Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10
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Capítulo 10

Un té con pasta s

El duque de York se levantó esa mañana como lo hacía el resto de los días, no obstante, todo era diferente.

Se sentía extraño. Más animado, encantado por tener otro día más para vivir.

Su humor era fantástico. No recordaba haber despertado antes con la sensación de que algo maravilloso se avecinaba.

Aunque muy probablemente todo se debiese a los seis meses de celibato forzado que se rompieron la noche anterior.

No encontró desahogo, pero haberla tocado del modo en el que lo hizo, sabiendo que su virilidad hubiese sido capaz de entrar en ella… ¡Fantástico!

―¿Qué planes tenemos para hoy, Wilson? ―inquirió, cuando su ayuda de cámara terminó de adecentarlo.

La rutina del aseo matinal era la misma cada día.

Su ayuda de cámara entraba en sus estancias privadas, lo asistía para vestirse y luego le daba un buen repaso con su perfecta dialéctica superior a fin de, generalmente, regañarlo.

En esos momentos, al duque no le importaba ser el blanco de sus dardos, se sentía exultante.

―¿Me ha ascendido a secretario, excelencia? ―Ya venía la primera escaramuza, se dijo York con cierta diversión interna.

―Poco original, amigo mío. Creo que está perdiendo facultades, Wilson. Hubiera esperado que demandase la asignación que podría ahorrarme con mi secretario… ¿Por cierto, cómo se llama el hombre?

―Wesley Darm, excelencia.

―Imagino que el señor Darm no es de mucha utilidad, cuando usted se ha erguido como mi ayuda de cámara, mi secretario, mi institutriz, mi confidente, mi casamentera y… ¿Cocina mis alimentos también o el chef francés que me hizo contratar sí está ganándose su estipendio? ―inquirió con falso interés.

―Si yo hiciese todas las cosas que dice, excelencia, no habría suficiente oro para poder pagar mis habilidades.

Y si me permite la observación, es incomprensible que, a sus años, aunque no sorprendente ―puntualizó con una ceja alzada―, siga precisando de una institutriz.

De todos modos, yo no me vería favorecido en telas grises y con faldas…

―dijo con cierta molestia―. Y respondiendo a su pregunta: no, todavía no sé usar los fogones y le advierto que no tengo ni la más mínima intención de aprender.

―Ah, ahí venía una nueva y brillante afrenta, se dijo el noble con menos diversión en su ser.

―Una lástima. Estoy seguro de que su faisán a la miel sería más formidable que el que comí dos noches atrás.

Además, sobre cuestiones de moda femenina, si Brummell viese a un hombre llevando un vestido, al menos le advertiría que un tono gris no le haría justicia.

Si se ve tentado a probar qué colores realzan sus ojos de color azul, amigo mío, pruebe con un color burdeos ―recomendó con una mofa.

El ayuda de cámara se quedó un momento serio mirándolo con cara de pocos amigos. Carraspeó.

―Esta mañana debería hacer una aparición en White’s ―dijo retomando la conversación inicial sobre los planes del duque―. Sus camaradas se habrán preguntado, si no lo han hecho ya, el motivo de su ausencia.

―¡Qué considerado de su parte preocuparse por la inquietud de tres hombres que sé que no le son simpáticos! Ese detalle dice mucho sobre su bondad, señor Wilson. ―Lo vio prepararse para otra batalla lógica.

―No es nada como eso ―lo sacó de su error―, es sentido común.

―¡Ardo en deseos de conocer la suposición que sé que vendrá a continuación! Por favor, proceda a desgranar su especulación ―lo invitó alegremente. Parecía que, en los últimos años, el hecho de que ambos hombres se molestasen se había convertido en un deporte altamente competitivo.

Mason no se lo pensó dos veces y comenzó a explicar su punto:

―Si sus compinches se dan cuenta de que su estado de ánimo ha estado alicaído en los últimos días, corro el riesgo de que se planteen la sugerencia de animarle haciendo algún tipo de fiesta, en esta casa, a la que ninguna personalidad respetable se prestaría a asistir.

Dado que intuyo que su intención sigue siendo la de persuadir a lady Snow para que sea su esposa, prefiero evitarle la tentación de darme más trabajo del que ya tengo, y provocar un nuevo escándalo.

Así que debería ir a White’s y tranquilizarlos.

―Cierto… La última vez que Liam sugirió convertir mi casa en un templo del pecado no pude negarme.

Admitiré que fue divertido y alocado, pero debe quedarse tranquilo, Wilson, no pretendo volver a mis viejos hábitos.

Además, no estoy malhumorado, más bien todo lo contrario.

¡No me diga que no lo ha notado, pues me veré obligado a despedirle sin referencias por su falta de atención hacia mi persona!

―Su humor ha mejorado significativamente, lo sé.

Lo sentí desde ayer mismo por la noche. ―El hombre mayor chasqueó la lengua en señal de falso disgusto―.

Despedido y sin referencias… Podría haber dicho todo lo contrario y a estas horas sería un hombre libre, liberado del yugo de mis trabajos forzados, pero ya ve, excelencia, que mi lealtad es un impedimento insalvable para concederme a mí mismo la soñada libertad.

