Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7
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Capítulo 7

Otro enfrentamiento esperad o

Evangeline Dreyer era la hija de un conde que hubiese deseado ser la descendiente de un hombre menos importante para la sociedad porque sentía una fuerte presión sobre sus hombros.

Tenía diecinueve años y sabía lo que era convertirse en una mujer abandonada por un hombre.

Sueños destrozados, corazón roto, lágrimas derramadas por quien no lo merecía.

Después de meses de inconsolable soledad y desamor, se juró que no volvería a darle tanto poder a nadie más sobre su persona.

Se había enamorado precozmente de un indeseable que la dejó atrás sin pestañear.

Lo vio una mañana y nunca más supo de él.

Tonta. Ilusa. Se habría dejado llevar si él se lo hubiese pedido.

Se perdería entre la adoración y el amor que Avery le despertaba.

No había nada más, en aquella época, que el deseo de ser suya, de entregarse en cuerpo y alma para hacerle comprender que estaba dispuesta a todo por él.

El destino no permitió que cometiera el mayor de los pecados. Su virtud estaba destinada al hombre con el que se casaría y, afortunadamente para Evangeline, seguía siendo pura para poder optar a un matrimonio ventajoso.

No mentía cuando le explicó a Isobel que se casaría pronto y bien.

Sería la esposa de un hombre del que no se enamoraría nunca.

Una vez entregó todo lo que tenía para dar libremente.

No lo volvería a hacer. Sullivan no se llevó la inocencia de su cuerpo, pero sí la de su espíritu.

No deseaba más que contraer nupcias con un hombre adecuado y sería esposa y madre, sin amor.

Un sentimiento como ese era una enfermedad mortal, capaz de dejar a una persona postrada en la cama durante meses, de arrebatarle las ganas de vivir, de existir y hacerla caminar como si fuese un ente sin vida, sin ilusión.

Avery Sullivan la despojó de toda esperanza y ningún otro conseguiría volver a hacerle daño.

Lady Evangeline llevaba en Londres el tiempo suficiente para saber cómo funcionaban las cosas en la ciudad.

Debido a su desengaño se hizo más fuerte, más dura, más observadora: mejor.

Ese hecho le había servido para estar alerta, para fijarse en lo que se suponía que debía ser una esposa de un hombre de alto rango, y la cuestión más importante: en cómo obtener la atención del pretendiente adecuado.

Estaba extasiada porque el rechazo de Regina implicó que un duque, uno del que decían que era terriblemente apuesto y pecador, que jamás había bailado con una dama en una fiesta decorosa, danzó con ella.

Su popularidad subió como la espuma de un mar embravecido.

Excelentes partidos llegaron a su puerta para solicitar audiencias, paseos, salidas en bote, a caballo…

Evangeline quería probarse a sí misma y pescar al pez más escurridizo de todos: el duque de York.

―¿Qué lees? ―La voz de Regina llegó a través de la biblioteca―. Debe de ser poco interesante si tu mirada se filtra por la ventana.

―Sostenía el libro abierto mientras imaginaba mi futuro.

―¿Sigues pensando en casarte esta temporada?

―No solo eso, quiero estar casada lo antes posible, Regina.

―Admiro tu determinación, Evangeline.

En ese momento, la joven se incorporó del sillón donde estaba recostada, dejó el libro a un lado y miró a su hermana, quien acababa de entrar por la puerta.

―No creí que viviría para escuchar semejante elogio viniendo de ti, hermana.

―Puedes considerarlo un halago, incluso cuando cometas el mayor error de tu vida, deberías seguir haciéndolo.

―Ahí está el insulto. ―Regina rodó los ojos ante lo espetado por su hermana.

―El mundo es conocido por la obstinación de las personas, porque quienes después de haber entregado su vida a una causa, que convirtieron en una lucha las cruzadas, consiguen lo que pretendían, aunque después se den cuenta de que el esfuerzo les ha costado más que el premio obtenido.

Tu determinación debe ser admirada, Evangeline, me gusta tu seguridad, aunque la hayas destinado a un fin equivocado.

―No sabes nada, Regina, de lo que siento o de los motivos por los que me comporto como lo hago. No temas por mí. Me casaré y te prometo que no pienso sufrir jamás.

―No, no lo sé porque siempre has sido demasiado reservada en tus asuntos.

―¡Claro!… porque tú eres un libro abierto ―ironizó.

Regina apartó el libro de Jane Austen que estaba sobre el asiento y se sentó al lado de su hermana.

―¿Lloraste cuando mamá murió? ―preguntó con interés.

―¿A qué viene eso, Regina?

―Responde y te lo diré en un momento.

―Desconsoladamente. Creí que no me repondría nunca.

―¿Lo hiciste cuando papá falleció?

―Lloré su pérdida. Era nuestro padre y se suponía que debía sentir dolor al saber que no lo vería más mientras viviese. Pero el dolor no fue tan aberrante, porque se marchó y nos abandonó.

―Me sucedió lo mismo. Dime una cosa, ¿qué harías si Isobel muriese?

