Capítulo 5
Una oposición con fundament o
―¿Le gusta Londres, milady ? ―preguntó York para romper el hielo, mientras se iniciaba un vals.
Isobel había conseguido que a Evangeline y a su hermana les otorgasen el permiso para bailar esa danza escandalosa, hacía tan solo tres días.
―No especialmente, pero sí reconoceré que no tengo un minuto libre y eso sí me gusta, excelencia.
―Interpreto que es su primera temporada.
―Así es. Mi padre murió hace poco más de un año y tuve que retrasar mi presentación. Regina prefiere que haya venido con ella y así pueda pasar desapercibida.
―¿Regina?
―Mi hermana. Ya ha visto que es… peculiar. Detesta la interacción social.
―¿También es la primera vez que lady Regina viene a la ciudad?
―preguntó con curiosidad. Debería estar enfadado, no obstante, la reacción de la pequeña arpía le divirtió más que enfurecerlo.
Fue por el modo de mirarlo, la forma que tuvo de rodar los ojos y largarse a toda prisa…
Aunque el rechazo por parte de las féminas nunca había sido un hecho, llevaba dos mujeres que lo habían despreciado.
¿Estaría perdiendo su atractivo?, se preguntó con horror.
¡Imposible! Era que ellas no tenían un gusto acertado.
―Y sospecho que será la última. Creo que Regina ha desarrollado un diabólico plan para que nuestra madre la mande de regreso al campo antes de tiempo.
―¿Qué muchacha no desea casarse? Eso es propio de los hombres ―sopesó, más para sí mismo que para su compañera.
―A mi hermana poco le importa que algo sea propio de un género o del otro, si decide llevar a cabo una iniciativa lo hará sin importar las consecuencias. Regina es muy vehemente. ―Suspiró. Evangeline adoraba a su hermana y la envidiaba porque nada parecía frenarla.
―¿Y usted? ¿Cómo es usted, lady Evangeline?
―No hay más que lo que ve, excelencia.
―Dudo que eso sea verdad. Cada mujer tiene un don especial, un hecho vital que la hace diferente de otra. Si su hermana es la mujer decidida, ¿no será usted la belleza inspiradora de la familia?
Ella le sonrió y negó con la cabeza con sutilidad. En ese punto York la hizo dar una vuelta completa por el salón.
―¡Oh, vamos, excelencia! Le agradeceré el cumplido que subyace sobre esa afirmación, pero debe recordar que yo sé bien que se había fijado en Regina antes que en mí.
―Mi amigo insistía en que debía bailar con alguna dama. Los ojos de su hermana son muy…
―Preciosos. Lo sé. ―Era el rasgo más bonito de Regina.
―Soy del todo desconsiderado, le pido disculpas. Aunque no lo crea, soy perfectamente consciente de que no se debe ensalzar las bondades de una dama en presencia de otra.
Estaba malhumorado porque no se sentía un seductor en absoluto, más bien todo lo contrario.
Era una muchacha agradable, era hermosa y hablaba con él sin tartamudear, sin verse afectada por su presencia, pero, no le inspiraba algo, una pizca de…
¿Demasiado joven? No sabía el motivo, pero York no se veía pasando la vida con una joven que acababa de comenzar a volar.
Recapacitó sobre su situación. Odiaba los bailes en los que solo se podía hablar sobre el tiempo y tonterías similares.
Si no encontraba rápido a una mujer que no le disgustase, tendría que buscar una nueva invitación a otro evento social, y le daba en la nariz que Wilson acabaría enviándolo a algún lugar peor al que había acudido esa noche.
Debería pensar en la joven como su posible duquesa…
Desechó la idea de inmediato. Lady Evangeline era demasiado inocente y sincera para que Malcom considerase tenerla a su lado.
Portman tenía razón. Si se casaba con ella, en su mente se dibujaba la estampa de una bonita joven acurrucada en la cama, llena de miedo cuando él acudiese a consumar el matrimonio.
Gimió en sus adentros. Fantaseó durante un tiempo con la idea de adiestrar a una virgen en el arte de la seducción y la perversión…
No veía a Evangeline haciendo tal cosa. Se sentía sucio con el solo pensamiento.
¡Maldito Portman, por meterle la idea de que una mujer podría tener a un padre preocupado por ella!
York se sentía responsable de la fragilidad que se percibía en lady Evangeline.
¡Menudo dilema! Una mujer intrépida que fuese una experta amante no sería apropiada para ser su duquesa, porque ello implicaría que había llevado una vida de perdición, y aunque le gustaba sembrar el escándalo, sería del todo controvertido que hiciera a una cortesana su esposa.
No. Debía encontrar una solución. Miró de nuevo a la mujer que mantenía a una distancia más que prudencial mientras bailaban.
¿Podría ser ella capaz de ser una esposa que no le diese problemas?
Tendría que enseñarle tantas cosas sobre sus gustos, sobre cómo no molestarle con extravagancias, a no llorar cuando quisiera adentrarse en su interior…
¡Demasiado trabajo! La pereza era un pecado del que no había hecho jamás gala, pero al imaginar el esfuerzo que debería invertir en lady Evangeline, u otra joven dama casadera recién llegada a Londres, se veía a sí mismo en Jericó tratando de ahuyentar ese tedioso trabajo.
