Capítulo 4 #3
―Debo volver, eres perverso y no debo consentir que me tientes. No me sigas hasta pasados unos minutos. ―Si no se marchaba en ese momento no sabría lo que podría llegar a suceder.
―Isobel… ―Su nombre salió como una nueva súplica.
Quiso haber ido tras ella y seducirla por completo.
Se contuvo. No debía. Haría un esfuerzo sobrehumano y por primera vez en su vida…
esperaría. Había invertido mucha paciencia en ella y estaba seguro de que finalmente obtendría su recompensa.
Isobel valía la pena. No era como el resto.
Entonces, la condesa de Snow regresó al salón de baile y su ilusión saltó por los aires, porque cuando vio a la pareja con la que danzaba Evangeline, quiso que la tierra se la tragase.
***
―Dime otra vez por qué he accedido a ser tu carabina, York.
La fila de la recepción para el baile de lord y lady Exeter avanzaba un poco lenta.
La pregunta formulada por el vizconde Portman hizo que el duque se relajase un poco.
No estaba seguro de la reacción del esposo de la dama en cuanto lo tuviera enfrente.
Confiaba en su encanto para poder sofocar el posible incendio.
Lord Exeter no se caracterizaba por olvidar las afrentas con facilidad y aunque él no tuvo nada que ver en la huida de Angela y la mujer del conde, sospechaba que el Exeter no lo vería del mismo modo.
Y definitivamente, esperaba que la joven nunca hubiese confesado que estuvo abrazada a él durante lo que duró el viaje de Londres a York Park, porque de lo contrario el conde de Exeter podría exigirle satisfacción.
Malcom era diestro y capaz con el arma, pero Exeter y sus amigos parecían ser invencibles y él no deseó en aquel momento tentar su suerte provocando un enfrentamiento abierto.
Una cosa era molestar a Monty y otra muy diferente hacerlo con un militar condecorado del que todos decían que hizo una carrera inigualable.
―No digas tonterías, Portman. Ambos sabemos que no tenías nada mejor que hacer hoy. Un baile es el menor de tus problemas con esos dos diablillos que te han tocado por hijos. ¿Has conseguido contratar a una nueva institutriz?
―Sí.
―Uhm. Pensé que no lo lograrías.
―La señora Parkinson ha durado dos días en el cargo para el que fue contratada ―le explicó al duque. York soltó una carcajada.
―¿Dos días completos? Si es así, eso ha sido todo un logro insuperable.
―No sé qué voy a hacer, York. Los adoro, pero no puedo controlarlos.
―Haz como yo.
―No creo que las orgías me ayuden demasiado en mi cometido ―dijo por lo bajo con un bufido.
―Fuimos una única vez a un lugar como ese… ¿No vas a poder olvidarlo mientras vivas? ―preguntó molesto.
―¿Puedes tú dejar de pensar en lo que allí se vio? Fue desconcertante. Sentí que aniquilasteis mi inocencia, y te juro por lo más sagrado que yo soy un hombre de grandes y sanos apetitos, amigo mío, así que no es fácil que quede asombrado.
―Hablaba de matrimonio, Portman. Cásate y que sea tu esposa quien lidie con tus hijos. Yo lo haría. De hecho, lo habría hecho hace años en caso de haber estado en tu pellejo.
―No estoy interesado en eso. Lo dije el otro día, antes volvería a visitar una orgía.
En ese momento, varias personas se separaron de ellos como si fuesen leprosos.
―¡Quieres dejar de repetir esa palabra aquí! Ya soy lo suficientemente escandaloso sin que me ayudes.
―Nadie me ha oído, pero es verdad. ¿Por qué no dejan todos de observarte con inquietud?
Miró a su alrededor y vio que había mucha expectación sobre su figura.
―Sí te han escuchado. Es cierto que nos examinan con atención… Tal vez tengan miedo de que acabe la fiesta desnudo y orinando en el ponche ―comentó en confidencia.
―¡Por Dios, te lo suplico, no lo hagas, suceda lo que suceda! ―York era del todo imprevisible. En opinión de Portman no se debía confiar en sus impulsos.
―Eres absurdo, Portman. No puedo hacer eso. No al menos antes de encontrar a mi duquesa ―alegó con un toque de maleficencia.
―Briana, ¿qué hace él ―arrastró la palabra― aquí? ―La voz dura y gruesa era de Frederick Burns, conde de Exeter y le acababa de hacer saber a York que se acordaba perfectamente de su persona.
El duque se fijó en la hermana de Samuel.
Sí. La recordaba muy bien. Los años la habían tratado estupendamente.
Era bonita, pelo rubio, un poco más oscuro que en su juventud, ojos negros ensoñadores.
Le agradó en cuanto le dedicó una sonrisa cálida.
Más parecía hermana de Angela que de Monty, por el modo tan natural que tenía de hacerlo sentir bienvenido sin decir una sola palabra.
Uhm. La suavidad de la dama contrarrestaba con la rudeza de su esposo.
Recordaba bien el ceceo de Exeter al hablar, también su mirada penetrante y acusadora.
