Capítulo 9
Una locur a
Isobel había entrado en la biblioteca para alejarse de la presión que sentía, de la música y del resto de los invitados. Evangeline y Regina deberían cuidarse solas durante unos momentos. La estancia estaba demasiado oscura, aunque había unas pocas velas encendidas, la luz era muy tenue.
Se acercó a la ventana, corrió la pesada cortina y observó el jardín trasero de la casa, casi parecía un parque, debido a su gran tamaño. Veía antorchas de fuego iluminar algunos lugares.
Sabía que aquella cita con lord Thorpe en la posada le traería problemas. Incluso así, se aventuró en aquella locura insensata. Snow tenía la culpa. Se había casado con ella y luego la abandonó para olvidarse de todo, de su casa, de sus hijos… del mundo.
Virgen. Era una mujer casada de veintiocho años que no conocía varón. El único que podía desvelar su secreto estaba muerto. El conde no intentó si quiera consumar su matrimonio con ella. ¿Tan repulsiva era?
Se había resignado a interpretar el papel de madre cuando Faran irrumpió en su vida. No estaba planeado, pero deseaba conocer lo que se sentía cuando un hombre tocaba a una mujer, cuando la hacía suspirar de placer. Había leído sobre ello en ciertos libros reprobables, y necesitaba sentirlo.
La familia de Isobel no llevaba su religión hasta el extremismo, pero sí que eran devotos.
Ella misma lo había sido desde pequeña, encontraba consuelo en Dios cuando todo lo demás fallaba.
Se había apoyado en el Altísimo con demasiada frecuencia, suplicándole la protección para su padre y su hermano cuando marcharon a la guerra.
No sirvió de nada. Dios no los había protegido.
Su fe se apagó en el instante en que su madre decidió poner fin a su vida.
Rompió con todo en lo que creía para poder seguir su camino.
No importaba si el Creador también la dejaba a un lado, en cierto modo ya lo había hecho.
Había tenido una vida llena de pérdidas, donde su padre y su hermano no regresaron de la barbarie de la lucha.
Su madre no pudo soportarlo más… Isobel se vio en la casa de un hombre extraño que le propuso matrimonio y desapareció.
¿Qué alegrías había tenido ella aparte de cuidar a tres hijos a los que amaba con devoción?
¡Ninguna! Condesa, con dinero, más del que podría gastar, pero…
¿dónde quedaba su necesidad de ser amada y correspondida, acariciada y besada hasta hacerla llegar al delirio?
Tenía que haber mucho más entre un hombre y una mujer.
Mucho más que una simple conversación. Lo había aprendido con Faran, pues él la impulsaba a descubrir los secretos que no conocía en las relaciones carnales.
York la había hecho gritar de pura necesidad con un breve contacto cuando lo escuchó explicarle aquellas cosas mientras la sostenía en su abrazo.
Pero con el duque, Evangeline estaba en medio de la ecuación.
Isobel, en su juventud, fue correcta, severa, se comportó de modo impecable.
Fue un epítome a la honorabilidad misma.
Ni una sola vez se desvió de su camino. Bien.
Tenía veintiocho años, y todavía no conocía el placer de la carne.
¿Estaba dispuesta a arrepentirse de lo que pudo haber hecho y no hizo en su lecho de muerte?
No. Mejor le iría si se arrepentía de sus errores.
Un amante. La idea descabellada cobró forma en cuanto vio que Faran no era reacio a su compañía y que flirteaba con ella.
Si no se hubiera topado con York en aquella zanja seguramente él no sabría de su existencia, y lo más importante, de la de Evangeline.
Poco importaba lamentarse de lo sucedido, lo atenuante era encontrar una solución.
Debía darle, a un hombre que lo tenía todo, un soborno para que se apartase de Evangeline.
¿Cómo hacer que él desapareciera de la vida de ambas?
En estos momentos, el señor Sullivan le parecía un regalo caído del cielo. ¿Por qué no trató de averiguar algo del antiguo administrador de su esposo cuando lo vio en la posada de La yegua y el sabueso?
Su desesperación era tal, que no le importaba que su marido no estuviese de acuerdo con un sencillo señor Sullivan para desposar a Evangeline. Si él fuese un buen hombre y mereciera a la joven, ella misma se la entregaría envuelta en un precioso lazo rojo.
Escuchó abrirse la puerta a su espalda y cerrarse…
con llave. Unas risas sofocadas se escucharon.
Isobel se volvió para ver a un hombre y una mujer abrazados…
besándose. Tragó saliva. ¡Qué horror! Miró a todos lados y en cuanto se dio cuenta de que la cortina de terciopelo verde podría ocultarla, no se lo pensó dos veces, se colocó detrás.
Escuchó más besos, muy sonoros. Muchos gemidos, suspiros y palabras desconcertantes sobre lamer ciertas partes del cuerpo que… No pudo evitarlo y se asomó con sumo cuidado de no ser descubierta. ¡Dios del cielo! ¿Eso se podía hacer?
