Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

―¡Supérelo! ―le espetó. Luego se dio la vuelta y lo dejó plantado, mientras la observaba marcharse con una mirada incrédula.

York suspiró. Bien, ella lo había podido ver con atención, así que su vista debía estar correctamente, porque la observó esquivar un pequeño bache en el camino.

Así que la única opción que quedaba era que fuese una de esas mujeres invertidas que disfrutaban de las de su mismo género. Sí. Esa explicación le satisfizo.

¡Ojalá pudiese quitarse de la cabeza esos bonitos ojos color chocolate con leche y esos labios cremosos!

***

―Debería estar exultante, Wilson ―le dijo el duque a su ayuda de cámara.

―¿Debería, excelencia? ―Le terminó de anudar el pañuelo que conformaba la corbata, mientras le hacía la pregunta.

Eran poco más de las ocho de la noche y el noble se estaba adecentando para salir de casa en los próximos minutos.

El ayuda de cámara se separó para ver a su patrón.

Pantalones de un rojo tan oscuro que bien podrían ser casi negros, chaleco bordado con destellos burdeos y la chaqueta en el mismo tono que el pantalón.

Las puntillas de la camisa blanca sobresalían ligeramente por las mangas de la chaqueta y le daban un aspecto muy elegante.

Las cadenas de oro del reloj y el monóculo contrastaban con la oscuridad de la vestimenta.

Incluso York se había puesto el sello del ducado en su dedo índice.

El cabello lo llevaba peinado hacia atrás.

―No niegue que no se alegró cuando le pedí que recopilase información de las fiestas más adecuadas para que busque a mi duquesa.

―Creo que se equivoca, excelencia ―dijo con pereza.

―No. Sé bien lo que vi, una fracción de segundo, pero estuvo ahí su deleite. Una pequeña mota, minúscula, pero la vi. Confiéselo ―expuso acusador, al tiempo que miraba con fijación a su sirviente.

―No sería la primera vez que me pide tal encargo, excelencia. Llevo años consiguiendo invitaciones para asistir a fiestas a las que en el último minuto decide no acudir.

―Eso es cierto, no lo negaré. Liam consigue que tenga mayor interés en otros asuntos. Ya sabe, ¿quién podría resistirse a una partida de cartas que incluye la subasta de uno mismo a un par de preciosas mujeres?

―La última vez creo que comentó que no acudió al baile de los duques de Kensington debido a que al carruaje le faltaba una rueda ―le recordó, con una mirada tan fija que hizo que el duque creyese que estaba ante un padre que acababa de sorprender a su hija haciendo una travesura.

―Qué ladrón tan despiadado, ¿verdad? Robar una rueda y dejar la otra. ¡Fue todo un despropósito! ―En realidad fue eso exactamente, porque Malcom mismo serró la rueda para no ir a tal evento.

―Usted no quería acudir a la fiesta del duque de Kensington. ―El ayuda de cámara no iba a tratarlo de mentiroso, pero…

―¿Quién en su sano juicio querría presenciar las miradas posesivas que echa a su esposa cada vez que un hombre la saluda?

Vamos, Wilson, es usted más inteligente que todo eso.

No soy un tonto capaz de ponerse en peligro ante un demente como él.

Soy un hombre que debe coquetear cuando ve a una mujer hermosa ante él.

¿Hubiera preferido verme masacrado en medio de un elegante salón repleto de la alta sociedad?

―Eso y que Kensington era muy amigo del esposo de Angela y a él lo odiaba.

Todos los amigos íntimos de Monty lo desaprobaban.

―Supongo que fue mejor que no acudiese, sí. Los hombres enamorados no permiten que otros molesten su paz matrimonial solo para divertirse. ―Se tomó un momento para meditar el pensamiento que acababa de nacer en su mente y le aconsejó a su patrón―: Debería felicitarse, excelencia.

―¿Sí? ¿Por qué? ―preguntó desconfiado.

―Usted ha convertido el coqueteo en un deporte de riesgo.

Con sinceridad, no sé todavía cómo sigue respirando…

―Y sí, el ayuda de cámara se sorprendió de su conjetura.

Apreciaba al hombre que le pagaba su estipendio más que a su propia vida, no obstante, debería reconocer que el peligro de probarse a sí mismo ante cualquier mujer pudo haberle costado la muerte en numerosas ocasiones.

―No sea absurdo, Wilson. Desafiarme no es tan fácil como parece.

Soy un duque, más allá de mi bonito rostro, poseo una puntería que tal vez rivalizaría con la del duque demente.

―Así era como solían llamar a Kensington cuando él no estaba presente, lógicamente porque se corría el riesgo de acabar degollado.

Ese hombre tenía un temperamento furioso.

Se tomó un momento para pensar en Kirk Baldrick.

El duque de Kensington, una fiera parda, había sido domesticado por una mujer de lo más pintoresca.

Elisabeth, creía recordar que se llamaba su esposa.

