Capítulo 4 #4
―Si para buscar esposa tengo que volver a pasar por esto ―comenzó a explicar York―, creo que moriré soltero.
Pensé que no me permitirían la entrada… Y tú te quejabas de aquella fiesta indecente que te dejó huella.
Allí pude acceder sin tener que abrir la boca.
―Esto de la temporada y buscar una prometida iba ser más complejo de lo que previó.
―Haznos un favor a los dos: mira qué muchacha de las que hay es la que más te gusta, sonríele y pídele que se case contigo.
No te debería costar demasiado convencerla, después ya idearemos el plan para que la madre acepte y con un poco de suerte el padre solo verá tu título y no pondrá objeciones.
No creo que yo pueda soportar tampoco ser tu carabina en más eventos.
―Lo haces sonar como si yo fuese un asesino o algo similar, Portman. No busco una amante o algo perverso, la muchacha que elija será duquesa, eso debe contar para algo. Así que su familia me aceptará sin reparos ―dijo convencido de su aseveración.
―Si las madres que hay aquí adoran a sus hijas, creo que ni tu noble posición servirá de mucho. Confía pues en que la familia esté hambrienta por un título.
―Portman, resultas insultante.
―York, te haré una sola pregunta y espero que contestes con sinceridad.
―Hazla. ―La seriedad de su amigo le pareció graciosa. No imaginaba qué tipo de cuestión sería dicha. Después del encontronazo con Exeter necesitaba relajarse un poco y lo único que tenía a su alcance era a Portman…, cuyos comentarios no le agradaban, pero era lo que había.
―Si tuvieses una hija y ella pretendiese casarse con alguien como tú… ¿Consentirías el matrimonio?
―Desde luego que sí ―alegó con certeza al tiempo que se erguía lleno de orgullo―.
Soy apuesto, tengo una fortuna que rivalizaría con el mismísimo rey Midas.
La mujer que yo elija será duquesa y podrá mirar por encima del hombro a quien le plazca, y tendrá el privilegio de alumbrar a mis hijos, de que yo la toque con el beneplácito de Dios.
¿Qué más se puede pedir? ―Estaba convencido de su discurso.
―Se nota que no tienes hijos… Yo soy padre y si tuviese una niña, una joven a mi cargo en ese caso, no le permitiría ni mirarte dos veces.
De hecho, hubiese salido despavorido con ella en brazos de esta fiesta en cuanto tú hubieras aparecido en la entrada.
―No mentía. Él había estado casado y sospechaba que York no sería capaz de ser fiel a una mujer.
Menos, preocuparse por sus necesidades o tratar de comprenderla.
Si no iba con cuidado, York podría crear un infierno en su matrimonio.
No se molestó en explicarle estas cuestiones porque el duque solía hacer su santa voluntad a placer.
―¡Qué absurdo eres, Portman! Yo no miraría a tu hija dos veces, como bien has dicho, porque ello supondría tener que emparentar contigo. Eso y que seguramente se parecería a ti y no sería bonita ―se mofó de su amigo.
El vizconde suspiró cansado.
―Elige de una vez, obra tu magia y acabemos con esto. ¿Crees que puedes conquistar a una dama esta noche y estar prometido cuando acabe la fiesta?
―¿Es un reto?
―Es un deseo, te he dicho antes que no quiero acompañarte nunca más a algo como esto.
―Resultas tedioso.
―Lo sé. Busca a tu duquesa, demuestra que eres capaz de comprometerte en un par de minutos y nunca más volveré a dudar de tu atractivo.
―Tenía muchas ganas de irse y fue por ello por lo que lanzó el reto.
Thomas había dejado a sus dos hijos a cargo de una nueva doncella que todavía no conocía su carácter y si tardaba más de la cuenta en llegar a casa, podrían acabar provocando un incendio o algo peor.
―Tranquilízate, tal vez no haya ninguna aquí que me guste.
―Mira a esa pelirroja, la que está junto al helecho. ―Señaló el lugar con sutileza.
―Muy alta.
―¿Qué me dices de la morena que hay a su lado izquierdo?
―Muy delgada.
―¿La rubia que baila con ese pelirrojo escuálido de ahí? ―Elevó la mano para señalarla.
―Demasiado poco agraciada. No sé si podría acostarme con ella.
―¿La morena de ojos verdes que está tomando ponche en la parte norte del salón? Es hermosa.
―Oigo desde aquí cómo traga el líquido. Olvídala.
―Allí hay una rubia que no para de mirarte. Échale un ojo.
―¿Dónde?
―Detrás de la que dices que bebía ponche a gritos.
―No he dicho eso… ―Posó sus ojos en la rubia―. Sus dientes son enormes.
―¿Ves sus dientes desde aquí?
―¿Tú no? ―respondió incrédulo.
―¿Qué me dices de la dama de la esquina, la que está hablando con Exeter ahora?
―Tiene cara de caballo. Demasiado alargada. No me gusta.
