Capítulo 5 #2
―Es un placer, excelencia. ―La condesa le hizo una reverencia adecuada, nada excesiva.
Malcom la miró con fijación a los ojos. Los veía más grandes que la otra vez, de un color caramelo con leche.
Se fijó en el pelo recogido bajo la nuca, con unos mechones esparcidos, se veía muy…
suave, tenía hebras oscuras salpicadas con otras rojizas.
El vestido vaporoso de muselina le quedaba como un guante.
De pronto se sintió molesto y no atinaba a saber el motivo exacto de ese arrebato.
―El placer es del todo mío ―dijo con una bonita sonrisa, al tiempo que le cogía la mano para depositar un beso sobre su guante.
Isobel reprimió sus deseos de apartar la mano. Malcom la observó apretar los labios en una fina línea blanca. Sonrió más ampliamente mientras dejaba de sostener la mano femenina.
―El duque de York ha sido muy amable al invitarme a bailar, madre ―dijo Evangeline, ajena a la reacción entre ambos.
―Nada de eso, fue un privilegio tener a la mujer más hermosa de la fiesta como compañera ―señaló galante.
Evangeline se obligó a no dejar caer su mandíbula al suelo.
¿Le acababa de dar un cumplido brillante cuando lo único que él había deseado segundos antes era huir despavorido?
Frunció el ceño sin comprender lo que sucedía.
―Evangeline, querida ―tomó la palabra Isobel―, no deberíamos monopolizar el tiempo de un duque, tal vez sería mejor que vayamos a buscar a…
―Nada de eso, milady ―la cortó York. Si ella quería sacudírselo de encima le iba a costar un poco más que en aquella absurda posada―.
Puesto que me he propuesto bailar con las damas más solicitadas de la adorable fiesta de los condes de Exeter, creo que sería un necio si perdiese la oportunidad de pedirle un baile, lady Snow.
―Le tendió la mano para sostenerla. Iba a sonar un cotillón y York deseaba martirizarla un poco más.
Isobel forzó una sonrisa trémula. Vio por el rabillo del ojo a un hombre erguido a su izquierda, a una distancia prudencial.
Su vista se desplazó hacia allí para observar a Faran parado con la cara seria y los brazos colocados hacia atrás.
La condesa sospechaba que el vizconde no estaba muy contento de ver a York esa noche y menos con ella.
Lo encontró adorable al verlo celoso. Quiso rechazar a York, alegar un dolor de cabeza, un pie cojo…
¡Lo que fuese! Ninguna excusa plausible le venía a la mente.
Los segundos pasaban y York mantenía su mano en el aire en ofrenda para que Isobel la cogiera.
Se fijó en que el duque desvió la vista hacia el lugar donde ella la tenía puesta.
―¡Ah!, tal vez desearía a un compañero de…
baile diferente. ―Ahí Isobel lo supo. El tono de voz bajo, la risa y la intriga bailando en sus palabras.
Tan cierto como que la luna estaba esa noche en su máximo apogeo y mañana saldría el sol.
El duque de York era consciente de que el vizconde y ella eran…
¿qué eran?, se preguntó la condesa. Faran y ella no habían tenido ocasión de ir más allá… todavía.
―Estaré encantada de contar con una pareja de baile como usted, excelencia. ―Tomó su mano y se encaminó hacia la pista de baile con él. Lo vio hinchar el pecho como si fuese un pez globo y ella sospechaba que lo hacía debido al vizconde. Rodó los ojos… ¡Hombres!
Comenzaron a danzar.
―Isobel ―dijo su nombre cerca de su oreja en la primera vuelta―. Conocí una vez a una mujer llamada así.
―No le he dado permiso para usar mi nombre de pila, excelencia ―señaló molesta. Poco le importaba que fuese un duque y que en la escala él fuese un tiburón y ella un simple pececillo.
―Y no lo he hecho, lady Snow ―razonó con pereza―.
Simplemente hice una observación sobre su nombre.
Lo recordaba bien, debido al susurro que emitió Thorpe cuando usted se marchó intempestivamente de la posada…
¡Quedó desolado! Yo en su lugar hubiera ido tras usted de inmediato para pedirle explicaciones.
No es correcto que una dama le dé alas a un hombre y luego lo deje sin poder…
volar. ―Ella trastabilló durante la danza, y él la tuvo que sujetar. Pararon de bailar un momento.
―¿Qué quiere? ―preguntó con seriedad.
―¿Yo? Nada, sencillamente he hecho una observación de lo más…
inocente. Ahora, haga el favor de seguir bailando o me temo que su amigo irrumpirá en la pista y se la cargará al hombro, de tal modo que su desliz de la posada no será nada en absoluto para lo que se iniciará aquí si le da motivos ―le recomendó con seriedad ―.
Por cierto, fue usted muy desagradable en el parque.
Isobel comenzó a bailar y su mirada voló hacia Faran.
Estaba en el mismo lugar que lo vio por última vez.
Los miraba con enfado, más que eso, como si en cualquier instante en verdad pensase hacer justamente lo que su indeseada pareja de baile había comentado.
No había visto al vizconde en esa tesitura jamás.
