Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 6
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Capítulo 6

Varios descubrimiento s

Un hombre en su sano juicio cortaría la bella rosa inglesa del seno de su familia y la colocaría bajo su techo sin pestañear.

Mientras permanecía en el recibidor de la casa de lady Snow, el duque de York se preguntaba si haría bien pidiéndole a una joven dama que se casase con él.

Su cabeza era un hervidero y no sabía bien lo que quería o se proponía.

La indecisión no formaba parte de su persona y estaba ofuscado.

Era evidente que la viuda amargada protegería a Evangeline de él con todas sus fuerzas y contaba con ello.

No cabía duda de que la hijastra del dragón era una doncella muy cotizada. Los numerosos ramos de flores frescas que había en la gran mesa de mármol situada en un lateral del recibidor dejaban constancia de que su incursión en la temporada había resultado ser todo un éxito.

Malcom oyó unos pasos y se giró para ver descendiendo por la escalera principal del edificio a lady Snow y la hermana de Evangeline. ¿Regina dijo la joven que se llamaba? No lo recordaba bien. York era un desastre con los nombres.

Bueno. En honor a la verdad, Isobel no era ningún dragón escamoso que escupiese fuego.

Bien lo sabía él, que la noche anterior la había provocado y ella no mostró las garras…

solo un poco. El pelo lo llevaba estirado en un moño severo, el vestido de mañana, marrón con lirios en tonos dorados, era demasiado sencillo, poco favorecedor, y aun así no daba una impresión desagradable.

La joven que iba a su lado sí vestía con un precioso vestido turquesa a juego con sus ojos, y el pelo se le veía trenzado en un peinado de lo más elaborado.

El duque portaba en las manos un pequeño ramo de margaritas que resultaría invisible si el personal al servicio de la dama lo colocase al lado del resto de rosas.

Al venir hacia la casa de lady Snow había visto un puesto de flores y tuvo la tentación de comprarlas.

Pensaba que servirían para ablandar el hecho de que iba a presentarse sin aviso ni invitación.

―Mi hermana no está ―habló Regina, desde el último escalón de la escalera.

Malcom suspiró, ni saludos protocolarios, ni buenos días…

No le cabía la menor duda, por la mirada de las dos mujeres, que si ellas pudieran ir a buscar una escoba le atizarían con ella hasta echarlo a la calle.

¿De qué demonios le valía ser un duque apuesto en estos momentos? Se sobrepuso al exabrupto.

―Toda una contrariedad, que quedará saldada porque veo a dos bellas damas dispuestas a entretener a un duque durante unos minutos ―instó York. Usó el título para ver si ellas mostraban un poco más de respeto.

―Mis excusas, excelencia, pero desde que llegué a Londres he estado esperando para que el sol luciera y disfrutar de una mañana plácida al aire libre ―se excusó rápidamente Regina al tiempo que un lacayo le daba la sombrilla a juego con el vestido.

―Entonces, lady Snow ―Malcom miró a Isobel con arrogancia―, solo quedamos usted y yo, milady .

La oyó suspirar pesadamente, luego la observó componer una sonrisa para mirar a su hijastra y poco después le dijo:

―Tal vez podría acompañarte el duque de York en tu paseo, Regina. ―Ante la propuesta de Isobel, la joven la miró con pánico, luego se volvió a observarlo a él y sentenció:

―No. ―Fue tajante, como un general mandando a sus subordinados. Nada más se añadió por parte de la joven, se marchó seguida por una doncella que le haría de acompañante.

―¿Y bien? ―inquirió indolente el duque cuando se oyó la puerta cerrarse.

―¿Y bien qué, excelencia?

―Dado que en esta ocasión no puede obligarme a sentarme en el pescante, ¿me hará acomodarme en los escalones en la escalera, mientras usted se aposenta en su cómodo sillón de la salita de mañana junto al fuego?

Ella sonrió de lado.

―Me gustaría mucho llevar a cabo su sugerencia, excelencia. Sería un bonito adorno, aunque innecesario en mi casa ―respondió la condesa.

―Pasaré por alto su impertinencia, solo porque me considera… bonito. No es que apruebe demasiado esa palabra en concreto, dado que varonil y apuesto son calificativos que recogen mejor mi esencia.

―¿Se sentará en la escalera a esperar a que Evangeline regrese? ¿Tendré tanta suerte, excelencia? ―preguntó ella sin prestar atención al resto que él había dicho.

―Da la casualidad de que tengo un ayuda de cámara muy escrupuloso con el aspecto que presento.

Mi querido señor Wilson me armaría un consejo de guerra si supiera que se me pasa por la cabeza sentarme en el suelo.

Imagino que Faran ―usó el nombre de pila del vizconde Thorpe para hostigarla―, no le ha permitido desvestirlo antes de…

, porque en caso de que lo hubiese hecho, habría podido comprobar por sí misma que las prendas de un hombre no están hechas para ser forzadas para tomar asiento en el suelo.

