Capítulo 5 #3
―¿Por exponer sus más íntimos deseos sobre mí? No se preocupe, nadie nos oye. Sé guardar un secreto. Ya ve que no he dicho ni una sola palabra sobre su cita secreta en la posada con Thorpe ―dijo en tono de confidencia que ella sabía que usaba para burlarse de su situación.
―No es asunto suyo lo que yo tuviera pensado o no hacer en el lugar al que me dirigía.
¿Tenía yo derecho a conocer de dónde venía o cuál era su destino cuando amablemente le presté mi auxilio?
Pude haber pasado de largo y no lo hice.
Y en cuanto a la falta de amabilidad que me achaca, usted no fue, excelencia, tampoco cortés.
Recuerdo bien sus aires de grandeza y el modo en el que me habló.
―Uhm. ―La escena de cuando ella hizo detener su vehículo pasó brevemente por su mente―. Le concederé eso. Pero mi molestia con usted creo que es más por el hecho de que me engañase miserablemente cuando me recogió en la zanja.
―Lo dudo mucho ―bufó ella. Se había cuidado bien de no hablarle más que lo justo y necesario, y no mirarlo demasiado con la esperanza de que él no pudiese recordarla.
―Lo hizo y no es fácil para una mujer engañarme.
―Sé que me arrepentiré… ―ella suspiró―, ilústreme, excelencia ―lo invitó. Él sonrió complacido.
―Me hizo creer que era una mujer insulsa y poco favorecida, y no lo es. De hecho, es todo lo contrario. Me ha engañado deliberadamente y merecería un castigo. Todavía no he decidido cuál será… ―dijo con voz inquietante.
―¡Oh, qué gran ofensa a su sensibilidad! ―se burló ella cociéndose en su propia indignación. El tono de él, que más parecía seductor que burlón, no le causó la más mínima impresión.
―¡Me alegra que lo comprenda! ―dijo él entusiasmado sin abandonar su posición engreída.
Ella rodó los ojos. ¡Era un hombre imposible!
En la siguiente vez que se aproximaron, él la agarró con firmeza y la mantuvo en un abrazo más del tiempo debido.
―No hará saltar a Faran. Él, a diferencia de usted, es un caballero ―le espetó con rabia.
―¡Ah… Faran! Imagino que él si la llama Isobel. ¿Se sintió decepcionada cuando no pudo… ya sabe… con él… en la posada? ―Alzó repetidamente las cejas cuando ella lo miró con horror.
Ella gruñó. York estuvo satisfecho por haberla hecho enfurecer hasta el punto de que parecía que le saldría vapor de las orejas.
―Esto ha durado más de lo que debí haber permitido ―anunció con seriedad. Un segundo más tarde se dio la vuelta y lo dejó plantado en la pista de baile.
York se quedó perplejo. La vio marcharse con la cabeza tan erguida que podría despegarse de su cuello, con el paso de una conquistadora egipcia satisfecha por destronar a su César.
Asomó en su rostro una pequeña sonrisa de satisfacción.
¿Orgullo? Frunció el ceño. Se movió entre las parejas de baile para llegar hasta donde estaba Thomas aguardando por él.
―¡Una mujer te ha dejado plantado, York! ¿Cómo has logrado semejante proeza?
―No te lo creerás, Portman, pero ha sido con mucha insistencia ―dijo sin asimilar lo que acababa de ocurrir. Ninguna mujer lo había tratado como ella… ¡jamás!
―¿Estás contento? ―preguntó su amigo al verlo sonreír y cabecear afirmativamente.
―No lo sé. Ha sido inesperado y desconcertante. Bien sabes que ni una sola dama me ha hecho nunca un desplante.
Portman comenzó a reírse con fuerza.
―Y por eso ha sido como ver un meteorito pasar.
No creí que viviría para presenciar algo tan…
heroico, por parte de una mujer. Deberías estar devastado.
Pensé que lo tomarías como un insulto, una acción irreparable.
¿Qué ha pasado? ¿Tus sonrisas y encanto no han sido lo suficientemente buenos para dejarla anhelante?
