Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

El problema no era esa cita social en concreto.

El asunto de sus preocupaciones eran dos hombres de lo más pintorescos.

Por un lado, Faran le gustaba bastante, él la atraía.

De hecho, lo había elegido para que le mostrase lo que era el placer carnal.

No le entusiasmaba el uso de la palabra amante, pero era la condición que había barajado para el vizconde Thorpe.

No deseaba aventurarse en una nueva unión sin estar segura de que el hombre al que tomaría por esposo no fuese a desaparecer de la noche a la mañana olvidándose de ella por completo.

No debería estar extrañada, pues Snow dejó a su propia sangre para cumplir algún tipo de sueño loco.

Si abandonó a sus hijos, ¿qué iba a hacer con la mujer de la que únicamente esperaba que cuidase a sus vástagos?

Faran se veía confiable, más que aceptable.

Le había pedido que se casase con él. No deseaba hacerlo sin saber el tipo de hombre que era porque no estaba ella sola.

Evangeline, Regina y Theodore dependían de las decisiones que ella tomase.

Y en honor a la verdad, le gustaba su independencia, sencillamente necesitaba saber lo que significaba el placer carnal.

Lo había estado evitando mientras se quedó en casa sin salir. El vizconde había ido repetidas veces a visitarla y todas ellas recibió la respuesta de que se hallaba indispuesta.

York. Eso era harina de otro costal. Lo conoció en su juventud, cuando su padre llevó a la familia allí antes de marcharse a la batalla.

En su estancia en aquella casa averiguó más de lo que quiso sobre él.

Era peligroso, no solo por su apariencia, dado que era terriblemente apuesto.

Más que atractivo, era perfecto, sensacional, sublime.

Un solo minuto era lo que necesitaba para poner a una mujer a sus pies.

Ella lo había escuchado en su juventud y por eso se distanció de él como si fuese el mismísimo Lucifer.

Pero un día la encontró en la escalera, si mal no recordaba, y se acercó tanto y con aquella sonrisa, que creyó que, si él le pedía que se desnudase, ella acabaría haciéndolo sin rechistar.

Tentador. Siempre lo fue, pero también diabólico.

Vanidoso. Egoísta. Egocéntrico. Ególatra.

Superficial. Toda una brillante cáscara bañada en oro, pero carente de valor interior.

El duque tuvo que sacar a Evangeline a bailar para hacer una especie de declaración que nadie pasaría por alto.

Un hombre como aquel, en un baile donde abundaban las damas casaderas…

No hacía falta ser un gran genio para comprender que estaba barajando a su hija para el puesto de duquesa.

¿Por qué no habría de hacerlo? Evangeline era dulce, era preciosa, hija de un conde, correcta…

Lo tenía todo para que un hombre como York la desease al frente de su casa, criando a sus herederos.

Herederos en masculino. Isobel estaba segura de que el duque no toleraría menos de su esposa que pariese varones para asegurar el título.

Niños. Futuros hombres que serían tan espectaculares como él.

La condesa de Snow no podía consentir que el duque de York tuviese a su alcance a Evangeline.

Había bailado con su hija, fue a su casa con ese ramo de margaritas, y a continuación le hizo una propuesta a ella, a la madre de la dama que había pensado en hacer su duquesa, de lo más indecorosa.

¡York en casa de una mujer respetable con un ramo de flores!

La cosa estaba más que clara. Evangeline era su objetivo.

La joven había sufrido un fuerte revés en el pasado, dejarla al alcance de un depredador sin alma como él, la destruiría.

Se casó con Snow porque amaba a sus hijos, no había llegado hasta aquí para ver hundirse a Evangeline en el lodo más profundo.

Su hija mayor estaba creada para amar y ser amada, no para tener que convivir con un ogro egoísta que destruiría su espíritu y la convertiría en una mujer muerta de celos por sus escarceos. ¡Jamás!

Se había jurado que haría todo lo posible para apartarlo de ella y, por Dios, que lo cumpliría.

El carruaje transitaba por la calle empedrada.

En pocos minutos estarían en la que Isobel esperaba que fuese la última fiesta a la que asistían.

Carraspeó preparada para el anuncio porque era el lugar idóneo y le daría el tiempo suficiente para zanjar la posible discusión con rapidez.

Las dos muchachas la miraron con atención.

―¿Vuelves a sentirte mal, madre? ―se interesó Regina.

―No, creo que aguantaré esta noche. Sin embargo, quería proponeros una idea que me ha rondado la cabeza en estos días.

Evangeline y su hermana intercambiaron una mirada.

―¿De qué se trata? ―lanzó la pregunta la mayor de las Dreyer.

―No me he sentido bien desde que llegué a la ciudad, creo que echo de menos el campo. Me gustaría regresar lo antes posible y volver el año que viene a Londres. ―Ya estaba. Lo había dicho.

―Me parece una gran idea ―alegó Regina.

―No ―saltó Evangeline―. No quiero irme hasta que esté comprometida.

Ahí estaba la oposición que había esperado. Suspiró.

―Hay algún pretendiente que te agrade… Tal vez podamos invitarlo a…

―El duque de York es mi opción principal.

