Capítulo 6 #4
―No es costumbre en mí dudar, pero no sé si le hubiese propuesto matrimonio o no a la joven.
Por un lado, era mi intención cuando acudí a esa fiesta, pero luego…
Estoy hecho un lío, o estaba. Ya no lo sé.
Desconcertado sería una buena palabra. ―Se pasó las manos por el rostro y acabó mesándose el pelo con nerviosismo.
Luego le ofreció a su amiga una mirada tan desconocida que…
Él se veía fuera de sí, como si estuviese sufriendo. ¿York podía sufrir por una mujer? Si así era, en opinión de ella, resultaba algo completamente nuevo y esperanzador.
―¿Qué ha pasado, York?
―Me ha pedido que no la moleste ni a ella ni a su hija. No quiere saber nada de mí.
―¿Piensas hacerlo? ¿Dejarla tranquila?, digo.
―¿Otra vez la misma pregunta, Sonya? ―se lamentó.
―No te conviene seguir la recomendación de ella si pretendes recomponerte de este… incidente, York. Tú has sido siempre infalible en la cama. No puedes echarte a un lado si ella es lo que necesitas. No deberías hacerlo sin luchar ―opinó su amiga.
―¿Quieres que me convierta en un acosador de viudas?
―Se consideraba un hombre persistente, algunas veces irritante, pero no uno que molestase con atenciones no deseadas a una mujer.
¿Desde cuándo una dama no quería ser atendida, que no molestada, por él?
York estaba inseguro a causa de toda la situación.
―¡Así que no está casada! ―exclamó con alegría.
―No, no lo está, creí habértelo dicho. Sabes que no importuno a las mujeres felizmente casadas tampoco.
En verdad, no busco a ninguna dama, son ellas las que me persiguen a mí.
―Esa había sido su bendición y maldición.
Su vanidad crecía cada año más, hasta el punto de haberlo convertido en un semental sobre el que todas deseaban montar.
―¡Cásate con ella! ―dijo como si fuese una iluminación del Todopoderoso.
York rugió para mostrar su contrariedad. Miró con atención y sobriedad a su amiga.
―Por supuesto. Iré y se lo preguntaré. Me dirá que sí. Seguro que no le afectará el hecho de que piense que pretendo casarme con su hijastra.
―¿Le pediste o insinuaste algo a la joven que indicara que…?
―No. No dije ni una palabra, pero cuando la vi quise casarme con ella en el acto.
Sonya no entendía demasiado bien las explicaciones del duque. Se armó de paciencia.
―¿Deseabas a la muchacha?
―Deseaba no tener que acudir a otra fiesta y no seguir buscando a mi duquesa.
―Comprendo. ¿Y por qué su madre cree que quieres algo con su hija?
―Hijastra. Y lo cree porque bailé el vals con ella anoche y esta mañana me he presentado en su casa con un ramo de flores.
―¿Para la joven? ―York hacía y decía cosas contradictorias, seguir su razonamiento era enloquecedor.
―No.
―¡No entiendo nada, York! Me está costando sacarte la información… Ayúdame a ayudarte ―pidió con desespero.
El duque suspiró. Ya había hablado más de la cuenta, poco perdía por saber si Sonya sería su última esperanza. Decidió cooperar.
―Vi a su hija, hijastra. ―La palabra parecía poner más distancia entre Isobel y Evangeline, de ahí que la repitiese.
Sonya lo imaginó también―. Me pareció competente para ser mi duquesa.
Es lo que se esperaba que hiciera un hombre de mi edad y posición, que buscase a una preciosa debutante y la desposase cuando quisiera asentar la cabeza.
En estos seis meses he tenido tiempo de pensar en que mi problema podría radicar en que debo cambiar…
un poco, aunque sea. Un matrimonio, hijos, tal vez una sola mujer.
Así que me adentré en la temporada dispuesto a localizar, en un pestañeo, a una joven adecuada para el cargo.
Había previsto enamorarme de ella y así poder… ¡No sé lo que pretendía!
―¡Ajá! ―lo interrumpió―. Ese debe ser el problema.
―¿Qué?
―El amor. Te has cansado, York. El libertinaje, la lujuria, el desenfreno ya no te seducen como antes.
No es extraño. Mi esposo y yo pasamos por lo mismo.
Hemos vivido sin restricciones, tú bien lo sabes.
En algún punto decidimos que nos bastábamos él y yo para seguir viviendo con plenitud.
Nuestros últimos años juntos fueron los mejores.
Sin más personas entre ambos, sin orgías, solo nosotros.
