Capítulo 6 #2
―¿Obstáculo, dice? Milady , es una lástima que no me conozca mejor.
Cuando yo decido algo, no hay impedimento capaz de frenarme.
No es porque sea un hombre, no es tampoco por mi título, sencillamente tengo una voluntad férrea y una determinación que rivalizaría con el mismísimo César.
Si Marco Aurelio hubiese mirado una sola vez con lujuria a Cleopatra, y yo fuese el emperador de todo el imperio romano, mi rival no habría visto por dónde le venían los golpes.
―¿Así que debo considerarme su contrincante y prepararme para la batalla? ―preguntó sin amedrentarse.
Él le sonrió con sutilidad. Ella levantó el mentón.
―Si usted estuviese en guerra conmigo, Isobel, no tendría la más mínima posibilidad de salir indemne.
―¿Y eso qué diantres significa? ―inquirió molesta, al ver la cara de suficiencia de él.
―A riesgo de que vaya corriendo y coja ese precioso jarrón en sus manos para comenzar a perseguirme con el espejismo de poder herirme, le diré, milady , que, a diferencia de otros de los que debería cuidarse, no uso la violencia con las mujeres.
Me gusta ser más sutil cuando contraataco.
―Él se acercó a ella y la tomó por la cintura.
Isobel se quedó helada, el olor de él, a hombre, a sándalo, la desconcertó.
No esperaba un gesto tan audaz como ese.
Se movió para tratar de escapar. Él la llevó hasta la pared más cercana y la aprisionó allí, sin darle opción a poder moverse.
Se acercó a su oído y le susurró como un experto cazador que pretende adormecer a su presa―: No sé lo que tiene, no comprendo el motivo por el que me fascina, Isobel.
Es una viuda sencilla, con una belleza modesta, de no ser por haberme tratado con tanta indiferencia cuando me recogió en su carruaje, posiblemente no la habría mirado una segunda vez.
Me pregunto qué ha visto Faran en usted y es del todo molesto repetirme esa cuestión día y noche, así que lo más acertado será descubrirlo por mí mismo.
¿Qué me dice, Isobel? ¿Subimos a la cama y le muestro por qué puedo considerarme a mí mismo un sueño de hombre?
¿No tiene curiosidad por saber lo que se siente cuando se tiene un amante competente en el lecho?
Le aseguro, con total convicción, que lo que le proporciona su otro compañero de travesuras no será nada comparado con lo que yo le haré sentir.
Lameré cada lugar secreto de su cuerpo, incluso rincones que no sabía ni que existían.
Le permitiré tocarme donde quiera, usar su lengua sobre donde se le antoje.
No habrá límites. Sin normas. Nos guiaremos por la lujuria más cruda.
Nos satisfaremos el uno al otro y pasaremos página.
Resultaría liberador que ambos pudiéramos olvidarnos de esta rivalidad nacida, que por otro lado no es más que el deseo que hemos despertado el uno en el otro.
―Se separó de su oreja, no sin antes engullir el lóbulo, para degustarlo y mordisquearlo ligeramente―.
¿Te llevo en brazos, querida, o prefieres ir por tu propio pie?
―Prescindió de la formalidad en la última parte.
―Es usted ridículo, excelencia. Si ha terminado ya con su intento de seducción, le agradecería que saliese de mi casa en este mismo momento y se abstuviese de regresar.
Lady Evangeline está fuera de su alcance.
En cuanto a mí, olvidaré de inmediato lo inapropiada que ha sido su actuación ―dijo con tranquilidad y decidida a mostrar que nada de su discurso la había provocado ni causado el más mínimo sentimiento.
La exigencia por parte de ella fue tan cortante e inesperada que él la soltó de pronto.
Reculó dos pasos hacia atrás para examinarla con atención.
La vio fría, serena, solo un breve rubor en sus mejillas que no se atrevía a aventurar si fue producido por la excitación o la ira.
Malcom llevaba desde los dieciséis años siendo un pícaro, un libertino, un seductor.
Ni una sola vez una mujer se había negado a compartir su lecho con él.
Menos creyó imaginar que una viuda a la que ni tan siquiera encontraba irresistible tendría el valor.
¿Tan excepcional sería Thorpe en sus habilidades amorosas?
El imperturbable duque de York sintió que el suelo bajo sus pies se abría de par en par.
Percibió algo extraño removerse en su interior.
Un sentimiento que no alcanzaba a comprender.
Cuando se fijó en la mirada de ella, su boca se curvó en una sonrisa destinada a deslumbrar…
Cosa que hubiese conseguido si no fuese lady Snow la que estuviese frente a él.
―Le habría resultado más fácil que yo saliese de su vida si hubiese permitido que saciase mi curiosidad. Me temo que ha convertido esto en un juego, lady Snow. Espero que sepa lo que ha iniciado y esté preparada para jugar.
