Capítulo 8 #2
―No importa lo que te diga. Te veo como un perro persiguiendo un hueso.
¿Qué esperas que responda? Estupideces tiernas y sensibleras, lo imagino.
¿Pretendes escucharme decir que creo que he descubierto que estoy perdidamente enamorado de Isobel?
¿O prefieres que desnude mi alma, para señalarte que estaba convencido de que el amor era una invención de los hombres que no conseguían saciar sus bajas pasiones, y debían conformarse con las sobras?
¡Ya ves! Son simplezas incoherentes que harían parecer a cualquier hombre un demente que merecería que lo encerrasen en Bedlam.
Si alguna vez me oyes pronunciar semejantes majaderías en tu presencia, por favor, mátame tú mismo.
En el momento en que me recluya en mi casa sin poder dejar de pensar en una mujer porque suspiro de amor, dame la mayor de las palizas y luego déjame revolcarme en mi miseria.
Tras el discurso, el duque de York siguió con la misma actitud y posición que antes. Portman dejó caer los hombros, incrédulo, ante lo que acababa de escuchar en boca del mismísimo Malcom W. Banstorn. Hubo un silencio para digerir toda la situación.
―York… ―habló Thomas.
―¿Qué? ―dijo en tono neutro Malcom.
―¿Cuántos días has estado sin salir de casa?
―Cinco ―respondió sin vacilación.
―¿Estás bien? ―Esperaba que su amigo supiera que le estaba preguntando por los asuntos del corazón.
―Perfectamente. Voy a casarme.
Thomas no supo muy bien el significado de esa aseveración. Decidió probar una técnica con un hombre tan difícil como York.
―Dado que tú y yo somos conscientes de que no ―arrastró la palabra― estás enamorado, creo que debemos debatir tu estrategia.
El duque lo estudió para ver si Thomas estaba burlándose de él. Lo vio serio y decidido. Supuso que no abandonaría esa conversación hasta que tuviera todos los detalles escabrosos. Se resignó a seguir con el hilo.
―¿Qué quieres decir?
―¿Cómo vas a hacer que tu futura duquesa no se enamore de ti? Intuyo que la situación es compleja, más de lo que estás dispuesto a admitir.
―¿Hay algo más complicado que un disoluto consolidado como yo, lanzando al aire tontas aseveraciones que jamás creyó que haría para dejar claro su punto, Portman?
―En el estúpido amor, amigo mío, entra en juego la posición de las dos personas. ¿Entiendes que ella puede rechazarte?
El vizconde lo vio fruncir los labios.
―¡Doble maldición, Portman! ―se quejó con más ímpetu―.
¿Qué te costaba quedarte callado durante el viaje?
Y si lo que pretendías era romper el espléndido silencio, podrías haber hablado sobre los diablillos que tienes por hijos, narrarme una de sus enrevesadas travesuras.
Incluso volver a pedirme explicaciones por haberte llevado a una orgía en contra de tu voluntad, hubiese sido acertado para la ocasión.
Sería gracioso, aunque molesto, que me recordases que no debo orinar en el ponche y que debo seguir vestido durante toda la velada, porque Kensington podía lanzarme un cuchillo y atravesarme el corazón…
―Se calló mientras se pasaba las manos por el rostro.
Primero Wilson, en estos momentos Portman.
¿Quién más necesitaba despojarlo de su cinismo, de su arraigada capa de vanidad y protección?
¿Exigiría Isobel que se arrodillase y recitase un florido discurso sobre la felicidad, el amor incondicional y la veneración?
Con esa idea sí sintió pánico. ¿Qué sabía él sobre todas esas cursilerías?
Era un hombre que había descubierto, no hacía demasiado, que estaba obsesionado con una mujer.
Desde que se levantaba hasta que se acostaba, solo estaba ella en su mente…
Sus ojos, su moño estirado, su sencillez, aquel olor a rosas frescas cuando la mantuvo bien sujeta…
Y pensar que le dijo que era una mujer que no lo atraía… Esperaba que ella no recordase aquello.
―Bueno, supongo, York, que hoy es el día de las sorpresas, porque me acabas de dejar asombrado con tu no enamoramiento.
―Deja de una maldita vez el tema, Portman, o tendré que darte un puñetazo para obligarte a callar ―dijo en tono muy mordaz y que no dejaba duda de que cumpliría su propósito.
―Me pregunto qué dirá el resto de nuestros amigos cuando sepa que…
―Se oyó un gruñido, que más se asemejó al de un perro rabioso que al de un hombre furibundo―.
¡Estaba bromeando, hombre! ―se defendió Thomas, con las manos en alto en son de paz, dado que parecía que York sí estaba más que dispuesto a atizarle un derechazo.
Instantes después de que el vizconde consiguiera poner muy nervioso al duque, ambos llegaron a la mansión.