Isobel gimió. ¿Cómo explicarle lo poco apropiada que era su decisión sin herirla? La condesa miró a Regina, quien oportunamente desvió la vista hacia la oscura calle. Bien. Estaba sola en la batalla.

―No ―dijo en respuesta la condesa a la alusión de su hija mayor.

―¿Cómo dices? ―preguntó con tranquilidad la muchacha. Los ojos de una y otra estaban mirándose con intensidad. Ambas preparadas para ganar la discusión.

―York no es para ti.

―¿Disculpa?

―Me has oído perfectamente, Evangeline. Es ruin, vanidoso, la peor persona que uno puede encontrar en el mundo. Resulta insoportable y serías tremendamente infeliz a su lado. Cualquier mujer que accediese a ser su duquesa lo sería. ―Tenía que ahuyentarla como fuese.

―¿Esto tiene algo que ver con el hecho de que me ocultases que vino a verme, sin invitación, por puro capricho, con unas flores en la mano, Isobel? ―Ah, no mamá, no madre… solo Isobel. La condesa entendió lo que ello significaba.

―¿Se ha puesto en contacto contigo? ¿Te ha hecho una petición formal? ―Quiso averiguar lady Snow.

―No ha tenido ocasión, pero si está interesado en mí, no voy a marcharme al campo.

Puedo ser duquesa y no estoy dispuesta a dejar de lado esa pretensión.

―Isobel jadeó con horror sin poder evitarlo―.

Te avisé de que me casaría con el hombre que fuese de mi agrado y que tuviese una excelente posición.

No deberías sorprenderte tanto. Es apuesto como el pecado, parece ser que le intereso.

Isobel cerró los ojos con angustia. Sus peores miedos estaban materializándose en una realidad aterradora. Suspiró con fuerza. Despegó los párpados, miró con esperanza a Evangeline y le dijo:

―El señor Sullivan está cerca. Lo vi en la posada La yegua y el sabueso, hice una breve pausa allí de camino a Londres cuando me marché para preparar la casa.

La joven se quedó callada unos instantes. Miró a su hermana, quien todavía estaba absorta observando la oscuridad de la noche como si fuese un espectáculo pirotécnico de los jardines de Vauxhall.

―Yo no he dicho nada ―se defendió Regina de lo que sabía, sin girarse a mirar a Evangeline, que era una mirada condenatoria.

Evangeline suspiró y regresó la vista a Isobel.

―Seré duquesa si York me lo pide. Es mi última palabra.

―Por favor… ―suplicó su madre―. El señor Sullivan tal vez…

―¡No! ―gritó―. No deseo que ese hombre sea nombrado en mi presencia, Isobel. La que te lo ruega soy yo. Dios sabe que el pasado no debe removerse. Me abandonó y lo superé…

―Pero él no te aban… ―empezó a explicar con desespero.

―¡Basta, Isobel! ―la cortó con un grito―.

Debes confiar en mi criterio a este respecto.

Soy más joven que tú, nueve años. Te casaste con mi padre y nadie objetó que él eligiese a una sencilla institutriz.

No pretendo ser hiriente, pero no eres ni mi padre, ni mi madre para imponer tu voluntad, deberás confiar, como he dicho con anterioridad, en que haré las cosas bien.

Me has enseñado bien y eso debe ser una garantía para ti.

Isobel se reclinó sobre el asiento de terciopelo, devastada. El resto del viaje fue del todo un silencio tenso.

Cuando el lacayo abrió la puerta derecha del carruaje, la primera en salir fue Evangeline, la vieron encaminarse rápidamente hacia la escalinata de la mansión principal. Isobel hizo el gesto de ser la siguiente en bajar, Regina la cogió por el brazo para frenarla.

―¿Qué ibas a decir sobre el señor Sullivan, Isobel? ―preguntó lejos de los oídos de su hermana.

―Tu padre lo echó porque no lo aprobaba.

―¿Estás segura? ―Si así era, su hermana no tenía toda la información.

―El conde me llamó al despacho la víspera de nuestra boda y me dijo que Sullivan se había declarado y que lo despachó. Me culpó por no haberla vigilado mejor. Me dio a elegir entre despedirme sin referencias o casarme con él.

―¿Por qué casarse contigo si te consideraba responsable del enamoramiento de Evangeline?

―Es la misma pregunta que me he hecho yo cada día. Imagino que estaba dispuesto a marcharse a África y conocía los peligros que allí enfrentaría. Creo que él sabía que no regresaría y me dejó a mí al cargo porque estaba al corriente de mi amor hacia vosotros.

Regina asintió.

―Mi hermana no pretendía hacerte daño. Es terca cuando se siente acorralada, no se lo tengas en cuenta, por favor.

Isobel la miró con ternura.

―Eso es el amor, Regina. Sois mis hijas y una madre debe soportar estoica lo que sea por quienes ama. Haría cualquier cosa por vosotras. Lo impensable.

―Gracias, Isobel, por haberte casado con nuestro padre.

La condesa le sonrió. La joven hizo lo propio. Poco después saludaron a los anfitriones de la fiesta y comenzaron a manifestarse los designios del destino con una ferocidad preocupante.