Capítulo 9 #3
Llevó dos dedos a su interior, trató de meterlos.
Demasiado apretada para albergarlos juntos.
Insertó uno y ella gritó de pura lujuria.
Chupó con fuerza ese pedazo de tierna carne que la volvía loca, al tiempo que la falange entraba y salía de su cuerpo con cierta velocidad.
Necesitaba darle placer, hacerla descansar de la necesidad que se había apoderado de ella.
Malcom se afanó en darle alivio, en ayudarla.
Él estaba disfrutando tanto o más por tenerla en ese estado.
Las manos femeninas le acariciaban el pelo y decía cosas ininteligibles alternadas con gemidos fuertes y débiles.
―Algo llega… algo está… Pero se va… No puedo… ―se quejaba como si creyese que Malcom tenía la respuesta a lo que sentía.
Se separó de su humedad, sin dejar de mover el dedo en su interior. La encontró espléndida. Con los ojos cerrados y concentrada en su propio placer. Nunca vio algo tan natural, refrescante.
―No lo fuerces, no lo busques, siénteme, llegará… Te lo prometo.
Regresó su boca para lamer con más fuerza.
Unos diez minutos después, los ojos de Isobel se abrieron de par en par entre jadeos extasiados.
Un grito confirmó que al fin había encontrado lo que su cuerpo ordenaba que buscase.
La paciente lengua del duque se había relajado y no se movía con tanta fuerza, la caricia era increíble.
Cuando tuvo suficiente de ese bendito líquido con el que ella le premió, Malcom se separó de Isobel y en cuanto la sintió derrumbarse por la pérdida de su apoyo, se apresuró a aferrarla para sostenerla entre sus brazos.
Isobel le pasó las manos por encima de los hombros y le rodeó el cuello.
Malcom la sujetó por la cintura y estaba muy cerca de su rostro.
―¿Qué acaba de pasar? ―inquirió asombrada, sin apartar la vista de él. Había sido la mejor experiencia de su vida.
―Los franceses lo llaman la petite mort , pequeña muerte en nuestro idioma.
―Eso no es pequeño, sino todo lo contrario ―señaló ella. En su opinión era grandioso.
―Lo sé. Lo que me pregunto, es… ¿por qué tú no lo sabes?
―¿A qué te refieres?
―Eres viuda.
―Lo soy.
―Entonces debo entender que tu esposo pudiera ser un patán en la cama. Pocos hombres se esfuerzan por dar placer a su esposa. Con que den a luz a sus hijos es más que suficiente. Lo que no acabo de ver, es que Thorpe no haya podido hacer que tú…
―Será mejor que nos separemos ―lo cortó, al tiempo que quitaba las manos de su cuello y las colocaba sobre su torso con la intención de hacerlo retroceder para salir de su abrazo.
―¡Ah!, veo que no eres una amante generosa que me preguntará si estoy bien o si deseo que me brinden la misma cortesía que yo he ofrecido…
¡Estupendo! Acababa de darse cuenta de lo que había sucedido, con quién y de que él esperaba que ella…
¡No sabía cómo hacerlo!, no era por falta de educación o lo que él hubiese dicho, sencillamente no tenía los conocimientos necesarios y no deseaba ponerse en ridículo ante él.
Ya lo había hecho al reconocer que nunca había disfrutado de lo que él le había… brindado.
―Veo ―usó la misma fórmula que él―, excelencia, que no es un amante considerado que se ofrezca libremente y que luego no exija su pago.
― Touché . Y hemos vuelto al título, la formalidad y el supuesto decoro ―se lamentó con un sonoro suspiro―.
Ay, Isobel, tu sabor sigue bajando por mi garganta, mis labios mantienen la dulzura de tu intimidad, pero yo no merezco ni un poco de tu ternura…
¿verdad? A fin de cuentas, qué he hecho para ganarla, salvo molestarte o darte un poco de placer furtivo en la biblioteca de una casa que no es ni la mía o la tuya.
―¿Sigue exigiendo el pago por sus… servicios, excelencia? ―Ella no iba a olvidarse de la formalidad. No después de… No, no debía. Un poco de distancia entre él y ella irían bien, aunque él la siguiese manteniendo muy, muy, cerca de su cuerpo.
―Uhm, palabras feas, Isobel. Me haces parecer una meretriz que debería pedir unas monedas.
Tendría que castigarte. Estás lúcida y en vez de cobrarme el pago por mi ayuda ―arrastró la palabra― con una buena suma de libras, escandalosa de hecho, porque sé que soy brillante ―la vio rodar los ojos y se sonrió―, lo que tendría que hacer sería volver a seducirte para que suplicases más de mí, más de lo que te acabo de dar.
Lamería tus pechos, después de besar tu boca de todas las formas lascivas que conozco.