Habían sido los primeros en atravesar la puerta principal, dado que York no quería que se repitiera lo sucedido en casa de Exeter cuando casi no le permitió la entrada.
Sorprendentemente, Kensington lo dejó pasar sin mayor oposición.
La duquesa le dio una sencilla mirada cuando el demente gruñó y ahí acabó todo.
Se quedó observando a los duques después de aquello y decidió que él también deseaba ser un león domesticado. Las revelaciones lo tenían fascinado.
Y como nada podía ser eterno, todo se vino abajo en cuanto lady Evangeline se acercó para hablar con él con franqueza y sin contención…
***
Isobel sabía que York estaba ahí antes de verlo.
Lo había sentido en cuanto entró en el gran salón de los duques de Kensington.
Su tono de voz, sus susurros ardientes, la presión de su cuerpo, sus grandes ojos azules…
Todo él la había estado atormentado los días pasados, especialmente en las noches.
Se maldijo por desearlo. El duque de las tentaciones tenía razón, anhelaba probar lo que él ofrecía a sus amantes, pero no quería sucumbir ante tal perdición.
Su mirada lo buscó por la estancia. No logró resistirse.
Su corazón comenzó a palpitar lleno de emoción y cuando lo encontró, se desbocó por completo.
Su intensa mirada de color cobalto estaba sobre ella también.
Él estaba impecablemente vestido entre terciopelo y algunas puntillas blancas.
Lo observó sostener su monóculo y llevarlo al ojo para examinarla.
York la había visto entrar en el salón junto con las otras dos muchachas.
Iba enfundada en un bonito vestido de color violeta ceñido al pecho, que tenía un pequeño volante blanco en el escote, con el pelo recogido en la parte derecha de su cabeza y con algunos rizos castaños apretados que caían al aire.
Llevaba en sus orejas unos discretos pendientes de perlas.
Era tan sencilla, que destacaba sobre el resto, y buena parte de los hombres la habían estado observando desde que descendió.
¿Cuándo y por qué pensó que ella no era una tentación sublime?
La vio mirarlo con los labios entreabiertos y con una expresión clara en su rostro.
Era inútil resistirse a lo que sentían el uno por el otro.
Se deseaban. De nuevo, tomó el monóculo en su mano y lo colocó para hacerle saber que estaba muy interesado en todo lo que tuviese que ver con ella.
Era viuda, una mujer que tenía alguna especie de acuerdo con el maldito Thorpe, no era virginal, debía saber claramente lo que sucedía entre ellos.
Él estaba al tanto, porque su entrepierna se había sacudido en cuanto la vio humedecerse los labios, tras haberlo examinado con la misma atención que él le prodigó.
―¿Vas a ir a buscarla? ―inquirió Thomas, quien había sido testigo del encuentro entre ambos.
Pese a que ella estaba en el otro lado del salón, era evidente que no era inmune al duque. York siempre se salía con la suya y era molesto. Portman habría esperado que al menos ella le hiciera sufrir un poco más…
―Inmediatamente. ―Dio dos pasos al frente, sin embargo, una figura femenina le frenó el paso.
Se tragó la maldición y los ojos tuvieron que apartarse de su dama para posarse en los de lady Evangeline.
En el momento en el que identificó a la muchacha se tragó una ristra de palabras malsonantes que un duque no debería ni conocer.
―Excelencia. ―La joven le hizo una reverencia y él tuvo que tomar su mano para darle un ligero beso.
― Milady , ¿en qué puedo ayudarla? ―Quería sacársela de encima e ir hacia Isobel corriendo si hacía falta.
Evangeline miró a ambos lados para cerciorarse de que no había oídos indiscretos.
―Quisiera hablar con usted de un asunto privado.
―No creo que…
―Es algo urgente ―lo cortó ella algo envalentonada.
Había dado con un par de copas de champán y se las había tomado de golpe a fin de tener fortaleza y entereza para hacer lo que se proponía.
La limonada destinada para las jóvenes se quedó a un lado.
Evangeline iba a saltarse todas las reglas sociales de buen gusto y etiqueta, y para hacerlo necesitaba un poco de ayuda.
El duque suspiró.
―Será mejor que bailemos y me explique lo que sucede. ―Se sintió arrinconado. Ella asintió y le tendió la mano.
Los ojos del duque buscaron a la condesa de Snow. No la veía por ningún lado. Seguro que ella no iba a estar contenta. Esperaba que hubiese visto que fue la joven la que lo abordó a él y no a la inversa.
Comenzó un vals. York quiso gruñirle a la orquesta para ver si cambiaban la pieza. Estaba atrapado y no alcanzaba a comprender cómo había sucedido algo así.
La pareja comenzó a danzar. York se cuidó muy bien de asegurar la distancia que debían guardar ambos cuerpos.
―Bailó un vals la otra noche conmigo… ―ella le sonrió―. Y esta noche será nuestro segundo baile.
―Así es.
―Vino a casa a visitarme y me trajo flores.