Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

―No sé qué decirte. Me acabo de enterar de que vino a verme. Nadie me lo dijo antes. No me enfadaré porque la noticia me ha encantado. Creo que es un gran logro por mi parte. Es un hombre muy cotizado. Pero debes estar tranquila, un solo baile y una visita en casa no puede significar que…

―Lo hace, Evangeline. Se presentó en casa sin invitación y madre nos ha privado sin asistir a ninguna velada social, intuyo que esperando a que las aguas se calmen y él se olvide de ti.

―Amo a Isobel, Regina, con toda mi alma porque se lo ha ganado con cada fibra de su ser, pero yo fijo mi destino. Si un hombre apuesto como el duque de York me propone ser su esposa, aceptaré sin pestañear. Hemos venido a Londres para casarnos.

―Yo no ―insistió la otra hermana.

―Pero yo sí. Avisé de que pretendía conseguir un enlace rápido y adecuado.

―Eso nos lleva de vuelta a tu encierro, a la cuestión de la que es hora de que hablemos de una vez por todas. Averiguaremos lo que sucede contigo y después nos concentraremos en Isobel porque ella nos necesita.

―¿Qué problema tengo, Regina? Estoy pasmada con tu conversación tan trascendental y por tu preocupación por los miembros de tu familia ―confesó con alegría.

―Coincidirás conmigo en que en el campo hay menos actividad y por lo tanto es más difícil que algo malo nos suceda, pero aun así ocurrió… ¿verdad, Evangeline?

―¿De qué hablas?, no te sigo en tu razonamiento.

Has empezado a hablar sobre la muerte de madre y padre, luego me has hecho ver lo importante que es Isobel para nosotras, a continuación, me dices que crees que el vizconde Thorpe y nuestra madre quieren estar juntos, para acabar diciendo que el duque de York no debería ser mi elección.

―Lo has resumido muy bien. Y ahora que lo has repetido en alto, quiero que veas, que, aunque perdimos a nuestros padres, llegó a nosotros Isobel como si fuese un regalo del cielo. ¿Ves lo que quiero decirte, Evangeline?

―¿De qué va todo esto? ―Realmente no sabía lo que su hermana estaba tratando de hacerle ver. Conocía a Regina y siempre tenía algo educativo que transmitir, pero no veía la relación por ningún lado.

―Avery Sullivan ―desveló con calma.

Evangeline tragó saliva con fuerza. La mirada oscura de la hermana mayor estaba fija en los ojos claros de Regina.

―No hay nada sobre lo que hablar.

―Y ahí obtengo la respuesta que sabía que escucharía.

―No es así, hermana. ―Evangeline se obligó a permanecer serena y a mirarla tratando de no denotar ningún sentimiento sobre esa cuestión.

―Te hizo daño.

―No ―negó de inmediato.

―¿Cuál es la profundidad del puñal que te asestó en el corazón? ―se aventuró a preguntar. No permitiría que su hermana se escondiese de nuevo.

―Te equivocas ―sentenció tratando de parecer segura de su afirmación.

―Mi hermana Evangeline era una mujer confiada, llena de ilusión, sin frivolidad.

Cuando el señor Sullivan desapareció de casa, se llevó una parte de ti.

La Evangeline que conocía no habría dicho jamás que se casaría con un hombre al que no amase fervientemente.

En cambio, la mujer que tengo a mi lado con el corazón sangrando, acaba de decirme que si un duque le hace una proposición lo aceptará de inmediato.

No conoces a ese hombre y estás dispuesta a ser su esposa sin meditarlo.

¿Quieres intentarlo de nuevo, hermana? ―la desafió―.

Si no deseas hablar del asunto, me levantaré y me iré por donde he venido, pero no te atrevas a mentirme.

He respetado tu encierro demasiado tiempo, estaba dispuesta a no sacar a relucir mis sospechas en caso de que hubieses encontrado a un pretendiente adecuado.

Eso no está sucediendo, y pese a que tú eres la mayor, me toca protegerte de ti misma.

Evangeline le sonrió y agarró una de las manos que Regina mantenía colocadas sobre su regazo. Se la apretó en señal de agradecimiento. Se levantó y se fue hacia la ventana para ver el mundo a través de la comodidad de su hogar. La otra joven esperó pacientemente las palabras de su hermana.

―Lo amé y me abandonó ―dijo en un hilo de voz―. Nos encontramos una mañana en nuestro lugar secreto y horas después supe que se había marchado para no regresar. No fui suficiente para él.

Regina se levantó y se colocó detrás de Evangeline. La abrazó y dejó su barbilla colocada en su hombro derecho. La mayor de las Dreyer llevó la mano derecha hasta donde reposaba la izquierda de su hermana y la puso encima.

―¿Te hizo alguna proposición?

―No lo sé. Hablamos de amor, pero nunca me pidió matrimonio, pero sí estaba implícito… ¿no? Debía estarlo ―razonó para sí misma.

―¿Te entregaste a él? ―susurró con suavidad.

Hubo un silencio en el que Regina se obligó a ser paciente.

―No ―dijo al fin―. Él no me lo permitió. Dentro de su canallada, al menos me dejó intacta. Duele, Regina. Todavía duele, muchísimo ―reconoció.

―Lo comprendo.

―Lloré hasta que me quedé sin lágrimas.

