Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Comenzó a andar por el largo pasillo a la espera de saber qué estaba sucediendo allí dentro. El tiempo pasaba y él cada vez estaba más irritado. ¡Si ella deseaba un amante, no había en Londres nadie mejor que él!

Finalmente, la puerta se abrió y él vio salir a dos desconocidos de allí muy sonrientes.

Su atuendo no estaba tan perfecto como ellos imaginaban, pero dado que no era Isobel, poco le importó pasar cerca de ambos, sin mirarlos y entrar en la biblioteca a continuación.

Si Portman le había dicho que la condesa estaba en aquel lugar, era porque la había visto entrar.

La llamó y así fue como Isobel salió de su escondite, tratando de poder andar con normalidad, con el mentón en alto, la vista al frente e intentando que su pose fuese la de una reina.

Comenzó a avanzar mientras York la observaba con tranquilidad.

Pasó por el lado de él, sin mirarlo, por supuesto, y cuando vio que ella iba a marcharse por la puerta, la sujetó por el antebrazo, la retuvo y procedió a cerrar con llave.

―Tenemos que hablar ―le dijo en un tono de voz muy calmado, pero dispuesto a olvidarse de la formalidad de una maldita vez para siempre con ella.

La dama se tuvo que concentrar para hilar las palabras correctas. En su vida le había costado tanto mantenerse firme y simular que estaba bien.

―Excelencia, debo recordarle su posición y exigirle que me trate de acuerdo con la mía. ―Lo que la impulsaba a olvidarse de la pulsación latente de su intimidad, eran la ganas de salir huyendo del lugar.

―¿Qué demonios hacías aquí? ―No le hizo ningún caso a su pequeña reprimenda.

―Yo estaba… No tengo por qué darle explicaciones.

―Isobel trataba de controlar su respiración y seguir la conversación.

Cada vez le costaba más. Era consciente de que estaba a solas con el heredero del pecado.

No era bueno que un hombre tan imponente como York la estuviese tocando.

Incluso sobre el guante, su tacto la abrasaba.

Su mente estaba con esa mujer desinhibida que había sido saqueada en su… intimidad femenina.

―¿Has estado escondida todo el tiempo en que ellos han fornicado?

―le preguntó. Era buena ocultando cosas, pero él era consciente de que Isobel trataba de controlar su respiración, sus mejillas estaban encendidas, su vista estaba ida…

Sus ojos eran un gran punto negro lleno de…

¡Dios mío! Sí los había escuchado y posiblemente visto…

Isobel gimió. Si que la tocase ya era suficientemente malo, solo quedaba que él usase palabras lascivas para terminar de enfermarla o lo que fuese que le sucedía.

―Le pido que me suelte… Se lo suplico de hecho. No me siento bien, tengo que marcharme de inmediato. Creo que he enfermado…

La acercó para examinarla con mayor atención para comprobar que efectivamente ella presentaba los rasgos que él sospechaba.

―¡Ah! Una enfermedad que yo bien conozco, querida.

Estás llena de lujuria. El sexo está en el aire, puedo olerlo, y tu cuerpo está cargado de deseo insatisfecho.

Tu mirada es la misma que cuando me has visto tras ingresar en el salón de baile.

―La vio tragar saliva, sus ojos estaban sobre los azules de él, pudiera ser que sus pupilas también estuviesen completamente dilatadas, pues York estaba tanto o más dispuesto que ella para…

Se maldijo. No era tan canalla como para aprovecharse de la situación.

―Suélteme, excelencia.

La rodeó entre sus brazos. No estaba preparado para dejarla ir todavía. Le acarició la espalda. Ella no se vio con fuerzas para forcejear. Se dejó hacer. Llegó a sus fosas nasales ese olor a hombre, a sándalo, que bien recordaba de su anterior encuentro.

―Sé que estás enfadada. No me he acercado a Evangeline, ha sido ella la que ha venido porque necesitaba hablar conmigo. Fue un baile de lo más inocente, Isobel.

―No puedo lidiar con usted ahora mismo, se lo ruego… No me encuentro bien, excelencia. ―La cercanía de él la tenía mareada. Mareadísima.

―No uses el título. Malcom. Llámame por mi nombre. Quiero escuchártelo decir. Dilo, Isobel, dame ese pequeño placer.

―Malcom, por favor, está demasiado cerca… No puedo… ―Su cuerpo la estaba traicionando. Estaba ardiendo. Anhelante. Húmeda en una parte que necesitaba ser presionada contra algo duro…

―Me gusta escuchar mi nombre en tus labios.

Suena como algo dulce. Creo que puedes tratar de prescindir de toda formalidad, solo Malcom, sin la debida cortesía, sin el título, Isobel.

―La mano de él se paseaba por su cuello en una caricia provocadora.

Los labios masculinos estaban tan cerca de los suyos que su aliento penetraba en su cavidad.