Volvería a acariciar tu nido de rizos, y cuando estuvieras al borde del precipicio, exigiría que suplicases para que te llenara…
―Basta, por favor… ―solicitó con humildad.
―Ah, adoro que te enciendas con tanta rapidez. Respondes muy bien ante mí. ¿Eres consciente de que podría llevar a cabo mi amenaza, dulzura? Y te aseguro que esta vez no me sentiré mal por darte tu castigo.
―No lo haga… ―sonó a súplica. Él se dio cuenta.
―¿Qué no quieres? ¿Que no te haga cumplir con tu castigo o que lo lleve a cabo?
―No me seduzca, se lo suplico.
―Pídemelo.
―Lo acabo de hacer ―respondió con suavidad.
Él era letal. Si cumplía su amenaza estaría perdida.
Lo dejaría llevar a cabo todas y cada una de las increíbles perversiones que había enumerado y descubriría su secreto.
Había confiado en entregarse a Thorpe porque lo veía digno.
Si se supiera, podría armarse un escándalo, incluso declarar el matrimonio nulo por no haberse consumado.
No estaba segura de que York… Demasiado imprevisible.
―Desembarázate de la formalidad, di mi nombre y haz la petición. Dame ese pequeño capricho.
―¡Eres un hombre imposible! ―se quejó.
―No es nada que no supieras con anterioridad. ―Le sonrió, mientras le acariciaba la mejilla con los nudillos.
―Malcom, por favor, no me seduzcas.
―Eso está mejor, Isobel. No ha sido tan terrible, ¿cierto?
―Ahora debemos separarnos. Esto ha durado demasiado. Debo volver a la fiesta.
―Y lo harás, en cuanto me des el pago por los servicios prestados.
―¿Qué? ―preguntó con horror.
―Dime una sola cosa y te dejaré marchar hasta que te vuelva a encontrar.
―¿El qué?
―¿Tan torpe es, Isobel?
―¿Quién? ―Se había perdido. ¿Acababa de decir que la volvería a encontrar? Y si lo había dicho… ¿qué significaba eso?
―Tu Faran. ―Decir ese nombre en alto, le supo a cenizas después de lo que acababa de compartir―. ¿No te permitió conocer la petite mort ?
El pomo de la puerta comenzó a moverse con impaciencia.
Lo escuchó suspirar pesadamente. Ella se salvó de responder, pero lo que se avecinaba era mucho peor.
Cerró los ojos con fuerza. Atrapada con él en una situación así…
Mala pinta. Se horrorizó al pensar que si la descubrían tendría que ser su esposa.
Gimió en alto. Bueno, no era una joven virginal así que…
―¿Por qué me tienen que pasar a mí estas cosas? ―dijo en alto. No le importó que él la escuchase.
―Interesante, querida. No he visto culpa, pero sí consternación al imaginar las consecuencias de ser atrapada en una situación comprometida con el temible duque de York.
Intuyo por tu expresión de pánico que casarte conmigo no te haría feliz.
Oh, mi error ―ironizó―. Seguramente crees que carezco de honor y que en caso de pescarnos no haría lo correcto contigo.
―¿Usted y yo casados? ―sus ojos estaban de par en par―. No sea ridículo. Como ha dicho, excelencia, soy viuda, como tal puedo concederme alguna licencia. ¿Se casa con todas las mujeres con las que le sorprenden?
―Y volvemos al título… Voy a tener que educarte mejor, dulzura. ¡Qué absurdo todo! ―dijo con pereza.
―Abra la puerta y acabemos con esto, excelencia.
Él lanzó un suspiro profundo y se separó de ella.
―Isobel, escóndete tras la cortina y no salgas hasta que me haya llevado a todos los que estén afuera.
―¿Esconderme? ―No se le había ocurrido.
La cogió de la mano y la llevó hacia el lugar. La ayudó a meterse ahí.
―Intenta no hacer ningún ruido esta vez.
―Así lo haré ―prometió solemne.
Se la veía tan complacida por salir indemne de la situación que no pudo resistirlo. La pegó a su cuerpo le dio un beso húmedo, cargado de significado. Violento. Desesperado. Se separó de ella y la miró a los ojos para decirle:
―Te casarás conmigo, pero no te tendré por obligación.
Mi enorme vanidad exige que vengas a mí por tu propio pie, con los brazos abiertos, una gran sonrisa en el rostro y recitando mi nombre con devoción.
Ahora escóndete, no seas traviesa y fuerces la mano de un duque apuesto y sensacional por más que lo desees.
―¡Hombre arrogante! ―ladró ella.
―Muchísimo ―reconoció―. Te acostumbrarás. ―Él le sonrió y ella gimió por lo bajo.
La condesa se colocó tras la cortina y se quedó muy quieta. Lo escuchó andar unos pasos.
―Isobel ―la llamó antes de llegar a la puerta.
