
No quería tener miedo. Recibir a un hombre como York sería una buena prueba para demostrar que era una mujer fuerte.
―Si oigo un solo grito, entraré de inmediato ―sentenció con solemnidad Regina mirando con fijación al duque.
―No soy dado a alzar la voz, prefiero bajarla para que el resto se esfuerce en escuchar lo que tengo que decir, lady Regina. ―Era evidente que lo estaba acusando de un crimen que él no había cometido. Era todo desconcertante.
York miró a Evangeline y ella le sonrió, incluso le pareció que le daba ánimos.
―Debe disculparnos, excelencia ―tomó la palabra la hermana mayor―. Estamos un poco nerviosas porque esta mañana hemos recibido la visita de lord Thorpe y mi madre no está acostumbrada a tanta actividad social.
La frase lo golpeó como si fuese un puño directo a su estómago.
La mirada de él voló hacia Isobel y la observó tragar saliva al tiempo que se ponía una mano en la frente.
Mientras, las dos hermanas salieron de la estancia y cerraron la puerta tras ellas.
Evangeline también había descubierto el motivo de la intranquilidad de Isobel.
York esperó un momento antes de llevar a cabo cualquier movimiento, pues no se sorprendería de que la hija más joven de Isobel abriese. Eso no sucedió.
El duque, que estaba sentado más lejos de lo que le hubiese gustado de Isobel, la miró con atención.
―Lamentamos haber declinado su amable invitación, excelencia.
―No importa. ¿Me levanto y te beso ya como deseaba haberlo hecho desde que entré o crees que las muchachas estarán tras la puerta escuchando? ―se atrevió a preguntar haciendo que la formalidad se esfumase.
Ella carraspeó con nerviosismo. Lo miró a los ojos con decisión. Él seguía serio, impasible.
―Le ruego que nos disculpe también por el… por… En fin, la casa no presenta su mejor cara, estamos preparando el equipaje. ―No le dio importancia a lo que él acababa de decir. Isobel no podía enfrentarse a besos o algo similar. Mejor hacer como que no había oído lo dicho.
―¿Equipaje? ―preguntó de inmediato olvidando el beso que deseaba darle.
―Regresamos al campo. ―«De donde no debimos salir», estuvo a punto de decir.
―¡Ah! Te marchas… al campo ―repitió pensativamente.
―Eso he dicho, ahora si me disculpa ―comenzó a decir mientras se levantaba―, tengo cosas que hacer.
Él no mostró intención de moverse ni un ápice de su asiento.
―No, no te disculpo, Isobel. Este teatro ha durado ya demasiado ―se mostró intransigente y no se lamentó por ello.
Ella suspiró y se sentó de nuevo.
―No podía ser tan fácil despacharlo a él también ―dijo más para ella que para él.
―¿Hablas de… Faran, dulzura? ―preguntó conteniendo los celos.
―Le ruego que no se dirija a mí en esos términos, por favor.
―Como desee, lady Snow. ―York se dio cuenta de que para ella era importante mantener la distancia. Lo haría hasta que descubriese el problema que debía enfrentar.
―Se lo agradezco, excelencia ―dijo secamente.
―Hablábamos, milady , de Faran…
La observó tragar saliva con fuerza. Su sentido no estaba fallando. Algo de importancia había sucedido con el vizconde.
―Lord Thorpe ―dijo el título porque jamás usaría su nombre de pila― ha venido esta mañana a… a… a despedirse. ―Por un segundo creyó que no encontraría la palabra.