Uhm. Un matrimonio de amor ahí también. ¿Quería él terminar tan obsesionado como el demente?

Esa pregunta no tenía respuesta todavía.

―Yo estaba allí cuando se entrenó para ir a la guerra, excelencia.

Lo vi combatiendo con los mejores hombres que pudo contratar para que le enseñasen.

No pongo en tela de juicio su valor o valía a la hora de enfrentarse a ningún contrincante, pero no negará que apostar su vida por unos pocos flirteos no es algo…

―Se calló porque no se atrevía a definir la palabra para seguir.

―¿Estúpido? ―Lo ayudó el duque sin darse cuenta de que lo hacía.

―Su propuesta, no la mía, excelencia ―se defendió, porque justo ese término era el que le venía a la mente cuando se detuvo.

―Supongo que algo de razón sí tiene. Bien. Dejemos los entrenamientos que no sirvieron para honrar a su majestad el rey al margen, los duelos que nunca llegaron, y prosigamos con la misión de buscar a mi duquesa.

―¿Lo acompañarán a la fiesta su hermano o el resto de sus compinches? ―Ni por un momento iba a volver a tener fe en que York se casase. Esa canción había sido escuchada demasiadas veces como para tomarla en serio.

―¿Mi hermano ha programado un baile? ¡No lo puedo creer! ―exclamó con extrañeza. El ayuda de cámara rodó los ojos.

―Sabe perfectamente que Banstorn no haría algo decente en su casa.

―Cierto. No, hoy no voy a ir a casa de Liam, ya le he dicho que encontraré esposa esta temporada.

Con un poco de suerte esta noche podría caer embelesado a los pies de una bella dama que me ahorraría el hastío de acudir a más bailes.

Sería estupendo que yo pudiera poner mis ojos en la joven elegida y ella también cayese rendida a mis pies.

¿Se lo imagina, Wilson? Si yo fuese un hombre que robase el aliento, por el que cada dama suspirase a su paso…

¡Qué fácil tendría que ser casarme! Un vistazo y ella quedaría subyugada…

―¿Ha terminado ya con la pantomima, excelencia? ―inquirió con aburrimiento el sirviente.

―No. Déjeme continuar. ―Se miró en el espejo―.

¡Wilson! ―exclamó con fingida sorpresa―.

Fíjese qué buen trabajo ha hecho. Me ha convertido en todo un adonis que probablemente regrese dos horas más tarde a casa anunciando que ha encontrado a la madre de sus hijos.

―York miró a Mason Wilson con atención―.

¿Si hiciera tal anuncio esta misma noche, me obsequiaría con una de sus escasas sonrisas?

―La pregunta fue lanzada con el mayor de los respetos.

―¿Mis sonrisas? Un hombre que se prometiese con la mujer a la que dedicará su vida debería aspirar a las muestras de afecto de su mujer.

―¡Qué tontería! ―se mofó―. Hacer sonreír a una mujer es lo más fácil del mundo…

, por el contrario, recibir una pequeña muestra de satisfacción suya…

eso sí debería premiarse con una pequeña fortuna.

Creo que desde que le conozco no le he visto mirarme con orgullo.

Fíjese que ni usamos la informalidad para hablar el uno con el otro.

―Usted es un duque y le debo respeto. En cuanto a lo otro… Eso no es cierto.

―¿No lo es? ―inquirió, no estando seguro de si deseaba escuchar esa respuesta.

―Cuando termino de adecentarlo yo lo miro con suma aceptación.

―Ah, malvado Wilson, eso es porque se enorgullece de su trabajo como mi ayuda de cámara.

No. Eso no cuenta. Dado que en todos estos años no he hecho más que contribuir a que se le agriase el carácter más de la cuenta, trataré de prometerme con una dama lo antes posible para que vea que, al menos, he cumplido con el deber más importante de todos los que tengo como duque de York.

Hijos ―puntualizó al ver la pregunta reflejada en el rostro de Mason.

―No me diga que pretende elegir a la muchacha más bonita del baile de esta noche, guiñarle un ojo y anunciar al mundo que están prometidos…

―¡Qué bien me conoce! Tantos años a mi lado… Me lamento de ser un libro abierto para usted ―dijo con excesiva teatralidad.

―¿Puedo darle un consejo, excelencia?

York cruzó los brazos sobre el pecho y se dio unos toques en la sien para simular que pensaba en una respuesta adecuada.

―¿Una sugerencia y no una reprimenda? Eso sería una novedad, si no supiera que va a darme un consejo unido a una buena regañina. Veamos lo que tiene que enseñarle al viejo duque de York, querido Wilson, hable, se lo ruego.

―Vaya mejor a la fiesta de su hermano ―recomendó con franqueza.

York levantó las manos al cielo y luego dijo con una actuación impecable:

―¡Qué barbaridad! Lo escucho, pero no lo puedo creer…

Estoy escandalizado al verle animar a un disoluto que pretende alejarse de la mala vida a hacer algo como eso.

