Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4
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Capítulo 4

La mujer perfect a

Isobel estaba tanto o más nerviosa que sus dos hijas.

En realidad, estaba mortificada, porque ni Evangeline ni Regina se veían alteradas ante lo que suponía la temporada.

Quien no conociese la sociedad de Londres podría decir que algo tan mundano no debería ser motivo de nerviosismo o ansiedad.

Se equivocaban. Mientras por la mañana las sesiones del Parlamento decidían el rumbo del reino, las noches eran una jungla de dura supervivencia en la que se establecían alianzas para toda la vida entre hombres y mujeres que se casarían.

Las tres mujeres llevaban en la ciudad dos semanas donde habían acudido una vez al teatro y a cuatro bailes. Sin embargo, los acontecimientos pasados fueron como una especie de prueba, dado que se trataron de reuniones un tanto más informales.

El día del estreno de la temporada estaba teniendo lugar en la cita de los condes de Exeter.

Las presentaciones oportunas habían sido llevadas a cabo e Isobel y Regina estaban en un lateral del fastuoso salón de baile mientras que Evangeline se encontraba bailando con un apuesto compañero.

Las grandes y doradas lámparas de araña iluminaban la estancia, haciendo que las damas se viesen más brillantes al rebotar la luz en las joyas.

No había ni una sola dama que no estuviera elegantemente vestida.

Todas las jóvenes eran un epítome de buen gusto, sus madres se veían todavía más grandiosas, como si quisiesen que los pretendientes fuesen conscientes de la opulencia de sus familias a fin de tentarlos a acercarse a sus hijas.

La orquesta, situada en la parte alta, en una especie de anfiteatro, tocaba una contradanza para los que ya se habían aventurado a disfrutar de las notas musicales en el centro de la pista.

Ella se sentía una intrusa, fuera de lugar.

Isobel era la condesa de Snow, nieta de un vizconde, hija de un soldado, hermana de otro.

Estuvo una vez en el campo de batalla, antes de que su padre la enviase a casa junto con su madre, pero hasta el momento no había estado jamás en un evento tan magnífico como el que tenía ante sus ojos.

Corrección, etiqueta, buen comportamiento y todo saldría bien, se decía una y otra vez en su mente.

Evangeline y Regina tenían un buen pedigrí, y su belleza las haría destacar.

Se casarían pronto, serían felices y formarían una buena familia.

La condesa estaba segura de que el plan de Dios para ella había sido el de velar por los tres hijos de su esposo cuando se convirtió primero en su institutriz y luego en madre, y pondría todo su empeño en conseguirlo.

Isobel se ocupó de que la memoria del padre de los niños y de su difunta primera esposa estuviese presente, no deseaba que la viesen como una intrusa y creía haberlo logrado.

Regina confiaba en ella, Evangeline era un poco más reticente, y Theodore la amaba porque el joven no recordaba demasiado bien a la anterior lady Snow.

―Deberías tranquilizarte, Isobel ―le recomendó Regina mientras se llevaba un vaso de limonada a los labios.

―No es fácil. El destino de mis dos hijas recae sobre mis manos y me tomo muy en serio mis obligaciones.

―Ay, mi querida Isobel… ¡Cómo desearía que eso no fuese así!

En estas dos semanas que llevamos en la ciudad ya he visto y sentido todo lo que deseaba conocer.

Estoy más que lista para volver a internarme en la comodidad de nuestra casa solariega y hacer que mi hermano tenga que cargar el día de mañana con una solterona.

―No digas esas cosas, Regina. Serás una esposa magnífica, una madre sensacional.

Tu hermana y tú tenéis todo para lograr un buen matrimonio.

¿Y si la esposa del conde no te trata con afabilidad?

―Isobel esperaba hacerle ver que el futuro para una mujer sola era inseguro.

Regina, por su temperamento y templanza podría ser institutriz, dama de compañía de una duquesa si fuese su capricho, pero la hija de un conde debía casarse y hacerlo bien.

El padre de la joven se revolvería en su tumba si supiera que el destino de alguna de las dos era inferior a lo que se esperaba de ellas.

―Tengo un plan.

―¿Casarte? ―preguntó Isobel, esperando que la propuesta fuese afirmativa, aunque sospechaba que iba a escuchar un alegato a la libertad de la libre elección de una mujer.

―Me portaré bien con mi hermano, cosa que no me resultará complicada porque lo amo y es un chico excepcional. Cuando se case, haré lo mismo con su esposa y no podrán deshacerse de mí con facilidad. ¿Quién me dice que no seré buena ocupándome de mis sobrinos? Me gustan los niños.

―Sé que adoras a los pequeños, por ello mi recomendación es que fabriques los tuyos propios con un buen hombre que te quiera.

―Ahí radica el problema. Yo no creo que pueda tolerar a un hombre que pretenda someterme.

―Tu padre no lo hizo conmigo.

―Mi padre no ha estado lo suficiente para tratar de hacerlo, Isobel, y por este motivo de peso tu situación es diferente. ―Su padre los abandonó a todos cuando la anterior condesa se murió.