―No se preocupe, no se lo tomaré en cuenta.
Jamás podría sentir celos de Regina, porque la amo y solo deseo su bienestar.
―Él asintió en respuesta. No recordaba ni lo que había dicho previamente.
¿Había hablado ella o él? No importaba, iba a largarse de casa de lord Exeter en cuanto se deshiciese de la muchacha que estaba danzando con él.
El baile terminó y el duque se quedó parado sin saber bien qué hacer. ¿Sería muy descortés darse la vuelta y salir a paso ligero de ahí? Ella se dio cuenta de sus dudas. Él la observó sonreírle.
―Puede marcharse corriendo si lo desea, excelencia. ―La dama sospechaba que eso era lo que su pareja pretendía hacer. York la miró con atención. ¿Habría dicho sus pensamientos en voz alta? Lo descartó, porque en caso de haber expuesto sus asuntos, ella probablemente lo habría abofeteado.
―Yo… ―Se quedó sin palabras.
―Lo adecuado sería que me dejase en compañía de alguien de mi familia. Tengo entendido que la reputación de una dama es algo muy preciado, y después de bailar con un duque, apuesto mi dote a que no me beneficiaría que mi acompañante echase a correr. Dirían que no soy una buena compañía.
Él se rio con una sincera carcajada.
―No sabía que las jovencitas de hoy en día tuvieran sentido del humor.
―¿Hubiese esperado que me desmayase al haber advertido sus intenciones, excelencia?
Somos jóvenes, no hemos salido del cascarón, pero poseemos más fuerza de lo que se adivina a simple vista.
Supongo que eso se lo debo a mi madre. ―Evangeline pensó en la institutriz que se había convertido en su protectora a efectos prácticos.
La sintió siempre cercana, nunca como una intrusa que quisiera anular el recuerdo de su verdadera madre.
Había llorado la pérdida de la antigua condesa, al igual que sus hermanos, luego lamentó la distancia de su padre, pero dentro de la tristeza y la ausencia encontró en Isobel a una compañera muy valedora que la había hecho ser fuerte y digna.
―Si eso hubiera ocurrido, lady Evangeline, si se hubiese desmayado, puede apostar su fortuna a que definitivamente me hubiese esfumado de tal modo que no sabría si en verdad llegué a estar aquí. No me cabe la menor duda de que es usted más fuerte de lo que parece ―la elogió con sinceridad.
Le tocó el turno de reírse sin contención a ella. Poco le importó a Evangeline que la mirasen y la juzgasen por su franca reacción.
―Mi madre está justo delante de nosotros. ―Señaló el lugar con la cabeza―. Cumpla con su papel galante y luego será libre, excelencia.
York le ofreció su brazo y ella lo tomó.
―No habría sido descortés con usted. ―Tuvo la necesidad de explicarse.
―Yo no se lo hubiese permitido, excelencia. Pretendo casarme lo antes posible y su desplante hubiese sido un golpe que no estaba dispuesta a soportar ―rebatió ella con total seguridad.
York se quedó un momento observándola con fijación.
Tenía la cabeza ladeada mientras que ella miraba al frente.
Realmente parecía una reina, tan segura de sí misma, de lo que acababa de decir.
¿Se habría equivocado al descartarla con tanta facilidad?
York no era dado a retroceder cuando tomaba una decisión, pero…
Llegaron hasta el lugar donde estaba la madre de la joven y el duque se quedó paralizado. ¿Cuánto tiempo hacía que una dama no lograba que él tuviera este tipo de reacción? ¡Estaba desconcertado por todos los acontecimientos de la noche!
Se enfureció, porque cuando a un hombre lo invitaban a una orgía, por ejemplo, bien sabía lo que iba a encontrarse.
No ocurría lo mismo cuando lo invitaban a un evento simple.
Primero, la muchacha de ojos preciosos que lo había despreciado, luego la joven agradable y refrescante que sostenía su brazo…
y, por último, la mujer que lo colocó, a él, al duque de York, sobre el pescante de un carruaje para recorrer una buena distancia hasta aquella horrible posada.
¿Cuál era el nombre que pronunció Thorpe?
Se giró con discreción para buscar al vizconde.
No lo veía. Se sonrió. Ah, él conocía muy bien a las mujeres, y pese a que su instinto parecía haberse adormecido, sabía con absoluta certeza que, aunque la dama que tenía frente a él se mostrase serena, tranquila y apática, debía estar muerta de miedo por dentro.
¡Oh, sí! El vizconde y ella se traían algo entre manos.
Aquella actuación de Thorpe, que se irguió defensor de la dama e incluso negó que ella hubiese estado allí…
¿Cuándo había defendido el maldito Thorpe a una mujer?
Ni a una dama ni a nadie, que él recordase.
―Permíteme presentarte al duque de York ―se dirigió a Isobel―. Excelencia, la condesa viuda de Snow. ―Evangeline hizo las presentaciones de modo correcto e impecable.