La respiración de Evangeline se atascó en sus pulmones.

―¿Por qué iba a desaparecer, Regina? ¿Está enferma? ¿Qué le sucede? Si lo sabes debes contármelo. ¿Estos cinco días de reclusión en la cama son más que un simple catarro?

―No, no. No temas, Evangeline. Isobel está bien. Inquieta y nerviosa pero no creo que tenga problemas de salud.

―¿Qué pretendes con esta conversación, hermana?

―Si Isobel saliese de nuestras vidas, dudo mucho que yo encontrase consuelo, Evangeline.

No nos unen lazos de sangre con ella, pero creo que nunca nadie ha luchado y se ha preocupado por nosotras y por nuestro hermano como lo ha hecho ella.

Un padre y una madre deberían ser más que simples mortales que engendran a otros seres.

En mi caso eché terriblemente de menos a mamá cuando partió.

Luego me acostumbré a vivir sin padre. Lo más alarmante es que ninguno de los dos hizo más que darnos la vida.

Sé que es importante la labor que hicieron, pero…

¿se preocuparon por nosotras? ¿Nos sentimos amadas por ellos?

Acerca de Isobel no me hago ninguna pregunta al respecto, porque sé la respuesta.

Evangeline se quedó un momento analizando los pensamientos que Regina acababa de expresar en alto. Al cabo de un tiempo se dispuso a opinar:

―Sí. Le debemos muchísimo a Isobel. Yo también la he sentido como si fuese mi propia madre, de hecho, no me cuesta ni un poco llamarla así en público o en privado. La adoro.

―Isobel tiene problemas, Evangeline.

―¿Qué tipo de dificultades?

―No de salud. Creo que le preocupa algo. ¿Has notado que en los últimos tiempos el vizconde Thorpe…?

―Sí ―la interrumpió―. Cualquiera con un par de ojos en el rostro es capaz de ver que él la quiere y que ella no es indiferente. La mira y la observa de un modo que a veces me asusta. ¿Crees que hay algo entre ambos? ¿Habrán discutido?

―¿A ti te agrada el vizconde para madre, hermana?

―No lo sé. No me lo he planteado. ¿A ti no?

―Hay algo en él que me preocupa. No sé lo que es.

Igual es por el modo en el que tú también has visto que la mira.

―Ese hombre había aparecido casi de la nada.

Era el primo de la señora Gardener, pero su interés en la familia, en opinión de Regina, fue demasiado acuciante.

No era que Isobel no fuese una mujer muy bonita, solo que lord Thorpe tenía más velos que el duque de York.

Sospechaba que los dos eran muy similares.

―¿Podría ser que no quieras compartir a Isobel con nadie? ―sugirió con una sonrisa Evangeline.

―Sí, en eso tienes razón.

Hubo un momento de silencio en la conversación. La mayor de las hermanas frunció el ceño.

―Estoy molesta, Regina.

―¿Por qué?

―Isobel no nos ha hablado sobre lord Thorpe. Si tiene problemas debería confiar en nosotras para que la ayudemos, somos mayores. Pronto cada una tendrá su propia familia.

―Habla por ti, Evangeline, no deseo nada de lo que propones. Aunque debo señalar que tu reflexión sobre nuestra madre es interesante.

―¿También te disgusta que nos haya dejado al margen si ella sufre por el vizconde? Lamento no haberme dado cuenta de lo que le sucede, y creo que tenemos que auxiliarla en todo lo que podamos.

―Sí. Si me siento apartada de ella por ese motivo, pero lo que me llama poderosamente la atención, es la cuestión de que seas capaz de ver que Isobel tiene problemas y que no permite que la ayudemos, y que precisamente tú hayas hecho lo mismo en el pasado.

―¿Me acusas de no hacerte partícipe de mis asuntos?

―Lo hago abiertamente. Esta familia se desmorona, el único que está a salvo es Theodore porque todavía es pequeño, pero no me quedaré sentada viendo como mi hermana y mi madre se derrumban ―apostilló con convicción. Evangeline la miró con los ojos como platos.

―¿Me estoy derrumbando, Regina? Es la primera noticia que tengo.

―El duque de York vino a verte hace unos días. Su visita hizo que Isobel comenzase a sentirse mal. Creo que tiene algo que ver también en su estado de ánimo, no es solo por el vizconde. El duque la perturba. Alega jaqueca, pero me temo que es más que eso.

―En Hyde Park no se hablaba de otra cosa que del desplante que le hizo al duque. ¿Por qué haría algo como eso? Isobel es perfecta en todo cuanto hace.

―No lo aprueba. No lo quiere para que sea tu pareja.

―¿Debo recordarte que el duque se fijó en ti primero y que para paliar tu falta de modales tuve que bailar con él?

―E Isobel, una mujer preparada, que sabe su lugar, que no ha hecho nada reprochable en toda su vida, lo dejó plantado en una fiesta atestada de altas personalidades que hablarían sobre ello.

Leí el periódico del día siguiente. Se apuntaba que nuestra madre le dejó bien claro que no consentiría que fuese un candidato para ti.