La mujer estaba sobre un hermoso escritorio con las piernas desnudas, y el rostro tapado por la falda.
A su amante lo veía de espaldas, arrodillado y…
¡metido entre las piernas de la dama! Los sonidos de succión eran ensordecedores.
¿De verdad la estaba… en…? Regresó a su escondite con la respiración entrecortada.
Se sentía mareada. Su zona íntima estaba…
¡Empapada! ¿Qué diantres le estaba sucediendo?
Se tapó las orejas para evitar seguir escuchando las palabras lascivas que salían de la boca de la mujer mientras el hombre seguía con su labor.
Un grito desgarrador llegó a sus tímpanos.
Ella se asustó, pero se quedó muy quieta y en la misma posición.
Pasados cinco minutos, se sacó los dedos del interior de la oreja para ver si ya…
Nuevos sonidos extraños se oían. Movida por la curiosidad, asomó su ojo izquierdo.
Los papeles se habían intercambiado, la mujer estaba arrodillada y el hombre de pie.
Ella le estaba… ¡Santo Dios! Se volvió a ocultar.
Escuchó nuevas palabras lujuriosas que incluían las palabras: lamer, miembro, hondo, tragar, más, más, más…
Estaba acalorada, sentía su sangre hervir.
Su atención, puesta en una zona concreta de su cuerpo.
Su intimidad estaba volviéndola loca, sentía una necesidad tan infernal que no sabía cómo lidiar con ella.
Isobel deseaba llorar de desesperación. York la llevó al límite aquel día y la frustración fue dolorosa y visceral.
Lo que sentía su cuerpo con esos amantes lamiéndose y provocándose con palabras lúbricas, era un martirio que la hacía sentir sucia, perversa, anhelante, atrevida…
¿Qué hacer? ¿Cómo tranquilizarse? Por amor del cielo, que acabasen ya o ella gritaría debido a lo que se había apoderado de su ser. Dolía, ardía…
Miseria pura era lo que sentía. Dolorida, sedienta, hambrienta… ¡Por Dios! Y las succiones continuaban, las palabras atrevidas no cesaban. Él era más perverso que la dama que lo lamía en sus partes…
Isobel debería estar asqueada con la situación. No lo estaba, se mordió el labio inferior. Le gustaría tanto ser tan audaz, tan falta de decoro, tan… libre y experta. La amante sabía cómo saciar a su compañero y era evidente que él la había saciado con anterioridad.
Celos. Estaba celosa de lo que la pareja furtiva estaba compartiendo. Furia. Furiosa con el conde por no haberla enseñado en el lecho. Deseo. Deseosa por poder sentir lo que sentía la mujer cuando fue lamida… ahí , cuando engulló la virilidad de su amante.
Su mente hervía de ansiedad e indignación a partes iguales. Maldita pareja, cuya lujuria la cargaba con más problemas sobre sus hombros. ¡Isobel no tenía tiempo de arder como las llamas del infierno cuando debía enfrentarse a semejante problema con Evangeline!
Silencio. La estancia se había quedado sin ningún ruido.
Asomó la cabeza ligeramente y no vio a nadie.
Se dispuso a salir a toda prisa de la biblioteca.
Dio tres pasos, de pronto la puerta volvió a abrirse.
Corrió hacia su escondite de nuevo. Lloró al cielo para que no fuese la pareja de antes o alguna nueva.
Tras la cortina contuvo la respiración y agudizó la oreja. Pasos. Un suspiro pesado… masculino. Había un hombre. No se atrevió a espiar por si la pescaba. Decidió aguardar a que él se marchase.
―Isobel, ¿estás aquí?
Ante la pregunta que salió en tono informal, ella se asomó con cuidado para ver quién era el intruso. ¡York! Ah, no. No podía enfrentarse a él en estos momentos. Necesitaba ir a casa, tomar un baño… fresco y acostarse a dormir.
Al mover la cortina, unas motas de polvo le llegaron a la nariz. Estornudó sin poder evitarlo.
―¡Maldición! ―dijo en alto Isobel, pues ya había sido sorprendida.
―Sal de ahí, he visto la cortina moverse y te he escuchado con claridad. No soy tan viejo como para no tener un buen oído.
El duque de York había sido informado por su amigo de que la dama se había refugiado en la biblioteca.
York podía imaginarse que ella estaría furiosa.
Así que decidió ir hacia el lugar, pero cuando llegó encontró la puerta cerrada con llave.
No se consideraba a sí mismo un hombre violento, pero deseaba echar abajo la puerta con todas sus fuerzas.
¿Por qué? Pues sencillo. Cuando pegó la oreja a la puerta y escuchó…
no había que ser un lumbreras para saber que allí estaba teniendo lugar una cita entre amantes.
Hizo acopio de todas sus fuerzas para no hacer una barbaridad.
Los celos lo consumían, la ira hervía en su interior.
Imaginarla con otro, escuchando esos sonidos que podían ser de ella con un amante…
¿Y si Thorpe había conseguido escabullirse para poder entrar?