Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

―Wilson, Wilson… ―sentenció en tono jocoso―. No creí que tuviese tanto humor. Una vez más me sorprende. Estaré aquí a la hora prevista: las cuatro en punto.

***

El duque de York había salido esa mañana de su casa con una brillante sonrisa en el rostro.

Los pájaros cantaban, el sol había salido y las perspectivas de su éxito inminente eran muy halagüeñas.

Incluso había disfrutado sobremanera con la discusión con Wilson.

Juraría que ese hombre cada día se había vuelto más insolente y él no se había dado cuenta hasta que ya fue muy tarde para establecer medidas.

De todos modos, la relación que lo unía a él no permitía que se comportase de forma diferente.

No había nadie que se atreviese a hablarle con semejante descaro y había aprendido a valorar la sinceridad que obtenía del estimado señor Wilson.

En esos instantes en los que estaba sentado en la zona que habitualmente utilizaban sus compinches ―como los llamaba Wilson― y él mismo, se sentía satisfecho.

Había tratado de leer el periódico hasta cuatro veces.

Fue una misión imposible de ejecutar. Isobel se colaba en su mente para atormentarlo, y la erección, aunque bienvenida, era del todo molesta.

Sus gemidos y dulces suspiros estaban grabados a fuego en su mente.

El sabor de su intimidad lo podía recordar con exactitud con solo lamerse los labios, mas parecía que se había quedado ahí su néctar para toda la eternidad.

La echaba de menos. Sentía la imperiosa necesidad de verla, de saber si se encontraba bien, si su salud era buena, si podía hacer cualquier cosa para auxiliarla…

El instinto de protección que la antigua señorita Baltimore había despertado en él era apabullante.

No sabía cómo lidiar con lo que sentía en su ser, pero no tenía miedo.

Estaba preparado para enfrentarse a su futuro, y se juró que sería un matrimonio sublime.

Poco sabía él lo que significaba amar o ser amado, pero esa ansiedad que sentía por ella nunca había aparecido y eso tenía que significar algo.

Mientras reflexionaba sobre su situación, llegaron hasta su posición Phenton, su hermano y Portman.

―¿De dónde venís tan sonrientes? ―quiso averiguar York. Sus tres amigos se habían sentado en los sillones de su alrededor.

―Hemos ido a Tattersalls ―explicó Liam―. Phenton ha comprado cuatro caballos excesivamente caros a la competencia del conde de Albemarle.

York emitió una sonora carcajada. Eso le valió para recibir una mirada de pocos amigos por parte del aludido. El duque se contuvo de seguir riendo.

―¿No hubiera sido más productivo tratar de congraciarte con el conde de Albemarle comprándole los ejemplares a él, Phenton?

―Malcom creía que la estrategia de Phenton era la equivocada.

Si pretendía impresionar al hermano de la dama con la que creía que deseaba casarse su amigo, bien podría empezar a adularlo o alguna cuestión por el estilo.

―York ―comenzó a responderle el duque de Phenton―, entiendo que tu reciente futuro matrimonio te tenga imaginando arcoíris de colores, preciosas hadas mágicas y sirenas de cánticos dulces, pero la vida real es muy diferente.

Lord Albemarle es el enemigo, amigo mío, y debo hacérselo saber presentando batalla.

El duque dirigió de pronto la mirada sobre el vizconde Portman.

―¿No tenías nada mejor que hacer que cotillear como una alcahueta? ―le reprochó en tono un poco duro―. A estas horas pensé que estarías tratando de hacerte con una institutriz para educar a tus diablillos.

―¡Alto ahí, York! ―se defendió Thomas―. Les he asegurado que no ―puso especial énfasis en esa negativa― estás enamorado. No pagues tu malhumor conmigo por no haberte podido declarar a la dama ayer.

Thomas fue testigo de toda la actuación de un York borracho tratando de alejar a Kensington de la biblioteca. No intervino en su momento porque pensó que a su amigo le vendría bien un poco de lucha.

―¿Amor? ―saltó de improviso Liam con horror.

―Gracias, Portman ―agradeció Malcom, irónicamente, la intervención del vizconde.

―¿Vas a proponerte por amor, York? ―Tomó la palabra Phenton impregnando la cuestión con su incredulidad.

―¿Me censuras? ―respondió el interpelado con otra pregunta.

―No ―negó Phenton―. Solo me sorprende. Creí que habías decidido casarte con una mujer meramente para cumplir con tu obligación de engendrar.

―Y me emplearé… a fondo, para perpetuar mi linaje ―le aseguró.

―¿Estamos hablando de amor? ¿York, enamorado? Son dos palabras contradictorias en sí mismas ―volvió a irrumpir Liam consternado.

―Estamos hablando de encontrar a la mujer perfecta.

Razonamos sobre la conveniencia de entregar nuestra vida a la pareja indicada.

El amor es más que bienvenido para asegurar una unión duradera y sólida.

No es lo acostumbrado entre los esponsales de nuestra clase, aunque sí debería ser obligatorio.

Tu hermano, Banstorn, ha tenido la suerte de recomponerse de un choque amoroso ocurrido en su juventud y no deberías juzgarlo con ligereza.

