Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

―Debe creer en mi palabra, excelencia, porque en caso de que no consiguiera contener mi lengua, en este preciso momento le diría que ha estado usted una semana escondiéndose en casa, muerto de miedo para no enfrentarse a la situación.

Le desvelé la identidad de la dama con la que dijo que deseaba casarse y se quedó oculto para lamerse las heridas.

Ni una sola salida social más. Estoy defraudado, excelencia ―se atrevió a reprocharle.

Los dos hombres se midieron las miradas. Wilson era el duque y York, el empleado asustado. A Malcom no le importó demasiado ese hecho, pero no iba a quedarse sin argumentar una defensa, aunque no fuese notable expondría su mejor planteamiento.

―Tengo varias puntualizaciones al respecto.

―¡Qué novedad! ―siseó por lo bajo el sirviente.

―Haré como que no le he oído, Wilson. Ahora, debo decirle que, en primer lugar, han sido cinco días, y no me he escondido. Disfrutaba de la comodidad de mi casa. En segundo, dije que deseaba llevarla a la cama. No creo recordar que hablase de matrimonio, señor Wilson.

―No imaginé que lograse lanzar la amenaza que estoy dispuesto a hacer, pero alguien debe llamarlo al orden y puesto que lo más cerca que tiene, tristemente, soy yo, lo haré.

―Es peor que una mujer. Escúpalo de una maldita vez para que pueda irme a casa del maldito Kensington ―lo animó con fastidio.

―Si no trae a casa a su duquesa en las próximas semanas, excelencia, el que se marchará para no regresar, seré yo.

―¡Wilson! No puede hablar en serio. No sabría hacer nada sin usted ―alegó con preocupación. Le daba en la nariz que el ultimátum de su ayuda de cámara no era algo insignificante.

―Me reemplazaría en un chasquido de dedos, lo sé.

Y mi sustituto tal vez sea mejor y más adecuado.

Salvo usted mismo, nadie le preocupa. Llevo tantos años esperando a que cambie, a que su vida tenga sentido, excelencia, que no puedo seguir de brazos cruzados viendo lo que hace y siente.

Se destruirá si no encuentra lo que necesita para comprender la existencia de todo ser natural.

El duque hizo un aspaviento con la mano derecha.

―No sea absurdo, Wilson. Usted es irreemplazable, por lo menos me costaría más de dos días buscar a un sustituto adecuado.

Dos días llenos de entrevistas, de hombres que me dirían por qué debería contratarlos…

¿Y quién me haría la lista de los candidatos a los que debería investigar si usted no estuviese?

¡Oh! Tedioso del todo. Solo de pensarlo me echo a temblar.

Sabe cuánto aborrezco hacer un trabajo que no deseo.

Así que, dado que soy una persona práctica, sensata y cabal, aunque no lo crea, mi querido amigo ―advirtió, cuando vio a su ayuda de cámara levantar una ceja incrédulo―, me parece que traeré a su duquesa pronto.

―Será la suya, excelencia. ―Se vio en la necesidad de recordarle.

―No. Será la suya, Wilson, porque me ha amenazado con abandonarme y eso es inadmisible, puesto que me vería relegado a ocuparme de todo lo que usted hace hasta que diese con otro Wilson nuevo. Detesto los cambios y si el mal menor es traer a una mujer a mi vida… ―suspiró con pesadez―, lo haré.

―Trate de no equivocarse de mujer y de que la condesa de Snow no lo asesine antes de, al menos, concebir a su heredero. Lo que sería inadmisible para mí sería tener que servir a lord Liam Banstorn. A mí me costaría dos décadas enseñarle a ser un duque, no dos días.

York se carcajeó y observó que Mason levantó la comisura de los labios en una tibia sonrisa.

―Asunto aclarado, Wilson. Entonces… ¿voy a meterme en la madriguera de otro lobo feroz porque lady Snow estará en la fiesta? ―Lo tanteó con su suposición.

―Su duda me ofende, excelencia.

―¿Qué hay de Thorpe? ―sondeó con cautela.

―No habrá problema. ―York dudó.

―¿Ha conseguido que Thorpe no tenga invitación? ―Ya le pedía a su ayuda de cámara milagros, pero confiaba en su pericia, jamás le había fallado y rezaba para que no comenzase en estos momentos.

―De nuevo su falta de fe en mí es insultante, excelencia.

Le había contado, días atrás, que la dama tenía su propia diversión con su viejo e indeseado amigo.

Mason Wilson estaba más que preparado para solucionarle cualquier imprevisto por ella…

Wilson no se equivocaba. Si su entrepierna ducal se había vuelto tan selectiva…

Las pistas estaban más que claras cuando le indicaban lo que debía de hacer.

