Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #4
8%

Capítulo 8 #4

El baile terminó y Regina llegó hasta Evangeline.

York buscó en la estancia a Isobel y se olvidó de la mirada juzgadora de la hermana de la dama.

Tenía otras prioridades. No la encontró en ningún lugar.

Trató de localizar a Portman. Lo vio en la entrada del salón de baile haciéndole señas con cierta discreción.

―Excúsenme, por favor ―se disculpó el duque dispuesto a ir hacia su amigo.

―Dime que no te casarás con él. ―Oyó el duque que le decía la hermana a lady Evangeline.

―No. Yo no, pero creo que lo tendremos en la familia si Dios obra un prodigio. ―York sonrió de lado cuando escuchó la respuesta de la joven con la que acababa de danzar.

¿Cuánto tardaría ella en desvelarle a su hermana las intenciones del duque? ¡Secretos! Guardarlos sí sería una santidad divina.

***

¿En qué demonios estaba pensando cuando decidió examinarlo con semejante descaro?

Isobel se había puesto en evidencia. Lo sabía.

Era un hombre mundano que conocía lo que una mujer necesitaba de él en cuanto ponía sus ojos sobre ella, y la condesa no había hecho el mínimo esfuerzo por ocultar su… necesidad. ¡Por Dios santo!

Las rodillas comenzaron a temblarle en cuanto lo vio avanzar hacia ella. No obstante, Evangeline lo interceptó y no sabía si eso era algo bueno o malo. Y los vio disponerse a bailar. Cerró los ojos con fuerza esperando poder despertar de esa pesadilla. ¡Todo estaba mal!

Él le pediría matrimonio, Isobel no podía negarle el derecho a ser duquesa, su padre habría estado orgulloso, el problema era el hombre.

¡Pero si lo había deseado en cuanto lo vio!

Le pidió que no la molestase, tampoco a Evangeline, y lo primero que hizo cuando ingresó en la fiesta fue buscarlo con desespero.

La joven también había ido a su encuentro. ¡Qué desastre!

Evangeline, su dulce hija mayor, la niña que vio convertirse en mujer… No podía dejarla cometer ese gran error en su vida. No debía. ¿Qué era ella capaz de hacer para interponerse en los planes del duque de York?

Mientras los veía bailar, se puso a pensar en cómo impedir lo que sería un matrimonio nefasto. Nada le venía a la mente. Se movió por el salón de baile tratando de sosegarse. Se acercó hasta una gran columna y se paró allí.

― Lady Snow. ―Le llegó una voz desde el lado derecho.

Se encontró con la mirada del duque de Kensington. Se veía formidable enfundado en un traje de noche, pero tan cerca como estaba, resultaba amenazante pese a que tenía una cara de aspecto angelical.

―Excelencia. ―Le hizo una reverencia y él ofreció un breve asentimiento de cabeza en respuesta a la muestra de cortesía.

―Los invité a ambos ―señaló hacia York y Evangeline, quienes danzaban en la pista de baile― para ver qué había de verdad en los rumores. ¿Él ha hablado con usted?

―No. El duque no ha hecho una petición formal, todavía.

―Si fuese responsabilidad mía, yo no consentiría la unión. Él la destrozará. La joven no es rival para un hombre como York ―dijo con seriedad.

―En eso estamos de acuerdo.

―¿Quiere que intervenga? ―se ofreció.

―No creo que sea necesario. Les he dicho a las chicas que nos marcharemos al campo pronto. Con un poco de suerte, el duque desviará su atención a otro lado y nosotras regresaremos el año que viene, cuando él ya no resulte una amenaza para Evangeline.

―Lord Snow confiaba en usted, ¿sabe?, para guiar a sus hijos.

Ambos permanecían mirando al frente, controlando como águilas a la pareja que conversaba, al son del vals, también con cierta confidencia. Isobel recitó una breve plegaria para que el duque no se le declarase durante el baile.

―Entendí que se casó conmigo porque yo amaba a sus hijos.

―Le rogué que no se fuese a África. El conde era igual de temerario que su hermano. ¿Quién desea ver leones cuando se acaba de casar? No lo entendí.

―Yo creo que mi esposo estuvo muy enamorado de su primera mujer. No soportaba residir en un lugar donde todo le recordaba a ella, especialmente sus hijos. El amor entre una pareja es algo curioso. ¿No es cierto, excelencia?

―Supongo que lo es ―dijo él, al tiempo que desviaba la mirada para observar a su duquesa. Elisabeth era su vida entera, si la perdiese, no sabía si sería capaz de poder seguir adelante.

―Estaremos bien ―musitó convencida.

―Si necesita ayuda con el duque, o con cualquier otra cosa, dígamelo.

Me he mantenido al margen porque sé que usted es competente.

―Se quedó unos instantes mirando a York.

Para Kensington, el amor era fundamental para enmendar a cualquiera, pero no cualquiera servía para el cometido.

Él mismo fue un diablo duro de roer antes de conocer al amor de su vida―.

York no es un mal tipo, pero quien lo atrape, deberá ser una experta lidiando con un problema como lo será él. Evangeline no está preparada para ello.

―Lo sé y se lo agradezco, excelencia.

Kensington se marchó y ella no se vio capaz de seguir manteniéndose cuerda. Su siguiente paso fue buscar un lugar tranquilo en la casa de los anfitriones y pensar en qué hacer.