Capítulo 4 #2
―Voy a cruzar las puertas francesas y tú me seguirás dos minutos después. Sal, gira a la derecha y después a la izquierda, hay unos bancos de piedra donde no nos molestarán. ―Faran no le dio opción a responder, de inmediato se dispuso a hacer lo dicho.
Isobel se vio en una encrucijada. Buscó a las chicas por el salón de baile, ambas estaban danzando. Decidió salir con la pretensión de que regresaría de inmediato.
Pocos minutos después estuvo frente a él. Faran le cogió la mano y la llevó a un hueco que daba mayor intimidad. Cuando la tuvo enfrente, bajó la cabeza y la besó. No pretendía asustarla, así que el contacto se limitó a posar los labios sobre los suyos.
Ante tal muestra de intimidad, Isobel le colocó una mano en el pecho para frenar el avance. Él la dejó libre, pero la sostenía por la cintura porque necesitaba tocarla.
―Lo siento, querida, no podía esperar más para tenerte. No me considero un hombre impulsivo, pero tú haces que olvide la corrección.
―Oh, Faran esto es una locura. ―Dejó caer su cabeza sobre su pecho. El corazón de él latía tan fuerte como el suyo.
―Una dulce locura que no pienso dejar escapar, Isobel. ¿Qué sucedió en la posada? ―la interrogó con paciencia.
―Me asusté. Demasiados imprevistos, Faran. Creo que el destino me estaba hablando e hice bien en no seguir adelante con nuestro plan y…
―Y huiste. ―Terminó él por ella.
―Tuve que hacerlo. Esto es no está bien. No deberíamos…
―No. No lo digas. Me atraes muchísimo. No solo por cómo eres físicamente.
Te encuentro deliciosa, pero sobre todo eres una compañera estupenda.
Cásate conmigo, Isobel. Si lo que te preocupa es la legitimidad de nuestro afecto, estoy dispuesto a darte lo que tengo.
Sé que descenderás en la escala social, y que yo ganaré más con esta unión que tú…
Ella negó con la cabeza.
―Nada de eso es lo que importa.
―¿Entonces? ―No entendía el problema.
Isobel cerró los ojos. Le gustaba estar con él, hablar sobre cualquier cosa con él.
Se habían convertido, sin prácticamente darse cuenta, en excelentes amigos.
Una tarde, mientras paseaban y charlaban por el campo, pasó lo que se sintió natural: se besaron y fue precioso, pero a la vez fue alarmante.
―Tengo responsabilidades. Hace un año que perdí a mi esposo y no quiero fallarles a mis hijos. Los amo, Faran, si por mi culpa ellos sufrieran… no podría soportarlo.
Él le sonrió.
―Isobel, yo te apoyaría. Enseñaría a Theodore a llevar el título, y las chicas…
Ya sabes que, con su belleza y posición, no tardarán en estar casadas.
Por favor, Isobel. ¿No te gusto ni tan siquiera un poquito?
―preguntó remolón. La cuestión vino acompañada por una caricia sobre la muselina por la esbelta espalda de la dama. Le encantaba tenerla abrazada.
―Por supuesto que sí. Si no me gustases mucho, muchísimo de hecho, no habría aceptado tu propuesta de encontrarnos en la posada para… ―Tragó saliva. La cosa era embarazosa para decirla en alto, y más aún por sus propias circunstancias personales.
―Hacer el amor. ―La ayudó.
Se separó de él y lo miró a los ojos. La noche estaba clara, el aire fresco del jardín olía a las rosas que tenían a su derecha.
―Pienso que no seré de tu agrado. No creo que pueda… ―Su voz se apagó con pena.
―Deseo hacerte el amor, Isobel, desde que te vi. Cuando Helena nos presentó temí que vieses cómo te comía con los ojos y te asustases. Eras una mujer casada en aquel momento. Eres viuda ahora, has cumplido con el tiempo de luto, deja que entre nosotros la cosa siga su curso natural.
―El matrimonio no entró en la propuesta cuando hablamos de encontrarnos en la posada, Faran. No sé si quiero casarme de nuevo ―hubo de recordarle. Su arreglo fue algo descabellado surgido de un momento de debilidad que hizo que no pudiese dejar de pensar en compartir la cama con un hombre.
El vizconde le acarició la mejilla derecha con la palma abierta. Tenía las manos tan suaves… y a ella no le habían otorgado nunca caricias como las que él le prodigaba.
―Por el momento, no voy a exigir de ti nada que no puedas dar.
Quiero tenerte de la forma en la que seas capaz de entregarte a mí.
Si lo que deseas es un amante, yo estoy aquí para ti.
Aunque debes saber que iniciaré ese tipo de relación con la esperanza de que lleguemos a formalizar nuestra unión a través del matrimonio.
Necesito casarme, Isobel, quiero hijos. Tengo treinta años y no quisiera esperar mucho más tiempo.
―No soy joven, Faran. Tal vez no pueda darte un heredero. Pienso que sería conveniente que buscases una novia que…
―Sé que tu esposo se marchó de viaje ―la cortó―, que tú no hayas podido concebir, se debe a la ausencia de Snow. Estoy convencido de que me harás feliz y me darás un pequeño ejército de hijos.
Ella se rio con ligereza.
―Hagamos las cosas poco a poco, por favor.