―¿Por qué no te apoyaste en mí? ¿En Isobel? Hubiésemos contribuido a aliviar tu carga.

―Estaba humillada, rota. No quería compartir mi desgracia con nadie. Tenía previsto llevarme el secreto a la tumba, Regina. No conté con tu perspicacia o que llegaría el día en que hablásemos de mis… errores.

―El problema de ver cada día a una persona a la que se ama, es que se tiende a valorar cada vez menos sus necesidades. Damos por hecho que estarán bien. Si no hay un golpe o sangre no hay dolor. Sabía que sufrías, Evangeline, pero me convencí de que hablarías solo si me necesitabas.

―Deseo casarme para olvidar mi error, Regina. Si logro hacerlo con un duque, más uno tan fantástico como él, sentiré que el rechazo de Sullivan servirá para algo. ¿Qué hay de malo en querer hacerlo?

―No lo sé. Sencillamente deseo tu felicidad, no quiero que sufras. York es complicado de manejar. Un solo vistazo me hizo comprender que una jovencita virginal, como tú o como yo, no seríamos rivales para él.

―Busca esposa, según lo que he oído, no un enemigo para batirse en duelo.

―No voy a interponerme en tu camino. Posiblemente, ni Isobel se niegue a que consigas lo que deseas, pero ten cuidado con lo que ansías, hermana ―le sugirió con ternura.

―Lo tendré, te lo prometo. ¿Qué hacemos con Thorpe?

―Ayudar a Isobel en todo lo que podamos.

―Excelente plan.

Las hermanas Dreyer continuaron abrazadas unos minutos más antes de volver a sus asuntos matutinos.

***

―Wilson, empiezo a pensar que no desea que sobreviva a la temporada.

―¿Y eso por qué, excelencia?

―Me envió a traición a la guarida del cojo. Lord Exeter no estuvo contento de verme en su casa. Creí que no me dejaría pasar. Sobreviví a sus frías miradas a duras penas. No contento de que salvase el pellejo allí, pretende enviarme a una nueva misión suicida.

El ayuda de cámara del duque de York, que a todos los efectos había ascendido a secretario, definitivamente, acababa de informarle del nuevo destino de esa noche.

―No le sigo, excelencia, deberá hablar más claro ―le dijo tiránico el sirviente. York ya no sabía quién trabajaba para quién.

―Sí, me comprende perfectamente. Quiere que me adentre en las fauces del demente y este es más peligroso que Exeter.

―¿Perjudicó también usted a la duquesa de Kensington? ―Si así fue, Mason era la primera noticia que tenía al respecto.

―No, si mal no recuerdo eso lo hizo solito lord Perth.

Recuerdo que Perth se marchó de la ciudad y no volvió después de dejar plantada en el altar a la que todavía no era la duquesa de Kensington ―una historia curiosa la del duque demente―.

Sin embargo, a ninguno de los amigos del conde de Monty le agrado y no apodaron al duque de Kensington como demente por nada.

¿Por qué no me apunta directamente con una pistola y termina el trabajo usted mismo, Wilson?

―Usando el calificativo que más le gusta emplear, excelencia, y con todo el respeto y humildad que soy capaz de reunir, usted está siendo absurdo.

―¡Qué descaro, Wilson! Referirse a un duque que paga su estipendio de ese modo… Debería estar avergonzado de sus propias palabras. ¿No teme que lo despida sin referencias? Me acaba de dar un buen motivo, amigo mío ―lo acusó sin poder ocultar una sonrisa final.

―Créame que rezo cada día para que algo así ocurra. No obstante, debo ser tan irremplazable como el mismísimo rey, porque usted, excelencia, todavía no me ha puesto de patitas en la calle ―sugirió, al terminar de colocarle la chaqueta de terciopelo azul zafiro a conjunto con los pantalones.

―¡Ah!, veo que no soy el único vanidoso en esta casa. Creo que su castigo será quedarse a mi lado el resto de sus días, Wilson. A pesar de que me regañe como a un niño pequeño y se olvide de que soy un duque, usted me agrada.

―Porque soy el único que le dice las cosas que no desea oír ―puntualizó.

―No. Creo que se debe a su buen gusto para mantenerme siempre vanidoso. Soy quien soy en gran medida gracias a usted, mi querido Wilson. Su trabajo hace que me vea más formidable de lo que en realidad soy.

―Supongo que me esforcé demasiado entonces. Tal vez le hubiera ido mejor con un poco más de modestia.

―¡No, qué horror! No vuelva a decir algo como eso. ¿Se imagina que no hubiese llegado a convertirme en un engreído y apuesto hombre? El mundo sería un lugar mucho más triste de lo que es.

―Sí, qué fatalidad hubiera resultado ser que el gran duque de York fuese sensato y humilde. Su esposa estaría encargando a su tercer vástago, un niño de unos diez años correría risueño por su casa y posiblemente una niña estaría en los brazos protectores de su padre.

―No juega limpio, Wilson, nunca lo hace ―bufó. El sirviente había tocado una fibra sensible y sospechaba que el propio Mason lo sabía.

―Pero me contengo, y ni se imagina el trabajo que ello implica. Mucho más que hacerlo a usted brillante en su aspecto.

―¿Que se contiene, dice? ¿Cuándo ha hecho algo semejante? Si los dardos que salen de su boca fuesen eso en verdad, habría fallecido ya mil veces.