Capítulo 11
Una sorpresa tras otr a
―¿Por qué siento que me está juzgando, señor Wilson?
El duque de York había llegado a su casa después de tomar una excelente comida en White’s.
Su hermano lo había acompañado para que no almorzara solo, cosa que hubiese preferido, dado que Liam parloteó sin cesar sobre el gran paso que iba a dar al proponerse a una dama para algo lícito como era el matrimonio.
Después había llegado a su casa, en compañía de lord Liam W.
Banstorn, quien parecía haber formado un vínculo inquebrantable con él en las últimas horas, para enterarse de que había recibido una nota, muy correcta y atenta, incluso florida, de parte de la condesa de Snow, lady Evangeline y lady Regina para excusarse a la hora de tomar el té esa tarde.
―Nada de eso. No soy juez, tan solo un ayuda de cámara.
El duque dejó de escribir su correspondencia y se echó hacia atrás en su silla. Llevó la mano derecha a su escritorio y tamborileó los dedos.
―¿Me está diciendo que ha entrado en mi despacho hace ―York se sacó el reloj del chaleco burdeos y lo miró― unos tres minutos, sospecho que han sido, solo para quedarse en la puerta observándome?
―Eso parece ―alegó Mason sin moverse del vano de la puerta.
―La dama se ha excusado de modo elegante y grácil. Es evidente que no tenía intención de venir. Usted está ahí, mirándome con fijación, como si yo hubiese tenido algo que ver en la negativa.
―¿Ha tenido algo que ver en la negativa? ―preguntó usando la misma fórmula que acababa de emplear el duque.
―No. No me ha dado tiempo a molestarla, si es eso lo que se pregunta ―se sintió en la obligación de añadir.
―¿Y no va a hacer nada al respecto? ―quiso averiguar exhibiendo un aire de reprobación.
El duque suspiró con fuerza.
―Dígame, señor Wilson, ¿qué debería hacer un duque cuando la dama se niega a tomar un té con él? Ya le avisé de que era inapropiado que un hombre soltero invitase a tres muchachas a su guarida. Una taza de humeante té no lo hace más sensato.
―¡Como si invitar a una inofensiva taza de té a tres damas fuese lo más indebido que ha hecho usted! ―bufó.
―Le veo especialmente de mal humor hoy, amigo mío, y tal vez sea momento de recordarle que es a mí a quien han desaprobado, no a usted.
―¿Y va a quedarse sentado ahí como si no ocurriese nada? ―le reprobó una vez más.
―¡Santo infierno maldito, Wilson! ―se quejó―.
¿Qué pretende que haga? ¿Que me presente en su casa como un sabueso babeante y mueva la cola?
Tenga un poco más de fe en mí. No soy un disoluto porque no sepa manejar a una dama díscola.
Isobel necesita un poco de tiempo para hacerse a la idea de que se casará conmigo.
―¿Tiempo? ―preguntó Mason con los ojos como platos.
―Así es, viejo entrometido. Anoche informé a la dama sobre mis intenciones, reconozco que no fue en las mejores circunstancias, ni que la declaración resultó tan conmovedora como debió ser, pero ella sabe mis planes.
―Habla de tiempo y parece ser que su excelencia ha olvidado lo que sucedió en el pasado con la joven lady Angela. Estoy seguro de que el próximo esposo de su dama le agradecerá su indecisión ―reiteró con retintín la palabra― puesto que eso le dará tiempo a la condesa de Snow para poder casarse.
―Está siendo absurdo, Wilson. Sin mencionar que me ha dado un golpe bajo en relación con Angela. Además, no puedo secuestrarla y obligarla a que me tome en consideración de la noche a la mañana. ―No podía hacer eso, ¿verdad?
―Usted ha entendido lo que he pretendido decir, excelencia.
Cuando se refiere a damas, tiempo es lo que usted no posee.
Por un milagro divino, que todavía no alcanzo a entender, tiene buen ojo para buscar el oro entre la paja.
Una vez perdió una joya y no le veo preocupado porque algo como eso pueda volver a suceder.
York se levantó de la silla con tranquilidad. Apoyó ambas manos en el borde del escritorio.
―¿Qué pretende que haga, señor Wilson? Dígalo de una vez sin tapujos.
―Ya sabe lo que debería hacer, la cuestión es por qué no lo hace, excelencia.
Los dos hombres se quedaron mirándose fijamente sin apartar la mirada el uno del otro. York suspiró más fuerte que la vez anterior.
―Deduzco que quiere que me presente en su casa, con una excusa plausible para la visita…
Su salud tal vez, dado que en la nota no se alegaba que estuviese indispuesta, yo muy bien podría suponer, como el vanidoso duque que soy ―puntualizó para placer de Wilson―, que el motivo para que una dama decline la única invitación que he hecho en toda mi vida a mi casa a una mujer decente, bien podría deberse a que se haya indispuesta.
―Es un buen comienzo, excelencia.
―Muy bien. Iré y pediré audiencia con lady Snow, la perseguiré como un cachorro ansioso. ¿Se le ha ocurrido pensar en que ella se niegue a recibirme?
