Capítulo 10 #3
―Uhm… No sabía que bajo esa capa de arrogancia hubiese también un tierno corazón. York y tú me tenéis fascinado ―habló Thomas.
―Cállate, Portman ―hablaron al unísono ambos hermanos.
El resto de la conversación se movió en torno a temas más mundanos, menos serios, como las últimas apuestas reflejadas en el libro de White’s, la temporada, el tiempo…
***
Isobel se levantó temprano esa mañana puesto que el sueño la había rehuido.
Ese hombre imposible, vanidoso, egoísta y que se creía por encima de todo, no le había permitido descansar desde que llegó a Londres.
Primero, tuvo miedo de cruzarse con él. Sucedió.
Luego entró en pánico al imaginar que él lanzase algún tipo de chisme malicioso sobre ella y Faran.
Bien, eso no había ocurrido. Y posteriormente llegó lo más temido, y eso fue que el duque pusiera sus ojos en alguien cercano.
Este hecho sí fue traumático. No solo por Evangeline, sino porque cuando Malcom estaba cerca, ella se olvidaba incluso de respirar.
El muy tirano había conseguido que usase su nombre de pila incluso en sus pensamientos internos.
Le gustaba ese nombre, era suave, tanto como lo fueron sus caricias.
Isobel había podido manejar a Faran con suma facilidad, pues no sentía ese irracional deseo de… de… ¿de qué? ¿Apareamiento? ¿Fornicación? Era pura lujuria lo que él le provocaba y lo peor era que no podía resistirse, aunque lo intentase.
El vizconde Thorpe no despertaba ni de lejos lo que York había logrado en tan solo unos minutos: un deseo tan primitivo que se sintió consumida y atrapada.
Le gustaba Faran, pero había logrado contenerse para no acabar en su lecho.
¿Por qué? Suponía que el motivo residía en el hecho de que no estaba tan atraída por el primo de su amiga Helena Gardener como imaginó.
York la despertó de un letargo del que ni se había dado cuenta que estaba sumida.
No creyó que podría llegar a sentir algo tan intenso.
¿Qué significaba eso? Que, si debía elegir a un amante, Malcom era el más indicado.
¿Lo haría? No. Definitivamente las tres se marcharían de la ciudad.
Isobel acabaría extenuada y llena de necesidad cada vez que recordase lo que él llamó como la pequeña muerte…
No importaba, al menos se llevaría a la tumba ese recuerdo tan maravilloso.
Se olvidaría de lo que se estaba perdiendo al renunciar a los hombres y seguiría con su vida.
Isobel sintió una humedad en su rostro. Una lágrima escapó de su ojo.
Nunca fue una belleza, tampoco tuvo la riqueza requerida para debutar.
Por arte del destino se convirtió en la condesa de Snow.
No tenía derecho a lamentar su suerte. Sentía ganas de rezarle a Dios, de pedirle orientación…
Habían pasado ya demasiados años desde que se enfadó con el mundo, con el Creador…
Y por primera vez desde que murieron los miembros de su familia, rezó una oración y se encomendó al cielo.
Con la idea de hacer los preparativos para regresar al campo, bajó a su salón privado, se sentó en un escritorio de madera pulida dispuesta a enviar las misivas para avisar al servicio de Snow Cottage de su pronta llegada.
Helena le había enviado una nueva carta en la que le informaba que el joven Theodore se encontraba muy bien de salud y que estaba cumpliendo con sus obligaciones colegiales con el tutor.
De igual modo, su amiga le comentaba que la relación de amistad con el señor Tyler Jackson había fructificado en un compromiso ya anunciado a las buenas gentes del condado.
Isobel se alegró enormemente de esa noticia, pues cuando se marchó de Snow Cottage había observado que la señora Gardener prestaba especial atención al profesor.
Tomó el papel y la pluma para comenzar a responder a su amiga, quien además le preguntaba por sus asuntos. En ese momento alguien golpeó la puerta y un sirviente anunció la llegada del vizconde Thorpe.
Isobel se reclinó en la silla de madera con algunos revestimientos de terciopelo azul. No podía seguir rehuyendo a Faran, aunque no le apetecía enfrentarse a él. Se armó de valor y le dijo al mayordomo que le permitiese la entrada y que mandase a una doncella con un servicio de té.
La condesa de Snow se puso de pie para recibirlo.
Lo vio entrar impecablemente vestido, con unos pantalones marrones claros, una chaqueta de tono tierra, más oscura, de satén. Sus ojos azules reflejaban una sincera alegría al verla y ella se sintió rastrera.
―Milord ―lo saludó con una brevísima reverencia.
Se sentía una extraña ante él y bien sabía que era debido al último encuentro producido con Malcom.
York. Era mejor referirse a él por su título.
No debía olvidar que él era el duque de York, el impenitente y malvado York, con quien buena parte de la población femenina fantaseaba.
Faran frunció el ceño ante ese recibimiento tan formal. Se vio obligado a mostrar el mismo respeto.
― Milady . ―Cabeceó ligeramente a modo de saludo.
