Capítulo 8
Las vueltas de la vid a
El duque de York estaba asombrado consigo mismo.
Aunque eso no era ninguna novedad, debía admitir que había sido una revelación descubrir que la única mujer que su cuerpo deseaba era aquella pequeña arpía que casi no recordaba.
Sí que la hija del señor Baltimore le acusó de ser un impenitente sin moralidad y le dijo que el mismísimo Lucifer palidecería a su lado.
No era del todo verdad, puesto que, York, en aquella época, no fue ni la sombra de lo que era en estos momentos.
Su breve compromiso con Angela lo había refrenado, pero cuando aquello finalizó, se desató la bestia de la lujuria para darle rienda suelta a sus más secretos oscuros.
¿Podía un pecador ganarse la redención? No lo sabía, pero la pregunta más importante que se hacía era: ¿Cómo iba a afrontar su futuro?
La respuesta parecía obvia: con valentía.
¿Fidelidad? Cuando recitase sus votos el viejo York desaparecería porque era lo que había de hacer.
Él no tendría a más mujer que a su esposa en la cama.
Lo había decidido así en esos días que estuvo encerrado reflexionando.
Era momento de reiniciar su vida. Por descontado, Isobel no compartiría su lecho con otro que no fuese él.
Lord Thorpe tendría que buscarse un nuevo entretenimiento porque ella no iba a ser suya de nuevo.
¿Raptarla para ir a Gretna Green sería buena opción?
Un herrero con su yunque oficiando una boda rápida…
No, se casaría con su duquesa de modo tradicional.
Lectura de amonestaciones, gran ceremonia en Saint George con toda la sociedad invitada.
Sí. Anunciaría allí que su corazón pertenecía a la antigua señorita Baltimore, Isobel Dreyer, condesa de Snow.
Diría que era el corazón lo que ella tenía, dado que explicar que la dama era la única propietaria de sus partes íntimas sería demasiado violento para señalarlo en una iglesia con la alta sociedad observando.
No podía seguir huyendo y negándose a aceptar lo que le dictaba la razón, su entrepierna y ya puestos su corazón, porque cuando pensaba en ella se estremecía.
¡Cielo santo! Una mirada en aquella posada, un baile, una visita en su casa y ya estaba divagando sobre clamar a los cuatro vientos que la amaba.
¡Un momento! ¿Amor? ¡Qué demonios era eso!
¡Infierno sangriento! ¿Era amor? La reflexión lo golpeó como si la rama de un árbol centenario le hubiese caído en la cabeza.
¿Estaba enamorado de ella o la deseaba con un hambre feroz? ¿Estaba seguro del paso que iba a dar? ¿Tendría al fin lo que veía entre Angela y Samuel? ¿Sería un buen padre? Desde luego Isobel no le temía y le hablaba con suma dureza. Eso era toooda una gran novedad.
¡Ah! Tantas dudas y una sola respuesta: el duque de York no hacía nunca nada que no desease realmente.
Se paró a analizar su situación. Su cuerpo le había señalado el lugar al que dirigirse después de seis meses.
Luego estaba el tema de que Wilson lo conocía mejor que él mismo y se había mostrado muy autoritario, despótico, sobre casarse con ella.
Y, por último, y no menos importante, aunque sí gravemente desconcertante: los celos.
Ninguna mujer le había hecho despertar su posesividad del modo en el que lo hacía ella.
¿Había tenido que ver en algo la enemistad que arrastraba con Thorpe en su decisión de convertirla en su duquesa?
El vizconde era un mequetrefe. Peligroso, pero un mequetrefe, al fin y al cabo.
A pesar de ser más mayor que el duque por un par de años, siempre le tuvo envidia y unos terribles celos.
¿Qué culpa tenía él de que las mujeres lo prefiriesen?
Thorpe se inventó aquella historia en Eton cuando una doncella del servicio de la limpieza lo eligió frente al vizconde.
Le acusó de robarle su sello y lo expulsaron dos meses por lo sucedido.
¿Cuántos años tenían? ¿Dieciséis? Solo compartió un par de besos con aquella muchacha, pero el vizconde no lo pudo soportar.
Sonrió complacido mientras el carruaje lo llevaba a casa de Kensington.
―¿De qué te ríes, York? ―preguntó lord Portman, quien estaba sentado frente a él.
Al duque le había costado horrores hacerlo ir al baile, pero lo consiguió porque era persistente. Esto fue considerado por el duque como un buen indicador de lo que estaba por venir con la dama que había elegido.
―Esta noche voy a declararme ―desveló.
La revelación dejó a su amigo con el ceño fruncido.
―¿Tan pronto? Bueno, sé que no debería estar sorprendido, aunque… ¿estás seguro de lo que vas a hacer?
―Resultas absurdo, Portman, ¿cuándo no he estado yo seguro de algo?
―No mentía, se equivocaba pocas veces cuando tomaba una decisión…
ninguna en verdad―. Creí que te alegraría saber que me casaré y no tendrás que hacer de guardián nunca más.
Solo trata de que el día de mi boda no acabe desnudo haciendo el amor con mi esposa a la vista de todos y te dejaré libre de todas tus atribuciones, ¿de acuerdo?