―No sé lo que se propone, pero no pienso jugar a su juego.
York compuso su mejor cara de asombro.
―Isobel, querida…
―No use mi nombre de pila ―dijo con los dientes apretados.
―Es verdad, no nos conocemos tanto como para hacer algo semejante.
Tal vez si hubiésemos compartido unas horas en el cómodo interior de su carruaje, ya hubiese podido tener el privilegio de acortar las distancias con usted.
Pero no fue así. ¿Lo recuerda? Me dejó a la intemperie en un día de lo más frío.
A un hombre que había sufrido un percance en el camino…
¡Qué falta de sensibilidad por su parte, Isobel!
―Usó su nombre para molestarla. La vio mirarlo con ira.
No le importó y siguió con su explicación―: Un duque montado en la parte de atrás de un carruaje como si se tratase de un equipaje de cuarta clase…
¿Se imagina que yo no fuese un hombre comprensible y dado a soportar las inclemencias del clima londinense?
¿Qué hubiera sido de mí? ¡Qué poco galante se mostró mi salvadora! ―Suspiró con suma teatralidad.
―¿Todo esto es porque se vio obligado a ir en el pescante del carruaje? ―No se lo creía.
―No. Esto es debido a que no fue amable. Fue grosera y no me prestó la debida atención. ―Le importó bien poco sonar como un colegial decepcionado con sus presentes en la mañana de Navidad.
―Oh, disculpe, usted ―comenzó ella con la teatralidad, tal y como hacía él―, olvidaba que el duque de York debe ser comparado con el mismísimo Dios…
¡Lamentable por mi parte no haberlo hecho!
¿Qué hubiese tenido que hacer? No me lo diga ―señaló cuando lo vio abrir la boca―.
Ya lo sé, debí haber bajado de mi carruaje, haberle extendido una alfombra roja cerca de sus lustrosas botas, y a continuación postrarme a sus pies para que me hiciera la dama más feliz de la faz de la Tierra y compartiese un espacio cerrado conmigo.
Todo un privilegio para una mujer. Poco se vería afectada mi reputación en caso de haber alojado en mi carruaje al disoluto duque de York.
―Me halaga el hecho de que conozca mi fama, milady . Pero creo que su reputación ya estaba a punto de echarse a perder en cuanto llegase a esa posada… ¿Me equivoco?
Ella lo miró con seriedad.
―Todo el mundo conoce al duque de York.
―Eso espero. Me he afanado todos estos años en que así sea.
―Y no es debido a sus buenas acciones, modales o moralidad.
―¡Oh, Dios! ―levantó la voz con espanto―.
Espero que no sea así. Algo tan aburrido me deprimiría de tal forma que tendría que demostrar que soy todo lo contrario.
Si alguien de esta sala creyese que soy un dechado de virtudes, el epítome de la cordura y la buena etiqueta, me vería obligado a desnudarme y a orinar sobre el ponche, y me temo que para llevar a cabo acciones como esas no sería necesario tomar ni una sola gota de whisky . Soy más que capaz de hacerlo sobrio.
―Es usted despreciable ―dijo por lo bajo. Él la escuchó.
―Gracias. Me gusta llamar la atención.
―No lo pongo en duda.
―Creo que debemos retomar el punto de su reputación. ¿Qué pensaba hacer con Thorpe en esa posada, Isobel?
―No me llame por mi nombre ―insistió con cansancio ella.
―¿No le gusta el nombre que le otorgaron sus padres? Es delicioso. De origen escocés, y creo que significa algo así como: juramento de Dios. Muy a cuento en estos momentos, pues hace unos breves minutos me ha comparado usted con el Altísimo.
―Mi nombre es perfecto, solo deseo ahorrarme la molestia de oírselo decir a usted.
Lo ensucia, excelencia. ―No sabía de dónde salían todos esos malos modales.
Se consideraba magnánima y muy paciente.
El hombre que la sostenía en cada giro del cotillón había conseguido beberse su paciencia en el primer saludo que compartieron.
―¡Oh!, me hiere usted, Isobel ―dijo con desdén―. ¿Sabe cuántas damas darían su brazo derecho, que es más útil que el izquierdo si se es diestra, para que yo me dignase a pronunciar el nombre de ellas en el mismo tono y con la misma intimidad que lo estoy haciendo con usted?
―Seguro que no son tantas.
―¡Oh! Atacar la vanidad de un hombre es todavía peor que dejarlo solo y frío en el pescante del carruaje. ¿No le enseñaron nada sus padres, Isobel? No debería menospreciar a un hombre, menos si es un duque que se enorgullece de sus éxitos entre la población femenina.
―¿No le han dicho nunca que es usted tedioso?
―Isobel, Isobel ―dijo con retintín―, pienso que usted pretende hacerme creer que soy un hombre aburrido con el fin de verme profanando el ponche sin mi ropa.
No hace falta retarme para llegar a eso.
Con una palabra podría valorar su petición positivamente.
¿Es eso lo que desea? ¿Descubrir los secretos del perfecto cuerpo del duque de York?
Me vanaglorio de complacer a las damas en la medida de lo posible…
―Es usted ridículo.