―Señor Wilson, estoy comenzando a sospechar que solo se queda a mi lado por el escandaloso estipendio que le puse…

Me dolería terriblemente que así fuese. Nuestra amistad quedaría reducida a cenizas si me enterase de que solo yo le he considerado mi amigo durante todo este tiempo en el que nos hemos conocido.

Y ambos sabemos que somos mucho más que eso…

Wilson le dio una mirada que bien indicaba que el duque debía tener cuidado con lo que iba a decir a continuación, así que York se calló. El ayuda de cámara carraspeó incómodo y luego se dispuso a hablar con naturalidad:

―Seguro, excelencia, que no sería un obstáculo insalvable, ni quedaría devastado.

Si mal no recuerdo, en poco más de dos días el irremplazable señor Wilson tendría un sustituto, tal vez incluso más capaz que el anterior.

Lo que estaría por verse es el tiempo que mi reemplazo atendería sus obligaciones.

Eso sí, las entrevistas las tendría que hacer usted mismo.

Y soy consciente de que sería algo tedioso.

―¡Tremendamente! ―exclamó con horror―. Me ha convencido, no lo despediré por esta vez.

―Por supuesto ―alegó el otro hombre.

―Para comer… ¿deberé regresar a casa o se espera de mí que lo haga en mi club de caballeros, amigo mío?

―Lo dejo a su criterio. En cuanto a la otra cuestión, sí, debe estar aquí a las cuatro en punto para tomar el té.

―¿Té? ¿Nuestra bodega ha sido saqueada, Wilson? ¿O es que de pronto he cambiado el brandy y el whisky por el té sin yo ser consciente de haberlo hecho? ―preguntó contrariado.

―Antes ha alegado a su buen humor. Una cosa curiosa, tanto como ver un meteorito surcando el cielo en plena noche. De modo que esa ventaja inesperada me ha hecho extender una invitación a lady Snow y a sus dos encantadoras hijas para…

―Hijastras ―lo cortó. El asunto de Evangeline todavía se sentía un poco sórdido, aunque ya había limado asperezas con la que esperaba que se convirtiese en una aliada en su cometido―.

¿Está permitido que un hombre soltero invite a tres damas casaderas a tomar el té en su casa, señor Wilson?

Creo que no estuve atento durante esa lección de modales…

―¿Acaso no es usted un duque? ―La cuestión sonó a reto. Su patrón sintió curiosidad.

―Lo soy―dijo con orgullo―, posiblemente usted estuvo allí el día de mi alumbramiento. Tal vez, llegó a la casa cuando fue construida… incluso sea usted más antiguo que mi propio título. ¿Podría ser? ―preguntó tragándose una carcajada.

―¿Y no están las normas hechas para que un duque se las salte?

―inquirió, olvidando la otra cuestión. Si la intención del duque era hacerlo sentir como un carcamal, no era debido a los años con los que cargaba a su espalda, sino por los que había estado al lado de su patrón. Ese tiempo sí envejecía a cualquiera.

―¿Un té, Wilson? ―York hizo una mueca de repulsión―. Ya puestos a saltarse las normas… ¿no podía haberla invitado a ella sola para que… esa merienda con pastas resultase más… interesante? ―sugirió con picardía.

―No ―respondió secamente―. Trate de ser puntual y de no escuchar las ideas que sus compañeros de fechorías metan en su cabeza.

―¿Tan voluble me cree? Me jacto de no ser influenciable.

―Se tomó un momento para recapacitar sobre su postura al ver que el ayuda de cámara lo miraba con reprobación―.

Bueno… cuando me animan a cometer infamias, admito que tengo poca contención.

Quédese tranquilo, ya ve que he cambiado y que estoy dispuesto a volver a la rectitud que abandoné años atrás.

Pondré todo mi empeño ―aseguró con ímpetu―, aunque solo sea para darle en las narices con mi corrección a usted ―se atrevió a decir.

Mason Wilson lo miró con desdén. Era evidente que no se creía ni una sola cosa de toda la declaración.

―Hasta que la futura duquesa de York tome en sus manos las atribuciones para enmendar a su duque, considero que no puedo desembarazarme del hecho de ser su institutriz.

Tengo la esperanza de que a la dama no le cueste demasiado, bien sabemos que tiene experiencia en ese puesto.

No cuente con que, mientras llega ese futuro, que espero no se demore, me ponga una falda o deje crecer mi cabello para llevarlo en un moño estirado, porque tal cuestión no sucederá por muy alta que sea mi asignación.

Créame, es poco dinero en consideración al trabajo que me supone tener que atenderlo a usted.

Todo lo más que podría hacer para complacer a su excelencia en mi puesto de institutriz sería alzar una vara y darle unos toques en los nudillos cuando lo mereciera, aun a riesgo de saber que perdería los dedos por sus delitos.

El duque emitió un sonoro suspiro divertido. Este hombre era el único que le hacía dudar de si en verdad era Malcom su superior o si sucedía a la inversa…