Las segundas oportunidades son esperanzadoras, no nos quites eso, mi joven amigo.

―Cuando Phenton terminó de hacer su alegato al amor, incluida la recomendación hecha a lord Liam Banstorn, el resto se quedó mudo durante unos instantes.

York fue el primero en recuperar el habla para decir:

―Después de ese florido discurso, que te agradezco ―puntualizó con una breve inclinación de cabeza―, no me avergüenza decir que esta tarde Wilson ha preparado una merienda con té en mi casa con Isobel y que espero que no me molestéis. Ya veis que mi cambio es drástico.

―¿Isobel? ―preguntó con interés su hermano al percatarse de que había usado el nombre de pila de la mujer y que ya en su último encuentro en White’s el duque lo nombró.

―Portman, creí que harías tus deberes mejor ―habló de nuevo Malcom―. ¿No les has dicho la identidad de la dama?

―Por supuesto que sí, no obstante, usé su título, no su nombre como has hecho tú.

―El vizconde no había ahorrado ni un solo detalle en su narración mientras estuvieron en Tattersalls.

Por descontado, Liam no se había creído ni una sola de las afirmaciones de él y Phenton se mostró escéptico, pero no reacio a creérselas.

―¿Están al tanto de todo lo acontecido con la dama o debo explicar algún detalle más, Portman? ―preguntó entre un largo suspiro.

―He considerado que era mejor ahorrarte la agonía de recordar el momento exacto en el que lady Snow te dejó plantado en medio del salón de baile, porque sospecho que ahí ella tuvo toooda tu enorme atención ―reconoció el vizconde con cierto humor. York gruñó por lo bajo.

―¿De verdad te quedaste babeando, hermano?―Liam no sabía cómo sentirse. Decir que estaba perturbado era como señalar que la creación del Todopoderoso era una cosa bonita.

La mirada severa de York se deslizó hasta la de Portman en una clara acusación silenciosa.

―A mí me lo pareció ―señaló Thomas mientras agitaba los hombros despreocupadamente.

―No creí que preguntase algo así, hermano… ―apuntó con asombro―. Allá voy… ¿a qué hora vas a tomar el té con las damas? ―Su lado más salvaje se estaba retorciendo de dolor al haber dicho semejante cuestión en alto.

―A las cuatro en punto. Wilson lo tiene todo dispuesto. Se supone que debo hechizar a la condesa y maravillar a sus dos hijastras. Y todo ello dentro del más decoroso de los escenarios.

York miró con atención a Liam en cuanto vio la expresión de sus ojos.

―Mi hermano ofreciendo un té… ¿Qué años tienen las dos jóvenes? ―se interesó con aires renovados Liam.

―Esa mujer se convertirá en mi duquesa, hermano. Sus hijastras tendrán mi protección, ni por un momento pienses que consentiría en que llevases a cabo lo que sea que estás pensando ―amenazó Malcom con suma tranquilidad.

―¡Un momento! No he hecho nada malo. Solo deseaba conocer a la mujer que ha sido capaz de llevar a cabo un imposible.

¡Estás pensando en casarte y hablas de amor!

El mayor disoluto de Londres pretende sentar la cabeza…

Permite que me acostumbre a la idea de que ni tu casa de Londres ni York Park serán el escenario de una buena fiesta salvaje.

Deberías haber tenido un poco más de compasión por tu miserable hermano que ahora tendrá que mudarse de su cómoda casa de soltero y rentar algo más grande para poder invitar a toda la gente que no puede vivir sin nuestras infamias cuando hacemos fiestas más grandes.

Iré a tu casa hoy para conocer a las tres damas, porque es lo que haría un buen hermano ―sentenció, mientras intercambiaba una mirada significativa con el duque de Phenton, quien a su vez le sonrió por el detalle que ello implicaba―.

Lo único que te pido es que aconsejes a Wilson derramar un generoso chorro de whisky en mi té.

No creo recordar haber tomado uno con anterioridad.

York se separó del cómodo sillón y se inclinó para sondear la verdad o burla en el discurso de Liam. Opinó que hablaba en serio.

―Puedes venir, pero te contendrás de hacer alguna alusión impropia. Mejor… no hables en toda la cita, limítate a saludar y a asentir. Prefiero que Isobel conozca tu naturaleza una vez que la haya convertido en mi esposa.

―¿Y dónde piensas esconder la tuya, hermano?

―contraatacó Liam―. ¿O acaso pretendes convencerme de que la dama no está al tanto de tu libertinaje?

Eres un duque, tienes poder, pero es imposible que borres de un plumazo veintiocho años de maldades…

―Banstorn torció el gesto de modo jocoso―, o bendiciones lúbricas, según se mire.

―Eres demasiado insolente, hermano mío. Y no son veintiocho, son algunos menos, pues durante mi infancia solo pensaba en comer, dormir y jugar… No en otras cosas que me interesaron siendo ya más mayor.

―Como sea… me has ofendido y he tenido que recordarte que mi fama solo rivaliza con la tuya, Malcom ―sentenció su hermano.