―Ha elegido usted por mí, así que le daré a la mujer, porque imagino que poco contarán mis deseos en esta cuestión, cuando parece ser que todo está tan bellamente dispuesto, señor Wilson ―advirtió perezosamente. El duque suspiró una vez más.

―Sí, por supuesto, todo esto lo hará por mí. Nada tiene que ver que haya estado melancólico una semana a causa de la dama.

―Fueron cinco días, Wilson ―le recordó de nuevo―, y no estuve llorando por las esquinas.

―Son sus palabras, no las mías, excelencia. Ahora sea un buen chico, y reconozca que no encontraría a alguien como yo ni, aunque viviese cien vidas ―exigió Mason.

―¡Ah, la vanidad una vez más! Objeto su pretensión, mi estimado Wilson.

Me habría sido de mayor ayuda si hubiera eliminado a Thorpe de la situación.

¿Un asesinato tal vez? ¿Un poco de veneno deslizado en su copa?

Conseguir que no esté en la fiesta de esta noche me facilita las cosas mínimamente, pero hacerlo desaparecer sería mejor para todos.

―¿Pretende que haga yo todo el trabajo, excelencia? ¿Deberé ir a conquistar también a su duquesa? ―inquirió incrédulo.

York lo miró con pereza.

―No, imagino que eso se espera que lo haga yo.

Mi orgullo lo exige. Sin embargo, por un momento estuve tentado a tomar en consideración su ofrecimiento para conquistarla, dado que sé lo eficiente que es, no me sorprendería en absoluto que, si dejase el asunto en sus capaces manos, yo podría estar comprometido, con la dama que parece que se convertirá en la duquesa de York, en un pestañeo.

No puedo exigir que libre mis batallas. Así que iré y la deslumbraré.

Trataré de hacer mi mayor esfuerzo, señor Wilson.

―Se paró un momento y exhaló pesadamente sin quitarle ojo a Mason―.

Aunque sé que no lo hace habitualmente, porque sabe que no las necesité jamás, lléneme de bendiciones, pues no estoy seguro de nada, amigo mío.

Confesaré que por primera vez mi vanidad no me sirve como la más dura de mis armaduras.

Corro el riesgo de hacer el ridículo esta noche y de que mañana los periódicos se ceben con mi mala suerte.

Si no sale bien, me temo que tendremos que marcharnos lejos.

Podríamos buscar a lord Perth en los Estados Unidos de América y averiguar si el dinero que le pagó Kensington para hacerlo desaparecer le ha propiciado una buena vida.

―No sea condescendiente, olvídese de huir.

Si no tuviera un poco de lucha no lo disfrutaría, ambos lo sabemos.

Solo trate de que la dama se case con usted antes de asesinarlo.

En cuanto a su vanidad, intente no exhibirse demasiado con la mujer o ella lo odiará, si es que no lo hace ya ―opinó con sinceridad.

―¿No puede por una vez decirme que todo saldrá bien y que ella no se resistirá a mi sonrisa seductora y a la promesa de una vida excitante a mi lado? ―preguntó irritado.

―Dudo que la dama lo vea como lo dice. Creo que el motivo por el que se le resiste no es porque no lo encuentre apuesto y deseable, más bien, rechaza lo que usted es. Le está bien empleado por haber llevado una vida disoluta ―se atrevió a concluir sin ápice de carga moral.

―¿Siempre debe tener la última palabra, señor Wilson?

―Y salirme con la mía, no olvide eso, excelencia.

El duque de York farfulló una maldición por lo bajo y se marchó de la habitación hacia un destino incierto.

***

La condesa de Snow había estado cinco días meditando sobre su vida, sobre el futuro. No sacó nada en claro salvo unas terribles jaquecas que la habían dejado en casa.

Ese tiempo sirvió para rehuir las citas sociales y pensar un plan para tener paz mental. Pero lo bueno se acababa pronto y tenía que volver a la acción. La invitación de los duques de Kensington había llegado a su casa y era un baile al que debían acudir.

Kirk Baldrick, el duque de Kensington, era algo así como el protector lejano de la familia.

Por lo que ella pudo averiguar cuando el noble trajo a Snow Cottage la licencia especial que la convirtió en condesa, el duque fue un militar que vio morir al hermano menor de lord Snow en la guerra y le prometió que siempre mantendría un ojo sobre la familia.

Era un hombre que le daba pavor. El antiguo capitán sí era un duque de los que le hacían a una contener el aire debido a su porte severo y mirada oscura.

En cambio, la duquesa era amable y muy accesible.

Una pareja de lo más extraña, aunque Isobel no era la persona más adecuada para hablar sobre uniones, dado que la suya con su difunto esposo fue del todo un accidente cósmico que todavía no alcanzaba a comprender.

El duque y su esposa estuvieron el día que enterraron al conde. En este tiempo había intercambiado alguna carta con Kensington y ella siempre le agradecía su interés y le comentaba que no precisaban de ayuda.