Sus ojos grises parecían estar perdonándole la vida.
Ya en Eton nunca se llevaron bien, pero lo de estos momentos parecía una batalla a punto de comenzar.
En cuanto llegase a casa despediría sin referencias a Wilson. ¡Esto era una venganza, aunque su ayuda de cámara lo negase sobre las sagradas escrituras!
―Querido, el duque de York es nuestro invitado especial esta noche ―alegó la condesa de Exeter con suavidad, mirando con ternura a su esposo.
El duque sospechaba que ella estaba complacida con los celos que denotaba su esposo.
Más porque acababa de ver que la mano del conde se deslizaba sobre la cintura de su mujer de un modo sumamente territorial.
Comenzaba a ser frustrante que todos los varones lo considerasen un rival.
Eso había sido divertido hasta ese momento en el que las palabras de Wilson, sobre tener afrentas con todos los hombres del reino, resonaron en su cabeza.
―No lo creo.
―¿Dudas de mis palabras, Frederick? ―preguntó en un susurro.
―No, mi amor, pero York no es de los que acuden a un baile decente y termina la velada vestido y sin cometer un gran pecado, como orinar en el ponche o, peor, violentar a una dama inocente.
―El vizconde Portman no pudo resistirse y una sonora carcajada resonó en el lugar que daba acceso al salón principal.
Eso llamó la atención de Frederick sobre el acompañante del duque―.
¿Thomas? ―inquirió sin creer lo que veía.
La vista del conde regresó a Malcom una vez más y después de nuevo a Portman―.
¿Qué demonios haces con York? ―preguntó incrédulo.
―Vigilarlo, ¿qué otra cosa puedo estar haciendo?
―ironizó―. He venido precisamente para que no acabe en la tesitura que tú bien has dicho.
Déjalo que entre, te prometo que estaré atento a todo lo que haga y en caso de que no sea correcto yo mismo lo sacaré de tu casa.
―York resopló como una mula ofendida. No.
No como una mula, más bien como un semental furioso.
Sí, lo hizo de ese modo, como un gran corcel negro lleno de ira.
―¡Por amor de Dios! Estoy aquí, no podéis hablar de mí como si yo no estuviese presente.
¡Busco esposa! ―gritó sin haberlo querido.
Estaba seguro de que el chisme no tardaría en extenderse.
Ya pensaría en eso luego, así que continuó con su explicación―: Eso te da la garantía suficiente de que no haré ninguna locura.
Pasaré por alto la ofensa sobre violentar a una virgen, no me gustan, solo dan problemas.
Ahora debo recordarte ―dijo mirando al conde de Exeter―, que soy un duque y deberías darme las gracias por honrarte con mi presencia.
En cuanto a tu mujer, no tengo el mal gusto de seducir a damas perdidamente enamoradas de sus maridos.
Dan más problemas que las vírgenes. Puedes dejar de apretar a lady Exeter contra tu costado derecho, me queda muy claro a quién pertenece y no tengo intención de robarla… ―dijo con sumo hastío.
Briana se rio en alto al momento.
―No le conocí lo suficientemente bien, pero sospecho que no ha cambiado usted ni un ápice ―observó la condesa.
No podía creerse que él continuase tan terriblemente apuesto como lo recordaba.
En verdad era el hombre más impresionante que jamás vio.
Debía ser honesta y confesarlo… aunque fuese en su fuero interno.
―Y a Dios gracias, por no haberte cruzado en su camino más que brevemente, esposa ―siseó Frederick.
―¿Puedo pasar o no? ―preguntó Malcom, apretando los dientes.
No estaba acostumbrado a que nadie lo hiciese esperar, menos que lo reprobasen o que pusieran en duda su honorabilidad en una fiesta social decente.
Aunque en honor a la verdad, hacía una eternidad que no acudía a un lugar donde la gente acabase la noche con la ropa puesta.
―Por supuesto que sí ―se adelantó Briana en la contestación―.
Pruebe el ponche, excelencia, he oído que alguien pretende profanarlo a medida que avance el baile y sería una lástima que se perdiese el gusto de poder saborearlo.
―Briana le guiñó un ojo. Su esposo la vio y gruñó en respuesta.
Desde luego, el firme y seguro agarre de Frederick sobre la cintura de su mujer no había menguado ni un ápice.
―Lo haré, milady . Espero que me reserve un baile ―dijo galante.
―Sobre mi cadáver ―habló Frederick―. Entra antes de que cambie de idea y cree un problema con mi esposa. Portman se ha responsabilizado de ti y será tu niñera esta noche.
York lo miró desafiante, dispuesto a saltar sobre la yugular del conde de Exeter.
Frederick se insinuaba deseoso de que hiciera un acto como ese.
Portman le dio un ligero empujón a Malcom para que su amigo entrase de una vez al salón de baile, ya habían causado suficiente revuelo por una noche. ¿Nada podía ser fácil con York?
Entraron y observaron el lugar. Caminaron hacia un pequeño rincón para tener una buena vista de lo que acontecía.