Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6 #3
6%

Capítulo 6 #3

La conoció en una fiesta indecente. Los Ford tenían un estilo de vida…

diferente. Cuando se quedó sola, él había ido un par de veces a interesarse por su bienestar y una cosa llevó a la otra.

Sonya era eficiente, excelente de hecho.

Tenía diez años más que él, pero parecía que el tiempo no pasase para ella.

Tal vez hubiese hecho un pacto con el maligno para parecer siempre joven y fresca.

Se alegró de haber tenido la pelea con lady Snow, porque tal vez su vieja amiga podría volver a traerlo de regreso a la normalidad.

¡Cómo no se le había ocurrido antes que Sonya le ayudase con su problema!

Entró en la elegante casa de esa viuda, tomaron un par de copas de vino y se pusieron al día sobre sus asuntos.

York no mencionó a Isobel en ningún momento, pero sí su deseo de casarse pronto y el hecho de que había participado por primera vez desde hacía muuuchos años en un baile de temporada.

Tras la agradable conversación, y pese a que era casi mediodía, se refugiaron en la habitación de Sonya.

La dama comenzó a desvestirse y él la observó con atención, recostado en la cama, tal y como estaba.

Era una fruta madura exquisita. Tenía el pelo pelirrojo, unos ojos grises muy bonitos.

Su piel lechosa, salpicada de pecas era digna de admirar.

Se acercó y lo besó con adoración. Ella se separó de él.

York palpó sus pechos, los tenía todavía muy turgentes.

El pezón oscuro estaba puntiagudo, lo acarició con la palma de la mano.

Su amante llevó la mano hacia la entrepierna de él. Apretó con delicadeza la zona.

―¿York? ―inquirió extrañada.

Él suspiró. Estaba perdido.

―Tenía la esperanza de que tú pudieras remediarlo ―dijo abandonando la caricia sobre el duro pezón―. Es una suerte que no me haya desvestido. No me ha gustado nunca perder el tiempo ―señaló con voz cansada.

Sonya se sentó a su lado.

―¿Estás enfermo? ―preguntó mirando hacia su virilidad.

―Si lo estoy, solo tengo esa dolencia, querida.

―¡Oh! ―exclamó la mujer sin saber bien qué decir.

Si lo único que sabía hacer un hombre con maestría se lo quitaban de la noche al día, ¿qué le quedaba al pobre mentecato? El duque la miró con atención y decidió explicar un poco más de su situación. Sonya parecía desbordada y contrariada a partes iguales.

―Esta mañana creí que mi problema había pasado a la historia y por eso decidí venir a verte. Craso error. Mi erección parece haberse esfumado de pronto.

―¿Cuánto tiempo llevas así? ―quiso averiguar con cautela y suavidad. York era presuntuoso, si había venido a verla era porque necesitaba un poco de ayuda y mucha comprensión. Lo conocía bien.

―Seis meses y tres semanas. Si precisas saber el número exacto de días y horas, puedo decírtelos también.

―Pero has dicho que esta mañana creíste que ya…

―Y así fue. Tuve una erección tan furiosa que creí que acabaría antes de empezar ―confesó.

No mentía. Lady Snow lo había despertado de un letargo tan largo, que cuando la tuvo sostenida contra la pared, con solo haber lamido su oreja y sentido sus pechos revoltosos sobre su torso, creyó que se vertería en sus pantalones, como si volviese a tener quince años y viese unos senos desnudos por primera vez.

―Nos conocemos desde hace tiempo, York. Siempre que pienso en un amante incansable, experto, generoso y que jamás defrauda a su pareja…

―Lo sé, lo sé. No hace falta que sigas, Sonya. Llevo seis meses repitiendo lo que tú acabas de decir y más.

―¿Qué ha pasado para que estés así?

―No tengo la menor idea. Un día sencillamente… se fue. No sé si ha sido una hechicera que me ha maldecido, una enfermedad o…

―¿Qué ha ocurrido esta mañana para que… se despertase? ―Señaló su virilidad.

―No quieres saberlo, Sonya.

―Estabas con una mujer. ―Dedujo de inmediato. York era capaz de hablar sobre cualquier asunto, salvo de algo que la incomodaría sobremanera.

―No es cortés ni caballeroso hablar de otra dama. No en estos momentos en los que estás a mi lado desnuda en tu lecho.

―¿La conozco? ―Tenía una curiosidad brutal.

―No debemos hablar de esto.

―Dime al menos si ha funcionado bien y si crees que con ella hubieses podido… Ya sabes.

―No, no lo haré.

Lo miró con una sonrisa tierna.

―Eres mi querido amigo, York. Has venido a mí porque no hay nadie a quien puedas recurrir.

Hemos hablado, hemos bebido y no me has avisado de lo que te sucedía.

Imagino que era muy embarazoso, más para ti que eres el epítome de la virilidad, así que esperabas que yo lo descubriese y así poder confiar a alguien tu secreto más vergonzoso.

Deja que trate de ayudar ―le recomendó con humildad.

El duque asintió sin dejar de mirar a su amiga a los ojos.

―Estaba dispuesto y a punto.

―¿Se bajó tu… erección? ―Era un tema delicado.

York podría verse tranquilo y sereno, pero ella sabía que esto le estaba costando horrores.