Lo que lamento es no haberlo comprendido antes, York.
Solo se necesita a la persona correcta para ser feliz.
Lo demás son diversiones que nos alejan de lo esencial.
Tuve siempre a mi lado a lo que más quería, a John.
Él fue mi inspiración, mi luz. Cuando lo perdí…
¡Oh, York! Si hubiese podido volver atrás, las cosas serían diferentes.
―Eres tan absurda, Sonya. Somos esclavos de nuestros instintos más primarios.
El deseo es lo que rige a un hombre y una mujer.
¿Amor? Tonterías sobre las que escriben aquellos que no tienen valor para adentrarse en la lubricidad.
¿Qué hay cuando el cuerpo se sacia? Nada.
No estoy enamorado de Isobel. Pero confesaré que, motivado por un deseo empírico, me gustaría saber lo que es estar enamorado.
―Isobel… Un nombre muy bonito.
York le dio un ligero beso en los labios y se levantó de la cama.
Se colocó bien la camisa, se movió hasta la silla donde había dejado colocados el chaleco y la chaqueta y se los puso.
Ella lo observó sin entender que una mujer hubiera podido resistirse a la tentación que él suponía.
¿Sería de esas mujeres muy religiosas que no creían en el poder del sexo?
¿O de esas que buscaban la compañía de otras mujeres?
No comprendía ni por un momento que una mujer corriente despreciase al magnífico duque de York.
Supo que algo malo le ocurría en cuanto su mano rozó su vara.
York estaba duro y listo nada más veía lo que deseaba.
Se compadeció de él. No eran buenos tiempos para atravesar una crisis como esa.
No cuando se había propuesto tener hijos.
Esperaba que su virilidad volviese a funcionar, porque el título en manos de su hermano Liam… ¡Nefasto!
―Sonya, ha sido un placer verte y charlar contigo. Dado que no puedo servirte para lo que se supone que he venido a ofrecer, me despido de ti ahora. Te deseo buena tarde. ―El tiempo había pasado volando.
La mujer se puso de pie, tomó la bata que había en la silla al lado de York y se acercó a él. Ella le sonrió y le acarició la mejilla.
―York, si Isobel es la correcta, ve a por ella. No la persigas, muéstrale por qué debe quererte. ―Le dio un beso y ambos se despidieron. Si él estuvo de acuerdo con su observación o no, nadie lo sabría jamás.
***
El duque se fue a su casa y lamentó no haber ido allí en cuanto abandonó la residencia de lady Snow. Ingresó en su despacho y llamó a su ayuda de cámara. El hombre se presentó de inmediato frente a York, iba a convertirse una vez más en su secretario.
―Señor Wilson, necesito información ―le dijo Malcom en cuanto el sirviente se sentó en la silla que había frente a su gran escritorio de madera tallada.
―Por supuesto ―apuntó solícito.
―Debo saber todo lo referente sobre la condesa de Snow.
Esperó alguna salida de tono de Mason.
―Tiene la información encima de esa pila de papeles, excelencia ―le indicó el hombre más mayor.
―¿Cómo ha dicho? ―preguntó frunciendo el ceño.
―Le resultará interesante descubrir quién es su padre.
―¿Me está diciendo, señor Wilson, que entre estos documentos ―él puso la mano en el lugar indicado―, hay información sobre la condesa de Snow?
―Así es.
Hubo un silencio pesado. York miraba al ayuda de cámara sin comprender nada y la reacción del hombre era… ¡ninguna!
―¿Va a explicarse?
―¿Sobre qué?
―¿Por qué está mi pedido ya satisfecho? ¿Cómo sabía que iba a solicitar tal encargo? Es usted bueno, brillante, sí, pero no adivino. ―Estaba asombrado.
―Leí el periódico, excelencia.
Un nuevo silencio se cernió entre ambos.
―Explíquese de una vez, señor Wilson.
―La condesa de Snow lo ha desairado en público. Las columnas de chismes especulan sobre los motivos que tuvo la dama, de la que nadie había oído hablar antes de esta temporada, para rechazar al duque de York. Se apunta a que el soltero más disoluto de Londres bailó con la hija de…
―Hijastra ―lo interrumpió para hacer la observación.
―Hijastra, pues, de lady Snow.
―No sigo su razonamiento, señor Wilson. Sea más preciso ―demandó con ansiedad.
―Usted, excelencia, ha bailado un vals con una dama. La madre de…
―Madrastra ―volvió a puntualizar cortando la explicación del sirviente.