Las rodillas le comenzaban a fallar. Se apoyó en él.

Su mejilla derecha sobre su torso, con tres capas que separaban la piel, pero que ella sentía como una fina.

―Seré tu amante si te apartas del camino de Evangeline ―dijo sin saber si lo había dicho en alto.

En su mente ella estaba sobre el escritorio que veía en un lateral, mientras York estaba arrodillado, metido entre sus piernas.

Lo deseaba y aprovecharía la ventaja para hacer que él se olvidase de su hija.

El amor era sacrificio. Se sacrificaría como un peón en un tablero de ajedrez. Nada tenía que ver su fuerte necesidad de alivio o que la lujuria la tuviera sometida.

―Ah, pero tú necesitas un amante con urgencia, querida mía.

Tu cuerpo arde, siento tu temperatura muy elevada.

No te atrevas a ofrecerte a mí en un gesto mártir, cuando es evidente que me deseas con todas tus fuerzas.

Sé humilde y calmaré la necesidad con la que la perversa pareja de antes te ha infectado.

Solo tienes que pedírmelo, Isobel, y lo haré.

―¿Dejarás a Evangeline, York?

―Malcom. Mi nombre es Malcom, pero te perdonaré tu desliz, porque soy consciente de que no eres tú misma.

Mírame, dulzura ―le pidió, al tiempo que la levantaba y apoyaba un dedo en la barbilla para alzarle el rostro―.

No soy Lucifer, y te daré la oportunidad de huir de mí si lo deseas.

No estoy interesado en Evangeline y nunca lo estaré, Isobel.

La mujer a la que deseo está entre mis brazos.

Necesitas alivio, pero no te lo daré si ello implica que luego me acuses de aprovecharme de tu estado de pura necesidad.

Por una vez en la vida, seré un caballero de brillante armadura con la dama que más deseo en el mundo y te preguntaré si quieres que te toque como el hombre hambriento que se muere por un bocado de tu carne.

Dime que no, y saldré por esa puerta, dolorido y frustrado, pero me iré.

―Yo… No puedo pensar, Malcom. Todo lo que quería era que dejases a Evangeline tranquila. He venido aquí y me siento morir… ¿Qué me pasa? ―Estaba tan extraña, que no se sentía ella misma. Solo deseaba que él dejase de hablar, la besase y la tocase por todas partes.

―Oh, dulzura. Me pones las cosas muy difíciles.

En tu estado no sé si entiendes una sola palabra de lo que digo y no me atrevo a poseerte.

No así al menos, cuando estés en mi cama sabrás que viniste porque lo deseabas.

La necesidad es un mal curioso y no me arriesgaré a seducirte para que luego te arrepientas.

―¿Malcom? ―Usó su nombre a modo de pregunta.

―¿Qué?

―Bésame ―le pidió con exigencia.

El duque no tuvo tiempo de negarse, Isobel se abalanzó sobre sus labios y lo devoró. Los gemidos y los suspiros llegaron al instante. El duque encontró una fuerza de voluntad que no sabía que tenía y la separó de su boca.

―Maldita sea, Isobel, así no. Necesito hablar contigo. No puedo… ―Se calló y suspiró.

―¿Fornicar conmigo? ―lo ayudó a terminar la frase.

―No, no puedo.

―¿Tú tampoco, Malcom? ―Sonó más lastimera de lo que previó.

―Quiero hacer el amor contigo, Isobel, sabiendo que deseas lo mismo, no porque hayas tenido un encuentro inesperado con un par de amantes salvajes.

―Malcom… ―Su nombre salió como un susurro tan triste que él tuvo que abrazarla para darle consuelo. La sintió retorcerse sobre su cuerpo, escuchó un gemido, percibió la respiración pesada de ella.

―¡Condenación, Isobel! ―gritó, para luego llevarla hasta la pared más cercana, arrodillarse, apartar su falda, desgarrarle las enaguas, levantarle la pierna izquierda para colocarla sobre su hombro derecho y pegar su boca sobre su sexo.

Fue una acción tan rápida, que Isobel no fue consciente de lo que él se proponía hasta que sintió su lengua lamiéndola con rapidez y avaricia. Gimió en alto con fuerza.

Las manos de Malcom estaban en su cadera, sujetándola para que ella no retrocediera ni un centímetro. La tenía prisionera. Isobel sabía tan condenadamente dulce que ni el azúcar más refinado del mundo sería comparable.

La encontró resbaladiza, tan preparada para que él se adentrase en su interior, que le costó horrores no hacerle caso a esa furiosa erección que ella había despertado.

El duque lo supo. No tenía ningún problema con su hombría, sencillamente, se había vuelto selectivo.

No sabía quién o qué lo había privado de su natural funcionamiento, pero estaba agradecido por el suceso.

Así la había encontrado, así consiguió saber que era la mujer indicada para él.

Maldición si el destino no existía porque él sabía que sí.