La vio sonreírle y él frunció el ceño. Habría esperado otra reacción más… visceral.

―¿Me permite sus flores, excelencia? ―le pidió con una radiante sonrisa en los labios aún más grande que la anterior ofrecida.

York la miró evaluativo, pero levantó la mano y le entregó el ramo.

Lo siguiente que vio fue el brazo de la condesa ponerse en alto, dispuesto a usar las margaritas como arma y darle con ellas en la cabeza.

Y la dama logró su cometido porque ni en un millón de años York hubiese previsto semejante reacción.

Le atizó fuertemente en la coronilla, tanto que muchas de las flores se deshojaron.

―¿Por qué demonios ha hecho eso, mujer? ¿Está usted loca? ―se quejó.

Isobel dejó el resto de las flores en la silla más cercana. El ramo quedó destruido. No importó. Se sintió bien al haberlo golpeado. Lástima que no fuese algo más contundente.

―No se queje tanto, excelencia, porque toda la furia que ha estado cosechando en mí desde que nos vimos por primera vez, me impulsaba a ir a por ese jarrón ―ella señaló a la izquierda.

Los ojos de York se movieron hacia allí, donde figuraba una vasija bastante grande y pesada―, subir las escaleras, calcular bien la trayectoria de caída desde el primer piso y arrojarlo sobre su persona.

―Podría acabar en la horca por asesinar a un par del reino, milady ―dijo con pereza. Si quería intimidarlo… No lo iba a conseguir. Se había visto con muchos hombres más temerosos y nadie conseguía hacerlo recular.

―Habría valido la pena, excelencia. Además, si ese jurado que me juzgaría se encontrase formado por mujeres, pienso que, al hablar de usted, con solo mencionar su nombre, habría quedado absuelta por su asesinato y, muy posiblemente, condecorada por mi gran servicio a la comunidad femenina.

―No sea absurda, Isobel. Si la noticia de mi muerte llegase a oídos femeninos, no habría ni una sola mujer que no llorase mi muerte, y me aventuro a decir que la quemarían en la hoguera por haber sido la bruja que les privó de la compañía y vista del duque de York.

Lo miró con una ceja levantada.

―Siga hablando y conseguirá que solo yo sepa cómo acaba la historia de su muerte cuando le eche a la cabeza ese jarrón.

Estará muerto y no sabrá si me salvé de la horca o no.

Anoche toleré sus excesos porque me sorprendió con la guardia baja y mis dos hijas estaban presentes.

No soy una mujer con la que debería jugar, excelencia.

No tengo tiempo, ni ganas para soportar sus tonterías.

Si tantas damas hay que se deshacen con usted, le invito a que vaya a visitarlas.

Correrá menos peligro con ellas que conmigo.

―Le faltó la respiración al terminar su retahíla, de tan rápido y con tanta rabia que la dijo.

Él la miró con atención. ¿Qué tenía de especial esa viuda?

Cuando la vio por primera vez le resultó tan poco apropiada…

Ni su nombre quiso averiguar. Le gustaban las mujeres.

Delgadas, gruesas, altas, bajas, morenas, rubias, pelirrojas, todas eran bonitas y especiales a su manera.

Sin embargo, si York tuviese que hacer una lista con las cualidades que más le gustaban en una amante, ni un rasgo de lady Snow estaría presente.

¿Por qué no podía resistirse a molestarla?

En su disoluta vida, nunca había tratado a una dama como lo hacía con Isobel…

¿Por qué? ¿Solo por la vieja enemistad con Thorpe?

¿Por el aburrimiento que arrastraba desde hacía seis meses?

No estaba seguro. En los últimos tiempos sentía que su vida se había puesto patas arriba y que nada parecía tener sentido. Lady Snow, Isobel, era la pieza que menos encajaba en todo esto.

―La percibo enfadada y no logro comprender el motivo. ¿Solo porque dije que Faran no le permite desvestirlo? Vamos, Isobel, la imaginaba una mujer más mundana.

―Es que no quiero que me imagine, no deseo conversar con usted. ¿No lo entiende? ―Estaba desesperada. Isobel no sabía qué más hacer para que él se olvidase de Evangeline, de Regina y ya puestos de ella misma.

―Uhm. Es mi obligación recordarle las normas sociales, tal vez en el campo, donde imagino que ha pasado la mayor parte de su vida, no le han enseñado etiqueta con atención.

Una dama no debe disgustar nunca a un hombre, menos si es un duque.

Su reputación podría verse seriamente mermada.

¿Quiere que le cuente más cosas sobre el beau monde , milady ?

Tengo tiempo, puedo ayudarla ―se ofreció desinteresado.

La vio alzar la mano derecha para colocarla en la frente. La otra se la llevó al corazón.

―¿Pretende matarme de un ataque de apoplejía, excelencia? ¿Se ha propuesto eliminar al único obstáculo que habrá entre Evangeline y usted? No veo otra razón para que busque alterarme tan frenéticamente.