―¿Estás seguro de que quieres casarte? ―preguntó exasperado.
―No me vale cualquier mujer.
Portman suspiró con fuerza mientras se pasaba una mano por el rostro. Siguió observando el salón.
―¿La morena de ojos turquesa que está a tus diez en punto? ―Indicó el lugar con un movimiento rápido.
―Uhm… Unos ojos interesantes. ―Ciertamente era lo más bonito que había visto en años. De un color imposible, como si tuviese un pedazo de mar embravecido en el iris―. ¿Cuántos años dirías que tiene?
―Se ve joven. Confiemos en que no sea demasiado sensata y te deje sacarla a bailar. Ve a por Julieta, Romeo ―le recomendó con humor.
―Iré a verla de cerca.
York comenzó su aproximación. Se veía demasiado alta para su gusto, le llegaría por la barbilla, pero podría pasar ese detalle por alto debido al color de sus ojos, eran impresionantes.
Su pelo negro, tan brillante que parecía azulado, figuraba recogido en unos preciosos tirabuzones sujetos en la coronilla.
Sí. Era lo que podría desear de una esposa.
Todas las jóvenes eran parecidas y esta destacaba debido a sus orbes llenos de tentación.
No había conocido a una dama que atrajese tanto a un hombre solo con sus ojos.
La mujer a la que York estaba admirando era lady Regina Dreyer y la joven lo veía acercándose hacia la posición donde estaban ella y su hermana.
―¡Santo Dios, qué hombre! ―exclamó Evangeline en cuanto divisó al duque de York.
La hija mayor del conde de Snow no era una mujer que se dejase embaucar por cualquiera, menos después del desengaño que sufrió, pero debía admitir que jamás había visto a un ejemplar semejante.
Alguien con tal físico y atractivo, debería estar prohibido.
―No es tan espectacular como él mismo se cree ―dijo Regina mientras lo examinaba con determinación.
―¿Tampoco te gusta este?
―No.
―Pues no te quita los ojos de encima, viene directo hacia ti.
La hermana de Evangeline lo tuvo delante segundos después. Él le brindó una preciosa y brillante sonrisa, que habría hecho desfallecer a las hadas que montaban sobre unicornios que recorrían arcoíris, y luego comenzó a hablar:
―Buenas noches, soy el duque de York y me preguntaba si… ―No tenía ganas de que alguien los presentase formalmente y se saltó las reglas, dado que era un duque.
―No. ―Fue la única palabra que dijo Regina antes de darse la vuelta y marcharse sabiendo que había sido del todo grosera e inapropiada.
York se quedó absorto. ¿Le acababan de dejar con la palabra en la boca? ¿Una mujer había hecho eso? ¿Una tan joven que sospechaba que andaba en pañales cuando él ya montaba a caballo?
Evangeline se apiadó del desconcierto del duque.
―No se lo tenga en cuenta. Mi hermana no es dada a cortesías, y menos con caballeros. Está decidida a terminar los días siendo una solterona y dudo que alguien le haga cambiar de opinión. Me disculpo en su nombre, excelencia.
York se fijó con atención en la dama que tenía enfrente.
Su estatura le satisfacía más, era media.
Ojos negros y pelo maravilloso, de un dorado que parecía reflejar el sol…
y eso que era de noche. Su porte era digno.
El vestido de muselina rosa pálido no le hacía justicia.
Un poco delgada para su gusto, pero se adivinaban unos senos tiernos y muy bien formados bajo la capa de ropa.
El reemplazo de la de ojos turquesa no se veía con demasiadas objeciones.
No le gustaba que fuese tan joven, pero todas lo eran…
Le dedicó otra brillante sonrisa a esta dama.
―Creo que no nos han presentado, y como soy un duque al que le gusta saltarse las normas, si no tiene inconveniente lady … ―Le hizo un movimiento con la mano derecha para ver si ella se presentaba.
― Lady Evangeline Dreyer, excelencia.
―Como le decía, lady Evangeline, si está de acuerdo en que nos ahorremos las presentaciones formales, puesto que ya conocemos la identidad el uno del otro, me gustaría invitarla a bailar.
La respuesta de la dama fue poner su mejor sonrisa y bajar los párpados en un claro coqueteo.
―Será un placer. La pérdida de mi hermana será mi beneficio, excelencia.
―Creo que yo no lo hubiese explicado mejor, milady .
Comenzó el baile y York ya se veía en Sant George en tres semanas, justo lo que tardarían en leerse las amonestaciones, casándose con esa bonita muchacha.
Además, se veía dócil y complaciente. En el horizonte vislumbraba un futuro plácido con esa bella rosa inglesa que le ahorraría seguir buscando más.
Nada ni nadie podría impedirle tenerla como esposa si se lo proponía, porque en toda su vida, ni una sola persona le había negado algo que él hubiera deseado con fervor.
Bien, sí… Angela era la excepción. Pero lo de la condesa de Monty era otra cuestión.
¡Asunto resuelto!, cantó en su interior.