―¿Va a acosarme? ―cuestionó con angustia―. No quiero ni deseo su atención y usted decide perseguir aquello que no se le entrega libremente.
―Soy despiadado, no lo negaré, pero un experto en lo que sé hacer.
Eso, mi querida Isobel, implica que conozco a las mujeres más que ellas a sí mismas.
Puede llamarlo engreimiento si quiere. Soy alto, tengo unos ojos del color adecuado, mi pelo oscuro me hace parecer más peligroso de lo que en realidad se vería si hubiese sido claro, soy fuerte y vigoroso.
Un título elevado. Desde joven he sido consciente del poder que despierto entre su género.
Una mujer no puede mirarme y no desear llevarme a la cama, más porque sé cómo susurrar, dónde acariciar, cómo besar.
No me han enseñado más que a complacer. La seducción no tiene ni un solo secreto que yo desconozca.
Reconozco que la interpretación de su papel ha sido brillante, Isobel.
Por un momento me ha hecho creer que no se ha humedecido entre las piernas, que su corazón no palpitaba con emoción, solo me ha bastado recomponerme del golpe que me ha dado, puede estar orgullosa porque sí me ha vapuleado, pero, como le decía, solo me ha bastado una mirada atenta para ver en sus ojos el deseo impreso.
Sus pupilas han teñido de negro gran parte de su mirada, sus labios entreabiertos apenas pueden contener los pequeños suspiros que se afana por hacer inexistentes.
Me desea con la misma intensidad que yo.
La condesa se acercó a él y lo miró a los ojos con determinación.
―Yo no le deseo, excelencia.
―Lo hace, Isobel, porque es mujer, porque es humano y natural anhelar a quien despierta la lujuria. Yo le gusto y la enciendo. Sea al menos honesta consigo misma de una vez.
Ella cerró los ojos con horror. Los abrió dispuesta a dejar el punto claro:
―Lo diré de otra manera. No estoy interesada en ser su amante, en acostarme con usted. Le pido amablemente que me deje tranquila y se olvide de mi familia y de mí.
Se quedaron uno frente al otro. Los ojos azules de él, cálidos y ardientes la observaban con hambre, ella lo sabía.
York estaba hechizado por esos ojos del color del chocolate con leche, había tanto deseo en ellos que podría ahogarse ahí.
Avanzó medio paso, la boca de ella lo llamaba para ser saqueada.
Estaba seguro de que con acercarse y darle el beso que se moría por otorgar, Isobel acabaría en sus brazos.
Era consciente de ese hecho, porque ella había dado un paso completo hacia él mirando con inquietud sus labios.
La condesa de Snow deseaba besarlo, tanto o más que él.
York suspiró. Retrocedió tres pasos, cerca de la puerta de salida. La vio avanzar un poco hacia delante. Sentía una invisible fuerza descomunal que lo impulsaba a correr hacia ella con los brazos abiertos y sabía que Isobel le respondería del mismo modo.
El duque se dio la vuelta, agarró el pomo de la puerta y la miró por encima de su hombro.
―En esta ocasión no me ha sentado en el pescante a la intemperie, me ha mantenido de pie en el recibidor, como si yo fuese menos que un mozo que le trae la comida a casa ―se lamentó.
―Conténtese, duque, me habría gustado atenderlo en la escalera del servicio. ―Isobel se sentía indefensa, con la necesidad de morder, arañar, herir al precio que fuese.
Él se giró por completo para hablar por última vez:
―Si hubiésemos estado en el lugar que indica, la habría poseído y a estas horas ya estaríamos saciados y preparados para dejar atrás todo esto tan extraño que hay entre nosotros.
Supongo que eso haremos, olvidarnos de lo que casi fue.
No pienso volver a molestarla lady Snow.
Le deseo la mejor de las suertes para combatir la frustración que sé que siente por el deseo desaprovechado.
Yo también trataré de superarla. Tenga buenos días, milady .
Solo cuando el duque de York se marchó, Isobel se permitió derrumbarse. Se dejó caer en el suelo porque sus rodillas ya no conseguían sostenerla. Y lloró. Lloró con fuerza y sin reserva, sin saber el motivo por el que su llanto había aparecido de la nada.
***
Después de la entrevista con lady Snow que se había llevado a cabo en el recibidor de la casa, York se debatió entre ir a White’s o regresar a su hogar.
La opción más sensata fue buscar a una mujer para que le aliviase de su necesidad y poder olvidarse de una vez de esa viuda amargada e insulsa a la que estaba convencido de que deseaba solo porque ella pertenecía a Thorpe.
Pero maldita fuese porque la encontraba más que deseable.
No era desdeñable en absoluto por más que él tratase de convencerse de todo lo contrario.
Así fue como York acabó en casa de la señora Ford, una amiga, a la que recurría cuando necesitaba desahogarse. Ella también era viuda y con este tipo de mujer uno podía ser directo y muy seductor porque no eran damas virginales.