Capítulo 3 #2
―No, en absoluto. Olvidadlo… Es una tontería.
―York dio una palmada para tratar de salir de todo y preguntó―: Dado que voy a casarme, ¿quién de vosotros será el ángel de la misericordia que comenzará a acompañarme a citas socialmente adecuadas?
―Malcom sonrió, primero a Liam, quien puso cara de pánico, y luego a Phenton, quien tenía la misma expresión que su hermano.
―¡Él! ―soltaron al unísono, mientras el dedo índice de cada uno señalaba al otro.
―¿Qué me he perdido? ―Llegó un cuarto hombre hasta su posición. Se sentó al lado de Phenton, portaba, al igual que su amigo, una copa de brandy entre sus manos.
―¡Portman! ―exclamó con alegría Liam―. Justo el hombre por el que mi hermano preguntaba. York tiene una misión para ti que, tal vez, encontrarás incluso atrayente para tus propios intereses.
―¡No pienso ir a ninguna orgía! ―objetó con fervor el recién llegado.
Estuvo en una reunión de esa índole con ellos tres y no volvería a pasar por eso jamás.
Una cama, o en su defecto un espacio íntimo, solo era para que lo ocupasen dos personas.
El vizconde Portman tenía muy clara la idea de que algunos límites no debían ser traspasados.
Para Thomas Foster, viudo a cargo de dos hijos, el cupo de obscenidades ya había sido cubierto.
―¿Y a un baile decoroso, aburrido, donde abunden las jóvenes casaderas y… virginales? ―inquirió con una sonrisa York.
―¡Cielo santo! ¿Te desnudarás y orinarás en el ponche, York? ―quiso averiguar Portman. Si su amigo hablaba en serio sobre ir a un evento educado, solo significaba que iba a hacer una maldad allí.
―No he hecho jamás nada como eso ―expresó molesto―. ¿Qué te pasa, Portman? Cualquiera que te oiga pensará que soy el mismísimo Lucifer traído a la Tierra, convertido en una tentación imposible de dejar pasar para las mujeres y que hace lubricidades sin sentido.
―¿Y no lo eres? ―argumentó Portman, al tiempo que alzaba una ceja sardónica.
―No esta vez ―refutó York―. Necesito un acompañante para la temporada. Un camarada que impida que pueda cometer una temeridad.
―¿Por qué? ―interpeló desconfiado el vizconde.
―Mi hermano quiere una esposa y va a buscarla entre lo más selecto de Londres.
Sospecho que necesita un guardián que le impida proponerle matrimonio a la mujer equivocada.
Dado que tú eres el único que ha estado casado, es del todo lógico que tal deber recaiga sobre ti, Portman.
―Liam no iba a acudir a ninguna fiesta social sensata, entre otras cosas porque estaba convencido de que le prohibirían la entrada, pues, aunque tenía la fama muy parecida a la de York, algunos dirían que incluso la suya era peor.
Él no sería bien recibido en los círculos sociales, no tenía un título sobre su cabeza como el duque, por lo que sospechaba que a Malcom no le costaría volver a meterse en las filas aristocráticas habituales.
―¡Cielo santo! ¿Dije antes que no iría a una orgía?
Creo que quiero cambiar mi parecer porque no voy a ir a un salón de baile a lidiar con las muchachas y sus madres.
―Ciertamente, la fiesta libidinosa no era tan mala idea si la comparaba con la otra opción.
El vizconde no sabía qué sería peor a estas alturas de su vida, si una cosa o la otra, aunque sospechaba que la fiesta sexual sería más llevadera…
―¿No quieres volver a casarte, Portman? ―inquirió Phenton.
―Absolutamente no. Ya cumplí con ese deber. Me enamoré, me casé, tengo dos hijos que heredarán mi título y fortuna. Perder a mi esposa fue lo más duro que tuve que afrontar. No volverá a suceder ―alegó con satisfacción.
―Tus hijos necesitan una figura femenina si no quieres que acaben como York y Banstorn ―se mofó Phenton.
―Y para ello están las institutrices, mi querido amigo.
Y puesto que esta conversación es demasiado para lo que puede soportar un hombre, iré a ver si alguien está jugando al billar o a las cartas, o en ausencia de tales divertimentos, tomaré un periódico y lo ojearé en soledad.
No deseo que me enroléis en una orgía, o peor, me convirtáis en la carabina de York. Caballeros… ―se despidió Portman.
―Creo que yo también debería marcharme ―opinó Malcom―, mi buen amigo Wilson, quien está harto de ser más mi secretario que mi ayuda de cámara, va a tener que averiguar qué fiestas deben ser las primeras a las que acuda para que la buena sociedad comience a saber que el díscolo duque de York ha cambiado… Me despido. Deseadme suerte.
―¡Jamás! ―se aventuró Liam. No deseaba ver a su hermano arruinando su existencia tan pronto.
―Yo sí te desearé lo mejor, York ―habló Phenton con honestidad y esperanza―. Pero me pregunto con quién irás a las aburridas reuniones… ¿Lo harás solo?
―No. Como ha dicho Banstorn, Portman entiende más de estas cuestiones y es el menos disoluto de nosotros. Tiene experiencia en lidiar en los salones de baile, las damas y sus madres. Él es el indicado.