―¿Qué? ―Sacó la cabeza por el trozo de terciopelo verde.
―Deshazte de Thorpe. No te tendrá otro más que yo y él, menos que nadie, merece tenerte, señorita Baltimore.
―Usó su antiguo tratamiento con todas las consecuencias.
Además, esperaba que ella entendiese que no estaba pidiendo permiso, ni siquiera era una petición humilde, era un hombre reclamando lo suyo. Autócrata, como debía serlo un duque.
No tuvo tiempo de replicar, York se dispuso a abrir la puerta.
―¿Qué son e…sos gol…pes? ―dijo, simulando estar borracho, es decir, con la voz entrecortada y tratando de vocalizar correctamente―. Ya voy, ya v…oy…
Entonces, el duque, ejecutando su mejor actuación, procedió a fruncir los ojos y comenzó a hablar dando la sensación de que se le había ido la mano con el licor.
―¿Qué hacen en mi habitación aporrean…do mi puer…ta, seño…res? ¿Dónde está mi ayuda de cámara? ¡Wiiil…son! Vamos, levántese y haga desaparecer a toda esta gente de inme…diato. ¡Wiiiiilson! ―gritó más fuerte mientras se balanceaba sobre sus piernas.
Una comitiva de tres hombres, encabezada por el duque de Kensington, lo miraba con incredulidad, mientras que Isobel, tras la cortina, estaba mortificada por haberlo llevado a tal actuación. Eso no impedía que ella tuviera que taparse la boca para no romper a reír.
―Por favor, discúlpenos… York está un poco… ebrio. Hablaré con él. Les enseñaré otro día la escultura de la que les hablé. ―Kensington despachó a los otros dos hombres de inmediato.
Cuando estuvieron lejos, miró a Malcom con una ceja levantada.
―¿Es usted al que lla…man el demente? Está loco, amigo mío, si viene a mi lecho a molestar…me ¿Qué dirá su esposa cuando se entere de que visita a hurta…dillas las estancias de otros hombres? ¡Wiiilson, saque a este hom…bre de mi habitación! ―chilló de nuevo.
Kensington seguía mirándolo impasible.
―¿Ebrio, York? ¿No encontraste otra artimaña mejor? ―juzgó Kensington.
―Sí, demente Kensington lo lla…man. ―Era el sobrenombre que le habían puesto al duque y le iba muy bien―.
Esta noche estuve en su fiesta. Una ba…sura…
No es una fiesta si la gente no a…caba desnuda ―dijo sin abandonar el tono de voz de un hombre completamente bebido.
Hablaba con esfuerzo interpretando de forma magistral su papel de borracho.
―Basta, York, no he vuelto a ser violento desde que me casé. Estás jugando con fuego. Una palabra más y te dejo en el suelo delante de quien quiera que esté oculto en esa habitación.
York miró a todas partes.
―¡Infierno! Es…ta no es mi alco…ba… ¡Maldito whisky …
! ¡Estoy vestido! Esta no es mi casa… ¡Infer…
nal fiesta, Kensington, si me ha obligado a embo…
rracharme y seguir vestido! ―Se fue andando a trompicones por el pasillo hasta que encontró la puerta de salida de la casa.
Esperaba haber sido capaz de despistar a Kensington, o al menos esperaba que el duque le diese la cortesía a Isobel de salir sin ser vista.
Era una mujer muy inteligente, se las apañaría bien.
¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que se casase con él si Kensington la presionaba?
Suspiró. Tal vez no hubiera sido un movimiento ágil haberse marchado sin forzar su mano, porque sospechaba que ella no lo aceptaría con facilidad… ¡Problemas y más problemas!, se lamentó. ¡Era un duque rico y apuesto! ¿Qué más se necesitaba para atrapar a una mujer en su red?
Mientras, Isobel esperó unos minutos más que prudenciales para salir de detrás de la cortina, cruzó la puerta y se dio de bruces con el duque de Kensington, quien la miró con impasibilidad.
―Tenía curiosidad, lo admito. Por un momento él casi me engañó, más porque no trata con formalidad a otro hombre aunque sea un duque como él cuando quiere ser desagradable ―se excusó al ver la mirada de reproche de ella.
El duque sabía que había sido descortés al no ofrecerle intimidad para escabullirse del lugar.
Pero el maldito York había resultado ser creíble y Kensington no solía equivocarse―.
¿Necesita mi ayuda? ―Ella sabía lo que le estaba preguntando.
Negó con la cabeza, pues no estaba segura de poder encontrar su voz.
Isobel avanzó por el pasillo con la idea de marcharse con Regina y Evangeline lo antes posible.
Estaba demasiado mortificada como para excusarse…
¡No tenía excusa!―. Uhm, interesante. Tal vez no esté todo perdido para York…
―Escuchó, a su espalda, decir en voz alta a Kensington. Ella no se volvió.