Capítulo 8 #3
Él tragó saliva. La conversación no tenía buena pinta.
Cuando la joven se acercó a él, había visto en su mirada algo descorazonador ahí, por ello no pudo despacharla.
Lady Evangeline era parte de la vida de Isobel y se sintió responsable.
Se estaba arrepintiendo de no haber puesto una excusa plausible para marcharse como alma que llevaba el diablo.
―En realidad pretendía hablar con lady Snow cuando me presenté en su casa―dijo pasados unos segundos.
―Ella no lo aprueba.
Él sonrió. Le quedó claro mucho antes de que la dama le atizase en la cabeza con aquellas flores.
No se decantó por las rosas porque tenían espinas y eran más elaboradas que las sencillas margaritas que eligió.
En estos momentos se daba perfecta cuenta de que para Isobel eran mejores y más llamativas las margaritas porque ella era sencilla, ardiente, suave y preciosa.
―No hay mucha gente que me apruebe, milady . Mi reputación es terrible. Mis modales dejan mucho que desear. Tengo un temperamento que rivalizaría con el de Bonaparte. Soy un ogro.
―He leído en el periódico que busca esposa, excelencia.
Él se tragó un aullido. No podía salir nada bueno de esto que estaba por venir. York era consciente de ello.
―Uno no debe fiarse de los periódicos, milady . Cuentan demasiadas falsedades y rumores infundados.
―He leído ―siguió ella―, que soy la primera muchacha casadera con la que baila desde que regresó a la buena sociedad.
―Bailé con la condesa de Snow después de usted ―recordó.
―Es cierto. ―Evangeline ordenó las ideas en su cabeza y se lanzó―: Verá, excelencia, debo decirle un par de cosas que no son propias para una joven dama casadera advertir.
He tenido que ayudarme de un par de copas de licor, tal vez tres, porque de otro modo me hubiese faltado la valentía para hablar con usted.
A mí, el otro día, no me pareció un ogro, no puedo explicarlo, pero lo encontré amigable.
Si bien está lejos de ser el hombre que yo hubiese elegido, y dado que mi madre pretende regresarme al campo y yo deseo casarme lo antes posible, a riesgo de que mi reputación acabe en el fango si usted traiciona la confianza con la que le diré que…
―¡Un momento! ―La atajó con mayor brusquedad de la que pretendió―.
Creo que es usted una dama perfecta con la que, cuando finalice la música, habré bailado dos veces.
Ya ve que este año me he propuesto encontrar a mi duquesa, no le mentiré.
Y debe ser una mujer que tolere, por así decirlo, mis manías, que no son pocas, mis excentricidades, que son aún mayores, y que sepa manejar a un hombre como yo.
Me consta que tiene al alcance de su mano a un buen número de pretendientes y que cualquiera de ellos estaría encantado de ser el elegido por una muchacha tan bella, elegante y correcta como usted, lady Evangeline.
―Rezó para haber dicho bien su nombre, era un desastre reteniendo esa información de las personas que acababa de conocer o de las que no quería obtener mayores datos.
Ella pareció no enfurecerse, así que dedujo que había acertado―.
Un hombre que rechazase a un regalo como usted solo sería un necio.
Me acusan de serlo la mayor parte de las veces, ya ve.
Pero conozco mis limitaciones, mi carácter y mis inquietudes, por lo que, tal y como me han aconsejado varios amigos, un duque libertino, tan atroz que da miedo a plena luz del día, debería buscar a una mujer que lo enmendase, alguien que tuviese la disciplina y paciencia necesarias para no enviarle a Júpiter cada vez que él cometa un error.
―¡Oh! ―expuso contrariada Evangeline, con las mejillas al rojo vivo. Esta no era la conversación que había previsto. Él la estaba despachando lo más cortés que podía ser sin dañar sus sentimientos.
La tuvo que sostener fuertemente por si a ella se le ocurría echarse a correr llorando, le sonrió con fraternidad y le dijo:
―No me gustaría que se sintiese avergonzada. Y para que vea que no tiene que preocuparse por esta conversación secreta, si promete guardar mi confidencia, le confesaré una, porque la considero mi amiga, milady .
Evangeline trató de serenarse. Compuso una trémula sonrisa.
―¿Amigos?
―Solo si usted quiere. Tener a un duque necio, lleno de faltas y con un temperamento desgarrador, entiendo que no será un gran aliciente para usted, pero puedo asegurarle que tiene sus ventajas.
Nómbreme a un pretendiente que la disguste o que no le preste la suficiente atención, luego hágale ver que me lo señala, a continuación, me presentaré ante él, levantaré perezosamente mi monóculo, hablaré en tono bajo para forzarle a reparar en mi voz con todo su empeño, y le preguntaré si quiere morir.
Su problema quedará resuelto con tan solo mover un dedo para marcar a la víctima.
Ella se rio con franqueza.
―Creo que no es tan necio como pretende hacerme ver. Me gustará ser su amiga, excelencia.
―Solo York. Mis amigos me llaman muchas cosas, pero cuando no están molestos usan únicamente mi título. La invito a que lo haga.