―Como sea. Se rumorea que lady Snow lo dejó plantado en medio de la pista de baile porque no lo aprueba. Así que imaginé que desearía todos los datos sobre la condesa y su… hijastra, dado que se dice que está interesado en casarse con la más joven.
York gimió. Su regreso a la sociedad no podía pasar desapercibido. Al menos no se había dicho nada sobre las ganas que tenía de convertir a la madrastra en su amante…
―No pretendo casarme con lady Evangeline.
―Imagino que así se llama la hijastra, no puedo recordarlo con claridad.
―Sí lo recuerda. No mienta, a usted no se le escapa nada.
―Se equivoca, excelencia.
―Pregúntelo de una vez, Wilson, sé que se muere por averiguarlo. ―Llevaba años acosándolo con tomar una esposa. Veía la esperanza reflejada en los ojos que siempre lo miraban acusadores.
―¿Pretende casarse con la madre? ―inquirió con serenidad. Mason creyó que la elegida era la hija. York no solía turbarlo con facilidad. Ya lo tenía complicado con la muchacha, pero con la condesa sería imposible.
―Madrastra.
―¿Quiere convertir a lady Snow en su duquesa?
―La quiero en mi cama, Wilson.
―Uhm. Pues va a ser un problema. Debería mejor pensar en cambiar de candidata, excelencia. Tanto para casarse como para tomar una amante. No pienso entrar a censurar lo poco elegante que sería casarse con la hija y acostarse mientras con la madre.
La cara de preocupación del ayuda de cámara lo estaba poniendo nervioso.
―No son familia, Wilson ―le recordó―. Y puedes estar tranquilo. No soy tan canalla para idear algo tan mezquino como lo que acabas de decir.
―Uno ya no está seguro de nada, excelencia ―rebatió con su habitual solemnidad.
―De todos modos, creo que me interesa la madre. No estoy seguro del todo.
―Eso es un problema mayúsculo, excelencia. ―El hombre lo estaba irritando. York había tenido un día funesto y no deseaba más dificultades.
―¿Por qué dice eso, Wilson? ―No entendía dicha afirmación.
―¿Recuerda al señor Baltimore, excelencia?
―¿El militar que contraté para enseñarme a manejar la espada y los cuchillos? ―Era un apellido que recordaba bien.
―¿Y a la muchacha que gritó con fuerza, cuando se encontró con usted en las escaleras a solas, y dijo que, más que el título de duque de York, debían haberle otorgado el de lord Lucifer ?
York se rio con ligereza.
―Sí. Fue del todo embarazoso explicarle al padre que yo jamás toqué a su hija y que no estaba interesado en absoluto en ella.
No la recuerdo demasiado bien, imagino que porque no tendría nada reseñable.
El señor Baltimore se enfadó muchísimo cuando insinué que la joven sería la última mujer con la que yo…
no… ―Se detuvo, suspiró―. Fue contradictorio.
Baltimore se encolerizó porque creyó que trataba de llamar la atención de su hija y luego se volvió a enfurecer cuando le dije que no era de mi agrado.
Era demasiado mojigata, muy religiosa, si mal no recuerdo.
En fin, gracias al cielo que el entrenamiento ya había terminado cuando él decidió marcharse.
Creo recordar que ella dijo que había escuchado rumores sobre mí, tan escandalosos que no deseaba ni que la mirase.
Nunca entendí aquello. ¿De dónde sacaría la muchacha esos chismes?
El servicio era de confianza. ¿Usted lo recuerda?
―Por supuesto. Por lo que pude averiguar en aquel momento, excelencia, la joven había oído cosas inquietantes acerca de usted. ―No le relató nada más en particular.
―Mi juventud… Buenos tiempos, Wilson… Me ha costado mucho forjarme una reputación de ensueño entre las damas ―dijo ensoñador, recordando su adolescencia, cuando su hombría funcionaba con solo un susurro femenino.
Recuperó el hilo de sus pensamientos y miró con seriedad a su ayuda de cámara―.
¿Qué tiene que ver Baltimore o su hija con todo esto?
―No sé si le gustará saberlo, excelencia. ―No hubo ni una mota de pesar en su afirmación. York se dio cuenta de inmediato.
―Por la forma en la que me observa, señor Wilson, veo que no son buenas noticias y que va a disfrutar cuando me las ofrezca.
De otro modo, se hubiese ido hace rato y me habría permitido leer la información que dice que ha recabado para mí.
Escúpalo de una vez para que ambos podamos volver a nuestros quehaceres. ―York trató de prepararse para lo peor.
― Lady Snow, antes de convertirse en condesa, fue la señorita Isobel Baltimore, excelencia.