Creo que debería darle yo una reprimenda, señor Wilson.

¿No desea verme casado? No pretenderá que me crea que todos estos años en los que ha censurado mis salidas y conquistas poco adecuadas eran solo para molestarme, ¿verdad?

El señor Wilson se irguió ante el duque de York. Por un momento pareció que el sirviente era el amo y el patrón un simple lacayo.

―Siempre tuve la esperanza de que una mujer pudiera obrar un milagro en usted. Creo que ni orando a Dios para que haga un prodigio se conseguirá tal hazaña. Le deseo que pase buena noche, ya sea, en casa de su hermano, donde espero que termine, o en el baile de los condes de Exeter.

Se puso lívido. Malcom sintió la necesidad de sentarse en una silla.

―¡Wilson! ―Levantó la voz para frenarlo al ver que se disponía a cruzar el umbral de la puerta.

―¿Excelencia? ―dijo sin ninguna emoción.

―Dígame que no ha hecho eso. ―Sonó a súplica.

―No he hecho eso.―Complació a su patrón sin esfuerzo en su petición. York suspiró.

―Por favor ―se puso muy formal en sus formas―, dígame que no ha aceptado una invitación para ir a un baile… A la fiesta de los condes de Exeter.

―No he aceptado.

―Gracias a Dios, Wilson. ―El duque recuperó el aliento que había estado conteniendo en sus pulmones. No se dio cuenta de que el hombre sonrió con picardía. El alivio de escuchar esa respuesta no le había permitido ver más allá.

―No lo he hecho ―retomó la explicación el ayuda de cámara―, porque he tenido que mover cielo, mar y tierra para poder conseguir una invitación dirigida a usted.

―¿Disculpe? ―El horror se estaba apoderando de él.

―¿Pensaba que todos estos años de sacrilegios no le pasarían factura? ―contraatacó Mason.

―Si no le conociese, pensaría que trata usted de vengarse de mí, señor Wilson.

―Se equivoca. Esto es lo que había que hacer, no hay nada vengativo en mi proceder.

―¿Es consciente de que Exeter me odia tanto o más que lord Monty? ―Ese amigo íntimo de Monty, junto con Kensington y Albemarle, no era simpatizante de York, más bien todo lo contrario.

―Con el debido respeto, excelencia… ¿Hay algún hombre en Inglaterra que no tenga algún tipo de afrenta con usted a causa de una mujer? Sospecho que se enfrentaría al mismo problema en cualquier fiesta respetable a la que decidiese acudir.

―Eso ha sido un golpe bajo que pasaré por alto. En cuanto a lord y lady Exeter… Bien sabe, que cuando Angela y la hermana de su esposo, Brenda…

―La condesa de Exeter se llama Briana ―lo corrigió interrumpiéndolo.

―Eso. Como decía, Angela se trajo consigo a esa mujer cuando huyó de su esposo y dudo mucho que el conde de Exeter haya olvidado que su prometida durmió una noche en la casa del libertino más infame de Londres.

Le pedí ayuda para poder localizar a mi futura esposa, no un pase directo hacia la tumba.

―De ese suceso hacía muchos años, pero dudaba que el esposo de la hermana de Samuel lo hubiese olvidado.

―Bueno… ―comenzó a explicar Mason―, no debería tener nada que temer, no fue a la guerra, pero lo que aprendió de los mejores hombres en defensa personal, manejado de pistolas, otras armas y cuchillos… podría serle de ayuda en caso de que lord Exeter trate de forzar un enfrentamiento.

―Esto no es gracioso, Wilson ―sostuvo en cuanto vio asomar una pequeña sonrisa en el rostro de su sirviente.

―No. En efecto que nada lo es cuando atañe a la seguridad del duque de York ―adujo con solemnidad.

―¿Entonces, por qué me envía a la madriguera del lobo, amigo mío?

―Porque me pidió una invitación donde encontrase a una esposa y eso no sucederá en la morada de lord Liam Banstorn o Phenton, tal vez en casa del vizconde Portman, pero dado que no tiene esposa, difícilmente podría ofrecer entretenimiento en su residencia sin armar revuelo.

La fiesta más popular de la noche es la que darán los condes de Exeter y es ahí donde debería usted comenzar la búsqueda de su esposa…

si es que en verdad está dispuesto a casarse.

―Mason no lo creía―. Y ahora me retiro, porque si seguimos con esta animada conversación, usted llegará tarde y sería una falta de respeto a los anfitriones.

Estoy seguro de que la noticia de que el duque de York asistirá a la casa de los condes de Exeter ha trascendido y querrán tener a la atracción principal desde primera hora allí.

―Esta no se la perdonaré, Wilson ―siseó cuando el ayuda de cámara salió de la habitación.

―Lo sé. ―Escuchó las palabras venidas desde el pasillo.