―Un gran privilegio, sin duda. Creo que estoy preparada para que confiese su secreto.
―Lo haré, pero recuerde que los amigos se ayudan y usted ha aceptado serlo. Entre las normas de la amistad está escrito que dos amigos no pueden enfadarse ni traicionar su confianza. ¿Está dispuesta a aceptar tal contrato verbal, milady ?
―Mientras no confiese haber robado o algo peor, creo que podré honrar su confianza, York. ―A Evangeline le gustó usar el título en esta nueva pequeña alianza formada entre ambos.
―Allá voy y, albergo la esperanza de que comprenda que me pongo en sus manos para que guarde mis intimidades. Sin embargo, bien pensado, no creo que nadie la creyese si repitiese lo que debo confesar ―alegó pensativo.
Ella frunció el ceño. En su opinión el duque divagaba demasiado.
―Espero que sea algo jugoso, York, porque la impaciencia me carcome por dentro.
―Le he hablado antes de mis amigos, de sus sugerencias sobre encontrar a mi duquesa.
―Lo recuerdo, sí.
―Sus recomendaciones son muy específicas y creo necesitar un poco de ayuda para localizar a mi futura duquesa, dado que somos también amigos, usted y yo, me vendría bien el punto de vista femenino. ―La hizo girar en una vuelta y tras la separación volvieron a la conversación.
―No está yendo al grano, York.
―Me gusta preparar primero el terreno ―se excusó.
―Considérelo listo y dispare. Y por su bien espero que diga algo grandioso porque de lo contrario me veré muy desilusionada. ―La expectación de su confesión la estaba matando.
―Allá voy ―dijo tras un suspiro―. Me dicen mis amigos que debería buscar a una mujer de alto rango, preferiblemente que tuviera experiencia en matrimonios, es decir viuda, que sepa lo que es la disciplina, bien podría haber desempeñado un trabajo como institutriz, por ejemplo, con una edad acorde a la mía, y que no tenga miedo a desairar mi vanidad en ningún momento, ya sea en público o en privado.
La belleza no es importante, pero sí me gustaría que poseyese una hermosura sobria, delicada, sencilla.
Ya está. Así que le he revelado mi secreto sobre las cualidades que debería tener la duquesa de York y le pido su ayuda, como mi nueva amiga…
¿Conoce a alguna dama con estas características?
Suena prometedor y estaría encantado con que me la presentase y así poder hacerle una proposición formal.
―¡Uhm! ―exclamó con intriga la muchacha. Evangeline frunció el ceño mientras lo observaba sonreírle con una ceja alzada. El duque le había explicado una especie de galimatías. Repasó las palabras con cuidado en su cabeza. Lo hizo cuatro veces. A la quinta se quedó con la boca abierta.
―Sería conveniente que cerrase la boca, milady . Creerán que he dicho algo inaceptable que sus tiernos oídos no deberían oír, ya soy lo bastante notorio como para que me sentencien con un pecado que esta vez no he cometido.
―Lo siento. ―Juntó los labios y se puso a pensar en cómo darle la noticia. Recordaba bien lo que había escuchado hacía pocos instantes acerca de él y no eran palabras agradables.
―Sé que a ella no le gusto. Usted misma lo ha dicho antes ―sentenció el duque, intuyendo que la joven estaba a punto de advertirle sobre un asunto peliagudo. Las expresiones de Evangeline mientras estaba callada eran desconcertantes y no aventuraban buenas nuevas.
―Es más que eso. No hay una forma fácil de decirlo. No pretendo desanimarlo…
―No lo conseguiría ni aunque lo intentase, querida. Diga lo que tenga que decir ―le aconsejó―. Mi vanidad es un gran escudo, impenetrable ―la animó, seguro de sí mismo.
―Ella nunca lo aceptará ―dijo sin tapujos.
York le sonrió sin poder contener su arrogancia.
―La dama ya me ha aceptado, solo que no es consciente de ello. ―Le restó importancia a las palabras tan serias espetadas con anterioridad.
―Le odia, excelencia. No tiene ninguna posibilidad ―insistió.
Él la miró con severidad. Había esperado un poco de controversia… ¿odio? Palabra demasiado abrumadora.
―No importa. Nunca he renunciado a ningún reto y lady Snow no será el primero.
―Estaba tan seguro de obtener lo que deseaba que no iba a amedrentarse.
La mirada que ella le dio al entrar en el salón de baile esa noche era un buen indicador.
Si su relación debía sustentarse en la lujuria al principio, que así fuese.
―¿Es usted un ferviente creyente en Dios? ―preguntó de improviso, cambiando por completo el rumbo de la conversación. York la miró con cierto aturdimiento sin comprender a qué venía esa cuestión.
Razonó para sí mismo y luego respondió:
―La espiritualidad y yo… no vamos de la mano ―reconoció.
―Debería replanteárselo y orar con devoción, porque lo que tiene ante usted, no es un reto, es la petición de un milagro ―dijo, con absoluta confianza en sus palabras, la dama.