Portman rodó los ojos. Así era York, además de orgulloso también impulsivo. Su amigo decidía una cosa y ya su palabra era la ley de Dios.
―Pero la dama que supuestamente has elegido… ¿sabe que va a casarse contigo?
―Lo haces sonar como si fuese una plaga de Egipto, Portman. ―Se molestó por el tono empleado de Thomas.
―¿Quién es ella? ¿La muchacha con la que bailaste aquella noche? ―Lord Portman no estaba seguro de nada. Si fuese un hombre sensato callaría, le diría que se declarase lo antes posible y así no tendría que verse forzado a acompañarlo a los actos decorosos a los que York desease acudir.
―Su madrastra.
―¿Su madre? ―inquirió con horror. Evidentemente valoraba más su amistad que su comodidad. Eso y que sus hijos estaban comenzando a ser demasiado para su cordura. Mejor en un baile que en casa donde los pequeños podrían… ¡Estaban descontrolados! Necesitaba una institutriz lo antes posible.
―Madrastra ―puntualizó. Seguía sonando sórdido si se usaba la otra palabra. ¡Ellas no compartían sangre! Eso y que él no había hecho nada con la muchacha, más que bailar y conversar civilizadamente.
―¿Te has vuelto loco? Madre o madrastra, los periódicos ya te habían comprometido prácticamente con la joven. Harás un escándalo. Esto es demasiado incluso para ti, York.
―No seas absurdo, Portman. Bailé con la muchacha, pero quise a la madrastra desde que la vi días atrás. Solo que en aquel entonces no era consciente de eso. O posiblemente no le di la oportuna atención que ella merecía. Como sea, estoy seguro de que esa mujer debe ser mía. Mi duquesa.
―¿Te estás oyendo, amigo mío?
―Perfectamente ―alegó despreocupado―. ¡Alégrate hombre, voy a casarme!
¡Quién lo diría! El viejo duque de York jurando fidelidad eterna a su duquesa…
―En verdad no creía que estaría tan jovial y despreocupado.
No sentía pánico como supuso que ocurriría cuando finalmente decidiese proponerse a una dama.
―¿Vas a ser fiel? ―cuestionó riendo. York le dio una gélida mirada y Thomas dejó de mofarse.
―Por supuesto que sí. Incluso un diablo como yo sabe que hay cosas que son sagradas. El matrimonio es una de ellas y aceptaré todas y cada una de las obligaciones que me unan a mi esposa sin rechistar.
Se hizo un silencio pesado en el interior del carruaje. Thomas lo miró con atención. Había poca claridad, sin embargo, pudo ver a la perfección el rostro marmóleo y serio de su amigo. No vio ahí ironía ni jactancia… Extraño. Extrañísimo de hecho.
―Sí que debes de estar encaprichado con ella si hablas de fidelidad.
―¡Ah! El amor todo lo puede ―susurró York casi sin ser consciente de ello, al tiempo que miraba por la ventanilla en busca de la luna.
Le apetecía hacer muchas cosas con su futura duquesa a la tenue luz del astro rey de la noche.
Podría besarla hasta marearla para luego hacerle desaparecer el recuerdo de su difunto esposo, Thorpe o cualquier otro que la hubiese tocado.
La furia de los celos se sacudió en su interior.
¡Maldición! Eso que sentía por ella era fastidioso cuando le hacía encoger el corazón.
Tenía que demostrarle a Isobel que no había nadie mejor que él en la cama.
Esa primera parte del plan era fácil, lo complicado sería lograr el resto.
La quería por completo, entregada, no solo en cuerpo.
Se rio de sí mismo. No se reconocía, pero le gustaba lo que sentía.
Era nuevo y esperanzador. Al fin un rayo de luz en su sombría existencia y era ella.
Isobel. Lo sabía. Estaba animado y lleno de ilusión cuando pensaba en esa mujer.
―¿Amor? ―preguntó con los ojos como platos Thomas. ¡Esto sí que era una novedad inesperada!
―¿Amor? ¿Quién ha dicho semejante palabra, Portman? No seas absurdo… ―dijo para restar molestia al asunto.
―Acabas de hablar de amor hace unos instantes, York ―rebatió con enfado.
―Resultas tan absurdo, querido amigo ―repitió―. Si tantas ganas tienes de enamorarte, deberías buscar a una mujer, una que tenga mano con tus hijos, o ellos la destrozarán en un pestañeo.
El vizconde se puso serio. Estaba convencido de lo que había dicho en un hilo de voz el duque.
―No trates de engañarme, York. Si te has enamorado de ella no te avergüences, no serías el primer hombre en caer en el dulce embrujo. Una dicha conyugal feliz creo que sería lo más aconsejable en un matrimonio. Así que intenta lograrlo. No hay nada malo en enamorarse, York ―afirmó con complicidad.
York bufó cansado.
―¿Te he dicho ya que eres absurdo, Portman? Sí, creo que lo he hecho ya un par de veces.
―¿Crees que la amas?
―¿No vas a dejar el tema? Es tedioso hablar de sentimientos. Esto es una conversación de hombres, Portman, no una merienda de té entre damiselas.
―Responde ―lo urgió.
York se quedó en silencio. Veía a su amigo muy insistente en el asunto.