Duro golpe a la supremacía de tu hombría.
Esta noche no dormirás, lo intuyo. ―Mentiría si Portman no confesase que estaba disfrutando del traspié de York.
El hombre más deseado de Londres acababa de ser vapuleado por una mujer―.
¿No irás a ponerte a llorar, verdad, York?
―Eres absurdo, Portman ―dijo con fastidio. Se veía que Thomas estaba disfrutando de su desafortunado, pero interesante percance… Y no. No le agradaba ser el objeto de las burlas.
―¿Quién era ella? ―interpeló interesado en la identidad de la dama que había realizado semejante gesta. Dejaría de mofarse de Malcom… por el momento.
―La madre de la joven con la que he bailado el vals. Bueno, sospecho que es su madrastra. La condesa de Snow, ese es su título, no puede tener más de treinta años y la muchacha debe situarse en torno a los dieciocho o veinte. Es viuda.
―Intuyo que se ha marchado, dejándote en ridículo, cuando le has anunciado tu intención de casarte con la hijastra de la que es ahora responsable.
―No, pero me has dado una excelente idea ―dijo sonriendo.
Tan ensimismados estaban en su conversación, que no se dieron cuenta de que el vizconde Thorpe había llegado hasta ellos.
―York ―lo saludó con disgusto Faran―, Portman ―se dirigió al otro.
―Thorpe, diría que es un placer, pero nunca lo ha sido, ¿verdad? ―preguntó con rectitud el duque.
―No. Y por ello vengo a decirte que sigamos como hasta ahora, evitándonos.
―Me parece bien.
―Nunca me has gustado, York.
―Lo sé. El sentimiento es mutuo.
Se miraron a los ojos. El vizconde estaba colocado frente al duque, Thomas al lado derecho de Malcom.
―No caces en un coto privado, York.
―¿Cazar? ¿En la ciudad? ¡Qué tonterías dices, Thorpe! Estamos en plena temporada… Solo a un tonto se le ocurriría cazar ahora mismo ―dijo con hastío y pesadez.
―Me has entendido perfectamente, lleva tus miras a otro lado. No te lo advertiré más. No vuelvas a molestarla. ―Se marchó de allí sin nada que añadir.
York apretó los puños con rabia. Le quedó el consuelo de ver que Faran, como ella lo había llamado, también los llevaba lo suficientemente presionados para que se le viesen blanquecinos.
―¿Hablaba de la muchacha o de la madrastra?
―Tal vez de ambas ―respondió Malcom.
Thomas lo miró con horror.
―¿No pensarás cazarlas ―arrastró la palabra― a las dos, York? ―le reprobó el vizconde.
El duque lo miró con atención. Segundos más tarde compuso su mejor sonrisa picarona para decirle a continuación:
―Lo meditaré esta noche, después de llorar amargamente por el desplante de la primera dama que se atrevió a herir la vanidad del gran duque de York. ―La propuesta fue dicha con tanta etiqueta que cualquiera que lo escuchase pensaría que en verdad sucedería eso mismo. Thomas sabía que no sería así.
―Cielo santo, amigo mío… ―apuntó en un tono bajo―.
No sé lo que hiciste para que ella se atreviese a desairar a un duque, espero que la perdonen cuando se den cuenta de que fue a ti, pero seguramente debió haberte abofeteado antes de largarse.
―York podía ser especialmente molesto cuando se lo proponía.
No importaba ni el rango ni el sexo del sujeto. Thomas lo había visto con anterioridad.
―Muy posiblemente lo hubiese merecido. ―York repasó la conversación con lady Snow en su cabeza―.
Sí. Decididamente Isobel se ha contenido, porque de no haber sido así, llevaría en mi rostro la bonita marca de sus cinco dedos, y mi ayuda de cámara se enfadaría, con motivo, porque yo hubiese aceptado sin oposición un adorno que él no habría aprobado previamente.
―¿Isobel? ―preguntó con una ceja alzada obviando el resto de su retahíla.
―Un nombre escocés… De pronto me han dado ganas de ir a White’s a tomar un buen whisky . ¿Te animas?