―En realidad, no me extrañaría ni un ápice que hiciera algo como eso.
―¡Ja! ―saltó con ironía―. Imagino que le divierte que la dama me rehúya como el perro al gato.
―Eso no es así ―se defendió de lo que se sintió como un ataque.
―Muy bien, pero no le creo, señor Wilson. Sigamos con mi conjetura. La dama se niega y yo me descamisaré, agitaré mis puños sobre mi perfecto torso varonil y saltaré como un simio en celo dispuesto a localizar el escondite de la dama.
―¿Y qué hará cuando la encuentre? ―inquirió el ayuda de cámara en tono divertido.
―Me la cargaré al hombro, tal y como se espera que haga, regresaré a mi cueva, encenderé un fuego y no la dejaré escapar jamás ―afirmó pagado de sí mismo.
―¿Quién es absurdo ahora, excelencia? ―cuestionó con seriedad.
―Yo, por supuesto ―señaló sabiendo que eso era lo que el sirviente esperaba que él admitiese.
―¿Qué piensa hacer pues el gran duque de York con el imprevisto que se le ha presentado?
Malcom lo miró con enfado.
―Comienzo a cansarme de que se salga con la suya siempre. Espero que cuando la tome por esposa deje que solo Isobel me gobierne.
―No lo dude ni por un momento… ¿por qué cree que tengo tanto interés en que encuentre a su duquesa, excelencia?
―Tráigame mi chaqueta, Wilson, y quite esa tonta sonrisa de su rostro antes de que lo despida sin referencias al fin.
―De inmediato ―le dijo, haciendo caso omiso al resto de la retahíla.
Mason Wilson no llegó muy lejos, pues al salir del despacho del duque, se escuchó llamar a la puerta principal. Al abrir, tuvo enfrente a una bonita y joven muchacha.
―¿En qué puedo ayudarla, milady ? ―Se veía a todas luces que era una dama con título. Su vestido de mañana de gran calidad y su capa verde pastel de excelente composición así se lo decían.
―Necesito ver al duque de York por un asunto urgente.
―Por favor, pase, milady . ―La joven así lo hizo.
―Gracias ―agradeció en cuanto la puerta se cerró tras ella.
―¿A quién debo anunciar?
―¿ Lady Evangeline? ―interrumpió el duque desde el umbral de la puerta de su despacho.
Había escuchado una voz femenina y esperó lo peor, aunque hacía más de seis meses que no tenía motivos para esperar sobresaltos por un posible allanamiento de su casa a manos de una amante despechada.
No sería la primera vez que asaltaban sus dominios para exigir sus atenciones.
―Siento importunarlo, York ―lamentó, mientras hacía una breve reverencia.
―Nada de eso. ¿Es la condesa? ―La observaba azorada y tuvo una mala premonición al respecto.
Ella se mordió el labio con inseguridad.
―Será mejor que pasen a la salita de recibir visitas, excelencia ―opinó el sirviente sospechando que algo grave, y que atañía a la madre de la muchacha, sucedía. Wilson se había dado cuenta del nombre que su patrón pronunció en alto cuando vio a la joven.
―Gracias, señor Wilson.
El duque la llevó hasta allí. Era la primera vez que estaba en ese lugar. La estancia tenía tonos dorados alternados con rosa. Claramente sería la salita de la duquesa cuando tuviese una.
Los dos se sentaron en un sillón, uno frente al otro.
―He tratado de convencerla para que viniese. No ha querido. No sé si es porque opina que usted y yo… ―No se atrevió a seguir la conjetura.
―Su madrastra es muy tozuda, milady .
―Sí. Lo es, muchísimo de hecho. Isobel es una luchadora que no se da por vencida, que jamás pide ayuda y cree que está sola en el mundo.
―¿Qué ha sucedido?
―No lo sé, pero algo terrible debe haber sido para que Regina, que odia el té, haya compartido dos o tres tazas con mi madre esta mañana.
No me lo cuentan, pero la condesa está trastornada y Regina debe saber el motivo.
La he visto pálida, con los ojos inexpresivos.
Ni cuando mi padre murió la vi así. ―La joven chasqueó la lengua―.
No quise haber insinuado que no estuviese afligida, pero…
―No se preocupe, siga con su explicación.
―No sé nada más. He venido porque si en verdad sus intenciones son honorables, debe actuar ya, excelencia.
―Pretendo casarme con ella si me acepta, por supuesto.
―Muy bien. Como su amiga, le recomiendo que vaya a casa y haga que ella le atienda.
―Evitó decirle que no tenía demasiado tiempo porque las cosas de las tres estaban siendo empaquetadas mientras conversaban.
Evangeline no quería marcharse de Londres sin comprometerse y el duque de York era su mejor opción.
La joven había tomado una decisión y no daría su brazo a torcer.
―Por supuesto… si se niega solo tendré que esquivar a un par de sirvientes y acorralarla en la estancia en la que se encuentre ―dijo con suma ironía.