―¿Sigues queriendo que alguien te acompañe en el lecho, Isobel?
―Sí. Quiero saber lo que es estar con un hombre que me admire. Me costó aceptar nuestro arreglo, sin embargo, una vez hecho, quiero llegar… hasta el final, pero siento reticencia, lo admito, y no entiendo el motivo ―señaló con un hilo de voz.
―Yo te admiro. No te haces una idea de la fijación que siento por ti, querida mía.
Te deseo con cada fibra de mi ser. Maldigo a York por su maldita interrupción.
―Aquello fue del todo desafortunado―. A estas horas habrías sido cien veces mía y estarías a un paso de aceptar ser mi vizcondesa.
¿Dónde lo encontraste? Y te suplico que me digas que no te hizo una proposición indecente.
―¿Al duque? No. Lo encontré en una zanja porque su carruaje tuvo un accidente. Creí que él te lo habría contado, me pareció que os conocíais. No tuvo tiempo de hablar más que unas pocas palabras conmigo. No es una tentación para mí.
―Negué que hubieses estado allí, lo hice para protegerte, poco me importó que él te hubiese visto, sabe que ambos negaremos cualquier acusación.
Estás a salvo. Es mejor no darle motivos para pensar en nadie del género femenino.
Tú no lo conoces como yo. York es capaz de seducir a una mujer solo con una brillante sonrisa ―señaló en tono agrio.
―No seas ridículo, Faran. Nadie tiene ese poder, ni tan siquiera tú. ―Coqueteó con descaro con él al decir la segunda frase.
―No, desde luego que yo no lo tengo, pero York sí. Lo he visto antes. Me puse furiosamente celoso cuando lo vi detrás de ti. Por un momento pensé que llegaste acompañada de él.
―Oh, no tienes motivos para ponerte celoso en absoluto. El duque es todo lo que no valoro en un hombre: pomposo, aburrido, alguien que se cree el centro del universo… Mucho atractivo, pero carente de empatía o sentimiento. No lo elegiría jamás.
―¿Le conoces? ―preguntó frunciendo el ceño.
―No demasiado. Cuando era joven, mi padre, antes de marcharse a la guerra, fue invitado a su casa.
Ya tenía el ducado por aquel entonces. Nos llevó allí a todos.
Papá dijo que tenía negocios con el duque, pero no conseguí averiguar a qué se refirió.
Creo que yo tenía unos veinte años, tal vez un poco menos. En su momento lo encontré despreciable.
―¿Intentó…? ―No se atrevió a seguir con la pregunta.
Isobel era una mujer madura muy sugerente, hermosa, vibrante.
El vizconde sospechaba que en su juventud ella habría sido sublime.
Se arrepintió de haber lanzado la cuestión.
Cuando York se interesaba por una mujer, nada le impedía tenerla.
No deseaba saber si la sedujo. Thorpe no estaba seguro de que el duque tuviera un mínimo de decencia y dejase a las damas jóvenes y virginales intactas.
Más si eran tan apetecibles como Isobel debió ser.
―¡No! Lo aborrecí de inmediato. Yo fui tan invisible en aquel momento que dudo que se acuerde de mí. Hombres como él solo ponen sus ojos en cosas bonitas.
―Tú eres preciosa, Isobel.
―Solo a tus ojos, Faran. Sé el tipo de mujer que soy.
―Si lo que buscas son cumplidos, te regalaré los oídos con las palabras más bellas que un hombre ansioso pueda componer. ―Ella le dio un golpecito en el pecho.
―¡No hace falta que me adules! Parece que ya me tienes―. No mentía. Se sentía hechizada. Reticente, pero hechizada, al fin y al cabo.
―¿Te tengo? ―Su orgullo rugía en su interior cual león sediento de un apareamiento. Llevaba mucho tiempo detrás del premio y era un hombre impaciente que deseaba aliviar su sed.
―Estoy aquí… ¿no? ―No estaba preparada para dejar escapar la oportunidad tan agradable que se le había presentado casi sin buscarla.
Faran era apuesto, tal vez no con una belleza evidente como otros hombres, pero tenía algo muy interesante.
Confiaba en él. Y la confianza era algo que Isobel valoraba sobre todas las cosas.
―De igual modo, te diré, aunque no quieras que te adule, que tienes los ojos más sinceros que una vez contemplé. Son del color del chocolate y me enciendes con solo mirarme. Ardo en deseos de ver tu pelo castaño esparcido en mi almohada mientras descubro cada secreto oculto en ti…
―Basta, Faran ―rogó con un hilo de voz―. No hagas esto ahora, no aquí. ―Sus rodillas temblaban. Un hombre nunca la había cortejado ni dicho cosas tan perfectas.
―¿Cuándo? ―susurró con la mirada llena de deseo.
―No lo sé. No tengo ni un momento libre con las chicas.
―Deja que yo me ocupe de buscar un lugar… Podemos ser discretos. Nadie tiene por qué enterarse. Confía en mí.
―Es arriesgado. Recuerda lo que sucedió en la posada. No puedo consentir que nada empañe la reputación de las chicas, Faran. Sé paciente, te lo suplico. ―Él respiró profundamente.
―Pides mucho, Isobel. Te deseo demasiado ―objetó junto a su oreja. El vizconde sacó la lengua y acarició el lóbulo tiernamente. La condesa saltó ante el contacto y se alejó de él.