―Por favor, siéntate, nos traerán un refrigerio de inmediato. ―Movió la mano para señalarle el sofá frente al asiento que ella pretendía ocupar.
―Isobel… ¿estás bien? ―preguntó con incertidumbre. La veía extraña, fría, reticente. La última vez, en aquel jardín oscuro de lord Exeter, estuvieron más que cercanos.
―Sí. Mi salud se ha restablecido por completo ―respondió creyendo que él se estaba interesando por los días que pasó recluida.
―Te veo fabulosa, no hay ni un síntoma de debilidad en ti, querida. Yo me refería al hecho de que nos tratemos con esta fría indiferencia ―dijo de modo tajante.
―No, no es indiferencia. Solo… ―No supo cómo seguir la frase.
―¿Hay algún problema?
―Vamos a regresar al campo. Las chicas… bueno, yo no me siento especialmente cómoda con respecto a la ciudad y estos días pasados me han servido para darme cuenta de que lo más sensato sería volver a Londres el año que viene.
―Comprendo… ¿Esto tiene que ver con el duque de York? ―se interesó.
―¡No! ―negó más ansiosa de lo que pretendió―. Regina se ha cansado de la frivolidad y sostiene que por mucho que la pasee por los mejores salones de baile, no piensa tener en cuenta a ningún pretendiente.
―York no estará satisfecho si decides irte, Isobel.
―¿¡Por qué!? ―De nuevo su compostura quedó en el olvido. Temió que alguien pudiera haber averiguado que…
Faran le sonrió.
―Entiendo tu posición. York, permíteme la crudeza de mis palabras, querida, puede irse al infierno. Si crees que no es adecuado para Evangeline, cosa que yo también opino, deberías apartarla de él.
―¡Oh! ―Así que él pensaba que era por su hija mayor que regresaba al campo. Su tensión se dispersó brevemente.
Todo indicaba que el objetivo de Malcom…
York. Él era York, no debía olvidarlo. Todo indicaba que el objetivo del duque de York se había desplazado considerablemente.
El modo en el que la tocó y habló con ella no dejaba lugar a dudas de que el interés del duque estaba en otro lugar, no en Evangeline, lo cual resultaba todavía más escandaloso.
Se interesó por una preciosa rosa inglesa y acabó encerrado en la biblioteca dándole placer a una mujer que estaba lejos de sus años frescos y que nunca resultó una belleza evidente.
―Imagino que deberé esperar unos días en Londres y luego te seguiré al campo para no despertar sospechas. Será un poco embarazoso tener que explicar el motivo por el que abandono la ciudad al inicio de la temporada, pero…
―Faran, tengo algo importante que decirte ―lo interrumpió.
La vio tan sumida en el nerviosismo que se levantó con la idea de sentarse a su lado. Cuando llegó junto a ella, sin tomar asiento, le levantó el mentón para hacer que lo mirase.
―¿No puedes esperar más por mí, Isobel? Es del todo comprensible porque me sucede lo mismo.
¿Por qué no acabamos de una vez con esto?
Ven a mi casa, despediré por una noche a mi servicio y no habrá nada que temer.
Cuando regreses al campo nos apañaremos de algún modo, aunque espero que después de hacerte el amor, aceptes ser mi esposa.
Tú no estás hecha para una aventura sórdida. No eres como las demás.
Cuando terminó de explicar su propuesta, el vizconde se acercó a ella decidido a sellar el plan con un beso para mostrarle cuánto la necesitaba.
Isobel, sin dejar de mirar sus ojos, le colocó una mano en el torso para frenar su avance.
―No puedo, Faran.
Él se quedó de pie, suspendido a medio camino de los labios de ella.
―¿Besarme? ―No la seguía.
―Me gustaría que continuásemos siendo amigos.
―Y lo seremos, solo que…
―No ―lo interrumpió―. Solo amigos. Sin besos.
―Isobel, ¿qué tratas de decirme?
La condesa de Snow se retiró ligeramente hacia atrás y cuando él le dio un poco más de espacio se levantó y puso más distancia entre ambos. Se tomó las manos para tratar de controlar los nervios. Enfocó su mirada en los ojos del vizconde.
―No teníamos ningún acuerdo más allá del hecho de tratar de encontrarnos en la posada. Aquello fracasó y me gustaría que ninguno de los dos recordásemos que…
―¿No quieres ser mi amante? ―preguntó con enfado―. ¡Por amor de Dios, Isobel! ―Faran comenzó a pasearse por la habitación diciendo cosas ininteligibles por lo bajo.
―Entiendo que sea para ti una decepción después de que yo te hubiese dado esperanzas, pero no es…
―¿Esperanzas? Llevo meses esperando pacientemente a que te decidas, no he querido apresurar las cosas.
¡Eres viuda y te comportas como una joven damisela a punto de entregar tu virginidad a un hombre experimentado!
Reconozco que la espera me ha hecho sentir que se trataba de una competición y me daba aliento.
¡No puedes sencillamente echarte atrás, Isobel!
―gritó. Ella trató de mantenerse firme y no asustarse.
―Lo acabo de hacer ―dijo sin levantar la voz.