―No va a querer.
―¿Desde cuándo eso es un impedimento para mí? ―cuestionó con socarronería York.
El duque se marchó del lugar sintiéndose no muy seguro del paso que iba a dar, pero lo ejecutaría acompañado por Thomas Foster, vizconde Portman, quisiera su amigo o no ser cómplice de ello.
Liam y Phenton se quedaron solos en el club. Phenton comprendía la intención del duque, porque él mismo debería estar haciendo algo similar, pero sus circunstancias eran más complicadas que las de York.
―Tu hermano está tratando de sentar la cabeza, apóyalo y haz que se sienta cómodo con la decisión ―lo regañó. Liam lo tomó a broma.
―Eso es imposible, conozco a Malcom. No se casará aún, menos lo hará por amor.
Lo que ocurre es que siente el pesado yugo del ducado sobre sus anchos hombros.
Se espera que tenga descendencia y es lo que hará.
Llegado el punto elegirá a una duquesa, la depositará en York Park y seguirá su camino después de engendrar a un par de mocosos.
Phenton lo miró con atención. Esos cuatro años que había de diferencia entre Liam y York eran evidentes, más si lo comparaba con él mismo, pues con Phenton se llevaba seis años.
Liam tenía otras metas, otras obligaciones, no entendía que un hombre, llegado el punto, debía cambiar su vida y establecerse porque estaba cansado de todo, de su pasado, de su presente, y deseaba un futuro pacífico que llenase cada hueco de su existencia vacía y sin sentido.
―La mujer correcta es capaz de convertir a un santo en pecador… ¿Por qué no habría de convertir a un disoluto en un hombre venerable, Banstorn?
―Pamplinas. ―Lord Liam no iba a aceptar que su hermano necesitase una esposa, el amor o alguna desfachatez semejante, no cuando tenía todo lo necesario para divertirse.
―Aprendí a ver más allá de los ojos de un hombre en mi carrera militar, Banstorn. Tu hermano sufre y necesita la salvación que solo una dama puede ofrecer.
―Esta conversación se ha vuelto molesta, Phenton, creo que me iré a otro lugar más… alegre.
Se levantó, le hizo una cordial inclinación de cabeza y comenzó a encaminarse hacia la puerta más próxima.
―Trata de apoyarlo, aunque no comprendas sus decisiones.
Es tu hermano. Todo lo que tiene es… a ti.
Podrá casarse, tal vez, incluso consiga enamorarse, pero tú nunca dejarás de ser su sangre, su vínculo inquebrantable, del mismo modo que lo serán sus hijos cuando los tenga. Te necesitará siempre y tú a él.
Sin girarse, Liam asintió en un movimiento seco que detonó comprensión ante la petición de Phenton.
***
El duque de York salió del club y despidió al cochero.
Le apetecía dar un paseo y aclarar sus ideas, así que anduvo durante un largo tiempo sin rumbo fijo cavilando sobre su presente y futuro.
Iba saludando con tranquilidad a los conocidos que se cruzaban con él.
Acabó metido en el centro de Hyde Park y sus ojos iban mirando a las muchachas que paseaban con las matronas.
Tedioso. ¿No podía escoger a una, casarse y seguir con su vida?
Hubo un rostro entre los transeúntes que captó su interés.
Se sonrió de lado, mientras daba rienda suelta a su pensamiento.
Estaba impecablemente vestido y exudaba atractivo y vigor por cada fibra de su ser.
Se acercó a la dama en cuestión y se colocó delante de ella para frenarle el paso. Le gustó observarla mirarlo con terror.
―Disculpe ―dijo ella, tratando de mantener la compostura, al tiempo que lo rodeaba para seguir su camino.
―Definitivamente sabe bien cómo herir la vanidad de un hombre… ―apuntó más para él que para ella.
Lady Snow tuvo que girarse al escucharlo. Lo miró durante un breve segundo con extrañeza y prosiguió su camino. Él se colocó detrás de ella y se dispuso a pasear cerca, con el único motivo de incomodarla. ¿¡Cómo se atrevía a desairarlo!?
―No me siga ―siseó por lo bajo.
―No es usted nada civilizada.
Ella se paró y lo enfrentó. Los ojos femeninos lo miraban con molestia. Malcom no pudo evitar sentirse divertido. ¿Quién era esa mujer que no lo trataba con la digna atención que él merecía? Solo conocía su nombre de pila, lo cual hacía todo el asunto más enigmático y… apasionante.
―Eso debió darle buena pista de que no deseo tratar con usted. ―Vaya. La respuesta de ella dio de pleno en su amplia coraza. Suerte que no había ni un desgarro o le hubiese dejado la autoestima por los suelos.
―¿Me ha visto bien? ―La pregunta salió disparada sin que pudiese evitarla.
Ella resopló, pues sabía exactamente que él estaba aludiendo a su perfecta apariencia física.
―Sí.
―¿Y bien? ―preguntó como si esperase alguna aclaración a su constante desprecio. Primero en la posada y en estos momentos… ¡esto! Era ya seguro que la mujer necesitaba gafas.
―¿Está esperando que caiga desmayada debido a lo que cree que deslumbra a todas las mujeres?
―Lo cierto es que me sorprende que no lo haya hecho ―respondió con el humor bailando en sus ojos.