―Regina, ¿entiendes que no descansaré hasta que te vea casada con tu propia familia formada?

―Lo sé. No conozco a nadie más tenaz y perseverante que tú, y por eso lamentaré que pierdas el tiempo conmigo. ―Regina acompañó su suposición con una brillante sonrisa. El pasado de esta hermana Dreyer era cosa suya y solo suya.

―No pretendo desanimarte, querida, pero creo que no son pocas las damas que juraron no casarse y que acabaron frente a un vicario recitando sus votos con la mayor de las alegrías.

―No piensas abandonar tu sueño, ¿verdad, Isobel?

―No con facilidad, ya me conoces.

―Está bien, me conformaré con que te contentes con casar a mi hermana. Cosa que parece que harás en poco tiempo.

―¿Por qué dices eso?

―Porque mientras hemos estado charlando, no te has dado cuenta de que el baile ha cesado y que ella ha conseguido hacerse un corrillo con sus propios admiradores.

Isobel suspiró.

―Dios del cielo…

―Creí que te alegrarías de que al menos una de las dos tuviera un matrimonio rápido ―conjeturó, no sabiendo a qué se debía el pesar que veía en el rostro de su madre.

―No hay un término medio y eso me preocupa. Tú has decidido que no quieres casarte, tu hermana dice que lo hará con un hombre apropiado lo antes posible…

El silencio se sumió entre las dos mujeres. Regina miró a Isobel conmovida porque ella siempre se preocupaba tanto por su familia que era adorable. Tal vez sería conveniente decirle las sospechas que la pequeña de la casa nunca se había arriesgado a compartir con nadie.

―Uhm. Evangeline no fue la misma desde que… Mi hermana sufrió. ―No estaba segura de si hablar de ello podría ser considerado una traición hacia su hermana. Se calló por precaución.

―Lo sé. ―Isobel sospechaba lo que iba a explicar la joven. Lo tenía escrito en sus ojos.

―¿Lo sabes? ―inquirió con cierto alivio.

―¿Hablamos del administrador de tu padre? ―sondeó la condesa.

―¿Carrigan, se llamaba? ―No recordaba bien el nombre.

―No, Regina, era Sullivan. ¿Te contó algo tu hermana acerca de él? ―Se había abierto la puerta y no estaba dispuesta a entornarla.

―¿Evangeline? Mi hermana no comparte sus asuntos privados con nadie. Yo misma me di cuenta, porque soy una excelente observadora, de que ella cambió cuando el administrador se marchó.

―No me ha dejado averiguar nada sobre ese suceso.

―No lo hará. Evangeline con sus asuntos es muy celosa.

―Tú lo eres tanto o igual que ella ―le reprochó.

―Sí, es verdad ―admitió―. Por fin un poco de suerte.

―¿Qué? ―Se había perdido en la conversación.

―Mira quién viene directamente hacia ti sin pestañear, Isobel.

Tal vez esta temporada se celebren varias bodas.

―Para Regina el interés del hombre que venía hacia su madre dando grandes zancadas era del todo patente.

La miraba como si ella fuese un pastel relleno de dulce crema.

Poco sabía la joven de asuntos entre hombres y mujeres…

o, mejor dicho, poco deseaba conocer, no obstante, la expresión de los ojos del varón, quien estaba llegando hasta la posición de ambas, era similar a cuando ella veía un dulce que se moría por devorar.

―¿Qué? ―Isobel se fijó en la dirección de la mirada de Regina y sintió el calor subiendo por su cuello.

―Voy a aceptar bailar con el joven que viene por el lado izquierdo. ―La muchacha sabía que venía alguien por ese lugar dispuesto a solicitar el reel que se iba a bailar―. No te hagas ilusiones, solo lo haré, querida madre, porque él se ve bastante ansioso por ti… ―Movió la cabeza hacia el frente.

―¡Regina! ―No hubo tiempo de una reprimenda más severa para la observación de esta hermana Dreyer, porque el compañero de baile apareció y la joven se esfumó de su lado en un abrir y cerrar de ojos.

― Lady Snow, es un placer verla esta noche ―la saludó cortés, el recién llegado, al tiempo que le cogía la mano para darle un beso en el guante blanco.

Faran Spooner era únicamente una locura que se libró de cometer… Entonces, ¿por qué deseaba que su vestido de muselina azul medianoche y su pelo, se viesen perfectos?

―Lord Thorpe, no esperaba verlo tan pronto. ―No mentía, había sabido que él no estaba en la ciudad y por ello se sentía a salvo de esa… tentación.

―He acortado mi viaje lo suficiente para poder regresar lo antes posible.

Las fábricas textiles que visité estas pasadas semanas no requerían tanta atención por mi parte.

―El hombre miró a su derecha, a la izquierda, y tras comprobar que no había nadie cerca se apresuró a decir en tono bajo e informal―: Tenemos una conversación pendiente, Isobel.

―Creo que deberíamos olvidarnos del pasado, milord ―observó ella, sintiendo sus mejillas sonrojarse. Se avergonzó más por sentirse tan tímida a sus años.

―No. No estoy dispuesto a hacer algo como lo que sugieres.

―Yo…