―¿¡Que lo acabas de hacer!? ―su voz era un estruendo―. Nada de eso. Me darás lo que me prometiste porque cuando se le hace entrever a un hombre que serás suya, no se puede uno echar atrás. Más cuando te he ofrecido matrimonio.
Isobel se colocó frente a él y lo miró desafiante.
―Ha dicho más que suficiente y es momento de que se marche de mi casa, milord.
En ese instante, Faran sintió la furia destilarse en sus venas. Ella no tenía derecho a despreciarlo. No después de que él se hubiese mostrado paciente, atento y… ¡Ella era suya! Lo habían hablado y estuvieron de acuerdo.
Faran dio dos pasos hacia ella y la pegó a su pecho. Isobel forcejeó con él para tratar de soltarse. Él miró los labios femeninos con codicia. La condesa se dio cuenta de que iba a besarla.
―Por favor, no lo hagas… Yo no deseo esto, Faran, por favor… ―suplicó para librarse de él.
―¡Te gustará y me lo agradecerás! No eres diferente, me engañaste, eres como las demás ―respondió, haciendo que la piel de ella se erizase.
―¿Madre? ―irrumpió una voz femenina.
El vizconde masculló una maldición por lo bajo que solo la condesa pudo escuchar. Faran se separó de ella al instante, y trató de mostrarse jovial cuando vio que Regina había entrado en la estancia.
―Está todo bien, hija mía, el vizconde Thorpe ya se marchaba… ―dijo tratando de sonar tranquila para no preocupar a la joven.
―Por supuesto… Lady Snow, nos volveremos a encontrar ―señaló el aludido como si acabase de hacer una promesa. Les hizo una torpe reverencia a las dos damas y se marchó a grandes zancadas.
Cuando él salió de la salita privada de Isobel se permitió desmoronarse. Se sentó en el sillón más cercano y Regina la siguió. La muchacha le pasó un brazo por la espalda.
―No sabía si debía interrumpir, pero los gritos de lord Thorpe eran demasiado elevados como para pasarlos por alto. ¿Te ha lastimado?
―No, estoy bien.
―No creí que pudiera ser así. Siempre tan callado, tan atento, con esos modales impecables. ¿Os habéis disgustado por algo en especial? Lo he visto… furioso. No parecía él.
―No ha pasado nada, Regina. Fue una diferencia de opiniones. ―Bastante vergonzoso había sido tener que ser salvada por la joven, como para explicarle que pretendía convertirse en su amante y que se había echado atrás. La posición en la que los había sorprendido…
―No, no ha sido lo que dices. Sé que existen temas de los que se supone que no debo hablar o conocer, Isobel, aun así, soy plenamente consciente de cuando un hombre está abusando de la confianza de una mujer.
Lord Thorpe ha traspasado una línea muy fina entre la persecución y la violencia.
Dime que no tenías ningún acuerdo con él con respecto a casarte, por favor.
―No. No pretendía casarme con él. ―En momentos como este Isobel se alegraba de que no hubiesen sido criadas entre algodones y de que las mentes de ambas hermanas fuesen ágiles y muy intuitivas.
Regina carraspeó. Los había visto muy unidos de un tiempo a esta parte.
No preguntó porque no sintió motivos… hasta el momento, para hacerlo.
En realidad, no sabía si la condesa quería compartir más detalles sobre sus asuntos privados.
Isobel tenía edad y experiencia suficientes para hacer lo que considerase oportuno.
Manejaba a todo el personal de ambas casas con mano firme, pero con amor.
Incluidos sus hermanos y Regina misma. Si tenían un arreglo más íntimo no sería ella quien cuestionase el tema.
―Comprendo. Sea lo que sea que te una al vizconde Thorpe, espero que no se alargue más en el tiempo.
Ha mostrado su cara. ―Isobel asintió―. Muy bien.
La doncella que traía el té se ha marchado cuando ha escuchado…
Le diré que vuelva y nos tomaremos una taza caliente para templar los nervios, ¿de acuerdo, Isobel?
―Sí.
―Regreso en un instante… ¿estarás bien? ―Ella asintió una vez más agradecida por la preocupación de su hija.
Regina le apretó las manos, que Isobel retenía fuertemente entrelazadas en su regazo, y a continuación se levantó. Cuando llegó a la puerta escuchó un fuerte suspiro.
―¿Regina? ―la llamó la condesa, al mismo tiempo que la muchacha se giraba para observarla con curiosidad.
―¿Sí?
―Entre el vizconde y yo no llegó a pasar nada. ―Le tocó el turno a la joven para asentir en clara comprensión ante la aclaración tan sincera de Isobel.
Mientras las damas se tranquilizaban, el vizconde Thorpe salió hecho un mar de furia.
Su plan se desmoronaba por momentos y no tenía la menor idea del motivo por el que ella había cambiado de idea.
¡Todo había ido tan bien! Lento, pero seguro.
Bajó los escalones de la fachada principal, se quitó el sombrero y se mesó el cabello con la mano que no sostenía su bastón.
Había perdido los estribos con demasiada facilidad.
El problema residía en que el tiempo se le acababa y no tenía otra opción.