Su vanidad debía estar destrozada. En los años en los que había compartido con él amistad y algo más, se dio cuenta de que su ironía y su suficiencia eran una coraza tan gruesa que tal vez ninguna mujer consiguiera atravesarla.

―No. No volvió a su estado anterior hasta después de un buen rato, por ello tuve que venir a verte. ―No tenía caso guardarse nada.

―¿Debo conjeturar que tu… compañera, la mujer de esta mañana, no te permitió…?

―No. No lo hizo ―la cortó.

―Seis meses sin… y, de pronto, hoy… ya sabes.

―Así ha sido. Me alegré antes de tiempo de mi milagrosa curación. Evidentemente he sufrido una nueva recaída.

―Eso parece. ¿Era ciega? ―No podía haber otro motivo.

―¿Qué? ―Se había perdido.

―La mujer que te ha rechazado. ¿No te ha visto? ―Sonya no podía creerse que alguien hubiese expulsado a ese ejemplar de su cama. ¡Imposible! Era perfecto, tan apuesto que haría llorar a un ángel.

―Sí.

―¿Entonces? ―hubo de preguntar al ver que él no decía nada más al respecto.

―No quiere acostarse conmigo. ―Era la simple verdad.

―¡Oh! Debes estar destrozado ―dijo más para ella que para su compañero. No era una ironía.

―No estás ayudando, Sonya ―la regañó con sutilidad.

―¿Qué clase de mujer no desearía acostarse contigo?

―Ella ―respondió sencillamente.

―Sé que no tratarías de arrebatarle la virtud a una joven inocente, y no voy a ofenderte con esa pregunta, así que no comprendo el rechazo de una mujer hacia ti… ―Ardía en deseos de conocer a la dama.

―El único rechazo que he tenido ―puntualizó él.

―Como sé que no me vas a pedir consejo sobre cómo actuar, te lo daré gratuitamente y tú decidirás lo que hacer o no.

Es muy extraño que tu miembro no quiera funcionar.

Seis meses es mucho tiempo, pero si hoy se ha…

Si ha revivido, creo que hay esperanza. Opino que deberías encontrarte de nuevo con la mujer que ha hecho que volvieses…

a la vida, por así decirlo, y tratar de averiguar si sigue habiendo una erección. Deberías tratar de acostarte con ella.

York resopló como un semental enfadado. Precisamente había ido hacía pocas horas a casa de lady Snow, porque en el baile de la noche pasada, cuando la tuvo entre sus brazos, su amigo se había removido tímidamente en sus pantalones, algo que hacía seis meses, tres semanas, cuatro días y diez horas, que no ocurría.

Había sido osado e improcedente con Isobel presentándose en su casa porque necesitaba saber si era capaz de llegar hasta el final con ella.

Su problema era de lo más incómodo y avergonzante.

La condesa de Snow se preveía como una solución a corto plazo y por ello la había tentado.

Lo que no esperó, fue sentir el ardor que ella despertó en su cuerpo.

La había deseado con tanta fuerza que mentiría si no confesase que se asustó.

Fue toda una sorpresa, ya no solo en lo referente a su poderosa erección, sino por la necesidad que le arrasó por dentro.

―Le he dicho que no volvería a molestarla ―confesó en un susurro.

―¿Y piensas cumplirlo? ¿Te alejarás de la única mujer que parece ser que deseas?

―No seas absurda, Sonya. No es la única mujer a la que deseo. Si así fuese no habría venido a verte.

―Ah, pero conmigo no has podido… ―Dejó la frase en suspenso.

―No quiere, Sonya. Si la persigo seré un acosador molesto. Tengo mi orgullo, ya lo sabes y es desmedido.

―¿De verdad pensabas perseguirla? ―inquirió con los ojos como platos. El hecho de que él hubiese lanzado esa idea de ir detrás de una mujer le resultó perturbador. A él lo acosaban, nunca fue a la inversa.

―Como bien has dicho, después de seis meses, la desesperación es difícil de remediar.

―Oh, York. Tienes un problema de lo más extraño. No sé qué decirte. Estoy atónita.

―No has oído lo mejor.

―¿Hay más? ―cuestionó sorprendida.

―Me fijé en su hija primero, aunque no sabía quién era la joven y no hubo premeditación en ello.

―Es algo que haría el duque de York, sí. ¿Su hija? ¡Dios mío! Imagino que estás perdido si no encuentras a otra mujer que te ayude a… ―No se atrevió a terminar su hipótesis por el modo tan fiero con el que él la miraba.

―Tengo un grave apuro, Sonya. La muchacha era su hijastra.

―Al haber escuchado el parentesco de la joven con Isobel en boca de otra persona se sintió inquieto, deseaba mejor usar el término que denotaba que no tenían la misma sangre―.

Te he dicho que pretendo casarme esta temporada y la joven que vi en la fiesta, ha dado la casualidad de que es pariente suya.

―Su hija.

―Hijastra ―precisó de nuevo.

―No importa. Lo considerará una afrenta. Las mujeres somos, aunque no lo creas, tanto o más posesivas que un hombre.

―Está convencida de que la pretendía. ―No se había atrevido a decirle a Isobel que, si bien la joven era interesante, ella misma le resultaba más… ¡La deseaba! No había ido a su casa a ver a lady Evangeline, al fin admitía la verdad. Isobel había hecho algo extraño con él.

―¿En pasado? ¿No en presente? ¿No hay un futuro que incluya a la muchacha?